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Existencialismo y literatura existencial en España

EXISTENCIALISMO
Movimiento filosófico que se desarrolla en Europa durante el período de entreguerras (1918-1939) y en la etapa inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Con esta corriente de pensamiento se ha relacionado a una serie de escritores en cuya producción literaria se ha venido manifestando un “sentimiento trágico de la vida” (Dostoievski, Unamuno, Kafka, Pirandello) que, a partir de la última guerra mundial desemboca en las denominadas “literaturas de la desesperación” y “literatura del absurdo” de la que serían exponentes Camus, Malraux, Simone de Beauvoir, Beckett, Ionesco, Harold Pinter, etc.
El punto de partida de esta corriente filosófica radica en el principio de que en la conformación del ser humano “la existencia precede a la esencia”; que, por tanto, no hay una naturaleza humana previa que condicione al hombre concreto, el cual se va haciendo a sí mismo en el transcurso de su trayectoria existencial. Gran parte de los conceptos básicos del pensamiento existencialista (la autoconciencia de nihilidad o de la nada, la vivencia de la angustia y de la desesperación, el sentido del absurdo, etc.) aparecen ya analizados en la obra de Kierkegaard, así como la negación del principio hegeliano relativo a la equivalencia entre ser y razón, o entre realidad y pensamiento. Pero lo que le convierte en iniciador de esta corriente filosófica es la afirmación de la primacía del individuo concreto frente a lo universal, y de la existencia frente a la esencia. Para Kierkegaard, la indagación filosófica sólo tiene sentido en la medida en que aporte algún conocimiento sobre esa existencia del hombre concreto, marcado por la “angustia en la dirección del destino”, “angustia de la nada”, “angustia de lo demoníaco”, que Kierkegaard pone en relación con los conceptos de lo “reservado”, “vacío” o “aburrido”. 
El existencialismo, tal como lo han definido algunos de sus más destacados representantes, se configura fundamentalmente como un humanismo. Las ideas básicas de esta corriente filosófica expuestas en apretada síntesis, son las siguientes: 
a) La existencia humana precede a su posible esencia, lo cual significa que el hombre, cuando surge en el mundo, “comienza por no ser nada” hasta que él se vaya haciendo y definiendo a sí mismo: “El hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (Sartre, 1946). Él es, primordialmente, un “proyecto” o, como insiste Heidegger, un “poder ser” un “salto”, un “anticiparse”. Por tanto, no depende en su devenir de lo que una idea eterna o el espíritu o la voluntad de un Dios le hayan impuesto ser, sino de lo que él mismo decida ser, de su “autodeterminación”. 
b) El ser humano comporta una conciencia desgraciada, ya que se encuentra dominado por unos sentimientos de soledad, angustia y desamparo. Según Jaspers, el hombre llega a esta conciencia cuando percibe que existen unas situaciones límite: el sufrimiento, la lucha, la caída, la muerte. Para Heidegger, estos sentimientos radican en el hecho de que el hombre no puede llegar a ser, en la historia, el dueño de su existencia, la cual está marcada por la finitud; el hombre es “un ser para la muerte“. Intenta olvidar esta realidad mediante la diversión, la indiferencia o la sublimación a través de los ritos religiosos. Para Sartre, la angustia radica en el hecho de la “total y profunda responsabilidad” que supone tener que elegir un proyecto de vida, ya que “en su decisión elige al mismo tiempo que a sí mismo a la humanidad entera”. En esta tremenda tarea de elegir un proyecto de vida, una moral, el hombre se siente desamparado ya que, al no existir Dios, no hay una fuente o norma de valores a la que poder aferrarse: estamos radicalmente “solos” y condenados a ser libres, a inventar al hombre: de nosotros, exclusivamente, depende el porvenir. 
c) El hombre está abocado a la decepción y a la desesperación, en la medida en que es consciente de que vive en un mundo absurdo dominado por la muerte. Para Sartre, el hombre, dueño de su destino, aspira a fundir el ser y la conciencia (el “en sí” y el “para sí”): es un “proyecto de ser Dios”, pero todo ocurre como si sólo llegara a “realizar un dios frustrado”. Esta sería la última raíz de la decepción y del sentimiento del absurdo: constatar que su proyecto no tiene sentido, que, en último término, la muerte lo reducirá a la nada.  De ahí que la existencia sea una realidad vacía, que provoca esa “conciencia desgraciada” anteriormente aludida. Esta decepción y desesperación son plenamente coherentes en el contexto de un mundo convulsionado por dos guerras mundiales que han arrumbrado la confianza del hombre en la razón, en el derecho y en el esquema de valores morales sobre los que se había apoyado hasta entonces la existencia colectiva de los hombres y los pueblos. 
d) Sin embargo, el humanismo existencialista no es necesariamente una doctrina “quietista” o “pesimista”. Si el hombre existe como tal gracias al proyecto que se asigna a sí mismo, no debe caer en un resignado masoquismo: sabe que por su compromiso (Sartre) puede dar sentido a su vida (es absurdo que todo sea absurdo), y contribuir a “crear una comundidad humana”. En este mismo sentido incide Heidegger al advertir que el hombre está en el mundo, no como un espectador “solitario”, sino como un “ser histórico”, un “ser con”, “preocupado” en buscar una “existencia auténtica”, enraizada en la tradición y en el devenir de la humanidad. La existencia es comunicación y “diálogo”, y, en esta comunicación con los demás, el hombre se descubre y se eleva a la trascendencia, aunque esta “comunicación” no puede superar por completo la íntima soledad y desgarramiento del ser.  


