ALGO que nos preocupa

A quien corresponda,

Me aterra mucho pensar en ser el final de un libro mal hecho. Que lleguen a la última página, me cierren y me olviden. No lo digo por vanidoso o sobrado, ni porque que me ame demasiado; quizás es porque vi mi propia creación en un libro arrugado y maltrecho, y no lo odie. Quizás fue suficiente lo que vi, y me agrado tanto de la historia que, realmente, ni siquiera pensé que tendría un final. Quiero leerlo más de treinta veces, porque de veras que no me aburro, incluso con su aborrecible monotonía y con su perfecto infortunio. Es perfecto para mí; es mi libro, solo mío. No quiero aburrirlos con detalles porque realmente no me importa contarles de que trata el libro, pues es un poco personal, y no lo leo porque quiera contarlo, lo leo porque sí, porque me gustó. ¿No te ha pasado? Que te adhieres tanto a algo que se vuelve tan importante para ti que pensar en soltarlo parece casi un mal trago. Como ves, claramente me paso a mi… Que puedo decir… quizás sueno como un loco arrogante y orgulloso que romantiza demasiado un libro común y corriente que ni siquiera compite con los relatos de otros. Pero, es tan importante para mí…  Contra todo pronóstico, desde que las primeras partículas les dio con esparcirse, salió mi libro tan feo… pero tan colorido… que me aterra cerrarlo un día, y olvidar que lo terminé, como si nunca lo hubiera leído…




La vida es una locomotora

     Entro al tren como de costumbre a las siete de la mañana. Hace frío y el tren esta lleno de personas. Me siento. Libro y un bolígrafo verde en la mano. Me pongo a leer mientras escucho el alboroto, y los silencios, de la gente a mi alrededor. Las palabras se me resbalan. Me gusta el libro, sí, pero con este ruido de hoy. Con tanta gente… no soy agorafóbico, pero los entiendo. Difícil concentrarse. Libro de tarea. Libro de ocio. Bolígrafo verde.

     Levanto la vista, un momento. Gente hipnotizada por algo. Un teléfono, una canción pegajosa, una tarea escolar. Una persona, una camisa. La nueva moda de algún peluche, que ya no son los labubus. Hipnotizados con algo. Un libro, como yo, por ejemplo. Hipnotizados todos. Padre joven con sus hijos y la madre incluso más joven. Todos tenemos algo en la cabeza, en nuestro pequeño mundo. Bajo los efectos de algo. La gente ignora al loco típico. La gente ignora al músico. Yo ignoro al que me pide dinero. 

     Siento que la vida se me está escurriendo por los dedos y ni siquiera tengo treinta años. No sé qué me pasa. Veo al niño con una tableta más grande que su cabeza en sus manos. Con todo y eso, ¿existe alguna diferencia entre él y yo? Veo al señor, boina inglesa puesta, que no hace nada, solo sonríe y mira por la ventana mientras el tren acelera. Me pregunto: con tan poca vida, ¿qué carajo tengo que hacer para vivirla?




Extracto de un autor sufriendo

Mi enemiga eterna, la página en blanco. Cuando la veo, pierdo todo pensamiento lógico y caigo en un pánico que dura días enteros. Cuando la página está en blanco, el calor se intensifica, toda persona empieza a pedir favores, me da hambre, noto que me debo bañar y la lista de reproducciones de música se pone en muy mala vibra. ¡Cuánto desprecio esas páginas! Y por eso, dedico mi vida a eliminarlas con mis palabras.

La página en blanco de hoy es digna contrincante. El miércoles la abrí y no pude hacerle nada. El jueves la volví a enfrentar y apenas pude poner algunas palabras en esta hoja tan pálida. El viernes luchamos por horas y apenas pude escribir el párrafo inicial, esta hoja se ha ganado mi respeto. El sábado tomé un descanso, había otras hojas que necesitaban mi atención. Luego llega el domingo, ese día tan odiado por los estudiantes. Es en ese día que descubro cuánto odio el texto en esta hoja y mientras borro todo ese texto horrible, la hoja se ríe de mí. Ella es restaurada a su forma original y recupera mucho de su poder malvado de hoja en blanco.

Pero no soy alguien que se rinde, yo voy a luchar hasta el último minuto de mi cordura. Es en ese momento que el mundo por fin se calla, cuando el calor desaparece, cuando los favores paran y cuando el hambre no importa. Es cuando por fin escribo con toda confianza y hasta orgullo.




El pintor miró la obra frente sus ojos con detenimiento. Consistía en un hombre engabanado sentado en un banco con sus manos en su cara y un océano rodeado de montañas al fondo. Parecía un paisaje extranjero, tal vez del norte de los Estados Unidos. Más allá de lo visual, la “pintura” tenía un aire triste, pero había algo inconsistente con las pinceladas, el sujeto se veía mucho más detallado que sus alrededores. El pintor pensó en el significado profundo que esto podía contener y ansió por hablar con el artista. Miro por toda la galería a los numerosos visitantes que la llenaban y al fin encontró al supuesto artista parado al final, al lado de su podio utilizando su celular. 

“Permiso, joven,” le dijo el pintor.

El supuesto artista levanto su mirada de su celular lentamente y fijo unos ojos aburridos en el pintor. “¿Ajá?”

“La obra que está alla, del hombre en el banco, ¿que la inspiro?”

“Ah, eso la generé cuando estaba triste. Le conte a la inteligencia artificial mis sentimientos y eso fue lo que generó.”

El pintor paro en seco. “¿La inteligencia artificial?”

“¿Ajá?” respondió el que generó la imagen con cierto aire defensivo.

“¿Osea que eso usted no lo pinto?”

“Mira,” comenzó, claramente irritado. “No venga a mi exhibición si va a comenzar con estas quejas. Yo inspiré la obra; así es mi arte.”

El pintor se quedó callado; antes de que pudiese decir más nada, llamaron al “artista” a su podio para dar un pequeño discurso sobre su exhibición.

El pintor no se quedó para escucharlo.




Ya nada es igual

Ya nada es igual. Son pocas las personas que leen. Igual, no tienen por qué hacerlo, pues con un toque en el teclado pueden obtener la respuesta a todas sus dudas sin tener que poner el mínimo esfuerzo. Son pocos los que escriben sin ayuda. La inteligencia artificial se ha encargado de hacerlo por todo aquel que no quiere pensar por cuenta propia. Los niños ya no juegan al aire libre. No corren bicicleta. No salen al patio. No conocen lo que es el aburrimiento. Las familias ya no conversan en los restaurantes. Todos están muy pendientes al celular: los padres de las noticias, los jóvenes de las redes sociales y los niños de sus juegos de entretenimiento. Ya no se viven las experiencias en el momento. Todo se está fotografiando. Todo se está grabando. Todo se sube a las redes. Hemos cambiado la consejería profesional por una terapia de Chat GPT. Hemos sustituido el leer, el escribir, el reflexionar, el crear por el “doom scroll” de las redes. ¿Qué es lo primero que hacemos cuando nos levantamos por la mañana? Nos alimentamos de la vida de los “influencers” y deseamos en el fondo de nuestro corazón que la nuestra fuera más parecida a la de ellos. No obstante, las redes son un engaño y poco se nos va la vida comparándonos con personas que ni siquiera conocemos. Antes éramos libres. Ahora somos esclavos de la pantalla.




—Fíjate, después de todo, no me caes mal.

