Proclama de Adán
¿Sabías, Eva, que el paraíso sólo existe en las tarjetas postales? Por eso el mar y el cielo son un mismo embuste azul y las moñas despeinadas de los árboles lucen tan imposiblemente verdes bajo la resolana. Y el atardecer —esa hemorragia ardiente que fascina a los tránsfugas del frío— exhibe su ojo venoso entre las pencas de las palmas.
En realidad, el mar es turbio como yo, impredecible como los remolinos de tu antojo. El cielo a veces tiene el brillo opaco de la bruma o la cortina gris que ahoga las ciudades. Y lo único rojo en mi paisaje es ese tinte huraño que allana tus mejillas cuando suelto las ganas por tu playa.
Mira a tu alrededor: el salitre nieva las pestañas. La arena entrega a la marea su alfombra de jeringuillas desechadas. El mar escupe guirnaldas de chatarra y botellas sin mensajes. Los cangrejos borrachos de petróleo garabatean al revés tu inicial y la mía sobre la costa amortajada.
Eso es belleza, Eva. El paraíso no es más que un sueño de dioses derrocados.
Memorándum de Eva
Rodar desnuda por la arena asquerosa; deslizar mis carnes entre la basura; beber las aguas estancadas de las gomas; degustar el vómito de larvas y renacuajos; masticar como tortuga confundida las barrigas hinchadas del plástico; lamer los restos rancios de las cajas; chupar los cuellos rotos de los frascos; disputarles a los perros las vísceras de un ave; inmiscuir la lengua por las ranuras apestosas de las latas; hundir las piernas y los muslos en las babas verdes de un caño; pintarme de mercurio; perfumarme de azufre; embarrarme la cara con moho y grasa; y, cuando den las doce del deseo, arrastrar este bulto hasta el mar y navegar, sin brújula ni vela, sobre tu lomo tieso y frío, Adán.
Ana Lydia Vega (Santurce, 1946)
Tomado de Crucero Caribe. Cuentos selectos. Universidad Autónoma de México, 2025. 201-202
