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CENA EN LA CAPOTA

Cena en la capota: crónica del guaracheo taponístico de hoy

Cezanne Cardona


La autopista PR-22 me está invitando a cenar. Y lo sé porque, en medio del tapón, una valla publicitaria digital anuncia un costoso perfume y el precio del bistec machacado de un supermercado. Todas las señales están ahí: la tarde cae como espagueti sacado de la lata y una guagua pick-up lleva un jueguito de mesa para dos en la cajuela. El leve bocineo hace rato que funciona como una banda de jazz de fondo y el verdísimo mogote donde antes estaba el vertedero de San Juan, al lado de Plaza Las Américas, es nuestra mejor vista. Ni siquiera ha faltado la típica malacrianza restaurantera: el sujeto que está dos carros más adelante acaba de tirar una bolsa de papitas fritas a la brea con el mismo estilo zafio del bumper sticker que bautiza el trasero de su carro: “Si este auto es conducido negligentemente llame al 1-800-que-se-joda.”

Mis hijos no se han dado cuenta de nada porque están hipnotizados en sus teléfonos, y en parte no los culpo: después de los tapones post huracán María o los que le siguieron tras los sucesivos apagones, este tapón les debe parecer una monga odisea. Y hasta es posible que me informen, usando una aplicación de sus celulares, cuánto durará el tapón. Alguien dijo que la nostalgia es el Photoshop de la memoria y le creo porque -de pronto- extrañé los tapones de mi adolescencia, las conversaciones familiares en el carro, el arte de tirar las monedas en el peaje, las rutas alternas y la resignación. Añoro ese “Lávame” imperativo y cariñoso que algún extraño escribía con el dedo en el cristal trasero del carro, y hasta quiero de vuelta los reclamos de mis padres para que me quitara los audífonos del walkman y aprendiera a escuchar el mundo. Así recordé aquella escena de La guaracha del Macho Camacho, de Luis Rafael Sánchez, en la que una multitud se trepa a las capotas para averiguar el misterio de la congestión vehicular: “El choferío completo, la grey pasajeril completa, está encaramada, sobre las capotas, para averiguar qué carajo pasa allá adelante: pregunta desorbitada preguntada por los que tienen acceso a las posiciones privilegiadas desde las cuáles se aprecia qué carajo pasa allá adelante. Pero qué se ve, qué se ve. Se ve como si toda la avenida fuera un parkin subterráneo. Un mar de chatarra se ve. Pero qué se ve, qué se ve. Se ve que el mundo se va a acabar truncado en un tapón”.

Ahora que pertenezco a la toyotacracia empobrecida, descubro que envejecer es eso: contarles a nuestros hijos lo que se ve desde la capota del carro, acaso la última alfombra mágica que nos queda. ¿Aguantará la capota de mi Toyota Yaris el peso de mis fantasías de tapón? Por miedo a que se hunda la lata, apenas estiro el cuello y lo que se ve es el mismo tapón que describió La guaracha, hace cuarenta y seis años, actualizado por una suma mogolla de carriles, salidas, puentes, ampliaciones, reducciones, construcciones, drones anaranjados y un precipicio de vallas publicitarias anunciando: planes médicos, selladores de techo, placas solares, nuggets, depilación láser, cannabis medicinal, nacionalismo cervecero o de acetaminofén, y liturgia de queso y bacon saliendo de dos panes bíblicos. ¿Qué se ve? Por suerte, los puntos cardinales de nuestra literatura nacional también están hechos de miradas de acantilado: en la montaña y al borde del barranco, Silvina mira el cauce del río; a ras del agua, el bebé Melodía gatea por las tablas enclenques del caño; en el litoral norte, Pirulo mira el mar por primera vez; y justo en el corazón del Área Metropolitana La guaracha nos retrata a todos nosotros, al borde de las capotas de los carros, mientras esperamos, cuchicheamos, fantaseamos, enfurecemos, amamos y bailamos.

¿Qué se ve? Se ve que el radiador es el santo cáliz y que el coolant es nuestro mejor vino. ¡Grand Cherokee que estás en los cielos, santificado sean tus estribos! Venga a nosotros el Toyota Tercel con ese gancho de ropa preguntón como antena de radio. Danos hoy nuestro Corolla de cada día. Perdona esa pick-up Mazda que tiene escrito atrás: “Los favores empiezan en $30″. No nos dejes caer en la lujosa utopía automotriz del gobernador Pierluisi. Y líbranos del Tesla, del Maserati y del Lamborghini. ¿Qué se ve? Se ve que toda esa grey acaba de salir de misa, poseída por un digno deseo neandertal de volver a casa para contar la abultada antología de nuestras esperas: “Mi tapón fue más largo que el tuyo”; “Mi espera fue más desesperante que la tuya”; “Esperé dos horas, tres, cinco”; “Estuve todo el día esperando.”

Así empiezan todas nuestras historias y, por eso, la espera es nuestra verdadera épica nacional. Aquí se espera a Dios, a los extraterrestres, al Mesías, o al chupacabras, de la misma forma en que se espera por los fondos federales, las Navidades, el verano, la independencia, la estadidad, el premio gordo de la lotería, y por ese rayo justiciero que destruirá -por fin- la máquina que cobra el maldito peaje que nos legó la pax fortuñista. No hay quien lo dude: la espera es el milagro caribeño que mejor hemos pulido, pues sin esa bendita prórroga ni se suda ni se llora, ni se intima ni se ama.