Allí estábamos, sentados en algún rincón de mi mente. El mesero llegó como un pensamiento y le trajo su última cena.

Me reconforta que sentí tanta paz. Nos refugiábamos del día gris. Olía a bruma vieja y fango abombado.

Creo que conversamos algo, anteriormente, aunque se me hayan tergiversado los tiempos o las personas.  Qué simpático se ve, comiéndose dos rodajitas de piña, descuartizadas, y adornadas con un requesón.

Mhm?

—Mjm…

Los políticos saben cuando alguien miente, o cuando oculta algo. Siguió comiendo y dejó que el silencio me interrogara.

—Quisiste depredar y caíste en tu propia trampa. Así es vivir. No te puedo reprochar eso.

Se reía con la carcajada de la experiencia. Desenvainó dos dedos en cada mano, como si gestionara sus palabras entre comillas.

— Because I’m not a crook?

—No. Porque yo sí.

Nos quedamos en trance, leyéndonos las mentes. Me entendió y se reconoció. Compartimos una mirada de angustia y reposamos en el éter, antes de encontrarnos otra vez.

Suena el altavoz del piloto. Llegamos a Ft. Lauderdale en 15. Rento una guagua.

Llego a la casa y abro su carro, con el mismo código de siempre.

Debajo de la cubierta, está la caja.

La .45, porque cuando era niño me enseñó que, aunque la .9mm sea más precisa, esta pega más fuerte. Abro la puerta, con el mismo código de siempre.

I do so with this prayer: May God's grace be with you in all the days ahead.




Humana

¡Uy! ¿Cómo es posible que mientras más pasa el tiempo más rápido se siente que pasa? Cuando era pequeña los años eran eternos, mi niñez fue tan lenta, pasaban los meses y se sentían como décadas. De momento abro los ojos y ya tengo treinta y uno, pero no me siento de treinta y uno. A veces me siento de sesenta, a veces de veintiuno, a veces de ocho. El tiempo parece distorsionarse ante esta realidad en la que vivo. Pero, ¿Qué es la realidad? Y, ¿Qué es el tiempo? He aprendido que el tiempo no es lineal. Quizá siento que el tiempo está distorsionado porque estoy sintiendo energías de versiones de mí que se encuentran en otros planos, en otros mundos paralelos. Me pregunto, ¿Los lugares que visito en mis sueños, las personas con las que me relaciono en ellos, serán parte de esos otros mundos? Los visito a menudo, me resultan familiares, los extraño al despertar. Siento que esta realidad es el sueño. ¿Cuál será mi verdadera versión entonces? O todas somos verdaderas. ¿Cuántas versiones de mí hay realmente? Algunos días siento que todas se apoderan de mí, la que está escribiendo estas palabras, pero hay días que siento que no hay ninguna. Quisiera poder tener el tiempo para vivir todas las vidas de cada una de mis versiones. Una eternidad no sería suficiente. Me asfixia la idea de ser de carne y hueso. Este cuerpo me aprisiona, su talla es muy pequeña para mi alma. ¿Y si mi alma proviene de otro mundo? Quizá mi propósito esté vinculado a esta vida. Supongo que tendré que conformarme con ser humana… por ahora.




Más allá, en el pequeño jardín, entremedio de la grama y detrás de las flores, se encontraba una pequeña criatura. Aquella miraba con curiosidad el mundo gigantesco a su alrededor. Su hermosura era irresistiblemente atractiva y sus colores le llamaban con una voz seductora. La criatura levantó sus brazos lentamente queriendo alcanzar aquella voz que le llamaba hasta ser como ella.

Días, semanas, meses pasaron y aquella criatura mantenía sus brazos hacia arriba; el dolor se esparció por todo su ser. Poco a poco, bajó sus extremidades hasta fijar la mirada en su propio cuerpo; la expresión de anhelo cambió inmediatamente a una de seriedad y se llevó los brazos a la panza. El color blanco de su cuerpo ahora estaba desgastado y su altura mantenía la misma consistencia. Nuevamente levanto la vista, observando las flores que le rodeaban. Brillaban, se conectaban con la tierra y se convertían en algo digno de mirar. Nada comparado con su color aburrido y su pequeñez. El no poder ser grande causaba que la misma tierra le tragara, cubriendo la mitad de su cuerpo de un color negro. La desesperación se apoderó de la criatura; quería ser grande, quería ser más, quería ser hermoso, quería ser alguien. Quería más, quería escalar la cima y ser abrazado por el honor. Quería tomar el control, quería ser único, quería ser él. Poco a poco perdía la respiración en la tierra mojada. Quiere ser grande, quiere ser recordado. Seguía repitiendo como un mantra, hasta ser hundido por su miedo




Soy quizás uno de los últimos de esta era en crecer en una verdadera clase media. Tuve de todo un poco y de nada mucho, estabilidad silente y fragilidad inescapable acechan mi futuro presente. Sueños de niño acosado por las expectativas impuestas por todos menos el padre que las inspira. El magisterio era mi faro tras el violento despertar de la violencia bélica que imaginaba en los momentos antes de dormir. La sensibilidad regalada por el mismo padre que abrió los ojos de aquel joven confundido, aquel que veía nobleza donde solo hay tragedias y arrepentimientos. Maestro, profesor, guía y mentor, aquellos que verdaderamente traen cambio a las vidas de un pueblo, ahora un suicidio laboral para alguien de mi condición. 

Pocas cosas superan la tristeza de un pueblo sin educación, condenado a la consciencia de sus males sin saber siquiera describirlos. Son estos los que, al igual que el niño con sueños bélicos, ven un escape en los ejércitos de sus opresores. La tristeza del individuo al ver el resquebraje de su visión de futuro para si mismo, el choque de la ilusión con la realidad, del deseo con su condición, del sol con la ceguera. El magisterio al que aspiraba yace en ruinas, bombardeado por los mismos niños con sueños bélicos, que, en su adultez, ven objetos de explotación y control en la belleza del aprendizaje. Las realidades de estas trágicas figuras se ven reflejadas en los oprimidos tanto como en sus opresores, académicos atrapados en un purgatorio de plazas congeladas, soldados castrados ante su propia condición, incapaces de explicar sus sufrires. La nobleza manchada por el ego y la intervención, la ignorancia como escudo de un orgullo lisiado, ambos en pobreza, ambos ahogados en tristezas. Quizás me hago electricista.

 


 

«nadie en esta ciudad tiene derecho a la velocidad del paseo»

—Valeria Luiselli, Papeles Falsos

De pequeña solía caminar sin rumbo solo para soñar despierta. Caminaba entre las paredes de mi casa—no, la casa de mis padres—no, el apartamento y la casa del arrendador… caminaba entre las paredes de un apartamento que era parte de una casa que no era de mis padres ni era mía. Me paraba en el balcón a ver quién más caminaba: caminaban de prisa, caminaban con calma, caminaban cargados, caminaban vacíos, caminaban para pensar, caminaban para despejar la mente, caminaban, caminaban. Yo, descalza sobre las losetas, caminaba para fantasear. 

Algo se perdió en el camino. 

¿Dónde podríamos caminar y pensar en algo que no sea sobrevivir? ¿Dónde podríamos caminar? Valeria Luiselli responde: «nadie en esta ciudad tiene derecho a la velocidad del paseo». 

