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Persigamos esa mirada

Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993)

e l   s ó t a n o

 

Este sótano que en invierno es excesivamente frío, en verano es un Edén. En la puerta cancel, arriba, algunas personas se asoman a tomar fresco durante los días más cruentos de enero y ensucian el piso. Ninguna ventana deja pasar la luz ni el horrible calor del día. Tengo un espejo grande y un sofá o cama turca que me regaló un cliente millonario y cuatro colchas que fui adquiriendo poco a poco, de otros sinvergüenzas. En baldes, que me presta el portero de la casa vecina, traigo por las mañanas agua para lavarme la cara y las manos. Soy aseada. Tengo una percha, para colgar mis vestidos detrás de un cortinaje, y una repisa para el candelero. No hay luz eléctrica ni agua. Mi mesa de luz es una silla, y mi silla un almohadón de terciopelo. Uno de mis clientes, el más jovencito, me trajo de la casa de su abuela retazos de cortinas antiguas, con las que adorno las paredes, con figuritas que recorto de las revistas. La señora de arriba, me da el almuerzo; con lo que guardo en mis bolsillos y algunos caramelos, me desayuno. Tener que convivir con ratones, me pareció en el primer momento el único defecto de este sótano, donde no pago alquiler. Ahora advierto que estos animales no son tan terribles: son discretos. En resumidas cuentas son preferibles a las moscas, que abundan tanto en las casas más lujosas de Buenos Aires, donde me regalaban restos de comida, cuando yo tenía once años. Mientras están los clientes, no aparecen: reconocen la diferencia que hay entre un silencio y otro; surgen en cuanto me quedo sola en medio de cualquier bullicio; pasan corriendo, se detienen un instante y me miran de reojo, como si adivinaran lo que pienso de ellos. A veces comen un trozo de queso o de pan, que quedó en el suelo. No me tienen miedo, ni yo a ellos. Lo malo es que no puedo almacenar provisiones, porque las comen antes de que yo las pruebe. Hay personas mal intencionadas que se alegran de esta circunstancia y que me llaman Fermina, la de los ratones. Yo no quiero darles el gusto y no les pediré prestadas las trampas para exterminarlos. Vivo con ellos. Los reconozco y los bauticé con nombres de actores de cinematógrafo. Uno, el más viejo, se llama Carlitos Chaplin, otro Gregory Peck, otro Marlon Brando, otro Duilio Marzio; otro que es juguetón, Daniel Gellin, otro Yul Brinner, y una hembrita, Gina Lollobrigida, y otra Sofía Loren. Es extraño cómo estos animalitos se han apoderado del sótano donde tal vez vivieron antes que yo. Hasta las manchas de humedad adquirieron formas de ratones; todas son oscuras y un poco alargadas, con dos orejitas y una cola larga, en punta. Cuando nadie me ve, guardo comida para ellos, en uno de los platitos que me regaló el señor de la casa de enfrente. No quiero que me abandonen y si viene a visitarme el vecino y quiere exterminarlos con trampas o con un gato, haré un escándalo del que se arrepentirá toda su vida. La demolición de esta casa está anunciada, pero yo no me iré de aquí hasta que me muera. Arriba preparan baúles y canastos y sin cesar hacen paquetes. Frente a la puerta de calle hay camiones de mudanza, pero yo paso junto a ellos, como si no los viera. Nunca pedí ni cinco centavos a esos señores. Me espían todo el día y creen que estoy con clientes, porque hablo conmigo misma, para disgustarlos; porque me tienen rabia, me encerraron con llave; porque les tengo rabia, no les pido que abran la puerta. Desde hace dos días suceden cosas muy raras con los ratones: uno me trajo un anillo, otro una pulsera, y otro, el más astuto, un collar. En el primer momento no podía creerlo y nadie me creerá. Soy feliz. ¡Qué importa que sea un sueño! Tengo sed: bebo mi sudor. Tengo hambre: me muerdo mis dedos y mi pelo. No vendrá la policía a buscarme. No me exigirán el certificado de salud, ni de buena conducta. El techo se está desmoronando, caen hojitas de pasto: será la demolición que empieza. Oigo gritos y ninguno contiene mi nombre. Los ratones tienen miedo. ¡Pobrecitos! No saben, no comprenden lo que es el mundo. No conocen la felicidad de la venganza. Me miro en un espejito: desde que aprendí a mirarme en los espejos, nunca me vi tan linda.

 

Tomado de La furia y otros cuentos, 1959

CASA TOMADA

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

  

         Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

  


Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

—¿Estás seguro?

 Asentí.

—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

 


Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas quetanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

—No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resulta molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

 —Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

 

 

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba enseguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

 

 

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

 —¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.

—No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.


Julio Cortázar (1914-1984)

Bestiario, 1951

EXPULSADOS

Adán y Eva, Julia Barrera 2007

Proclama de Adán

¿Sabías, Eva, que el paraíso sólo existe en las tarjetas postales? Por eso el mar y el cielo son un mismo embuste azul y las moñas despeinadas de los árboles lucen tan imposiblemente verdes bajo la resolana. Y el atardecer —esa hemorragia ardiente que fascina a los tránsfugas del frío— exhibe su ojo venoso entre las pencas de las palmas.

   En realidad, el mar es turbio como yo, impredecible como los remolinos de tu antojo. El cielo a veces tiene el brillo opaco de la bruma o la cortina gris que ahoga las ciudades. Y lo único rojo en mi paisaje es ese tinte huraño que allana tus mejillas cuando suelto las ganas por tu playa.

   Mira a tu alrededor: el salitre nieva las pestañas. La arena entrega a la marea su alfombra de jeringuillas desechadas. El mar escupe guirnaldas de chatarra y botellas sin mensajes. Los cangrejos borrachos de petróleo garabatean al revés tu inicial y la mía sobre la costa amortajada.

   Eso es belleza, Eva. El paraíso no es más que un sueño de dioses derrocados.

