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«La generación bífida»

 

Eduardo Haro Tecglen

El País, 26 de noviembre de 1988

 

La punta de la generación de quienes están por los 40 años -algo más, algo menos- se bifurca. Unos llegan al poder, otros a la muerte. Estuvieron juntos en una izquierda alegre, abierta, que se unía en las calles, en el vino, en ciertos conceptos generales de la libertad. Vivieron en las mismas comunas, salieron hacia París -o se impregnaron de él- o se fueron a Lisboa para lo de los claveles (¿se acuerdan?), compartieron los libros prohibidos, sufrieron los mismos golpes de guardias o de grupos derechistas. Ahora unos están en el poder, otros mueren. Darwin dijo algo de la supervivencia del más fuerte. Su largo título victoriano resumía ya: Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida. Ya había varios errores en el enunciado: considerar lo natural como algo benéfico y considerablemente oportuno encaminado hacia algo con un concepto de futuro mejor, pretender que la vida se plantea como una lucha exclusivamente, determinar que la naturaleza favorece unas razas contra otras y que ésas, por ser las más fuertes, son las mejores. De lo que fue punta de lanza de la ideología científica de su época salieron, a través de distintas revisiones, el liberalismo o concurrencia abierta (la lucha de todos contra todos), el fascismo, el comunismo estaliniano y los libertarismos aniquiladores: millones de muertos. La estirpe de ese pensamiento llega hasta hoy. Reagan ha sido el gran defensor de la supervivencia del más fuerte como equivalencia del mejor en el momento en que uno es más fuerte, nadie le va a discutir que es el mejor- y Bush ha recogido de ahí su puñado de votos para que todo continúe con los meros matices de moda o verbo que se requieran.


Añadiendo algo a Darwin se llegó a la frase de la "survival of the fittest", o la supervivencia del más adaptado (Herbert Spencer en Principiode biología). Será eso lo que está pasando aquí con esta punta bifurcada. La diferencia entre unos y otros es demasiado grande de todos modos y se ha producido en tan poco tiempo que constituye un fenómeno rápido y singular. Se ha formado la raza favorecida de los adaptados: acuden a los besamanos de los obispos, comen langostinos, llevan pianos de respeto a sus despachos, tienden moquetas hasta donde se abrigan de la calle, tienen escoltas, compran fraques, usan Visa Oro, viajan en Concorde, eligen trajes y corbatas de buen paño y buena seda, tienen asesores de imagen, cambian de esposas en busca de la riqueza, la elegancia o la popularidad, segregan unos seguidores que crean a su imagen y semejanza -lealtad y langostinos- y que ocupan los vigorosos puestos delegados del poder.Los otros vagan por los centros sanitarios pidiendo ayuda, a veces sólo alguna píldora para pasar el trago del insomnio, y no saben -son los inadaptados- encontrar el certificado del censo del barrio, la tarjeta de beneficencia, el papel del paro. Cuando llegan a los psicólogos desbordados, les aplican el rígido conductismo que no saben realizar. Escriben en periódicos casi clandestinos, se les niegan los micrófonos de las radiúnculas porque escandalizan, ya no se prestan libros unos a otros, sino harapos. Los guardias de las urgencias de los hospitales pueden rechazarles cuando son drogatas. Duermen en los bancos. No pueden ni acegerse al Plan de Empleo Juvenil -las hierbas que otro arrojó- porque son mayores.


Los vecinos de sus tabucos quieren expulsarles por su riesgo potencial. Cuando encuentran una secta donde podrían adaptarse al menos un rato, que les puede llevar a una granja con sus compañeras pálidas, sus compañeros de la otra punta bífida -los que gustan de santificar las fiestas- les encarcelan, les evacuan, les acusan de promiscuidad sexual o de ser pobres víctimas de lavado de cerebro. Los burgueses se cruzan de acera cuando les ven, los guardias vuelven a pegarles cuando arrastran sus últimas fuerzas en las manifestaciones contra las bases, la OTAN o a flor de las movilizaciones del día, M14. Están, se dice, locos. La Unión Soviética de antes percibió hace muchos años que esta inadaptación no podía ser sino fruto de una locura y llevaba al alcohismo.