Pudiese, tal vez, arriesgar una caminata por las agrietadas y malolientes aceras del casco urbano de Río Piedras (OJO: nunca sola, ni después de las 4:00p.m.). Pudiese animarme a explorar las áreas aledañas, tan cerca físicamente y tan lejos de nuestra realidad; ese Río Piedras con estabilidad económica (OJO: muchos ojos, muchas miradas, mucho juicio, poco espacio para respirar… y, por supuesto, nunca sola, ni después de las 4:00p.m.). Pero no he encontrado dónde caminar ante el anonimato y la indiferencia de esta sociedad «poco caminable y apenas literaria» (anonimato para el que agrede e indiferencia para el testigo, ninguna para mí). No he encontrado dónde caminar hasta reaprender a respirar. No he encontrado dónde caminar y creo que se nos ha acabado el tiempo. 

 

DOS COLUMNAS de Leila Guerriero


ANTES

Leila Guerriero

El País, 2 de enero de 2018


 

Antes de que todo esto se termine. Antes de que cierren la casa y vendan los muebles y regalen los libros. Antes de que se repartan los cosméticos y los zapatos. Antes de que arrojen las cacerolas a la basura. Antes de que vacíen las alacenas, de que se lleven las especias, los fideos. Antes de que se terminen los días felices y las tardes de domingo. Antes de la última de las madrugadas. Antes del final de la angustia. Antes de que se acaben el sexo sin amor y el amor sin sexo. Antes de que la ropa se pudra en los placares. Antes de que descuelguen los cuadros y cubran los sillones con lienzos y cierren las ventanas para siempre. Antes de que quemen las fotos. Antes de que se resequen los felpudos, de que se oxiden las cortinas en sus rieles. Antes de que se terminen la curiosidad, los huesos, el hígado y las córneas. Antes de que se sequen todas las plantas del balcón. Antes de que no haya más nieve, ni colores, ni trópicos. Antes del final de todas las selvas, de todos los mares, de todos los reflejos en el agua. Antes del último poema. Del final de las veredas y las calles. Del fin de todos los paseos. Antes del adiós a todos los aeropuertos y todos los aviones y todas las ciudades y todos los cafés con vidrios empañados. Antes de la cancelación de todas las discusiones, de todos los argumentos, de todas la furias, de todos los desprecios. De todas las metálicas ansiedades. Antes del fin de los gritos, de la desolación y de la culpa. Antes de la última agenda, del último viernes, del último bar, del último baile. Antes de que se apaguen todas las cúpulas y todas las pantallas. Antes de que las polillas se coman los restos de la lana y de la almohada. Antes del final de las mascotas. Antes, mucho antes: hay que vivir. ¿Pero cómo? ¿Cómo? “Qué admirable / el que no piensa ‘la vida huye’ / cuando ve un relámpago”, escribió Basho. Admirables los que están en el tiempo sin pensar en él.





LA VIDA INFINITA

Leila Guerriero

El País, 24 de julio de 2026

 

Había tantas cosas que hacer. Había que trepar al olivo y cosechar las aceitunas, había que cubrir las plantas para que no las estropearan las heladas, había que quitar de los desagües las hojas de los árboles. Había que colocar naftalina y lavanda en los armarios, había que cortar leña y apilarla junto a la chimenea. Había que buscar las recetas de los guisos, había que hacer tortas y budines, había que quitar la escarcha de los parabrisas. Había que recoger las castañas, había que pelar las nueces. Había que engrasar las cadenas de las bicicletas, había que recoger las frutillas, las uvas y las brevas, había que preparar dulce de higos y yogur casero, había que ir al campo y ver a los caballos, había que revisar el palomar, había que ponerse flores en el pelo y briznas de hierba en la boca, había que andar en patines, había que curarse las rodillas lastimadas, había que aprender cómo se arranca una ortiga, había que tomar leche fría con tres cucharadas de chocolate, había que comer pan con manteca y azúcar, había que jugar con la espuma del lavarropas, había que descubrir figuras en las nubes, había que plantar tomates y pepinos, había que ir a pescar y a andar en bote, había que salir de campamento, había que cortar el pasto, había que hacer un banco de madera, había que afilar los cuchillos contra una piedra mojada, había que hacer silbatos con carozos de damascos, había que chapotear en los charcos, había que aprender a nadar y a cortar maderas con serrucho, había que construir carpas de indios, había que desplumar a las gallinas y eviscerar los peces, había que buscar lombrices, había que mirar diapositivas viejas, había que ir al cine en días de semana, había que trepar los techos de las casas, había que robar plantas de los jardines ajenos, había que leer libros que no se podían leer, había que tener miedo de los monstruos debajo de la cama. En ese país todo era asombro. En ese país el ocio no necesitaba agenda. En ese país la vida era lo que debe ser: infinita.

Consejo para colegas que recién empiezan


ARBITRARIA

No tienen por qué saberlo: soy periodista y, a veces, otros periodistas me llaman para conversar. Y, a veces, me preguntan si podría dar algún consejo para colegas que recién empiezan. Y yo, cada vez, me siento tentada de citar la primera frase de un relato de la escritora estadounidense Lorrie Moore, llamado «Cómo convertirse en escritora», incluido en su libro Autoayuda: «Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven – digamos, a los catorce.» Pero no lo hago porque no es eso lo que verdaderamente pienso y porque, en el fondo, dar consejos es oficio de soberbios. Entonces, cuando me preguntan, digo: no, ninguno, nada.

Pero hoy es abril y ha sido un buen día. Hice una entrevista con una mujer a quien voy a volver a ver en dos semanas y varios llamados telefónicos que dieron buenos resultados. Compré frutas, conseguí un estupendo curry en polvo. Hay nardos en los floreros de la cocina. Corrí al atardecer. Me siento leve, un poco feroz, arbitraria. De modo que, si hoy me preguntaran, les diría: corran. Les diría: sientan los huesos mientras corren como sentirán después las catástrofes ajenas: sin acusar el golpe. Aguanten, les diría. Pasen por las historias sin hacerles daño (sin hacerse daño). Sean suaves como un ala, igual de peligrosos. Y respeten: recuerden que trabajan con vidas humanas. Respeten.

Escuchen a Pearl Jam, a Bach, a Calexico. Canten a gritos canciones que no cantarían en público: Shakira, Julieta Venegas, Raphael. Vayan a las iglesias en las que se casan otros, sumérjanse en avemarías que no les interesan: expónganse a chorros de emoción ajena.

Sean invisibles: escuchen lo que la gente tiene para decir. Y no interrumpan. Frente a una taza de té o un vaso de agua, sientan la incomodidad atragantada del silencio. Y respeten.

Sean curiosos: miren donde nadie mira, hurguen donde nadie ve. No permitan que la miseria del mundo les llene el corazón de ñoñería y de piedad.

Sepan cómo limpiar su propia mugre, hacer un hoyo en la tierra, trabajar con las manos, construir alguna cosa. Sean simples, pero no se pretendan inocentes. Conserven un lugar al que puedan llamar «casa».

Tengan paciencia porque todo está ahí: solo necesitan la complicidad del tiempo. Aprendan a no estar cansados, a no perder la fe, a soportar el agobio de los largos días en los que no sucede nada.

Maten alguna cosa viva: sean responsables de la muerte. Viajen. Vean películas de Werner Herzog. Quieran ser Werner Herzog. Sepan que no lo serán nunca.

Pierdan algo que les importe. Ejercítense en el arte de perder. Sepan quién es Elizabeth Bishop.**

Equivóquense. Sean tozudos. Créanse geniales. Después aprendan.