Casi medio siglo después, La guaracha nos sigue recordando que la espera suele escoltar la soledad del universo y, a la vez, prolonga el dolor hasta convertirlo en alivio. No por casualidad, hace años, una cotizada valla publicitaria mostraba -en letras blancas y fondo negro- un versículo bíblico de nuevo cuño: “Si continúas usando mi nombre en vano yo pudiera prolongar la hora del tapón”. Por algo, cuando vemos un choquecito leve entre dos carros, decimos: -tiernos e irónicos- “esos dos se dieron un besito”. Y como esa aparenta ser la causa de todo este tapón, solo me resta convidar a mis hijos a la capota para anunciarles que la cena está servida.

 

 

Tomado de El Nuevo Día, 28 de marzo de 2022; publicado también en Leer antes de usar, Folium 2024 pp 39-41 bajo el título «Cena en la capota»

 

 

 

ÚLTIMA VUELTA



Julia me sonríe desde el otro caballo. Cuando el animal sube, las luces le iluminan el pelo; cuando baja, ella se toma del mástil y se arquea hacia atrás, sin dejar de mirarme. Somos indias hermosas. En la calesita, montamos nuestros caballos hasta el infinito, huimos de terribles amenazas y rescatamos de la muerte a animales en peligro. Si algo sale mal, si necesitamos duplicar nuestras fuerzas, chocamos los rubíes de nuestros anillos y una energía cósmica nos da superpoderes. Julia estira hacia mí su mano y yo la tomo de los dedos, apenas alcanzamos a mantenernos agarradas. Pregunta si la quiero. Digo que sí. Pregunta si vamos a vivir juntas para siempre. Le digo que sí. Pregunta si algún día tendremos un castillo, si va a ser inmenso y si las indias viven en castillos así, inmensos. Le digo que sí, que por supuesto, que eso es lo que hacen las indias hermosas. Mamá está entre la gente que espera en el banco. La busco pero no la veo. Me abrazo a la crin dorada de mi caballo. Julia me imita y esperamos a mamá para saludarla. La calesita gira y mamá sigue sin aparecer. Dos hermanos nos miran desde uno de los bancos. Hay más gente también, otros chicos con sus padres esperando el turno en la boletería. Cuando completamos otra vuelta, el menor de los hermanos nos señala. Están sentados junto a una mujer muy vieja, que también nos mira. Tiene un chal plateado, el pelo blanco y la piel oscura; parece cansada. Dónde está mamá, dice Julia. Busco a mamá. El boletero que sacude la llave no es el hombre de siempre. El carrusel se detiene, tenemos que bajar. Los hermanos dejan su banco y vienen hacia nuestros caballos. De todos los que hay, ellos quieren estos, y vamos a tener que dárselos. Julia se aferra a su caballo, mira a los chicos que ya suben. Hay que bajar, digo. Me mira asustada, quieren nuestros caballos, dice, los rubíes, choquemos los rubíes, dice estirando su mano hacia mí. Pienso en darle el gusto, pero los hermanos se trepan y me preocupa no ver a mamá. El mayor se acerca y le da dos palmadas al morro de mi caballo. El otro le hace un gesto a Julia para que se baje. Ella tiene los cachetes inflados y colorados, parece que está por llorar. Acaricio la piel cálida, fuerte, de mi caballo. Apenas alcanzo a bajar y siento al chico tomar con fuerza la montura y subirse. Taconea y grita, trata al caballo como a un animal de guerra. La calesita empieza a moverse y descubro que Julia ya no está en su caballo ni cerca de mí. Tengo que bajar, pero no la encuentro. Tampoco a mamá. La abuela de los hermanos camina hacia mí y me hace un gesto para ayudarme a saltar. Sus manos me dan miedo. Me toma de los dedos. Está helada y es tan flaca que es como si le tocara los huesos. La calesita sigue girando. Me tiro y tropezamos. Caigo al piso de tierra y creo que ella cae conmigo. Trato de levantarme pero no puedo. Algo pasa. Siento un dolor profundo, en todo el cuerpo, algo que se comprime, o se aplasta, algo muy delicado. Los brazos y las piernas tardan en responderme, se mueven lento, ya no soportan su propio peso. Siento frío y, con esfuerzo, apenas logro girar para volverme hacia la calesita. Entonces los hermanos aparecen por la derecha, dos soldados erguidos sobre los corceles. Cuando el mayor me ve me señala asustado y enseguida empiezan a bajar. Algunos padres se acercan y me ayudan a incorporarme. Les cuesta levantarme, me mueven con cuidado. Entre varios me acompañan hasta un banco. El mayor de los hermanos me acaricia el pelo y acomoda sobre mis hombros un chal, el menor se sienta a mi lado y me mira asustado. Descubro el anillo, el rubí brillante en mi piel vieja y oscura, y me quedo así, inmóvil, los dedos sobre los huesos de las rodillas, atenta al movimiento de los caballos vacíos. Que suben y bajan. Suben y bajan. Y detrás, infinitas, las praderas verdes que me separan del castillo.


Samanta Schweblin, Pájaros en la boca y otros cuentos 2017