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EXPULSADOS

Adán y Eva, Julia Barrera 2007

Proclama de Adán

¿Sabías, Eva, que el paraíso sólo existe en las tarjetas postales? Por eso el mar y el cielo son un mismo embuste azul y las moñas despeinadas de los árboles lucen tan imposiblemente verdes bajo la resolana. Y el atardecer —esa hemorragia ardiente que fascina a los tránsfugas del frío— exhibe su ojo venoso entre las pencas de las palmas.

   En realidad, el mar es turbio como yo, impredecible como los remolinos de tu antojo. El cielo a veces tiene el brillo opaco de la bruma o la cortina gris que ahoga las ciudades. Y lo único rojo en mi paisaje es ese tinte huraño que allana tus mejillas cuando suelto las ganas por tu playa.

   Mira a tu alrededor: el salitre nieva las pestañas. La arena entrega a la marea su alfombra de jeringuillas desechadas. El mar escupe guirnaldas de chatarra y botellas sin mensajes. Los cangrejos borrachos de petróleo garabatean al revés tu inicial y la mía sobre la costa amortajada.

   Eso es belleza, Eva. El paraíso no es más que un sueño de dioses derrocados.

 

Memorándum de Eva

Rodar desnuda por la arena asquerosa; deslizar mis carnes entre la basura; beber las aguas estancadas de las gomas; degustar el vómito de larvas y renacuajos; masticar como tortuga confundida las barrigas hinchadas del plástico; lamer los restos rancios de las cajas; chupar los cuellos rotos de los frascos; disputarles a los perros las vísceras de un ave; inmiscuir la lengua por las ranuras apestosas de las latas; hundir las piernas y los muslos en las babas verdes de un caño; pintarme de mercurio; perfumarme de azufre; embarrarme la cara con moho y grasa; y, cuando den las doce del deseo, arrastrar este bulto hasta el mar y navegar, sin brújula ni vela, sobre tu lomo tieso y frío, Adán.

 

Ana Lydia Vega (Santurce, 1946)

Tomado de Crucero Caribe. Cuentos selectos. Universidad Autónoma de México, 2025. 201-202

En menos de 500 palabras

 


Mujer en el baño

Arropada de burbujas, recuesto la nuca contra el filo de la bañera. Las gotas me bajan por el cuello, trazando veredas en la espalda. Con su lengua tibia, el agua despeina los vellos de mis piernas. Voy perdiendo gravedad, flotando casi, mecida por el falso oleaje. El gusto se escurre por mi piel como mano enjabonada.

   Una neblina espesa ha envuelto la pieza. La luz del botiquín parpadea. Si no cierro los ojos, la mirada ojerosa del vampiro enfriará el agua. Si no encojo las piernas, las garras peludas del lobo me impedirán escapar. Si no me cubro el pecho, la navaja que brilla en tus pupilas me descuartizará el corazón.

   Chorreando espuma, buscando a tientas el espejo y aquella cara de mujer feliz que el velo del vapor ha sepultado, me levanto.

   Afuera, los gatos maúllan y rascan la puerta.

 

Ana Lydia Vega, 2025

Tomado de Crucero caribe. Cuentos selectos. 

Universidad Autónoma Metropolitana: Méxíco, 2025. 205




El emigrante

—¿Olvida usted algo?

—¡Ojalá!

Luis Felipe Lomelí, 2005



El dinosuario

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso, 1959




Cuento de horror

La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones.

Juan José Arreola, 1972




Suicidio, o morir de error

Antes de estrellarse contra el suelo, la miró con asombro. Saltaremos juntos - le había asegurado la bella bellísima -. Una. Dos. Y tres. Y él se precipitó. Y la bella bellísima le soltó la mano. Y desde lo alto, asomada bellísima en azul, le juró que le amaría hasta la muerte.

Dulce Chacón, 2000







El criado del rico mercader

Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto. 

Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader. 
—Amo —le dijo—, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán. 
—Pero ¿por qué quieres huir?
—Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza. 
El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo y el criado partió con la esperanza de estar por la noche en Ispahán. 

Por la tarde, el propio mercader fue al mercado, y, como le había sucedido antes al criado, también él vio a la Muerte. 
—Muerte —le dijo acercándose a ella—, ¿por qué le has hecho un gesto de amenaza a mi criado?

—¿Un gesto de amenaza? —contestó la Muerte—. No, no ha sido un gesto de amenaza, sino de asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Ispahán, porque esta noche debo llevarme en Ispahán a tu criado.  

Bernardo Atxaga, Obabakoak (1993)





La amiga de mamá

La amiga de mamá llegaba a casa, con sus maletas cargadas de regalos y era como si la Navidad se hubiese presentado, fuera abril o septiembre. La amiga de mamá extendía mapas, repartía paquetes, nos disfrazaba de bereberes, desplegaba historias y fotos y por último colocaba su neceser entre nuestros jabones y cepillos de dientes, y así sabíamos que sería nuestra por una temporada.


Las comidas se llenaban de sabores exóticos, los bailes eran voluptuosos y frenéticos, y hasta nuestros nombres cambiaban, y un día nos llamábamos Samarcanda, otro Tegucigalpa, o Gobi, o Tombuctú. En el colegio nuestros compañeros se disputaban el privilegio de venir a pasar la tarde en casa. Y la amiga de mamá, aunque por la noche las oíamos hablar hasta muy tarde frente a una botella de licor de extraños reflejos, la amiga de mamá nunca parecía cansada.


Eso fue lo primero que me llamó la atención aquel día: su rostro exhausto, descansando sobre el regazo de mamá. No recuerdo a qué había bajado al salón pero enseguida tuve la sensación de asistir a una escena prohibida, no por impropia o vergonzosa; era algo más allá, como entrar en la trastienda de aquellas dos mujeres. Porque no sólo estaba la fragilidad de la amiga de mamá; sobre todo estaba la tristeza de mamá. Como si sus ojos hubieran visto más que los de su amiga. Como si se hubiera despedido de más gente. Como si estuviera agotada de servir de sostén a los sueños de los demás.

Ana María Pérez Cañamares, 2001