Tengan una enfermedad. Repónganse. Sobrevivan. Quédense hasta el final en los velorios. Tomen una foto del muerto. Tengan memoria, conserven los objetos. Resístanse al deseo de olvidar.

Cuando pregunten, cuando entrevisten, cuando escriban: prodíguense. Después, desaparezcan.

Acepten trabajos que estén seguros de no poder hacer, y háganlos bien. Escriban sobre lo que les interesa, escriban sobre lo que ignoran, escriban sobre lo que jamás escribirían. No se quejen.

Contemplen la música de las estrellas y de los carteles de neón.

Conozcan esta línea de Marosa di Giorgio, uruguaya:

«Los jazmines eran grandes y brillantes como hechos con huevos y con lágrimas.»

Vivan en una ciudad enorme.

No se lastimen.

Tengan algo para decir.

Tengan algo para decir.

Tengan algo para decir.

 

Leila Guerriero, Revista Sábado, El Mercurio, Chile, abril de 2011.

** Para leer algo de Elizabeth Bishop, traducido al español, pulse aquí.


Cuatro modelos de narración para Martín

    Estaba nervioso: pensaba que debía encontrar algo así como forma de hacer —me decía, por no decir «estilo». Leí. Me sorprenden personas que quieren ser periodistas y no leen: como un aprendiz de pianista que se jactara de no escuchar música. No se puede escribir sin haber leído demasiado; no se puede pensar —entender, organizar, hablar— sin haber leído demasiado.

Leí. Siempre supe que tenía una sola habilidad: imito voces. Leo un fragmento y puedo escribir con ese ritmo, esa cadencia, esas maneras. No hay invención pura; no hay más base posible que la imitación: alguien imita a uno, a tres, a seis; de la mezcla de lo imitado y los deslices del imitador va surgiendo —o no— algo distinto. Era importante, entonces, elegir qué leer para ir armando una manera. Me decidí por cuatro libros que recordaba como ejemplos de periodismo narrativo.

Lugar común la muerte reúne lo mejor de Tomás Eloy Martínez: encuentros con personas o con situaciones siempre al borde de la literatura, de este o el otro lado. Son relatos tan bellos, tan exactos, tan perfectamente engarzados que a veces se echa en falta algún error.

Operación Masacre es un clásico contemporáneo: la prosa seca y brutal de Rodolfo Walsh al servicio de la historia de una búsqueda tenaz que terminó encontrando lo más inesperado. Un triple ejemplo: de cómo averiguar lo más oculto, de cómo estructurar un relato, de cómo escribirlo sin alardes para que su eficacia se haga extrema.

Music for Chameleons ofrece algunos de los mejores textos de Truman Capote —que es decir: algunos de los mejores textos cortos americanos de las últimas décadas. Y, sobre todo, el relato del título: Capote sigue a la chicana Mary Sánchez, la mujer que le limpia la casa, a través de un día de trabajo por distintos pisos neoyorquinos, y demuestra que las supuestas fronteras entre periodismo y literatura son tan tenues.

Inventario de otoño es otra compilación: una serie de artículos que publicó, a principios de los ochenta, Manuel Vicent con historias de viejos. Los entrevistaba, les hacía contar cosas, las contaba él. Las historias podían ser mejores o peores pero fueron, para mí, la ocasión de encontrar una música: un ritmo que he copiado tanto. Se lo he dicho, después, alguna vez, al maestro Vicent: no siempre recuerdo la letra de sus textos pero puedo tararearlos sin problema.

No sé si lo pensé entonces: ahora me queda claro que los cuatro que elegí son o fueron, también, escritores de ficción.

 

Martín Caparrós, fragmento de Lacrónica, 2015 

Olga Tokarczuk, LOS ERRANTES [fragmentos]





 

[...] He aprendido a escribir en trenes, hoteles y salas de espera. En las mesitas abatibles de los aviones. Tomo apuntes durante las comidas, bajo la mesa o en el lavabo. Escribo en las escaleras de los museos, en los cafés, en el coche aparcado en un arcén. Lo apunto todo en retazos de papel, en blocs de notas, en tarjetas postales, en la palma de la mano, en servilletas, en los márgenes de los libros. Por lo general se trata de frases cortas, de pequeñas imágenes, aunque a veces también copio fragmentos de los periódicos. A veces atisbo entre la multitud una figura que me seduce, entonces me desvío de mi camino para seguirla durante un rato y, así, empezar su historia. Es un buen método; no ceso de perfeccionarlo. Con el paso de los años, el tiempo se ha ido convirtiendo en mi aliado, como lo es para todas las mujeres: me he vuelto invisible, transparente. Puedo moverme como un fantasma, observar a la gente mirándola de soslayo, escuchar sus riñas y contemplar cómo duermen apoyando la cabeza sobre sus mochilas, cómo conversan, sin ser conscientes de mi presencia, tan solo moviendo los labios y formando palabras que pronto pronunciaré yo en su lugar. [...]

[...]


El piso abandonado

El piso no entiende lo que pasa. El piso cree que el dueño ha muerto. Desde que cerró la puerta y chirrió la llave en la cerradura, todos los sonidos llegan amortiguados, desprovistos de sombra y contorno, como manchas desdibujadas. El espacio, falto de uso, se vuelve sólido, no lo importunan las corrientes de aire ni los corrimientos de cortina, y en esa quietud empiezan a cristalizar, inseguras, formas de ensayo, esas que durante un momento quedan suspendidas entre el suelo y el techo de la entrada.

Por supuesto no aparece aquí nada nuevo, ¿cómo podría? No son más que imitaciones de formas conocidas, marañas burbujeantes que solo por un instante conservan sus contornos. Son episodios únicos, meros gestos, como por ejemplo esa huella de un pie sobre la mullida alfombra que aparece y desaparece sin parar, siempre en el mismo sitio. O esa mano que finge escribir en el aire encima de la mesa, un movimiento incomprensible porque se lleva a cabo sin pluma, sin papel, sin escritura, sin el resto del cuerpo siquiera.

[...] 


Limpiar el mapa

Borro de mis mapas todo lo que me hiere. Los lugares donde tropecé, caí, fui golpeada, humillada, ofendida, ya no aparecen, han dejado de existir.

De este modo borré unas cuantas grandes urbes y toda una provincia. Quizá llegue el día en que borre un país entero. Los mapas, comprensivos, lo aceptan, porque añoran esos espacios en blanco que evocan su feliz infancia.

A veces, cuando tengo que comparecer en algún lugar inexistente (intento no guardar rencor), me convierto en un ojo que transita como un fantasma por una ciudad fantasma. Si me concentrara más, sin dificultad podría hundir la mano en los hormigones más impenetrables, atravesar las calles más concurridas, pasar entre los coches en incesante caravana, inmune, sin sufrir daño alguno y sin hacer ruido.

No lo he hecho; he aceptado siempre las reglas de juego de los habitantes de esas ciudades. Y he intentado no revelarles que, borrados, permanecían, los pobres, en lugares ilusorios. Me he limitado a sonreírles y a asentir a todo lo que decían. Nunca he querido introducir desorden en sus cabezas haciéndoles ver que no existen.

[...] 

 

Relatos de viaje

¿Hago bien en contar historias? ¿No sería mejor que me sujetara la mente con un clip, tirara de las riendas y me expresara no con historias sino con la linealidad de una conferencia, donde frase a frase se va perfilando una única idea y en los párrafos ulteriores se la hilvana con otras? Podría usar citas y notas a pie de página, con un orden de puntos o capítulos podría exponer paso a paso mi razonamiento consecuente de quod erat demonstrandum; verificaría la hipótesis previamente formulada y al final sacaría conclusiones, como se sacan las sábanas tras la noche de bodas a la vista de la gente. Sería dueña de mi propio texto y podría cobrarlo sin trampa ni cartón.