 

Memorándum de Eva

Rodar desnuda por la arena asquerosa; deslizar mis carnes entre la basura; beber las aguas estancadas de las gomas; degustar el vómito de larvas y renacuajos; masticar como tortuga confundida las barrigas hinchadas del plástico; lamer los restos rancios de las cajas; chupar los cuellos rotos de los frascos; disputarles a los perros las vísceras de un ave; inmiscuir la lengua por las ranuras apestosas de las latas; hundir las piernas y los muslos en las babas verdes de un caño; pintarme de mercurio; perfumarme de azufre; embarrarme la cara con moho y grasa; y, cuando den las doce del deseo, arrastrar este bulto hasta el mar y navegar, sin brújula ni vela, sobre tu lomo tieso y frío, Adán.

 

Ana Lydia Vega (Santurce, 1946)

Tomado de Crucero Caribe. Cuentos selectos. Universidad Autónoma de México, 2025. 201-202

Primeras oraciones para analizar

La chica volvió la cabeza desde lo alto de la loma y los vio a todos alrededor de la mesa de picnic.

 «El cárabo»



En aquel tiempo la experiencia que teníamos con la muerte era muy limitada.

«Mármol»



Un día –una noche– una pareja de ancianos murió por mi culpa.

«Creamy milk and crunchy chocolate»



Durante tanto tiempo deseé que se le descolgara la lámpara sobre la cabeza que algunas veces pienso que realmente pasó, que se descolgó y cayó sobre ella, pero no, pero no.

«Palabras-piedra»

 



Eran mujeres jóvenes, no unas veinteañeras desde luego, pero aun así él les llevaba casi tres décadas de diferencia.

«¿Qué nos está pasando»



Lo llevó hasta la zona de los animales disecados, unos metros más allá de donde estaban, sin darle explicaciones.

«Mustélidos»

 


Sara Mesa, Mala letra (2016)





CENA EN LA CAPOTA

Cena en la capota: crónica del guaracheo taponístico de hoy

Cezanne Cardona


La autopista PR-22 me está invitando a cenar. Y lo sé porque, en medio del tapón, una valla publicitaria digital anuncia un costoso perfume y el precio del bistec machacado de un supermercado. Todas las señales están ahí: la tarde cae como espagueti sacado de la lata y una guagua pick-up lleva un jueguito de mesa para dos en la cajuela. El leve bocineo hace rato que funciona como una banda de jazz de fondo y el verdísimo mogote donde antes estaba el vertedero de San Juan, al lado de Plaza Las Américas, es nuestra mejor vista. Ni siquiera ha faltado la típica malacrianza restaurantera: el sujeto que está dos carros más adelante acaba de tirar una bolsa de papitas fritas a la brea con el mismo estilo zafio del bumper sticker que bautiza el trasero de su carro: “Si este auto es conducido negligentemente llame al 1-800-que-se-joda.”

Mis hijos no se han dado cuenta de nada porque están hipnotizados en sus teléfonos, y en parte no los culpo: después de los tapones post huracán María o los que le siguieron tras los sucesivos apagones, este tapón les debe parecer una monga odisea. Y hasta es posible que me informen, usando una aplicación de sus celulares, cuánto durará el tapón. Alguien dijo que la nostalgia es el Photoshop de la memoria y le creo porque -de pronto- extrañé los tapones de mi adolescencia, las conversaciones familiares en el carro, el arte de tirar las monedas en el peaje, las rutas alternas y la resignación. Añoro ese “Lávame” imperativo y cariñoso que algún extraño escribía con el dedo en el cristal trasero del carro, y hasta quiero de vuelta los reclamos de mis padres para que me quitara los audífonos del walkman y aprendiera a escuchar el mundo. Así recordé aquella escena de La guaracha del Macho Camacho, de Luis Rafael Sánchez, en la que una multitud se trepa a las capotas para averiguar el misterio de la congestión vehicular: “El choferío completo, la grey pasajeril completa, está encaramada, sobre las capotas, para averiguar qué carajo pasa allá adelante: pregunta desorbitada preguntada por los que tienen acceso a las posiciones privilegiadas desde las cuáles se aprecia qué carajo pasa allá adelante. Pero qué se ve, qué se ve. Se ve como si toda la avenida fuera un parkin subterráneo. Un mar de chatarra se ve. Pero qué se ve, qué se ve. Se ve que el mundo se va a acabar truncado en un tapón”.

Ahora que pertenezco a la toyotacracia empobrecida, descubro que envejecer es eso: contarles a nuestros hijos lo que se ve desde la capota del carro, acaso la última alfombra mágica que nos queda. ¿Aguantará la capota de mi Toyota Yaris el peso de mis fantasías de tapón? Por miedo a que se hunda la lata, apenas estiro el cuello y lo que se ve es el mismo tapón que describió La guaracha, hace cuarenta y seis años, actualizado por una suma mogolla de carriles, salidas, puentes, ampliaciones, reducciones, construcciones, drones anaranjados y un precipicio de vallas publicitarias anunciando: planes médicos, selladores de techo, placas solares, nuggets, depilación láser, cannabis medicinal, nacionalismo cervecero o de acetaminofén, y liturgia de queso y bacon saliendo de dos panes bíblicos. ¿Qué se ve? Por suerte, los puntos cardinales de nuestra literatura nacional también están hechos de miradas de acantilado: en la montaña y al borde del barranco, Silvina mira el cauce del río; a ras del agua, el bebé Melodía gatea por las tablas enclenques del caño; en el litoral norte, Pirulo mira el mar por primera vez; y justo en el corazón del Área Metropolitana La guaracha nos retrata a todos nosotros, al borde de las capotas de los carros, mientras esperamos, cuchicheamos, fantaseamos, enfurecemos, amamos y bailamos.

¿Qué se ve? Se ve que el radiador es el santo cáliz y que el coolant es nuestro mejor vino. ¡Grand Cherokee que estás en los cielos, santificado sean tus estribos! Venga a nosotros el Toyota Tercel con ese gancho de ropa preguntón como antena de radio. Danos hoy nuestro Corolla de cada día. Perdona esa pick-up Mazda que tiene escrito atrás: “Los favores empiezan en $30″. No nos dejes caer en la lujosa utopía automotriz del gobernador Pierluisi. Y líbranos del Tesla, del Maserati y del Lamborghini. ¿Qué se ve? Se ve que toda esa grey acaba de salir de misa, poseída por un digno deseo neandertal de volver a casa para contar la abultada antología de nuestras esperas: “Mi tapón fue más largo que el tuyo”; “Mi espera fue más desesperante que la tuya”; “Esperé dos horas, tres, cinco”; “Estuve todo el día esperando.”

