Dos voces de una misma autora

Ésta es una historia sobre el adulto que llevan dentro todos los niños. Vuelvo la vista atrás y tengo doce años. Soy una niña que ya tiene dentro de sí a la mujer de cincuenta que será, aunque es muy posible que entonces fuese más vieja que ahora. Los viejos guardan dentro de la tripa al niño que fueron, es más, lo ponen a menudo encima de la mesa porque, a cierta edad, uno sólo se acuerda de su niñez, del calor del escote de su madre, de su perfume a leche hervida o a rositas tempranas. Yo, a mis doce años, tengo dentro de mí a la señora de casi cincuenta que soy ahora o, más exactamente, a otra mujer que ya no conozco pero que, a los doce años, me susurraba al oído lo que debía hacer.
Nunca me he sentido en mi esplendor o plenitud. En el cenit de mi vida. Siempre he tenido doce años o cincuenta, y las elecciones nunca han sido fáciles. No es como cuando le das vueltas al rabito de una manzana, repitiendo en cada giro las letras del abecedario, para conocer la inicial del hombre con quien te vas a casar. Una vuelta, a de Alberto; dos, b de Benito; tres, c de Claudio… En el último giro, cuando por fin el rabito se desprende, nada ha tenido que ver la suerte o la predestinación, sino una presión mal disimulada, un tironcito de los dedos cuando se llega a la d de Daniel que es la persona con la que quieres compartir tus días y tus noches de ratita presumida. ¿Y por las noches qué harás? Dormir y callar, dormir y callar.
Pero hoy vuelvo la vista atrás, tengo doce años, y estoy en la cocina de nuestro piso en un barrio de clase media de la ciudad de Madrid. Me llamo Catalina Hernández, pero sólo me llamo así cuando estoy en la cocina o en el pupitre. No de noche, no a la caída del sol, cuando Angélica y yo cerramos la puerta del cuarto de juegos. La leonera.
Ahora soy Catalina o Cata o Cati y mi madre analiza una foto del periódico mientras fríe trocitos de pescado a la romana en una sartén de aceite hirviendo.
-Qué guarra, la tía.
Mi madre sabe hacer muchas cosas a la vez. Empana filetes y lee. Cose y canta. Prepara el café y fuma un cigarrillo. Mi madre siempre me hace la comida y por la tarde se va a trabajar. Es enfermera en la consulta de un odontólogo. A veces me deja su uniforme para disfrazarme y juego con Angélica en la leonera con la puerta cerrada a cal y canto. Allí Angélica se quita las gafas de miope que le achican los ojos y ya no es ella, sino una mujer de ojos inmensos, apabullantes, que, después de sufrir muchas desventuras, se va a comerse el mundo. Angélica suele ponerse el rostro de Blanca Estrada. Como una capucha cuando llueve o como la máscara con que los ladrones se cubren para robar los bancos. Angélica se la pide: “Yo me pido a Blanca Estrada.” Y a mí no me parece mal, porque tengo otras preferencias. Angélica y yo no discutimos nunca.
Siempre que mi madre me hace la comida, me imagino sus dedos dentro de la boca de un paciente con las muelas picadas. Entonces el estómago se me da la vuelta y me curo penando en las manos de mi madre que se frotan, se enjabonan, se aclaran debajo del grifo. Mi madre dice que la sangre no me llega a la cabeza porque como poco. Me baja la glucosa y tengo visiones extraterrestres. “Extravagantes”, me corrige mi padre. Después añade: “Insólitas, extraordinarias, inverosímiles.” Luego, coge el coche y se marcha a trabajar. Extravagantes o extraterrestres, mis visiones están provocadas por la falta de alimento. “Catalina está chaladita”, dice mi madre. Le gusta gastarme bromas. Sin embargo, hoy no me presta mucha atención. Está hipnotizada por la fotografía del periódico. No se pierde ni un detalle a la vez que pasa mecánicamente la carne blancuzca de un bacalao o de yo qué sé primero por el plato de harina y después por el huevo batido.
-¿No le dará vergüenza?

Tierno Galván y Susana Estrada, 14 de febrero de 1978.