Pero no, consiento en desempeñar el papel de comadrona o de jardinera cuyo mérito, como máximo, radica en sembrar para luego combatir tediosamente las malas hierbas.

El relato tiene su inercia, una inercia que nunca se puede controlar del todo. Exige personas como yo: inseguras de sí mismas, indecisas, fáciles de enredar. Ingenuas.

 

Tomado de Olga TokarczukLos errantes  (2007) Anagrama - Kindle Edition, 2019

Todos nazis de Aleix Saló



Notas sobre teatralidad y teatro del siglo xx


TEATRALIDAD
Cualidad por la que un texto dramático, al ser puesto en escena, deja de ser mera literatura para convertirse en un espectáculo propiamente teatral. 
La esencia de la teatralidad radicaría no en el texto mismo, sino en ese conjunto de signos y sensaciones que se producen en el escenario a partir de la representación de una trama argumental escrita que es percibida por los espectadores como un entramado de “artificios sensuales, gestos, tonos, distancias, sustancias, luces que sumergen el texto en la plenitud de su lenguaje exterior” (R. Barthes, 1964).
Antonin Artaud ha contribuido notablemente al redescubrimiento de la teatralidad potencial de los textos dramáticos, salvándoles del predominio anterior de la “literariedad”. Frente a los dramaturgos de tendencia naturalista, empeñados en crear una imagen verosímil de la realidad, disolviendo las marcas de lo teatral, Artaud, como V. E.Meyerhold, B. Brecht, etc-. se apartan de ese objetivo de crear “ilusión de realidad” y tratan de recuperar la marca específica de lo dramático, devolviendo a la representación su carácter de espectáculo específicamente teatral.

TEATRO DEL SIGLO XX
En el teatro realista y naturalista del siglo XIX se percibe como máximo objetivo el logro de la verosimilitud en la recreación de ambientes y personajes, así como en el dispositivo escénico e interpretación de los actores (que habrían de “encarnar” y vivir su personaje), todo ello para producir una intensa “ilusión de realidad” (Zola, Antoine). Con la llegada del cine, capaz de crear a la perfección esta ilusión de realidad, el teatro realista y naturalista pierde sentido. Previamente, había surgido una reacción antinaturalista con el Simbolismo (búsqueda de una atmósfera poética, trascendente y misteriosa) que continúa en los movimientos de vanguardia (Dadaísmo, Expresionismo y Surrealismo) con la irrupción de lo irreal insólito, de lo onírico, de lo violento y provocador en los escenarios.
En el siglo XX se advierte un amplio y diversificado movimiento de renovación dramática gracias a la aparición de grandes dramaturgos y directores de escena, movidos de un deseo de retorno a los orígenes del teatro cuando éste era vivido como espectáculo festivo por el público asistente: en la tragedia griega, en los misterios medievales, en la Comedia del Arte italiana, etc.
Las líneas básicas de esa renovación serían: 
a)  Recuperación del carácter de fiesta y celebración ritual de la representación (A. Artaud, J. Copeau, J. Grotowski, etc.)
b) Conversión del texto (considerado no en su literariedad, sino en sus virtualidades dramáticas) en medio disponible y modificable al servicio de una representación en la que cuentan otros medios para convertirla en un espectáculo total: luz, sonido, danza, mimo, recursos procedentes del teatro de títeres, del circo, del cine, del music-hall, etc. (S. Becket convierte, mediante el escarnio, el teatro en circo y a sus personajes en payasos)
c) Ruptura de la “ilusión de realidad” mediante técnicas precisas de “extrañamiento” (L. Pirandello, E. Piscator, B. Brecht, etc.)
d) Dignificación de los comediantes y capacitación para lograr destreza en la expresión corporal, gestualidad, mimo, declamación, etc. (K. Stanislavski, Meyerhold, Copeau); potenciación de la figura del director de escena: dramaturgos como L. Pirandello, J. Giraudoux o Tennessee Williams cuentan con grandes directores;  B. Brecht y J. Grotowski dirigen la puesta en escena de sus propias obras
e) Transformación de las condiciones especiales de la representación, que hagan posible una mayor participación de espectadores: teatros circulares, escenarios móviles, vuelta al teatro ambulante (La barraca de Lorca, p. e.), en la calle, en el café (café teatro, happening), en la escuela, en la fábrica, etc. Tendencias a la simplificación del decorado, plástica elemental (Copeau, Grotowski, Ronconi).
f) Renovación de las formas expresivas del lenguaje dramático, para conmover y asombrar a los espectadores, al romper con los moldes habituales de la comunicación: lenguaje provocador (Artaud), estridente (Vauthier), sonámbulo (Schéhaze), simbólico (Lorca), destructor de la realidad que expresa (Ionesco, Vian, Genet) o revelador del sentido o sinsentido de la misma (Adamov, Beckett) o deformador y esperpéntico (Valle Inclán).
Desde estos presupuestos se han sucedido, a lo largo del siglo XX, una serie de experiencias y creaciones teatrales conocidas con los nombres de Teatro del absurdo (Ionesco, Beckett, Adamov, Albee, F. Arrabal, Pinget., etc.), Teatro de la crueldad (Artaud), Teatro documental (Buchner, Weiss, etc.) Teatro épico (Brecht), Teatro experimental (Grotowski, Living Theatre, etc.), Teatro de parábola (Frisch, Durrenmatt), Teatro político (Piscator, Osborne, OCasey, etc.), etc.
Por último, un hecho importante en esta renovación teatral ha sido el intercambio de experiencias en el plano internacional a través de festivales, como el ya consagrado de Avignon, o la inauguración del llamado Teatro de las Naciones (1957) de París, que pone en contacto al público europeo con formas del teatro oriental (p. e., el No y el Kabuki japoneses) y africano. 

Demetrio Estébanez Calderón, Diccionario de términos literarios.  Madrid: Alianza, 1999.