Así empiezan todas nuestras historias y, por eso, la espera es nuestra verdadera épica nacional. Aquí se espera a Dios, a los extraterrestres, al Mesías, o al chupacabras, de la misma forma en que se espera por los fondos federales, las Navidades, el verano, la independencia, la estadidad, el premio gordo de la lotería, y por ese rayo justiciero que destruirá -por fin- la máquina que cobra el maldito peaje que nos legó la pax fortuñista. No hay quien lo dude: la espera es el milagro caribeño que mejor hemos pulido, pues sin esa bendita prórroga ni se suda ni se llora, ni se intima ni se ama.

Casi medio siglo después, La guaracha nos sigue recordando que la espera suele escoltar la soledad del universo y, a la vez, prolonga el dolor hasta convertirlo en alivio. No por casualidad, hace años, una cotizada valla publicitaria mostraba -en letras blancas y fondo negro- un versículo bíblico de nuevo cuño: “Si continúas usando mi nombre en vano yo pudiera prolongar la hora del tapón”. Por algo, cuando vemos un choquecito leve entre dos carros, decimos: -tiernos e irónicos- “esos dos se dieron un besito”. Y como esa aparenta ser la causa de todo este tapón, solo me resta convidar a mis hijos a la capota para anunciarles que la cena está servida.

 

 

Tomado de El Nuevo Día, 28 de marzo de 2022; publicado también en Leer antes de usar, Folium 2024 pp 39-41 bajo el título «Cena en la capota»

 

 

 

Cristina Morales, EL HOMBRE DE LOS BUZONES



Me expulsa la casa y me expulsa la ciudad. Otras veces he podido refugiarme de la ciudad en la casa o de la casa en la ciudad, según el caso. Y otras veces, excepcionales, he tenido el refugio de otra casa distinta a la mía. Pero ya no hay refugio y cuando alguien me dirige la palabra lloro.

Pienso que un poeta empezaría el poema así, Me expulsa la casa y me expulsa la ciudad. Creo que puede ser el comienzo de un poema. Puedo crear una segunda persona difusa y escribir ese poema. Yo nunca he escrito un poema, pero recuerdo haber escrito a los dieciséis años una línea que podría ser un verso: Sólo yo, que le subo y le bajo el tirante a mi antojo con el deseo. Era el final de un microcuento en el que yo era la protagonista, era verano, llevaba un sujetador rosa fucsia Cacharel y una camiseta verde pistacho de tirantes finos, de manera que los tirantes del sujetador se veían. En el microcuento yo estoy sentada escribiendo el microcuento en una libreta y el narrador es alguien que observa cómo el movimiento de mi mano se comunica al hombro y eso hace que se me baje varias veces el tirante del sujetador. Describe el narrador que yo me subo el tirante en un gesto mecánico, sin darme cuenta, y por último concluye que él es el único que se da cuenta de mi gesto porque es él quien me sube y me baja el tirante a su antojo con el deseo.

En línea recta desde mi casa está el hombre de los buzones. Nos separa la sede de la ONCE. De no ser por la sede de la ONCE seríamos vecinos, pero tenemos que rodear la sede de la ONCE para encontrarnos. Soy yo la que siempre lo encuentra a él. La casa me expulsa y al salir la ciudad también me expulsa y yo cometo el error de meterme en un bar a gastar diez euros que no tengo. Sé que estoy cometiendo el error conforme lo cometo, y aun así entro al bar, y el bar también me expulsa. Me expulsa y me cobra. Soy la más guapa del bar pero no estoy en el bar apropiado como para que ningún hombre guapo se me acerque. El error es doble. La casa me expulsa y al salir la ciudad también me expulsa pero iba decidida a refugiarme en un concierto de funk rocanrolero de unos chicos que se llaman The Baker Brothers, Los hermanos Baker o Los hermanos panaderos (me gusta pensar que lo último), donde habría bailado hasta entrarme un ataque de asma. Pero una vez he salido de casa la ciudad como un matón de discoteca me expulsa y hasta me quita el derecho de andar por la calle los quince minutos que me separan del Booga Club. Entonces, como lo tengo a un minuto, me meto en ese bar inapropiado y frío, porque la gente sale a fumar constantemente y yo estoy al lado de la puerta y voy vestida con la ropa apropiada para el concierto, que me deja la cintura al aire. La entrada costaba doce euros, yo me gasté diez en el bar. Hago la cuenta cuando estoy de vuelta en casa y metida en la cama, y me da tremenda rabia mi pésima gestión de las expulsiones.

Los fines de semana de diciembre Granada es una discoteca barata que se las da de garito sofisticado con djs profesionales, con carta de cócteles, con aseos con papel higiénico, pero no tiene nada de eso. A la discoteca que es Granada se le clarean los desconchones por debajo de la última mano de pintura y el matón de la puerta que a mí nunca me deja entrar lleva un jersey de Armani falso y un perfume de Armani falso que marea. En Granada no hay tienda Armani, cómo va a haber en Granada tiende Armani, qué a punto estoy de darme media vuelta y regresar a la casa que me expulsa a encararme con ella, a que un libro que no me interesa me haga escudo pero veo entonces al hombre de los buzones que ha conquistado en plena calle Ganivet un reducto de honestidad. Yo me quedo mirándolo desde la otra acera. Estoy avergonzada y me siento una snob por fascinarme un vagabundo. Esas reflexiones hacía al principio. Me quedo mirándolo a una distancia más corta y él no se inmuta. Está sentado en un escalón con las manos sobre las rodillas y los ojos cansados al frente, sin dedicar ni un pestañeo a los clientes de la discoteca que pasan por delante de él bailando la canción del verano en invierno. Durante el día el hombre de los buzones se va de los buzones para que la gente pueda echar sus cartas y se sienta en el banco de cualquier plaza, al sol, en la misma postura que no es ni de espera, es de estar, de existir. En una enciclopedia aparecería una foto del hombre de los buzones y en el pie se leería "Hombre".