Se respetan los derechos humanos: son estos marginales, alcohólicos, drogados, sidosos, literatos, poetas sin juegos florales, una peluca y una gabardina al juzgado para que se escapen. Ni siquiera intentan escaparse. Ni se les dejaría.


Es una generación curiosa, cuya doble faz -la que ríe, la que llora- no se ha dado fácilmente en otros tiempos históricos. Quizá en otros lugares se está produciendo algo parecido al mismo tiempo: digamos, Nueva York. Pero allí dificilmente constituyen una generación determinada -son de muchos estratos- ni han ido juntos con sus coetáneos a las manifestaciones ni compartido durante unos años la misma lucha y las mismas esperanzas. Es más un problema clásico de riqueza y pobreza desnuda, que aquí también existe, pero con otras características. Ahora impresiona Tom Wolfe porque lo cuenta; pero ya lo contaba mejor John Dos Passos, a los que leyeron escondidos los de las dos puntas de esta generación (Dos Passos se arrepintió y se adaptó en una época dura).


Esto es otra cosa. Algo darwiniano. La naturaleza ha seleccionado a los más fuertes, quizá gracias al meritorio esfuerzo de éstos por adaptarse a lo previamente existente y a lo que el general De Gaulle llamó "la nature des choses", y la lucha por la vida les ha dado el poder. Los otros, los caínes de aquella fraternidad -o tratados como caínes-, cometieron el error de querer adaptar la sociedad a sus ideologías. Creían que iban todos a lo mismo, y se equivocaban. Decía Bernard Shaw que sólo los tontos han creado los progresos del mundo, porque los listos se han adaptado a lo que había sin necesidad de inventar. También se equivocaba. Aquí los tontos son tontos para siempre y la naturaleza no tiene ningún interés en que sobrevivan. Por eso se van muriendo después de sufrir la marginación, la porra, el desprecio, el sermón, el conductísmo, las redadas, las visitas de alguna buena monja, el aislamiento en los lugares de trabajo, el abandono -con necesarias lágrimas de la madre- de las familias que consideran cualquier inversión en ellos como algo a fondo perdido, la calificación de irrecuperables. Qué tontos, qué tontos.

 

El marxismo-pop y la gente derrotada


Manuel Vicent, El País, 28 de enero de 2015


En 1945, en el corazón de la más dura posguerra, un hombre que había sido policía durante la República, afiliado al PSUC, detenido y condenado, volvía a casa después de haber cumplido varios años de prisión. Vivía en la calle Botella, en el Raval de Barcelona. El hombre subía muy abatido esa mañana con una maleta de cartón a su piso donde le esperaba su mujer, una humilde modista, y en mitad de la escalera se cruzó con un niño gordito de cinco años. Los dos se miraron muy sorprendidos al verse por primera vez. Así cuenta Manuel Vázquez Montalbán el momento y el lugar en que conoció a su padre.


En el Raval se agitaba un hormiguero de gente derrotada cuyo único afán era sobrevivir. En medio del hedor escalfado de la alcantarilla y de los gritos de buhoneros y menestrales, la radio sacaba a la calle coplas y pasodobles desde los colmados, bares y prostíbulos. El niño creció entre las historias de amor, los lances de pasiones y celos, los sueños imposibles que expandían los dulces boleros por los patios de luces, terrazas y balcones llenos de ropa tendida. Ese fue el primer alimento que nutrió su inconsciente. Concha Piquer cantaba Tatuaje y aquel niño no tenía que forzar la imaginación, puesto que eran de verdad los marineros rubios como la cerveza, llegados en un barco, que él veía entrar y salir de los antros de lenocinio. Todos los días se encontraba con mujeres apoyadas en el quicio de la mancebía, con machacas, chulos, pícaros y tipos anónimos silenciosos y humillados que, no obstante, manifestaban en la mirada una rebeldía soterrada ante una libertad reprimida. Leía los tebeos de El hombre enmascarado, de Fantomas y Juan Centellas;coleccionaba cromos de futbolistas del Barcelona, Calvet, Seguer, Basora, César y Gonzalbo. El horizonte del chaval pudo ser el taller de mecánico, pero su padre, con buen tino, lo matriculó en una academia privada para que estudiara el bachiller y de esta forma el destino se puso a su favor y el chaval pudo llegar a licenciarse en Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona.