Los trozos de pescado, al sacarlos del aceite, están doraditos, doraditos, y el oro del pez me distrae y oigo las voces de mamá y de la abuela Rosaura que son viejas y de pueblo o de campo, uno del derecho y otro del revés, cuarto y mitad, lavativa, emplasto, corchete, cuete en vez de cohete, coger el dobladillo, la que cose sin dedal cose poco y cose mal, me voy a tomar un otalidón, vuelta y vuelta, doraditos, doraditos, y me tapo las orejas de soplillo para dejar de oír, pero sigo teniendo bien abiertos los ojos y veo a mamá mientras coloca el pescado sobre una bandeja. Grumos harinosos flotan sobre el huevo, la punta del tenedor está pegajosa de engrudo.
-Pero ¿cómo puede atreverse una mujer a hacer estas cosas?
Me apetece meter el dedo en el huevo, pasar la palma de la mano por la punta sucia del tenedor. Palpar la textura del engrudo. Metérmelo en la boca. Hoy a mi madre le ha dado una arcada al freír el pescado. A ella, que suele comer los boquerones crudos mientras los limpia. Así que la náusea será consecuencia del olor del aceite. A mí también me harta el olor del aceite frito. Me llena la barriga antes de comer. Olisqueo.
-Catalina, te vas a comer el pescado. Quieras o no.
Me sorprendo al oír mi nombre en boca de mi madre. Catalina. Catalina. Catalina. Catalina es un nombre horroroso. De vieja. De pueblo. De mohína Catalina. De aspirina y de pepina. De monja y de quina. De gente con la nariz aquilina. Medicina, tetitna, estricnina. Cuando Angélica y yo nos encerramos en leonera me llamo Daniela, que suena a Italia y a abrigos de piel y a pastelería. Incluso suena a aviones que sobrevuelan el océano Atlántico. Mi madre, que me vigila continuamente incluso cuando creo que no lo hace, ahora vuelve a olvidarse de mí y, mientras corta tomates, ladea la cabeza para evaluar otro aspecto de esa foto que la tiene obsesionada:
-Qué pecho más feo. Hay que joderse.
Joderse, jiñarse, amolarse… Pueblo, pueblo y pueblo. Ordinariez. Mi madre se llama Sonia, que es un nombre bastante más bonito que el mío. Mamá le debería dar gracias a la abuela Rosaura. Pero a Sonia no le sirve de nada llamarse así, con un nombre que suena a Rusia y a nieve y a manguitos de marta y a María Silva, que hace de Anna Karénina – estricnina, aquilina, Catalina- en la novela de la televisión que vi con mi abuela hace tres años, porque, aunque mi madre fume cigarrillos mientras bebe café, huele a campo. Mi madre no se pinta y, cuando lo hace, se mancha con el rímel. Está muy rara mi madre cuando se pinta un rabillo negro. No parece ella. Mi madre aliña la ensalada y se limpia la mano en el delantal.
-Un pecho caído. Blandurrio. Tristón.
Mi madre ahora ha hablado como mi padre. Al hacerlo, palpa su propio pecho, que vive y que colea. Que aún no se ha caído y que me mira – me vigila incluso más atento y erguido que de costumbre – cada vez que ella se quita el sostén: en un probador de los grandes almacenes, para hacerse la cera en los sobacos par aponerse otro sujetador de color carne porque el negro se le transparenta por debajo de la blusa. El pecho de mi madre está relleno de pompas jabonosas, compuesto de una sustancia que es como saliva bajo la ente del microscopio o como el papel burbuja que sirve para proteger los objetos frágiles. Yo no daré nunca de mamar, aunque mi madre me diga que alimentarme con su propio cuerpo fue una satisfacción. Incluso a veces un placer que habría prologado durante meses y años. Ella es de campo como los vacas y las terneras. A mí, mi cuerpo me da grima – no me paso el dedo por las piernas para no presentir las varices que vendrán – y no me gusta que me pongan inyecciones. Inauguro en España el concepto de “distancia de seguridad”. Mi madre, como tuvo que ponerse a trabajar, empezó a dejarme preparados biberones que me daba con amor la abuela Rosaura. Pese a todo, mi madre siempre huele a leche a punto de romper a hervir.
-¡Neeeeeeeeela!