Una segunda persona difusa para el poema diría te he escrito cartas desde lugares remotos contando cosas remotas. Te he escrito desde un tren azul que atravesaba el Rajastán contándote que en la piscina de Ranthambore Hotel un turista ha desviado el objetivo del faquir que caminaba sobre brasas para hacerme fotos a mí. Te he escrito desde la segunda mezquita más grande del mundo contándote que me han tomado por chechena, me he llamado Fátima por un par de horas, he comido lentejas con una familia, pero cuando ha llegado la hora de la oración mi cinismo se ha puesto a prueba y ha fracasado, he tenido que recorrer el perímetro de soportales saltando por encima de las mujeres arrodilladas, haciendo el camino más largo y difícil porque el suelo de piedra roja abrasaba y no podía atravesar el patio descalza. Pero lo más remoto de esas cartas no es ni desde donde las escribí ni lo que contaban, sino el hecho mismo de escribírtelas, a mano en un cuaderno, y a ti que nunca respondes; y todavía hay algo más remoto y es que yo creo que eso es lo correcto.

Me fascinan el mendigo y su perro. Cuando el mendigo está comiendo de una pequeña fiambrera el perro guarda distancia y atiende con la cabeza ladeada, como el perro que atiende a la gramola de la discográfica La voz de su amo. El mendigo se pone en el buzón de Granada Capital y el perro en el de Madrid. El perro del mendigo se llama Nano, y eso es algo que me sigue avergonzando un poco, saber el nombre del perro y no el del hombre. Fui yo quien se lo preguntó directamente, cómo se llama el perro, una vez que fui a los buzones a llevarle media pizza y media tarrina de paté que me sobró y que me envasaron en el restaurante. El perro me gruñe que me quiere matar y yo le digo al mendigo dele algo al perro, que no ladre tanto. Luego consideré ese comentario medio inoportuno por mi parte, aunque considerar inoportuno un comentario que se le dice con total comadrería a un vecino sí que me hace sentir snob. No sé si sé relacionarme con el mendigo. Me sale naturalmente, naturalmente me agacho para darle una moneda y para desenvolverle un filete, naturalmente meto en el microondas los pedazos de pizza para llevárselos calientes. Pero después pienso en el filósofo y en eso de que todo lo que queda por hacer a un mendigo con respecto a mí es pegarme un puñetazo, y me pregunto si naturalmente él agradece mi pizza recalentada y preguntármelo me vuelve otra vez snob. Sentir vergüenza de sentir vergüenza de sentir vergüenza.

Hoy por ser mi cumpleaños me he permitido una huida en toda regla. Cumplo veintiséis. Ni la casa ni la ciudad han podido alcanzarme. He descongelado un bollo de pan y he recalentado el tomate frito de mi abuela. Se me ve venir: que me he ido a comérmelo a los buzones con el mendigo. No tan deprisa. Mojar pan en el tomate frito de mi abuela es lo mejor del mundo. Es tomate frito con conejo, pero yo pongo los pedazos de conejo aparte porque siempre le queda duro, o será que el conejo es duro. Me ha expulsado la casa y me ha dado su bienvenida de siempre de "mejor vuélvete a casa", pero yo he rodeado el edificio de la ONCE con el recipiente de tomate calentándome los guantes y he saludado a mi vecino. Todavía no sé cómo se llama. Le digo señor. Señor, ¿le importa si me siento? El Nano me ladra que me quiere matar. El hombre sale soñolientamente de su estado de estar y manda callar al perro. Me ofrece un cartón, el suelo está frío. Yo lo acepto y me pongo delante del buzón de Extranjero. Me quito los guantes, saco el pan y el tomate, alargo el brazo hasta Granada Capital y le ofrezco. Se sirve un poco en su fiambrera y me lo devuelve agradecido y sonriéndoseles los ojos azules. Desde Provincias el Nano observa el comer concentrado de su amo. Yo no me sé el estado de estar pero estoy a gusto, no hay prueba de cinismo que superar y me he puesto a escribirte otra de mis cartas remotas porque creo que es lo correcto.

 

 

Finalista del Certamen Literari Francesc Candel 2015

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Horacio Quiroga, «El almohadón de plumas»




   Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

   Durante tres meses - se habían casado en abril - vivieron una dicha especial. Sin duda, hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.


   La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso - frisos, columnas y estatuas de mármol - producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.


   En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.


   No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.


   Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

   - No sé - le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja -. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.


   Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.


   Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama.

Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

   - ¡Jordán! ¡Jordán! - clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

   Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

   - ¡Soy yo, Alicia, soy yo!


   Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.


   Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.


   Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

   - Pst... - se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...

   - ¡Sólo eso me faltaba! - resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.


   Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas oleadas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglarán el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.


   Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.


   Murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.

   - ¡Señor! - llamó a Jordán en voz baja -. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.


   Jordán se acercó rápidamente y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.

  - Parecen picaduras - murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.

   - Levántelo a la luz - le dijo Jordán.


   La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.

   - ¿Qué hay? - murmuró con la voz ronca.

   - Pesa mucho - articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.


   Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos: - sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.


   Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca - su trompa, mejor dicho - a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón habría impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.


   Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.


Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917)

 

La celda [una descripción para un propósito]