LITERATURA EXISTENCIALISTA EN ESPAÑA

En la literatura española, aparte de la obra unamuniana, se produce, en la etapa inmediatamente posterior a la guerra civil, una creación literaria marcada por la experiencia dramática de la contienda, en la que se percibe una actitud intelectual y vital análoga a la de otros países europeos. De hecho, en una serie de novelas se palpa la misma sensación de incertidumbre, angustia y sentimiento del absurdo respecto de la vida humana. Esta sensación se advierte en la recurrencia de temas como el de la soledad, la ansiedad y desesperanza agobiante (que evocan reminiscencias sartrianas de la “náusea” y “lo viscoso”), la presencia de un mundo inauténtico y enajenante, o bien de “situaciones límite”, como el dolor, la lucha, la locura y la muerte. De esta forma, escritores españoles de la inmediata posguerra como Cela, Delibes, Laforet, etc., que han participado en la guerra civil o han vivido sus dramáticas consecuencias, van a proyectar en sus personajes de ficción ese estado de ánimo de angustia, incertidumbre, desesperación o sentimiento del ansburdo que caracteriza a la filosofía existencialista. En este sentido, varios críticos (de Nora, Durán, Sobejano) hablan de novela existencial, al referirse a la obra narrativa de los mencionados escritores. El desconcierto provocado por el estallido de una guerra civil que ha sembrado el rencor, la desconfianza y un estado de ansiedad, se trasluce en el mundo de ficción a través de la evocación de situaciones, ambientes y personajes representativos de esa atmósfera colectiva. Muchos de estos personajes, viandantes de un “camino” errado, perdidos en un “laberinto”, prisioneros de inhóspita “colmena”, o aherrojados a la misma “noria”, son seres condenados a la indecisión, al desencanto y desesperanza, a la desolación de la enfermedad, a la opresión económica y social, a la violencia y al crimen. Colocados en situaciones límite, donde se percibe la angustia y el absurdo de la vida, estos personajes viven como cercados bajo la amenaza constante de la muerte. El espacio de estas novelas es fundamentalmente urbano. En las grandes ciudades o en la ciudad de provincia quedan patentes algunos de los rasgos básicos de la vida social de la época: soledad, incomunicación y violencia, en la realidad caótica de la gran urbe, y rutina, hastío, horizonte cerrado, en la pequeña ciudad.
Las características más notables de la técnica narrativa de estas novelas son:
a) Predominio del protagonista individual (salvo en La colmena).
b) Recurrencia de espacios reducidos y angostos (celda, taberna, café, hospital) como signo de la opresión y asfixia de los personajes.
c) Ausencia de análisis sicológicos y preocupación por el contexto social.
d) Reducción y condensación del tiempo narrado, lo que no impide la evocación y reconstrucción del pasado, paticularmente en lo referente a la guerra civil soportada.
e)  Proyección del autor sobre el personaje-narrador, que sería como su doble, salvo en La colmena, donde se tiende a suprimir la presencia del autor mediante la técnica objetivista, que será imitada por novelsitas posteriores.
f) Finalmente, una aparente despreocupación por los aspectos formales y estilísticos del lenguaje, salvo en Cela, Torrente y Delibes, que son, evidentemente, maestros del estilo en la prosa narrativa del siglo xx. 
Por último, estos escritores no muestran una dependencia literaria marcada respecto de sus predecesores;  no obstante, en el caso de Cela se ha hablado de la posible influencia de Baroja. Se ha sugerido también, a propósito de La colmena, ciertas semejanzas en técnicas narrativas con las empleadas por Dos Passos en Manhattan Transfer. Sin embargo, la incidencia de éste y otros novelistas norteamericanos (W. Faulkner, especialmente) será más evidente en los narradores de la siguiente generación.