Aprovecho que mi madre se asoma un momento a la ventana para hablar con una vecina – a voz en grito por el agujero del patio- y me palpo con aprensión los abultados botones de mis dos tetitas que duelen. A veces noto un escozor como si la carne se abriera para dejar paso a la floración de una patata. Mi madre dice que como muy mal, pero como mucho pollo. “Es bueno por las hormonas y la grasa”, me dice mi amiga Gloria, mientras fuma su falso cigarrillo emboquillado. Gloria se llama Angélica, que es un nombre mucho más bonito que Catalina, Cata, Cati, Lina. Pero a Angélica no le gusta su nombre. Sus padres son intelectuales y ella viene a mi colegio, aunque podía ir a uno de pago, porque sus padres piensan que es mejor así. Esta idea me viene a menudo a la cabeza porque no la entiendo bien. A veces pienso que, igual que nosotras nos avergonzamos de nuestros padres –sí, nos avergonzamos- y yo querría para mí a los padres de Angélica y a Angélica le gustaría que mi madre fuera la suya le friese pescado al volver del colegio porque Angélica come en el puto comedor escolar – macarrones, lentejas con arroz, paella, flanes, naranjas y plátanos, de igual forma, los padres de Angélica se avergüenzan de ella porque no es tan lista como yo. No tendría nada que hacer en un colegio de pago, bilingüe y con campos de deportes. A Angélica no le gusta la gimnasia y se le da mal el inglés. “Jauduyudú”, así habla Angélica el inglés. Deberíamos practicar el cambio de parejas.
Mientras tanto, yo como pollo y miga de pan. Mucha, mucha miga de pan. Angélica lleva gafas de culo de vaso. Yo voy a ser una mujer hermosa. Un cisne que ya apunta manera en la exquisita delgadez de sus clavículas. Aunque, de momento, como miga de pan y soy una carpa del estanque. Con la piel babosa y del color del barro. El anzuelo, que aún lleva prendido un migote de pan húmedo, me sale por una de las agallas. Deslizante. Si alguien me hinca el diente, sabré a tierra y a excremento de caracol. Mi madre, que acaba de cerrar la ventana, quiere que cometa un acto de canibalismo.
-¿Por qué pones esa cara? Te vas a comer el pescado. Y punto, Catalina.
Con la cabeza le digo que sí mientras observo la foto del periódico. Como a mi madre, Susana Estrada me da repelús. Prefiero a su prima Blanca Estrada, que es como una princesa nórdica de ojos azules, pelo rubio, sonrisa dulce. Susana es angulosa y Blanca redondita. A mi madre Blanca Estrada tampoco le parece hermosa. No sabe que es un hada o una holandesa con su típico gorrito tan similar a unos cuernos de encaje, a una toca antigua de monja o al tricornio blanco de un guardia civil. Blanca Estrada es Angélica, que no tiene mucha imaginación, y aunque en la leonera yo no me la pido nunca, cuando le digo a mi madre que Blanca es una mujer hermosa, ella salta como si la pinchasen con tenedores, tridentes y espinas de rosal:
-¿Ésa? Pero si tiene cara de pan. ¡Por favor!
El aceite salpica la foto de la teta de Susana Estrada. El pescado salta mucho. Es por el agua que le queda entre la carne blancuzca. De bacalao, de japuta, de gallo, de lo que sea. Ahora yo tampoco puedo dejar de mirar la fotografía. Mi madre no le echa vinagre a la ensalada porque a mí el vinagre me pone los dientes largos.