La celda es más bien pequeña. No tiene forma perfectamente prismática cuadrangular a causa del techo. Éste, en efecto, ofrece una superficie alabeada cuya parte más alta se encuentra en uno de los ángulos del cuadrilátero superior. Aparentemente, cada dos células componen una de las semicúpulas sobre las que reposa el empuje de la enorme masa del gran edificio suprayacente. Estas cúpulas y paredes son de granito. Todas ellas están blanqueadas recientemente. Sólo algunos graffiti realizados apresuradamente en las últimas semanas pueden significar restos de la producción artística de los anteriores ocupantes. Las dimensiones de la celda son más o menos las siguientes. Dos metros cincuenta de altura hasta la parte más alta de la semicúpula; un metro diez desde la puerta hasta la pared opuesta; un metro sesenta en sentido perpendicular al vector anteriormente medido. Dadas estas dimensiones, un hombre de envergadura normal sólo puede estirar a la vez los dos brazos -sin tropezar con materia opaca- en el sentido de las diagonales. Por el contrario, ni un hombre muy alto podría llegar a tocar el techo. La cama no está orientada en el sentido de la diagonal, sino paralela al plano normal de la puerta y apoyada en la pared opuesta a ésta, por lo que un hombre de buena estatura al dormir debe recoger ligeramente sus piernas aproximándose a la llamada posición fetal sin necesidad de alcanzarla totalmente. La puerta es suficiente para pasar por ella sin tener que inclinarse y está fabricada en madera seca de buena calidad. A media altura hay en ella un ventanillo de 15 por 20 centímetros, siendo la dimensión mayor la vertical. Este ventanillo aunque obturado por tres barrotes de hierro permite una perfecta inspección de cuanto contiene el espacio habitable de la celda. La altura a que este ventanillo está situado es tal que obliga a los guardianes de altura reglamentaria a inclinar ligeramente la cabeza para ver al que hay dentro. En el caso de que el prisionero esté de pie sobre el lecho, el guardia sólo ve la parte inferior de su cuerpo a partir del ombligo y la inclinación que debe hacer para verle completamente es más grande. Esta inspección visual es posible gracias a una bombilla colocada en un agujero de la pared sobre el marco de la puerta. Por lo tanto la luz ilumina al mismo tiempo la celda y el estreches corredor. Este corredor está de tal modo dispuesto que nunca hay celdas enfrente sino sólo una pared lisa. Entre esta pared lisa -también blanqueada- y la puerta queda un espacio de cuarenta centímetros por el que deambulan los guardias. En aparente contradicción con la magnitud de los muros de granito y la profundidad a que tan curioso laberinto se ha establecido, cada puerta individual no está cerrada sino mediante modesto cerrojo de baja calidad semejante al que pueda ser utilizado, por ejemplo, en un gallinero. El prisionero, aplicando su cara a los barrotes puede llegar a ver el cerrojo, pero no manejarlo, a no ser que disponga de algún útil apto para esta manipulación, tal como alambre, cuerda, o fragmento de madera. Nada, sin embargo, en el interior de la celda puede ser considerado como fuente de aprovisionamiento de tales materiales. El ventanillo, desprovisto de cristal, al mismo tiempo que asegura la ventilación, permite sean encendidos por el guardia los pitillos que el prisionero pueda haber llevado consigo hasta el provisional aposento.

La luz es eterna. No se apaga ni de día ni de noche.

Dentro de la celda, además del aire y del prisionero, de la cal con que están pintadas las paredes y de los dibujos que en ésta hayan podido ser hechos, río hay otra cosa que un lecho. Este lecho está construido de un modo sólido, a prueba del peso quizá excesivo con que un hipotético campeón de lucha grecorromana o tesorero estafador del «Club de los Gordos» pudiera abrumarlo algún día. La idea básica que ha presidido la fabricación de este lecho standard merece ser estudiada con detalle. Se ha llegado a conseguir un tipo de lecho que excluye la posibilidad de desvencijamiento e incluso los molestos crujidos que pudieran producir los desacordados movimientos del prisionero. Asimismo resulta totalmente imposible el alojamiento o cría de parásitos en sus intersticios. Su sólida construcción hace sumamente improbable que de él puedan obtenerse materiales arrojadizos u otros utilizables como ganzúa. Este lecho silencioso, indeformable, incombustible, intransportable, a prueba de fuego, a prueba de choque, a prueba de inundación, bajo el que persona alguna jamás podrá ocultarse, que nunca será arrojado alevosamente contra el guardián por preso mal intencionado está enteramente realizado en obra de mampostería rematada en capa de cemento amorosamente pulida por el maestro albañil de una vez por todas, con la precisión con que la camarera de un hotel de lujo alisa la colcha cada día. Así se ha conseguido armonizar las artes suntuarias con la arquitectura del modo más perfecto. Por un escrúpulo de humanidad y para dar todo el reposo tolerable a los miembros de los huéspedes, la almohada ha sido realizada en el extremo correspondiente del lecho asimismo en cemento, haciendo cuerpo con el resto del inmueble y de la altura aconsejada para un sueño perfectamente fisiológico: seis a ocho centímetros. Otras ventajas: la perfecta coaptación del lecho con las paredes y suelo de la celda hace inexistente esa rendija en que en reiteradas ocasiones se han introducido mensajes en cifra, biblias protestantes, fotografías pornográficas o cápsulas de cianuro. Y no sólo eso: la solidez, el cuerpo, la armadura del cemento prestan (una vez que deja de considerarse tal mole grisácea como lecho y se pasa a la no menos útil perspectiva de ver en ella un paisaje habitable o un accidente geográfico) sólido apoyo y campo de ejercicio a quien quiera ejecutar los diversos tipos de gimnasia que una celda de aislamiento permite al prisionero: ejercicios respiratorios, yoga, swing de golf con palo imaginario, ataques epileptiformes voluntariamente simulados, precipitación al abismo y subida de nuevo a la montaña. Sobre el lecho, en efecto puesto el preso en pie, un rotundo cambio en la perspectiva es conseguido. El aire de las regiones superiores es sin duda más puro, los dibujos de la pared son más escasos allá arriba, los pies del guardia son vistos a su paso tras el ventanillo y no sus robustos hombros, el suelo de la celda con restos quizá de miga de pan, quizá de grasa, quizá de colillas deletéreas queda a mayor distancia. La misma almohada se convierte en pequeña colina árida que huella Gulliver, al fin, en un mundo a la medida humana.

Otra posible utilización del lecho consiste simplemente en sentarse con la mirada fija en el ventanuco y (más allá de él) en la pared desnuda y (más allá de ésta) en el mundo exterior concéntricamente ordenado. Alzando ahora la visual con ligera oblicuidad hacia las regiones más elevadas del pasillo, la cara del guardia (a su paso, regido por una periodicidad impropia) podrá ser vista sin necesidad de que él se incline y se comprobará así la presencia de sus ojos, de sus labios, de su nariz, de su boca y a veces de su frente.

La tercera posible utilización del lecho no es otra que la posición recumbente o postura de dormir, función nunca del todo imposible incluso en las más adversas circunstancias.