[Tomado del Diccionario de términos literarios de Demetrio Estébanez Calderón]

Dialogismo, intertextualidad, intratextualidad

Dialogismo:  Figura retórica consistente en la enunciación, por parte del hablante, de un pensamiento o reflexión interior expuestos en forma de diálogo consigo mismo. También se aplica dicho término a la reproducción de un discurso real o imaginado que un personaje atribuye a otro y, como tal, recrea ante el lector. .... Los términos "dialogismo" y "polifonía" han sido utilizados por M. Bajtin, en sus estudios sobre Rabelais y Dostoievsky, para aludir a la mezcla de voces y diversos tipos socioculturales de discurso (diferentes estilos y sociolectos) que conviven y se interfieren en una obra literaria.Los fenómenos de desdoblamiento, convergencia o diferencias entre las voces del autor, narradores y personajes presentes en un relato confieren ese carácter polifónico y dialógico al texto literario que, como hecho de lengua, constituye una «opinión pluridiscursiva sobre el mundo» (M. Bajtin, 1978). 
Intertextualidad: Término utilizado por una serie de críticos (J. Kristeva, A. J. Greimas, R. Barthes, G. Genette, J. Ricardou, L. Dällenbach, etc) para referirse al hecho de la presencia, en un determinado texto, de expresiones, temas y rasgos estructurales, estilísticos, de género, etc., procedentes de otros textos, y que han sido incorporados a dicho texto en forma de citas, alusiones, imitaciones o recreaciones paródicas, etc. Kristeva concibe la escritura como una «lectura de un corpus literario anterior», y el texto literario como «absorción y réplica» de textos previos, de los que sería, al mismo tiempo, reminiscencia y transformación. Entre los diversos tipos de posible relación intertextual señalados por la crítica, figuran la denominada intertextualidad general (que se produce entre textos de diversos autores), la restringida (entre textos de un mismo autor) y la llamada intertextualidad interna o autotextualidad, que es la relación de un texto consigo mismo, es decir, la «reduplicación interna que desdobla el relato, todo o parte, bajo su dimensión literal - la del texto entendido estritamente - o referencial, de la ficción» (L. Dällenbach, 1976).
Intratextualidad: Se dice de la relación que se establece entre los componentes de un texto por el hecho de formar parte de un sistema integrado de signos, cuya función y valor significativo dependen de su mutua interrelación. Esta relación intratextual se manifiesta en una serie de recurrencias fónicas (aliteración), métricas (rima), temáticas (leitmotiv), etc., de paralelismos, isotopías, correferencias, complementariedad de funciones (p. e., la función de "relleno" de las catálisis respectos de los núcleos en la estructura del relato), etc. 
[Tomado de:  D. Estébanez Calderón, Diccionario de términos literarios.  Madrid:  Alianza, 1999.]


FARSA

Pieza teatral, generalmente breve, de carácter cómico y satírico, cuyos antecedentes se encuentran en el teatro clásico (Aristófanes, Plauto y en los mimos latinos), pero no se configurará como género, hasta la Edad Media. En Francia se cultiva este subgénero dramático con obras como Le Garçon et l’Aveugle (s.XIII), La farce de Maître Pathelin (sxv), etc., y continúa con una serie de cultivadores que llegan hasta el siglo XVII (Turpulin, Gros-Guillaume, etc). En la literatura española no hay constancia de la aparición del término “farsa” hasta Lucas Fernández, que lo aplica a piezas de temática religiosa (Farsa del nascimiento de Nuestro Redemptor Jesucristo) y amorosa (Diálogo para cantar), englobada esta última en un conjunto de tres “farsas o cuasi comedias”. Es Gil Vicente, en la Farsa dos físicos y la Farsa llamada das Fadas, quien más se acerca al sentido original de la farsa, con su sentido del humor y de la sátira de los aspectos ridículos y grotescos de ciertos comportamientos humanos. Es éste aspecto fundamental de la farsa: la pintura satírica de costumbres, realizada en un tono de bufonada carnavalesca, aspecto que se remonta a una larga tradición latina y medieval y que, en la literatura española, continúa en los pasos, el entremés, la mojiganga, etc.
En el siglo XVII Molière recogerá ese tono satírico y bufonesco de la farsa y lo insertará en la comedia de intriga, de manera similar a como harán E. Labiche o G. Feydeau con el vaudeville en el siglo  XIX, o E. Ionesco y S. Beckett en el siglo XX con su teatro del absurdo. En la literatura española contemporánea pueden considerarse farsas La marquesa Rosalinda y las tres piezas que llevan en su título la denominación de farsa (Farsa infantil de la cabeza del dragón, Farsa italiana de la enamorada del rey y Farsa y licencia de la Reina Castiza), obras de Valle-Inclán en las que prevalece el tono grotesco, rayano con el esperpento. Federico García Lorca consideraba como farsas, tanto sus dos piezas para guiñol (Tragicomedia de don Cristóbal y la señá Rosita y Retablillo de don Cristóbal) como Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín y La zapatera prodigiosa. En estas piezas de Valle y de Lorca, la farsa, que utiliza con profusión elementos grotescos, recupera una función que tuvo desde sus orígenes: la de crítica y revulsivo frente a la opresión del poder, de la lógica racional, de la moral (tabúes) o de las presiones religiosas y políticas. En este último aspecto inciden dos farsas “revolucionarias” de Rafael Alberti, Farsa de los Reyes Magos (1934) y Bazar de la providencia (1934), en las que se satiriza, con técnicas recogidas del guiñol y del esperpento, la manipulación de la ingenuidad y credulidad del pueblo por parte del clero y del poder económico y político. La farsa provoca una liberación de los impulsos profundos del hombre frente a toda forma de opresión e inhibición. El humor y la risa, mecanismos liberadores, son fruto de una serie de recursos ya clásicos en la historia de la farsa: bufonadas y situaciones hilarantes, máscaras grotescas, payasadas, gestos, muecas, etc.