Manuel Vázquez Montalbán heredó de su padre la conciencia política de izquierdas. La rebeldía universitaria le llevó a afiliarse al PSUC en 1961, a formar parte incluso del comité central, a cumplir con todos los ritos usuales de la clandestinidad, panfletos, células, consignas, contraseñas, nombres de guerra. Sobrevino la consiguiente redada y dio con sus huesos en la cárcel de Lérida. Muchos escritores burgueses deben sus principales lecturas al año en que los mantuvo en la cama una tuberculosis de adolescencia. Vázquez Montalbán aprovechó sus tres años en el talego para amueblar su cerebro de marxismo y de todo lo demás.


Al salir en libertad era un joven con vocación de poeta y literato todoterreno, llevaba la pluma cargada con la idea fija de disparar contra la injusticia social, pero este designio tan noble trató de conjugarlo con la necesidad y esperanza de llegar un día a comer y vivir de este oficio, aunque fuera trabajando en la mina de sal del periodismo como un forzado. Parece que en un momento determinado se gritó a sí mismo: “A Carlos Marx pongo por testigo que nunca más volveré al Raval”. Logró este empeño, pero el hecho de que no se desclasara y nunca dejara de reconocerse en los suyos cuando le llegó el éxito, fue una de sus conquistas.


Vázquez Montalbán era un marxista leninista con retranca, un ejemplar raro de comunista, que no quería privarse del humor, del sarcasmo y de la ironía, algo sospechoso en el bloque mental cerrado del partido. Empezó a escribir con seudónimo de forma alimenticia en una revista de corte y confección. Desde el primer momento tuvo una obsesión que logró cumplir hasta el final de sus días. En cualquier empresa donde escribió lo primero que exigía era que le dieran de alta en la Seguridad Social, producto de la inseguridad que llevaba inoculada en el cerebro. La pluma de este periodista superdotado comenzó a disparar desde cualquier medio que le dejaran a destajo. Al final encontró una garita propia. ¿Se puede unir a Marx con Juanito Valderrama y a Lenin con Lola Flores?


Aquellas canciones románticas que salían de los colmados de su barrio, las letras de las coplas, los cromos de futbolistas del CF del Barcelona, los anuncios de Netol y de Norit el Borreguito, los tebeos, los carteles de películas, los rostros de las artistas, el olor de los teatros de revistas del Paralelo formaban un légamo de la memoria y sobre ella se deslizaban los fantasmas que habían perdido la guerra. Ese material fermentado afloró en un reportaje que le dio, de pronto, nombre y fama. Su Crónica sentimental de España había permanecido olvidada o, tal vez, retenida varios meses en uno de los cajones de la revista Triunfo, hasta que en septiembre de 1971 se publicó la primera entrega con un éxito fulminante. Este material popular que siempre había sido despreciado por los intelectuales, Vázquez Montalbán lo transformó en una categoría y sin librarlo de la carga de nostalgia lo llenó de claves secretas para entender los sueños derrotados por una dictadura. Fue ese instante de gracia en que logró la inspiración en el campo inexplorado de un marxismo-pop, de propia creación.