Aunque, durante las primeras horas, pudiera creerse que el silencio reina en aquellas confusas galerías, esta impresión es errónea y se debe a la escasez de señales acústicas significativas y a la escasa importancia, en el primer momento, de ruidos y rumores que, sin embargo, existen. Puede hacerse, a este respecto, un rápido inventario. Ante todo son constantes los ruidos de agua que corre, que se deben a los escapes de váteres y lavabos. Luego se advierte el eco y cóncava resonancia de las voces que podemos llamar exteriores, lamento de ciego vendiendo lotería, monótona mujer gruesa que pregona los periódicos, cláxones apagados por la distancia. Otras voces, por el contrario, son interiores y tienen mayor interés. Las más constantes son las que profieren los guardianes libres de servicio jugando a las cartas durante todo el día y toda la noche en la plazuela central del laberinto. Las más sorprendentes son las risas y juegos del Kindergarten subterráneo que forman los niños de las detenidas en la celda común que, por su pequeña edad, acompañan a sus madres. Estos niños corren, gritan y ríen sólo dentro de un espacio restringido, pero sus voces llegan hasta la más recóndita celda. Por último, constantemente se cree oír el nombre de alguno de los detenidos cuando es llamado, ya para declaración, ya para traslado, ya para libertad. La espera configura la materia prima de las vibraciones de forma que cada detenido cree, cuando aguza su oído, escuchar su propio nombre en boca de alguno de los inmediatos servidores del poder que radica unos metros más arriba.

Llegada la noche se da una manta parda al detenido. Llegado el día se le retira exigiéndole sea doblada por sus pliegues. Estos acontecimientos y los más banales del rancho o de la orina dan forma de calendario a un tiempo que, por lo demás, se muestra uniformemente constituido de angustia y virtudes teologales.

Luis Martín Santos, Tiempo de silencio (1962)

Dos voces de una misma autora

Ésta es una historia sobre el adulto que llevan dentro todos los niños. Vuelvo la vista atrás y tengo doce años. Soy una niña que ya tiene dentro de sí a la mujer de cincuenta que será, aunque es muy posible que entonces fuese más vieja que ahora. Los viejos guardan dentro de la tripa al niño que fueron, es más, lo ponen a menudo encima de la mesa porque, a cierta edad, uno sólo se acuerda de su niñez, del calor del escote de su madre, de su perfume a leche hervida o a rositas tempranas. Yo, a mis doce años, tengo dentro de mí a la señora de casi cincuenta que soy ahora o, más exactamente, a otra mujer que ya no conozco pero que, a los doce años, me susurraba al oído lo que debía hacer.
Nunca me he sentido en mi esplendor o plenitud. En el cenit de mi vida. Siempre he tenido doce años o cincuenta, y las elecciones nunca han sido fáciles. No es como cuando le das vueltas al rabito de una manzana, repitiendo en cada giro las letras del abecedario, para conocer la inicial del hombre con quien te vas a casar. Una vuelta, a de Alberto; dos, b de Benito; tres, c de Claudio… En el último giro, cuando por fin el rabito se desprende, nada ha tenido que ver la suerte o la predestinación, sino una presión mal disimulada, un tironcito de los dedos cuando se llega a la d de Daniel que es la persona con la que quieres compartir tus días y tus noches de ratita presumida. ¿Y por las noches qué harás? Dormir y callar, dormir y callar.
Pero hoy vuelvo la vista atrás, tengo doce años, y estoy en la cocina de nuestro piso en un barrio de clase media de la ciudad de Madrid. Me llamo Catalina Hernández, pero sólo me llamo así cuando estoy en la cocina o en el pupitre. No de noche, no a la caída del sol, cuando Angélica y yo cerramos la puerta del cuarto de juegos. La leonera.
Ahora soy Catalina o Cata o Cati y mi madre analiza una foto del periódico mientras fríe trocitos de pescado a la romana en una sartén de aceite hirviendo.
-Qué guarra, la tía.
Mi madre sabe hacer muchas cosas a la vez. Empana filetes y lee. Cose y canta. Prepara el café y fuma un cigarrillo. Mi madre siempre me hace la comida y por la tarde se va a trabajar. Es enfermera en la consulta de un odontólogo. A veces me deja su uniforme para disfrazarme y juego con Angélica en la leonera con la puerta cerrada a cal y canto. Allí Angélica se quita las gafas de miope que le achican los ojos y ya no es ella, sino una mujer de ojos inmensos, apabullantes, que, después de sufrir muchas desventuras, se va a comerse el mundo. Angélica suele ponerse el rostro de Blanca Estrada. Como una capucha cuando llueve o como la máscara con que los ladrones se cubren para robar los bancos. Angélica se la pide: “Yo me pido a Blanca Estrada.” Y a mí no me parece mal, porque tengo otras preferencias. Angélica y yo no discutimos nunca.
Siempre que mi madre me hace la comida, me imagino sus dedos dentro de la boca de un paciente con las muelas picadas. Entonces el estómago se me da la vuelta y me curo penando en las manos de mi madre que se frotan, se enjabonan, se aclaran debajo del grifo. Mi madre dice que la sangre no me llega a la cabeza porque como poco. Me baja la glucosa y tengo visiones extraterrestres. “Extravagantes”, me corrige mi padre. Después añade: “Insólitas, extraordinarias, inverosímiles.” Luego, coge el coche y se marcha a trabajar. Extravagantes o extraterrestres, mis visiones están provocadas por la falta de alimento. “Catalina está chaladita”, dice mi madre. Le gusta gastarme bromas. Sin embargo, hoy no me presta mucha atención. Está hipnotizada por la fotografía del periódico. No se pierde ni un detalle a la vez que pasa mecánicamente la carne blancuzca de un bacalao o de yo qué sé primero por el plato de harina y después por el huevo batido.
-¿No le dará vergüenza?

