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El primer cuento de Liliana

Fue por desafío que escribí mi primer cuento. Brevemente ocurrió así: Castillo y Liberman habían decidido publicar algo mío en el número 4 de la revista. Pensaban en mi túnguele[1], pero por las dudas me pidieron que llevara a la reunión otros escritos míos. Por eso, aquel viernes de junio de 1960 me aparecí en Los Angelitos con la carpeta negra que contenía mis manuscritos. Esa noche, entre los diversos asistentes, apareció un poeta desconocido (al menos para mí) al que le decían "el Gorrión". Tenía la pinta justa del "varón que se las sabe todas". Sin pedirme autorización, agarró mi carpeta, que yo había dejado sobre la mesa, y se puso a leer. Al rato, medio torciendo la boca, me dijo: "Sí, está bien, pero eso no son cuentos: en los cuentos la gente fuma, tiene tos, usa sombrero." Quedé fulminada por el odio: no le había pedido opinión ni había pretendido escribir cuentos. Como no pude hacer lo que realmente deseaba ––darle una buena patada en el lugar indicado–– seguí el único camino que se me ocurrió para no quedar maltrecha: demostrarme a mí misma que, si quería, podía escribir un cuento. Al día siguiente, sin más recurso que mi determinación, me senté ante la Royal semiportátil que me había prestado el novio de mi hermana y escribí las palabras: "A veces me da una risa" y, arrastrada por el enigma de esa frase inicial, seguí escribiendo cautivada, sin darme cuenta de que estaba valiéndome del poder de hablar con una voz que no era la mía y de instalar en el mundo una historia que antes no existía. En algún lugar me detuve. Recuerdo que pensé: "¿Y ahora cómo sigo?". Leí lo último que había escrito y tuve claro que ese era el final. Un buen final, por otra parte, ya que la protagonista, que empezó aludiendo a la risa, termina llorando en la cama.


Si hay un punto de viraje ––un primer indicio de mi "intimidad de oficiante"–– es ese segundo en que me detuve y descubrí que ahí había un final. El momento (pienso ahora) en que por primera vez busqué la forma de que lo narrado para mí les hablara a otros.

 

Liliana Heker, Intimidad de un oficio.  Buenos Aires: Ediciones Godot, 2025. 22-23



[1] "Me recuerdo sentada en el sofá cama de mi hermana con la compulsión incontenible de escribir algo que no tenía idea de qué iba a ser. Sin detenerme a pensarlo, tomé un cuaderno y escribí un título: "¿Te gustan las aceitunas?". A partir de ahí me dejé llevar por el deseo de un narrador que se me impuso y por la incertidumbre o la soltura que le daba (y me daba) no saber a qué genero pertenecía eso que estaba escribiendo. Hasta que, al final, el narrador decide que esto que acaba de escribir no es un cuento ni una novela ni un poema y establece que es un túnguele y que acaba de inventar el primer túnguele de la historia de la literatura." (16-17)

Para pensar en el CONFLICTO

Las palabras «conflicto» y «crisis» no siempre significan que el personaje principal deba hacer frente a cuestiones de vida o muerte. De hecho, en muchas de las grandes historias de la literatura universal no hallamos demasiada acción en términos objetivos: pero toda obra de calidad contiene una resistencia y un momento de revelación, y si no se es capaz de transmitir de manera interesante el sufrimiento del personaje, no despertará ni la atención ni la compasión del lector.

Ayudémonos con un sencillo cuestionario para determinar nuestros momentos de conflicto, crisis y resolución:

·       ¿Tienes claro cuál es el conflicto principal que deseas transmitir?

·      ¿Es un tipo de conflicto que desafía al protagonista, a otros personajes, a una comunidad, al narrador, o el estilo de la obra es un desafío en sí mismo?

·      ¿Crees que el conflicto suscita simpatía hacia el protagonista? ¿El/La lector/a se «pone de su parte»?

·      ¿El conflicto principal conduce a un momento álgido de crisis, o es un conflicto irresoluble y, por lo tanto, no conduce a ninguna parte?

·      ¿Crees que el momento de crisis tendrá un gran impacto en quien lea?

·      ¿Esa crisis plantea al/a protagonista una situación en la que puede perderlo o ganarlo todo?

·      ¿Consideras que la resolución a esa crisis plantea un final justo y coherente con el resto de la historia?

·      ¿La resolución responde a las preguntas que se realiza todo/a lector/a acerca del/a protagonista y su evolución?