En el estudio de su casa de Valvidriera y en su masía de Cruilles en el Ampurdán tenía tres o cuatro máquinas de escribir cargadas en batería cada una con un folio en el rodillo. Cumplía como un profesional puntualmente con su trabajo estajanovista, novelas, ensayos, poemas, artículos, reportajes, crónicas, viajes, a borbotones, con unas facultades extraordinarias de memoria y de talento. Triunfo, Hermano Lobo, EL PAÍS, Interviú, Por Favor. No sabía negarse a ningún prólogo, a ningún encargo. Se había empeñado en demostrar que un marxista tenía derecho al humor; ahora estaba dispuesto a demostrar que también tenía derecho al placer. Vázquez Montalbán pasó de la recia tortilla de patatas y del vino Savin a saberlo todo de cocina y de marcas de whisky. Se hizo gastrónomo. Escribió de cocina para hacer un marxismo digestivo y realizar la proeza de enseñar a la izquierda a comer. El hecho de que no lo consiguiera convirtió a Vázquez Montalbán en un escritor romántico.


Los premios le llegaron cuando ya tenía más de cincuenta libros publicados. Todo lo que sabía de marxismo, de libros, de crítica, de cocina, de triunfos y derrotas de la vida lo aplicó para armar la psicología de su personaje más famoso. El detective Pepe Carvalho era el trasunto del propio Manolo. En la pequeña distancia era un hombre tímido, de mirada baja, con tendencia a coger peso. Unas veces lo veías muy gordo y después de una temporada lo veías muy flaco. En la clínica de Incosol en Marbella perdía diez kilos y sus ojos desvalidos expresaban la tristeza de no poder darle al cuerpo el placer que predicaba y al que tenía derecho más allá de la ideología. Viajaba como comía, como escribía, de forma compulsiva. Había ganado el Planeta con la novela Los mares del Sur y ya que lo había soñado literariamente el destino le hizo morir en el aeropuerto de Bangkok, el 18 de octubre de 2004, cuando regresaba de Sídney. Como es lógico, Vázquez Montalbán siguió publicando después de muerto desde algún lugar del universo. Cuando años después pasé por ese aeropuerto pude recordar con gran emoción a mi amigo al subir por la misma escalera mecánica donde él cayó fulminado por un infarto. Esta escalera unía la zona de tránsito con las salas de embarque. Vázquez Montalbán no pudo embarcar. La zona de tránsito era para él hacia el otro mundo, también hacia la posteridad.