Tierno Galván y Susana Estrada, 14 de febrero de 1978.
Los trozos de pescado, al sacarlos del aceite, están doraditos, doraditos, y el oro del pez me distrae y oigo las voces de mamá y de la abuela Rosaura que son viejas y de pueblo o de campo, uno del derecho y otro del revés, cuarto y mitad, lavativa, emplasto, corchete, cuete en vez de cohete, coger el dobladillo, la que cose sin dedal cose poco y cose mal, me voy a tomar un otalidón, vuelta y vuelta, doraditos, doraditos, y me tapo las orejas de soplillo para dejar de oír, pero sigo teniendo bien abiertos los ojos y veo a mamá mientras coloca el pescado sobre una bandeja. Grumos harinosos flotan sobre el huevo, la punta del tenedor está pegajosa de engrudo.
-Pero ¿cómo puede atreverse una mujer a hacer estas cosas?
Me apetece meter el dedo en el huevo, pasar la palma de la mano por la punta sucia del tenedor. Palpar la textura del engrudo. Metérmelo en la boca. Hoy a mi madre le ha dado una arcada al freír el pescado. A ella, que suele comer los boquerones crudos mientras los limpia. Así que la náusea será consecuencia del olor del aceite. A mí también me harta el olor del aceite frito. Me llena la barriga antes de comer. Olisqueo.
-Catalina, te vas a comer el pescado. Quieras o no.
Me sorprendo al oír mi nombre en boca de mi madre. Catalina. Catalina. Catalina. Catalina es un nombre horroroso. De vieja. De pueblo. De mohína Catalina. De aspirina y de pepina. De monja y de quina. De gente con la nariz aquilina. Medicina, tetitna, estricnina. Cuando Angélica y yo nos encerramos en leonera me llamo Daniela, que suena a Italia y a abrigos de piel y a pastelería. Incluso suena a aviones que sobrevuelan el océano Atlántico. Mi madre, que me vigila continuamente incluso cuando creo que no lo hace, ahora vuelve a olvidarse de mí y, mientras corta tomates, ladea la cabeza para evaluar otro aspecto de esa foto que la tiene obsesionada:
-Qué pecho más feo. Hay que joderse.
Joderse, jiñarse, amolarse… Pueblo, pueblo y pueblo. Ordinariez. Mi madre se llama Sonia, que es un nombre bastante más bonito que el mío. Mamá le debería dar gracias a la abuela Rosaura. Pero a Sonia no le sirve de nada llamarse así, con un nombre que suena a Rusia y a nieve y a manguitos de marta y a María Silva, que hace de Anna Karénina – estricnina, aquilina, Catalina- en la novela de la televisión que vi con mi abuela hace tres años, porque, aunque mi madre fume cigarrillos mientras bebe café, huele a campo. Mi madre no se pinta y, cuando lo hace, se mancha con el rímel. Está muy rara mi madre cuando se pinta un rabillo negro. No parece ella. Mi madre aliña la ensalada y se limpia la mano en el delantal.
-Un pecho caído. Blandurrio. Tristón.
Mi madre ahora ha hablado como mi padre. Al hacerlo, palpa su propio pecho, que vive y que colea. Que aún no se ha caído y que me mira – me vigila incluso más atento y erguido que de costumbre – cada vez que ella se quita el sostén: en un probador de los grandes almacenes, para hacerse la cera en los sobacos par aponerse otro sujetador de color carne porque el negro se le transparenta por debajo de la blusa. El pecho de mi madre está relleno de pompas jabonosas, compuesto de una sustancia que es como saliva bajo la ente del microscopio o como el papel burbuja que sirve para proteger los objetos frágiles. Yo no daré nunca de mamar, aunque mi madre me diga que alimentarme con su propio cuerpo fue una satisfacción. Incluso a veces un placer que habría prologado durante meses y años. Ella es de campo como los vacas y las terneras. A mí, mi cuerpo me da grima – no me paso el dedo por las piernas para no presentir las varices que vendrán – y no me gusta que me pongan inyecciones. Inauguro en España el concepto de “distancia de seguridad”. Mi madre, como tuvo que ponerse a trabajar, empezó a dejarme preparados biberones que me daba con amor la abuela Rosaura. Pese a todo, mi madre siempre huele a leche a punto de romper a hervir.
-¡Neeeeeeeeela!
Aprovecho que mi madre se asoma un momento a la ventana para hablar con una vecina – a voz en grito por el agujero del patio- y me palpo con aprensión los abultados botones de mis dos tetitas que duelen. A veces noto un escozor como si la carne se abriera para dejar paso a la floración de una patata. Mi madre dice que como muy mal, pero como mucho pollo. “Es bueno por las hormonas y la grasa”, me dice mi amiga Gloria, mientras fuma su falso cigarrillo emboquillado. Gloria se llama Angélica, que es un nombre mucho más bonito que Catalina, Cata, Cati, Lina. Pero a Angélica no le gusta su nombre. Sus padres son intelectuales y ella viene a mi colegio, aunque podía ir a uno de pago, porque sus padres piensan que es mejor así. Esta idea me viene a menudo a la cabeza porque no la entiendo bien. A veces pienso que, igual que nosotras nos avergonzamos de nuestros padres –sí, nos avergonzamos- y yo querría para mí a los padres de Angélica y a Angélica le gustaría que mi madre fuera la suya le friese pescado al volver del colegio porque Angélica come en el puto comedor escolar – macarrones, lentejas con arroz, paella, flanes, naranjas y plátanos, de igual forma, los padres de Angélica se avergüenzan de ella porque no es tan lista como yo. No tendría nada que hacer en un colegio de pago, bilingüe y con campos de deportes. A Angélica no le gusta la gimnasia y se le da mal el inglés. “Jauduyudú”, así habla Angélica el inglés. Deberíamos practicar el cambio de parejas.
Mientras tanto, yo como pollo y miga de pan. Mucha, mucha miga de pan. Angélica lleva gafas de culo de vaso. Yo voy a ser una mujer hermosa. Un cisne que ya apunta manera en la exquisita delgadez de sus clavículas. Aunque, de momento, como miga de pan y soy una carpa del estanque. Con la piel babosa y del color del barro. El anzuelo, que aún lleva prendido un migote de pan húmedo, me sale por una de las agallas. Deslizante. Si alguien me hinca el diente, sabré a tierra y a excremento de caracol. Mi madre, que acaba de cerrar la ventana, quiere que cometa un acto de canibalismo.