Sobre el teatro español a principios del siglo xx


César Oliva y Francisco Torres Monreal, Historia básica del arte escénico.  Madrid: Cátedra, 1990. 343-353
ESPA 4997: Considere los siguientes asuntos, según sean pertinentes para la discusión sobre Valle-Inclán: quiénes dominaban la escena española a principios del siglo xx; cómo eran los primeros actores de esta época, la respuesta del público al teatro; y qué efectos tuvo la ausencia de obligaciones comerciales y el menosprecio a la profesión teatral en la obra de Valle-Inclán.
1.  Introducción al teatro español de principios del siglo xx
La Europa posterior a la Comuna de París de 1870 definió una serie de regímenes típicos del nuevo capitalismo, en donde se alinea la Restauración española de 1874. El avance de los países más industrializados produjo una potente y nueva burguesía, así como la configuración del proletariado como clase social. Aquella idea general de ruptura existente en Europa desde la última década del siglo XIX tuvo algún reflejo en España, aunque de manera muy matizada. Nuestros teatros no dispusieron de renovadores escénicos de la talla de Antoine, Stanislavski, Appia o Gordon Craig. Aunque la literatura española sí alcanzará el reconocimiento externo, las salas se vieron pronto envejecidas frente a las innovaciones extranjeras. Todavía el modelo por combatir era el Romanticismo evolucionado hacia la comedia moralista, descendiente directa de la llamada comedia lacrimosa, que encontró en la alta comedia su medio ideal de desarrollo.
En los años 20 del nuevo siglo no es difícil encontrar referencias al arte del cinematógrafo, que tanto influirá en el escénico. Valle-Inclán sí lo hizo con frecuencia, anunciándolo como “el Teatro nuevo, moderno. La visualidad. Más de los sentidos corporales; pero es arte. Un nuevo Arte. El nuevo arte plástico. Belleza viva. Y algún día se unirán y completarán el Cinematógrafo y el Teatro por antonomasia, los dos Teatros en un solo Teatro.” Aun con retraso, en las pantallas españolas de ese tiempo se habían presentado varias películas fundamentales en la historia del nuevo arte: El nacimiento de una nación (1914) de Griffith, El gabinete del Dr. Caligari (1919) de Wiene, y Nosferatu (1922) de Murnau.
Margarita Xirgu
A principios del siglo XX la escena española estaba dominada por grandes compañías que dictaban la ley de la programación. Elencos como María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza eran capaces de imponer sus gustos a los empresarios, verdaderos artífices de la regresión del teatro español. Estos grandes actores no permitían, en general, ser dirigidos por nadie, asumiendo ellos mismos ese cometido. Su papel de divos, procedente del siglo anterior, se vio reforzado. Ellos eran los que fundamentalmente vendían la mercancía artística, con unos hábitos anticuados poco o nada desarrollados, habida cuenta la carencia de escuelas y centros en donde aprender. Ese tipo de primeros actores fueron también empresarios y como tales no se arriesgaron con programaciones más o menos innovadoras. Tragedias rurales, alta comedia, dramas modernistas en verso o algún clásico refundido constituían la gran oferta del teatro profesional de entonces. Habría que llegar a la figura de Gregorio Martínez Sierra para encontrar un tipo de empresario que buscó en lugares no comunes. Su dirección del madrileño Teatro Eslava, de 1917 a 1926, con Catalina Bárcena de primera actriz, abrió el periodo más insólito de la escena española de principios de siglo, por su evidente carácter innovador. Esta iniciativa tuvo feliz continuidad con el paso de Margarita Xirgu por el Teatro Español de Madrid, de 1928 a 1935. Similar papel desempeñó Cipriano Rivas Cherif, discípulo de Gordon Craig, intelectual y colaborador asiduo de la Xirgu. No obstante, su campo de acción se limitó a los teatros íntimos o a grupos no profesionales. Gran incidencia tuvo la creación del Teatro Escuela de Arte (TEA), en donde Rivas Cherif jugó un papel fundamental.