Existencialismo y literatura existencial en España

EXISTENCIALISMO
Movimiento filosófico que se desarrolla en Europa durante el período de entreguerras (1918-1939) y en la etapa inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Con esta corriente de pensamiento se ha relacionado a una serie de escritores en cuya producción literaria se ha venido manifestando un “sentimiento trágico de la vida” (Dostoievski, Unamuno, Kafka, Pirandello) que, a partir de la última guerra mundial desemboca en las denominadas “literaturas de la desesperación” y “literatura del absurdo” de la que serían exponentes Camus, Malraux, Simone de Beauvoir, Beckett, Ionesco, Harold Pinter, etc.
El punto de partida de esta corriente filosófica radica en el principio de que en la conformación del ser humano “la existencia precede a la esencia”; que, por tanto, no hay una naturaleza humana previa que condicione al hombre concreto, el cual se va haciendo a sí mismo en el transcurso de su trayectoria existencial. Gran parte de los conceptos básicos del pensamiento existencialista (la autoconciencia de nihilidad o de la nada, la vivencia de la angustia y de la desesperación, el sentido del absurdo, etc.) aparecen ya analizados en la obra de Kierkegaard, así como la negación del principio hegeliano relativo a la equivalencia entre ser y razón, o entre realidad y pensamiento. Pero lo que le convierte en iniciador de esta corriente filosófica es la afirmación de la primacía del individuo concreto frente a lo universal, y de la existencia frente a la esencia. Para Kierkegaard, la indagación filosófica sólo tiene sentido en la medida en que aporte algún conocimiento sobre esa existencia del hombre concreto, marcado por la “angustia en la dirección del destino”, “angustia de la nada”, “angustia de lo demoníaco”, que Kierkegaard pone en relación con los conceptos de lo “reservado”, “vacío” o “aburrido”. 
El existencialismo, tal como lo han definido algunos de sus más destacados representantes, se configura fundamentalmente como un humanismo. Las ideas básicas de esta corriente filosófica expuestas en apretada síntesis, son las siguientes: 
a) La existencia humana precede a su posible esencia, lo cual significa que el hombre, cuando surge en el mundo, “comienza por no ser nada” hasta que él se vaya haciendo y definiendo a sí mismo: “El hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (Sartre, 1946). Él es, primordialmente, un “proyecto” o, como insiste Heidegger, un “poder ser” un “salto”, un “anticiparse”. Por tanto, no depende en su devenir de lo que una idea eterna o el espíritu o la voluntad de un Dios le hayan impuesto ser, sino de lo que él mismo decida ser, de su “autodeterminación”. 
b) El ser humano comporta una conciencia desgraciada, ya que se encuentra dominado por unos sentimientos de soledad, angustia y desamparo. Según Jaspers, el hombre llega a esta conciencia cuando percibe que existen unas situaciones límite: el sufrimiento, la lucha, la caída, la muerte. Para Heidegger, estos sentimientos radican en el hecho de que el hombre no puede llegar a ser, en la historia, el dueño de su existencia, la cual está marcada por la finitud; el hombre es “un ser para la muerte“. Intenta olvidar esta realidad mediante la diversión, la indiferencia o la sublimación a través de los ritos religiosos. Para Sartre, la angustia radica en el hecho de la “total y profunda responsabilidad” que supone tener que elegir un proyecto de vida, ya que “en su decisión elige al mismo tiempo que a sí mismo a la humanidad entera”. En esta tremenda tarea de elegir un proyecto de vida, una moral, el hombre se siente desamparado ya que, al no existir Dios, no hay una fuente o norma de valores a la que poder aferrarse: estamos radicalmente “solos” y condenados a ser libres, a inventar al hombre: de nosotros, exclusivamente, depende el porvenir. 
c) El hombre está abocado a la decepción y a la desesperación, en la medida en que es consciente de que vive en un mundo absurdo dominado por la muerte. Para Sartre, el hombre, dueño de su destino, aspira a fundir el ser y la conciencia (el “en sí” y el “para sí”): es un “proyecto de ser Dios”, pero todo ocurre como si sólo llegara a “realizar un dios frustrado”. Esta sería la última raíz de la decepción y del sentimiento del absurdo: constatar que su proyecto no tiene sentido, que, en último término, la muerte lo reducirá a la nada.  De ahí que la existencia sea una realidad vacía, que provoca esa “conciencia desgraciada” anteriormente aludida. Esta decepción y desesperación son plenamente coherentes en el contexto de un mundo convulsionado por dos guerras mundiales que han arrumbrado la confianza del hombre en la razón, en el derecho y en el esquema de valores morales sobre los que se había apoyado hasta entonces la existencia colectiva de los hombres y los pueblos. 
d) Sin embargo, el humanismo existencialista no es necesariamente una doctrina “quietista” o “pesimista”. Si el hombre existe como tal gracias al proyecto que se asigna a sí mismo, no debe caer en un resignado masoquismo: sabe que por su compromiso (Sartre) puede dar sentido a su vida (es absurdo que todo sea absurdo), y contribuir a “crear una comundidad humana”. En este mismo sentido incide Heidegger al advertir que el hombre está en el mundo, no como un espectador “solitario”, sino como un “ser histórico”, un “ser con”, “preocupado” en buscar una “existencia auténtica”, enraizada en la tradición y en el devenir de la humanidad. La existencia es comunicación y “diálogo”, y, en esta comunicación con los demás, el hombre se descubre y se eleva a la trascendencia, aunque esta “comunicación” no puede superar por completo la íntima soledad y desgarramiento del ser.  