-¿Por qué pones esa cara? Te vas a comer el pescado. Y punto, Catalina.
Con la cabeza le digo que sí mientras observo la foto del periódico. Como a mi madre, Susana Estrada me da repelús. Prefiero a su prima Blanca Estrada, que es como una princesa nórdica de ojos azules, pelo rubio, sonrisa dulce. Susana es angulosa y Blanca redondita. A mi madre Blanca Estrada tampoco le parece hermosa. No sabe que es un hada o una holandesa con su típico gorrito tan similar a unos cuernos de encaje, a una toca antigua de monja o al tricornio blanco de un guardia civil. Blanca Estrada es Angélica, que no tiene mucha imaginación, y aunque en la leonera yo no me la pido nunca, cuando le digo a mi madre que Blanca es una mujer hermosa, ella salta como si la pinchasen con tenedores, tridentes y espinas de rosal:
-¿Ésa? Pero si tiene cara de pan. ¡Por favor!
El aceite salpica la foto de la teta de Susana Estrada. El pescado salta mucho. Es por el agua que le queda entre la carne blancuzca. De bacalao, de japuta, de gallo, de lo que sea. Ahora yo tampoco puedo dejar de mirar la fotografía. Mi madre no le echa vinagre a la ensalada porque a mí el vinagre me pone los dientes largos.
-¿Y ese pobre hombre? Lo que tendría que aguantar…
Mi madre señala con la cabeza la imagen del viejo que aparece en primer plano junto a Susana Estrada. Cuando Angélica y yo jugamos en la leonera, Susana Estrada es la mala de todas las películas. También es la mujer más inteligente en oposición a Blanca, angelical y estúpida. Tal vez, Susana siempre es la mala porque mi madre le tiene manía. Me gusta cómo se indigna mi madre, las palabras que emplea cuando ya no puede contenerse y se sulfura como el pitorro de la olla. Mi madre es una mujer de verdad, con ese carácter que tienen que tener las mujeres, esa determinación, ese arrojo, esa capacidad para aguantar el dolor físico. Mi madre agarra las ollas calientes sin quemarse. Su cuerpo y el metal al rojo están a la misma temperatura. No hace falta que el agua alcance los cien grados centígrados para que ella llegue a su punto de ebullición. El agua de mi madre, Sonia Griñán – y Griñán suena a piedra, monasterio, puente, excursiones, campo, Cid Campeador, viñedos, y por eso yo me llamo sencillamente Daniela Astor como la sofisticada marca de un pintauñas-, el agua de mi madre se pone a hervir a diez o quince grados, estalla, se evapora, se olvida, vuelve a hervir. Cada vez que mi madre estalla, sufro una quemadura. Entonces superpongo el rostro de Susana Estrada al de mi madre y recupero uno de los dichos preferidos de Sonia Griñán, “Dios nos libre del agua mansa, que de la brava ya me libro yo”, y me anticipo a la indemostrable posibilidad de que las mujeres dulces como Blanca Estrada se conviertan en viudas negras. A la posibilidad de que todas seamos malas de corazón: también las mejores.
Quizá mi madre odia a Susana Estrada porque a mi padre le gusta. Mi padre es maestro, pero no en mi escuela. Cuando discute con mi madre, a mi padre la cara se le borra de la cara. No me confundo. La cara se le borra de la cara y no parece él, sino un hombre muchísimo más tonto. Un subnormal. Mis padres siempre se reconcilian, y después, otro día cualquiera, mi madre vuelve a su punto de ebullición. Discuten por el dinero y, pese a que mi madre es muy temperamental, no se enzarzan muy frecuentemente. Cuando lo hacen, yo, como todas las niñas del mundo, me tapo las orejas. Y no entiendo por qué mi padre no le calla la boca a mi madre, que chilla y chilla. Si mi madre no me quisiera tanto, la estrangularía con una almohada. No sé si mi padre estaría de acuerdo.
Mis padres tienen vida sexual porque yo oigo ruidos a través de la pared. Y casi sé en que consiste el sexo. Casi.
-¿Y ahora qué te pasa, Catalina? Cómete el pescado…
He debido de poner cara de asquito. Pero mi madre siempre me vigila y, porque negarlo, es graciosa.
-… no vaya a ser que él se te coma a ti.
Mi madre me hace chistes continuamente. Quizá se cree que soy más niña de lo que soy: “No vaya a ser que él se te coma a ti.” Hace poco, en una clase de historia sagrada, me contaron el episodio de Jonás y la ballena. No me pareció una historia muy interesante. Me interesan más los amores de Blanca y de Susana Estrada. El romance de Bárbara Rey con Alain Delon. La muerte de Sandra Mozarowsky.
Vuelvo la vida atrás. Tengo doce años. Estoy en la cocina. Me gusta acompañar a mi madre a la peluquería para leer revistas viejas. Para que me pongan los rulos y me claven horquillas en el cuerpo cabelludo. Soy una niña que ve la televisión mientras engulle trozos de pescado par no tenerlos que paladear.
Marta Sanz, Daniela Astor y la caja negra. Barcelona: Anagrama, 2013. 21-28




Pola ha pegado un salto de la cama. Se lava los dientes. Usa el bidé. Mientras, en la cama, Max recupera la imagen de la axila tensa de Pola, del sobaco estirado de Clara. Pola tiene senos y Clara tetas, Pola tiene vientre, Clara tripa, Pola tiene rostro, Clara, cara, Pola tiene cabello, Clara, pelo, Pola tiene pubis, Clara, potra, Pola tiene vagina, labios menores y mayores, una enorme complejidad de tejidos y fibras replegados, Clara tiene chocho, Pola tiene durezas, Clara, callos, Pola, cutículas, Clara padrastros, Pola, marcas de expresión, Clara, arrugas, Pola, una boca fina, Clara una boca de culo. Por eso, Max yace con Pola. Por eso, le dan miedo las asistentas y las torres de los siete jorobados. Y, sin embargo, Max está convencido de que, de no ser por esos mínimos detalles, por fuera, Clara y Pola son la misma persona, hermanas siamesas, productos de la misma bolsa gemelar, identidades que en la duplicación se excluyen, se anulan, se desintegran hasta convertirse en nada. Hermanas tan iguales que no está seguro de con quién acaba de follar.

Marta Sanz, Susana y los viejos, 2006