·      ¿Crees que la resolución de tu historia dejará pensativos a tus lectore/as? 

[...]

También ayuda pensar en términos de objetivo y obstáculo. Puedes considerar el objetivo de un protagonista como una fuerza irresistible de tu historia, y el obstáculo como un objeto inamovible al que debe enfrentarse. Cuando estos dos elementos confluyen, la reacción es explosiva. [...]

No puede existir un momento dramático sin un roce de energías diametralmente opuestas que conforman el conflicto de tu historia. Y sin dramatismo, muchos lectores pierden el interés por seguir leyendo. Incluso la escritura más pausada y lírica se queda desnuda sin las fuerzas en liza del objetivo y el obstáculo. Resultan aún más elementales que las figuras del protagonista y el antagonista, porque el objetivo y el obstáculo se refieren a cualquier tipo de fuerza (física, emocional o psicológica) que mantiene vivo el motor del conflicto.

Estos dos elementos [objetivo y obstáculo] conforman una especie de balancín, y funcionan mejor cuando los dos tienen el mismo peso dentro de la historia, pero se sitúan en polos opuestos del arco del conflicto. Si uno de los dos es demasiado fuerte o débil, el desenlace se anticipará a mitad de camino, y el lector perderá interés.

El argumento de una historia es altamente convincente cuando la tensión narrativa se transmite con claridad, por lo tanto, hay que evitar las escenas que generen conflictos abiertamente ambiguos, es decir, donde no se sepa qué tipo de obstáculo o enfrentamiento se plantea, cuáles son los personajes implicados, o qué se necesita (o debe averiguarse) para resolverlo. Algunos escritores pretenden crear ambigüedad para añadir interés a su relato, aunque aquí hay que ser más cuidadosos: la incertidumbre y la duda deben referirse a las distintas interpretaciones a las que puede dar pie una situación. Pero esa falta de claridad nunca puede ser a costa de la intencionalidad del conflicto: la tensión argumental y de los personajes debe ser evidentes para el lector. [...] 

Un error común a la hora de reflexionar sobre nuestro conflicto de base y la mayor forma de desarrollarlo es pensar en conflictos poco creíbles o tópicos. Otros errores habituales son presentar varios conflictos menores que diluyen el momento álgido de tensión, presentar ese clímax demasiado tarde o temprano, o que su resolución no guarde la cohesión causa-efecto con los antecedentes que llevan a este desenlace. 

[...]

Tipología del conflicto:

·      ¿Qué personajes o personajes se oponen al protagonista en la persecución de sus mismos objetivos? Recordemos dos reglas de oro: toda tensión alberga un objetivo y obstáculo; ambos tienen el mismo peso dentro de la historia pero se sitúan en polos opuestos.

·      ¿A qué fuerzas de la naturaleza o del destino - fuerzas fuera de su control - se enfrenta el protagonista, si es que hay alguna?

·      ¿A qué fuerzas sociales se enfrenta el protagonista, si es el caso?

·      ¿A qué obstáculos personales debe hacer frente?

·      Pueden referirse a una tensión psicológica consigo mismo o intrapersonal.

·      ¿Cuál de las dos fuerzas en oposición prevalece en los esfuerzos del protagonista por alcanzar su objetivo?

La respuesta a esta última pregunta te aportará la clave del tipo de conflicto central que tienes en mente.

 

Tomado de: Carme Font, Cómo diseñar el conflicto narrativo. Claves para comprender y encauzar la tensión literaria.  Alba, 2009.  36-41

Más sobre el conflicto

Isabel Calvo, "El conflicto y el cambio"


El cuento se ocupa de una historia pequeña narrada en detalle y no suelen caber en el género los grandes conflictos, que precisarían una mayor extensión para su correcto desarrollo. Lo habitual es que no se trabaje con el centro de estos grandes temas (la muerte, el amor, la familia), sino con pequeñas fuerzas que se hallan en la periferia, donde lo que es menos termina siendo más por su importancia para el protagonista. Lo que da valor a la anécdota es su significado para el personaje, su dimensión mayor, su sentido.

[...]
Un buen relato es como una cuidadosa lupa que toma nota del detalle o del pequeño gesto, de tal manera que en esas pequeñas anécdotas y detalles aparezcan reflejos y resonancias de asuntos más grandes.


Fragmento de Escribir cuento: Manual para cuentistas de Escuela de Escritores. Páginas de Espuma, 2020.