LITERATURA EXISTENCIALISTA EN ESPAÑA

En la literatura española, aparte de la obra unamuniana, se produce, en la etapa inmediatamente posterior a la guerra civil, una creación literaria marcada por la experiencia dramática de la contienda, en la que se percibe una actitud intelectual y vital análoga a la de otros países europeos. De hecho, en una serie de novelas se palpa la misma sensación de incertidumbre, angustia y sentimiento del absurdo respecto de la vida humana. Esta sensación se advierte en la recurrencia de temas como el de la soledad, la ansiedad y desesperanza agobiante (que evocan reminiscencias sartrianas de la “náusea” y “lo viscoso”), la presencia de un mundo inauténtico y enajenante, o bien de “situaciones límite”, como el dolor, la lucha, la locura y la muerte. De esta forma, escritores españoles de la inmediata posguerra como Cela, Delibes, Laforet, etc., que han participado en la guerra civil o han vivido sus dramáticas consecuencias, van a proyectar en sus personajes de ficción ese estado de ánimo de angustia, incertidumbre, desesperación o sentimiento del ansburdo que caracteriza a la filosofía existencialista. En este sentido, varios críticos (de Nora, Durán, Sobejano) hablan de novela existencial, al referirse a la obra narrativa de los mencionados escritores. El desconcierto provocado por el estallido de una guerra civil que ha sembrado el rencor, la desconfianza y un estado de ansiedad, se trasluce en el mundo de ficción a través de la evocación de situaciones, ambientes y personajes representativos de esa atmósfera colectiva. Muchos de estos personajes, viandantes de un “camino” errado, perdidos en un “laberinto”, prisioneros de inhóspita “colmena”, o aherrojados a la misma “noria”, son seres condenados a la indecisión, al desencanto y desesperanza, a la desolación de la enfermedad, a la opresión económica y social, a la violencia y al crimen. Colocados en situaciones límite, donde se percibe la angustia y el absurdo de la vida, estos personajes viven como cercados bajo la amenaza constante de la muerte. El espacio de estas novelas es fundamentalmente urbano. En las grandes ciudades o en la ciudad de provincia quedan patentes algunos de los rasgos básicos de la vida social de la época: soledad, incomunicación y violencia, en la realidad caótica de la gran urbe, y rutina, hastío, horizonte cerrado, en la pequeña ciudad.
Las características más notables de la técnica narrativa de estas novelas son:
a) Predominio del protagonista individual (salvo en La colmena).
b) Recurrencia de espacios reducidos y angostos (celda, taberna, café, hospital) como signo de la opresión y asfixia de los personajes.
c) Ausencia de análisis sicológicos y preocupación por el contexto social.
d) Reducción y condensación del tiempo narrado, lo que no impide la evocación y reconstrucción del pasado, paticularmente en lo referente a la guerra civil soportada.
e)  Proyección del autor sobre el personaje-narrador, que sería como su doble, salvo en La colmena, donde se tiende a suprimir la presencia del autor mediante la técnica objetivista, que será imitada por novelsitas posteriores.
f) Finalmente, una aparente despreocupación por los aspectos formales y estilísticos del lenguaje, salvo en Cela, Torrente y Delibes, que son, evidentemente, maestros del estilo en la prosa narrativa del siglo xx. 
Por último, estos escritores no muestran una dependencia literaria marcada respecto de sus predecesores;  no obstante, en el caso de Cela se ha hablado de la posible influencia de Baroja. Se ha sugerido también, a propósito de La colmena, ciertas semejanzas en técnicas narrativas con las empleadas por Dos Passos en Manhattan Transfer. Sin embargo, la incidencia de éste y otros novelistas norteamericanos (W. Faulkner, especialmente) será más evidente en los narradores de la siguiente generación.

[Tomado del Diccionario de términos literarios de Demetrio Estébanez Calderón]