En Cataluña, la creación del Teatre Intim por Adriá Gual, en 1898, significó la más moderna aportación a las nuevas formas escénicas. El Teatre Intim, que aunó con exquisito gusto las corrientes modernistas y naturalistas, consiguió una programación de corte absolutamente europeo. Entresacamos de ella, Silencio (1898) del propio Gual, L'alegria que passa (1898) de Rusiñol, Interior (1899) de Maeterlinck, Espectros (1900) de Ibsen, Els teixidor de Silésia (1903) de Hauptmann, Juan Gabriel Borkman (1904) de Ibsen, y Torquemada en el foc (1904), versión libre de la obra de Galdós.
La renovación teatral también se produjo en Cataluña gracias a Ignasi Iglesias y Felip Cortiella, que representaron a Ibsen, aunque la estética que generalmente aplicaron fue modernista. El propio Ángel Guimerá se movió a caballo entre un romanticismo trasnochado y una tendencia socializante, emparentada con el Dicenta de Juan José. En esa línea son destacables María Rosa (1894) y Terra Baixa (1897). El ruralismo naturalista se iba tiñendo de cierto barniz social. El campesino escenificado ya no era el del Beautis Ille, sino un pequeño burgués, que generalmente no ocultaba sus aspectos vulgares y rudos ante la nueva sensibilidad de final de siglo.
El público de ese tiempo seguía acudiendo en masa a los teatros, pese a que el siglo XIX, al menos desde Larra, había acuñado el término de “crisis”, referido más a la calidad que a la cantidad. El Madrid de entonces, que no pasaba de 600,000 habitantes, mantenía un trepidante ritmo de estrenos y reposiciones, no siempre en teatros convencionales, de la misma manera que ocurría en Barcelona y otras importantes ciudades. Por eso el público que seguía llenando los teatros no tenía ya las características del de los corrales de siglos anteriores. Por ejemplo, fue perdiendo la heterogeneidad de antaño, la posibilidad de convivir ante un mismo espectáculo, del cual recibían, según cultura y formación, aquello que cada receptor deseaba. El siglo XIX se encargó de seleccionar al público, pues la sociedad lo hacía en sus múltiples vertientes. Y el procedimiento no fue otro que valorar la condición de clase de la burguesía según sus dos máximas posibilidades: culturales y económicas. Las primeras supeditaron la recepción de obras, que se movían en temáticas y formas de vida de esa misma clase. El aumento de precios, sólo accesibles a quienes pudieran costear ese divertimento, hizo el resto.
El panorama de los escenarios españoles a finales del siglo XIX, a grandes rasgos, está constituido por un teatro “de calidad”, propio de la burguesía que lo ampara y protege, que sigue las líneas generales de la alta comedia, y un teatro menor, de consumo fácil y baja condición social de sus protagonistas que, de alguna manera, representa a sus espectadores. El primero, verdadero “teatro de declamación”, supone el gran pacto entre escenario y público, aunque ello no signifique, ni mucho menos, la ausencia de crítica ni la posibilidad de atacar los mismos principios de ese espectador, algo que está implícito en toda la literatura burguesa. Su temática refleja las dificultades de la clase media y sus problemas proceden muchos de ellos de un querer vencer viejos hábitos decimonónicos. El teatro menor tuvo su época dorada tras la revolución de 1868, con el sistema que se llamó “teatro por horas”, que constituía en la oferta continuada de piezas en un acto, sátiras, parodias de éxitos dramáticos, que podrían tener música o no, dentro de un cerrado carácter urbano con caracterización similar a la de los sainetes. Este teatro, pese a su tono proletario, no tenía soporte crítico alguno, y estaba destinado, en efecto, al simple consumo.
2.  La continuidad de la “alta comedia”
Al considerar el teatro burgués español  de este periodo, hemos de partir del reinado de José Echegaray (1832-1916), conocido político en ejercicio por aquellos años y representante de un drama posrromántico lleno de conflictos melodramáticos y habla grandilocuente, que se había instalado en la confortable audiencia de este tiempo. Sus obras eran auténticos dramas de chistera, cuyo estudio da importantes claves para la sociología de la escena de la época. El loco Dios (1900) se inscribe en esa serie de títulos efectistas, que empezaban a declinar ante las nuevas corrientes que representaba Benavente. A nadie se le oculta, sin embargo, el significado que debió tener Echegaray dentro y fuera de España, pues fue uno de los primeros premios Nobel, en 1904.
La obra de Benito Pérez Galdós (1843-1920) anuncia una nueva sociedad, que poco tiene que ver con la tremendista de Echegaray. De alguna manera, muestra la existencia de un precapitalismo, con heroínas capaces de amar y defender sus causas con la misma terquedad. El estreno de Electra (1901), contemporáneo al de Las tres hermanas de Chéjov, en la citada puesta en escena de Stanislavski, supuso un hito en la historia del teatro de ese periodo. Su presentación tuvo una conflictividad motivada por la inspiración anticlerical de la obra que, al parecer, partía de las ideas que había propuesto Canalejas frente al gobierno Silvela un año antes. El dudoso origen de Electra, como el de Casandra y tantos otros personajes galdosianos, que, además, servía extraordinariamente a sus planes regeneracionistas, se enfrenta al fanatismo y oscurantismo de los antihéroes.
Dentro de campos de expresión comparables, el auténtico rupturista finisecular fue Jacinto Benavente (1866-1954), mucho más en el estilo escénico que en la forma.  Ciertamente, su acierto consistió en dirigirse al mismo espectador que Echegaray, sólo que hablándole por derecho, en la comodidad del salón burgués, sin gritos ni alcaracas. Esto le supuso el final del teatro declamatorio, y la presencia de fórmulas emparentadas con un realismo moderno. Aunque su primer estreno, El nido ajeno (1894), no significó acontecimiento alguno, las bases de su nueva dramaturgia estaban marcadas: conflicto amoroso con clásico triángulo, estilo naturalista y habilidad verbal. Todo ello ofrecido en prosa, con lo que el diálogo era mucho más apto para sus necesidades temáticas, despojado de la retórica de aquel verso escénico. Le bastó a Benavente evolucionar levemente su estilo para conseguir su primer gran éxito. La comida de las fieras (1898) lo fue, y todo por conjugar su innata habilidad escénica con la moda modernista, de la que fue aventajado cultivador.
Dramatúrgicamente, este tipo de obras dispone de una tradicional segmentación.Tanto sus habituales tres actos, como las secuencias que encierran, están en la línea de los autores del momento. Lo que significa un esfuerzo por condensar el argumento en tres conjuntos de tiempo determinados, así como la habilidad necesaria para presentar los materiales escénicos en un orden y concierto dados. Esos mecanismos, y la adaptación del espacio como pie forzado en donde transcurre la acción, dotan a este tipo de comedias de un evidente convencionalismo teatral.
El itinerario de Benavente prueba su enorme versatilidad temática, siempre fiel a modos escénicos similares, presididos por una valoración de la palabra que fue anulando los propios recursos teatrales o, mejor dicho, poniendo éstos en función del texto. Ello condujo a una dramaturgia “sin acción y sin pasión, y por ende sin motivaciones ni caracteres, y lo que es peor, sin realidad verdadera. Es un teatro meramente oral”, en opinión de Pérez de Ayala. Benavente no hizo sino repetir la fórmula, con toda habilidad, eso sí, y permanecer de espalda a las renovaciones que en Europa se producían, desde Irlanda (Yeats, Synge, Lady Gregory) hasta Italia (Pirandello). Y ello pese a sus salidas estilísticas, abandonos momentáneos del salón burgués, consiguiendo así sus mayores logros: con referentes literarios claros en Los intereses creados (1907), conexiones con el drama rural en La malquerida (1913), Señora Ana (1913) o La infanzona (1945), y con ambientes fantásticos en El príncipe que todo lo aprendió en los libros (1909) o Cuento de primavera (1892).
Realmente, Benavente significa el teatro español de principios del siglo XX, sobre todo como parámetro referencial de lo que el público quería ver. Sus contemporáneos Manuel Linares Rivas (1867-1938) y Gregorio Martínez Sierra (1881-1947) se enmarcan en niveles de expresión dramática similares. Ambos con gran prestigio, y estrenados por las mejores compañías, el primero tiende a acentuar su mirada crítica al medio burgués, con burdos perfiles, mientras que el segundo presenta una sociedad mucho más mistificada, ahondada en su vertiente más amable. La conocida labor de Martínez Sierra en la práctica teatral, auxiliado siempre por María, su esposa, alcanza una importancia superior. Realmente es nuestro único equivalente a Meyerhold o Piscator, aunque las comparaciones sean odiosas, y las diferencias separen evidentemente la dramaturgia española de las europeas contemporáneas.
Los últimos restos de un trasnochado romanticismo, difícil de comprender posteriormente, se deben a Eduardo Marquina (1879-1946), aunque algunos conocidos y muchos más apreciados autores también participaran del mismo estilo. Recordemos, con todas las reservas que queramos, la naturaleza de Cuento de abril (1909) o Voces de Gesta (1911) de Valle-Inclán, contemporáneos de los más conocidos títulos de Marquina: Doña María de la Brava (1909), En Flandes se ha puesto el sol (1910), Por los pecados del rey (1913) y El gran capitán (1916). Insistimos en las diferentes intencionalidades de ambos dramaturgos, pero también en el reconocido prestigio del poeta barcelonés, que fue puesto en escena por los principales actores y actrices del momento, como Josefina Díaz Artigas, en Fruto bendito (1927), y Margarita Xirgu, en La ermita, la fuente y el río (1927), Fuente escondida (1931) y Los Julianes (1932). Están por estudiar algunas de las influencias de Marquina en dramaturgos tan dispares como Federico García Lorca o Alejandro Casona.