-¿Y ese pobre hombre? Lo que tendría que aguantar…
Mi madre señala con la cabeza la imagen del viejo que aparece en primer plano junto a Susana Estrada. Cuando Angélica y yo jugamos en la leonera, Susana Estrada es la mala de todas las películas. También es la mujer más inteligente en oposición a Blanca, angelical y estúpida. Tal vez, Susana siempre es la mala porque mi madre le tiene manía. Me gusta cómo se indigna mi madre, las palabras que emplea cuando ya no puede contenerse y se sulfura como el pitorro de la olla. Mi madre es una mujer de verdad, con ese carácter que tienen que tener las mujeres, esa determinación, ese arrojo, esa capacidad para aguantar el dolor físico. Mi madre agarra las ollas calientes sin quemarse. Su cuerpo y el metal al rojo están a la misma temperatura. No hace falta que el agua alcance los cien grados centígrados para que ella llegue a su punto de ebullición. El agua de mi madre, Sonia Griñán – y Griñán suena a piedra, monasterio, puente, excursiones, campo, Cid Campeador, viñedos, y por eso yo me llamo sencillamente Daniela Astor como la sofisticada marca de un pintauñas-, el agua de mi madre se pone a hervir a diez o quince grados, estalla, se evapora, se olvida, vuelve a hervir. Cada vez que mi madre estalla, sufro una quemadura. Entonces superpongo el rostro de Susana Estrada al de mi madre y recupero uno de los dichos preferidos de Sonia Griñán, “Dios nos libre del agua mansa, que de la brava ya me libro yo”, y me anticipo a la indemostrable posibilidad de que las mujeres dulces como Blanca Estrada se conviertan en viudas negras. A la posibilidad de que todas seamos malas de corazón: también las mejores.
Quizá mi madre odia a Susana Estrada porque a mi padre le gusta. Mi padre es maestro, pero no en mi escuela. Cuando discute con mi madre, a mi padre la cara se le borra de la cara. No me confundo. La cara se le borra de la cara y no parece él, sino un hombre muchísimo más tonto. Un subnormal. Mis padres siempre se reconcilian, y después, otro día cualquiera, mi madre vuelve a su punto de ebullición. Discuten por el dinero y, pese a que mi madre es muy temperamental, no se enzarzan muy frecuentemente. Cuando lo hacen, yo, como todas las niñas del mundo, me tapo las orejas. Y no entiendo por qué mi padre no le calla la boca a mi madre, que chilla y chilla. Si mi madre no me quisiera tanto, la estrangularía con una almohada. No sé si mi padre estaría de acuerdo.
Mis padres tienen vida sexual porque yo oigo ruidos a través de la pared. Y casi sé en que consiste el sexo. Casi.
-¿Y ahora qué te pasa, Catalina? Cómete el pescado…
He debido de poner cara de asquito. Pero mi madre siempre me vigila y, porque negarlo, es graciosa.
-… no vaya a ser que él se te coma a ti.
Mi madre me hace chistes continuamente. Quizá se cree que soy más niña de lo que soy: “No vaya a ser que él se te coma a ti.” Hace poco, en una clase de historia sagrada, me contaron el episodio de Jonás y la ballena. No me pareció una historia muy interesante. Me interesan más los amores de Blanca y de Susana Estrada. El romance de Bárbara Rey con Alain Delon. La muerte de Sandra Mozarowsky.
Vuelvo la vida atrás. Tengo doce años. Estoy en la cocina. Me gusta acompañar a mi madre a la peluquería para leer revistas viejas. Para que me pongan los rulos y me claven horquillas en el cuerpo cabelludo. Soy una niña que ve la televisión mientras engulle trozos de pescado par no tenerlos que paladear.
Marta Sanz, Daniela Astor y la caja negra. Barcelona: Anagrama, 2013. 21-28




Pola ha pegado un salto de la cama. Se lava los dientes. Usa el bidé. Mientras, en la cama, Max recupera la imagen de la axila tensa de Pola, del sobaco estirado de Clara. Pola tiene senos y Clara tetas, Pola tiene vientre, Clara tripa, Pola tiene rostro, Clara, cara, Pola tiene cabello, Clara, pelo, Pola tiene pubis, Clara, potra, Pola tiene vagina, labios menores y mayores, una enorme complejidad de tejidos y fibras replegados, Clara tiene chocho, Pola tiene durezas, Clara, callos, Pola, cutículas, Clara padrastros, Pola, marcas de expresión, Clara, arrugas, Pola, una boca fina, Clara una boca de culo. Por eso, Max yace con Pola. Por eso, le dan miedo las asistentas y las torres de los siete jorobados. Y, sin embargo, Max está convencido de que, de no ser por esos mínimos detalles, por fuera, Clara y Pola son la misma persona, hermanas siamesas, productos de la misma bolsa gemelar, identidades que en la duplicación se excluyen, se anulan, se desintegran hasta convertirse en nada. Hermanas tan iguales que no está seguro de con quién acaba de follar.

Marta Sanz, Susana y los viejos, 2006