También el poeta Francisco Villaespesa (1877-1936) gozó de prestigio, entre el gremio profesional y público, por la utilización de elementos líricos en un teatro de corte histórico y romántico. 1911 fue el año del estreno de El alcázar de las perlas;  de Canción de cuna de María y Gregorio Martínez Sierra;  de Pigmalión, de B. Shaw; y de la aparición On the art of theatre, de G. Craig.
3.  Del naturalismo al sainete social:  el populismo escénico
Otra de las contestaciones que surgieron al Romanticismo a finales de siglo fue el drama social de matiz naturalista, en el que Juan José (1895), de Joaquín Dicenta, tuvo una influencia que duró hasta bien entrados los años 30. A pesar de la continuación de esta tendencia, su mayor incidencia y prolongación la tuvo en el sainetismo. Muchos de los autores que lo cultivaron se formaron en el ejercicio del “teatro por horas”, como Ramos Carrión, José López Silva, Ricardo de la Vega y el propio Carlos Arniches. Esta es la zona más equívocamente conocida como popular, ya que la galería de personajes que utiliza son de extracción popular, aunque estereotipados en grado sumo: el joven Manolo, pretendiente de la discreta Paloma, dominado por la presencia de un donjuán casquivano, al que le debe algún favor inapelable; y la sacrificada madre del chico o el acomodaticio padre de la chica, entremezclados con alguna aventura chulesca, en donde no falta la presencia de una tía Celestina.
Estos autores, que basan muchos de sus éxitos en partituras pegadizas, de superior calidad a los libretos, advierten cierto cansancio creativo en la segunda década del siglo. Es el momento final del “teatro por horas”, ahogado por el populismo del cine y las salas para el cuplé y sus derivados. Y entonces surge el genio e ingenio de Carlos Arniches (1866-1943), empezando a configurar lo que se llamará “tragedia grotesca”. De 1914 es El amigo Melquíades, todavía inscrita como libreto sainetesco de zarzuela, pero de 1916 será La señorita de Trévelez, su primera obra ciertamente innovadora. Arniches presenta aquí una tonalidad social de los ambientes madrileños, dotando a sus héroes de lo que se llamaría conciencia de clase, que, en definitiva, fue lo que caracterizó al Juan José dicentino, e incluso al Julián de La verbena de la Paloma. Esa circunstancia se sitúa en la propia estructura de las obras, pues requiere que, al final, aparezca una moralina en forma de personaje que lanza el mensaje social paternalista.
Arniches, que siempre se mostró dotado para la utilización de la palabra, fue elogiado por Pérez de Ayala en el ensayo antes mencionado, Las máscaras, viendo acertadamente todas las novedades que, por otro lado, aportaba ese nuevo sesgo que daba el alicantino a sus obras. La aparición de La señorita de Trévelez en plena decadencia del sainete daba pie a una caricatura cruel y patética de la clase media que vive el aburrimiento provinciano. En 1918, con ¡Que viene mi marido!, Arniches incorporó definitivamente el término de “tragedia grotesca”, verdadera burla de la clase media española. La boda de un moribundo que no llega a morirse, define un tipo, el “fresco”, que llegará a popularizarse por esos años. En Los caciques (1920), otra sátira sobre el provincianismo, ofrece también pintorescos tipos de frescos.
Arniches consiguió, bien avanzada su carrera autoral, un notable prestigio, más allá del que le dispensaba su público.
4.  El teatro de la Generación del 98: la aportación de Valle-Inclán
Si Arniches representó la crítica a la sociedad desde el escenario, mitigada y limitada por el condicionante comercial, Valle fue mucho más lejos, aunque pagara tributo con la ausencia de los teatros. La sociedad maurista, despreciada directamente en Luces de bohemia (1920), fue denostada por el autor gallego, que, con su posición contraria a las normas de la representación, atacó las bases mismas de la entidad dramática. Aunque en 1917 Valle publica un ambiguo libro de estética titulado La lámpara maravillosa, mezcla de elementos aristotélicos con una continua apuesta por lo sublime, la idea de “la superación del dolor y de la risa” poco tenía que ver con sus antiguos gustos románticos. Aplicando una ponderación verbal procedente aún de su modernismo estético, crea un avanzado lenguaje escénico, apoyado precisamente en el desconocimiento de las líneas dramatúrgicas que se llevaban en Europa. Sólo tuvo que apartarse de lo que hacía Benavente, Linares o Villaespesa, para acercarse a la obra de Yeats o, años después, a la del propio Brecht. Las fuentes de su teatro eran, como se ha demostrado, la propia realidad: la historia diaria que veía reflejada en la prensa, e incluso la parodia literaria. Como acertadamente vio Mainer en La edad de plata (1983), la peculiar medida de La cabeza del Bautista (1924) o Las galas del difunto (1926) recuerda la del “teatro por horas”, pues parodia, además, mitos literarios como el de Salomé y el Tenorio respectivamente; y, añadimos, ironiza también el entonces famoso Nudo gordiano, de Sellés, con Los cuernos de don Friolera (1921), y a cualquiera de las zarzuelas que poblaban la escena española de principios de siglo con La hija del capitán (1927).
La originalidad del teatro valleinclanesco pudo proceder, sin duda, de la ausencia de obligaciones comerciales, materializadas en su manifiesta oposición al actor español al que menospreció de continuo. Desligado de la profesión, Valle hurgó en otras posibilidades, como las valoraciones de iluminación escénica influido por el cubismo y otros movimientos de base pictórica. El propio Valle fue crítico de arte, y llegó a dirigir la Academia de España en Roma, manteniendo, pues, una constante relación con distintos medios de expresión artística.
En el aspecto dramatúrgico, la gran aportación de Valle-Inclán viene del citado alejamiento de la escena convencional. Aunque en literatura había seguido la tendencia modernista, en teatro, continuando con el consabido naturalismo de finales de siglo XIX, sus obras carecían de cualquier aliento innovador. Sólo la palabra permitía una caracterización inhabitual en sus primeros dramas casi románticos: El yermo de las almas (1908), refundición de su ópera prima Cenizas (1899), El marqués de Bradomín (1906), Cuento de abril (1909) y Voces de gesta (1911), justamente su teatro más pensado para la representación. Casi al mismo tiempo concebía obras cuya intención inicial nunca fue el escenario, pero que, por ello mismo, se convertían en problemas de imposible solución escénica en su época. Águila de blasón (1907) y Romance de lobos (1908) fueron llamadas “comedias”, como más tarde Cara de plata (1922), pero también “bárbaras”: comedias por su disposición dialogada, pero su elevado número de cuadros, personajes y núcleos dramáticos las alejaban de cualquier consideración escénica, como el mismo Valle reconoció. He aquí, sin embargo, las primeras innovaciones imprevistas por el autor.
Posteriormente, y aunque su gusto por la commedia dell'arte le inspiró, a veces abiertamente, ligeras comedias modernistas, como La Marquesa Rosalinda (1912) y Farsa italiana de la enamorada del rey (1920), produjo un teatro contra las formas escénicas del momento, que caracterizó con el equívoco término de esperpéntico. Así, su quizá último drama puramente teatral, Divinas palabras (1920), de inspiración gallega y textura próxima a las “comedias bárbaras”, recibió los primeros envites del esperpentismo contemporáneo. Tras él asistimos a una serie de escenarios que dan la imagen de una realidad teatral “sistemáticamente deformada”, imágenes explicadas en la famosa escena XII de Luces de bohemia (1920), aquélla en que Máximo Estrella, poeta ciego, define su estética metafóricamente a Latino de Hispalis. Con ello, más que las aportaciones que Valle-Inclán hace al mundo del drama español del siglo XX, interesa resaltar las que lega al mundo de la escena, pues las define, con lenguajes de enorme precisión, como lugar dialécticamente puro, en donde espacio, luz, gestos y pasiones se funden en cuadros plásticos, que jamás ocultan las muchas influencias de los movimientos estéticos del momento. De esta manera, trabajando para un teatro que no era el de su tiempo, el gran innovador que fue Valle-Inclán no gozó del estreno regular habitual.
No corrieron mejor suerte el resto de autores del 98, para los que el teatro fue siempre más experimentación que profesión, aunque no todos desearan semejante condición. Sin embargo, tampoco desperdiciaron la oportunidad para cultivar el arte de la escena, sin sustraerse a esa tonalidad vocacional. José Martínez Ruiz, Azorín (1874-1967), fue estrenado por compañías de primer orden, como la de Rosario Pino, con la trilogía de Lo invisible (1927), drama de resonancias simbólicas, como ya hemos indicado en un capítulo anterior; otros títulos suyos de cierto interés son Old Spain (1926), Brandy, mucho brandy (1927) y Angelita (1930). Pío Baroja (1872-1956), trató con mucho menor interés el teatro, aunque en su juventud fue un durísimo crítico, quehacer que abandonó al dejar de interesarle las obras que se hacían en España. Su más preciada contribución a la escena fue El horroroso crimen de Peñaranda del Campo (1926), aunque más por las grandes dosis de crítica literaria que contiene que por otra cosa. Miguel de Unamuno (1864-1936), sin embargo, sí tuvo una mayor vinculación al mundo de la escena, aunque nunca supiera desvincular su condición de intelectual regeneracionista, de esa pasión nada oculta que fue el teatro. Estrenadas algunas de sus obras, incluso por la propia Margarita Xirgu, sus dramas no alcanzaron nunca notoriedad de público; destaquemos entre ellos La esfinge (1909), El otro (1926) y El hermano Juan (1931). Mayor éxito de público consiguieron los hermanos Manuel y Antonio Machado, no plenamente vinculados a la generación del 98, triunfadores con seis de los siete damas que escribieron;  entre ellos, La Lola se va a los puertos (1929) y La duquesa de Benamejí (1932).