Tomado de: Demetrio Estébanez Calderón, Diccionario de términos literarios. Madrid: Alianza, 1999. 409-410

¿Qué es el esperpento?


Término polisémico [“Persona o cosa notable por su fealdad, desaliño o mala traza; desatino, absurdo”, según el DRAE] elegido por Valle-Inclán para designar una categoría estética, una forma teatral y una visión de la vida humana y de la historia, representada desde una óptica sistemáticamente deformadora de la realidad.
Se ha relacionado dicha estética con corrientes de la vanguardia europea de las dos primeras décadas del siglo xx, sobre todo con el expresionismo alemán, pero también con el futurismo italiano - por sus parodias grotescas - y con el dadaísmo, así como determinadas concepciones renovadoras del teatro contemporáneo: la de A. Jarry (teatro patafísico), A. Artaud (teatro de la crueldad), E. Ionesco y S. Beckett (teatro del absurdo) y B. Brecht (teatro épico). 
Con respecto a estas concepciones renovadoras se ha subrayado la importancia de la nueva estética de Valle en la evolución del teatro europeo del siglo xx, al indicar que, en la ruptura necesaria con la dramaturgia de la “ilusión” del realismo burgués, posiblemente haya sido el esperpento la forma teatral más avanzada para poder expresar el sentido trágico y grotesco, a la vez, de la realidad histórica de España y del mundo occidental en su conjunto.
Según Ruiz Ramón, el esperpento “hubiera debido ser el eslabón entre el teatro de Jarry y de Brecht, entre Jarry y Artaud, entre Jarry e Ionesco”.
En Luces de bohemia no se niega el espíritu de la tragedia, sino que se subraya el hecho de que en el contexto en el que vive el protagonista lo trágico únicamente puede representase en forma grotesca.
En 1921, recién publicada la primera versión de Los cuernos de don Friolera, Valle Inclán realiza una nueva reflexión sobre el esperpento y dice en una entrevista que está haciendo algo nuevo, “distinto a mis obras anteriores. Ahora escribo para muñecos”, refiriéndose a los esperpentos. Allí mismo, el personaje de Don Estrafalario, cuando reniega del dogmatismo y crueldad del “retórico teatro español” alude, en contrapartida, a la farsa de títeres del bululú. Hará también una matización sobre el distanciamiento emocional que exige la nueva estética. Ya no se trata de una deformación del héroe en los espejos cóncavos, sino de una doble degradación simultánea: la parodia del héroe clásico en los títeres del bululú y en el romance de ciegos. 
A partir de allí, las reflexiones que realiza Valle se refieren a la distancia o desproporción existente entre los personajes clásicos y los supuestos héroes contemporáneos que carecen de dignidad al enfrentarse a los grandes acontecimientos o situaciones, que les sobrepasan y por ello resultan ridículos.
Lo grotesco es una categoría fundamental con la que opera Valle en obras esperpénticas, categoría que supone una “distorsión de la apariencia externa, fusión de lo animal con lo humano, y mixtura de la realidad con el ensueño”, según Zahareas, así como una reducción de la personalidad a máscara, y de asimilación de los comportamientos humanos a los de un pelele o fantoche. Otro rasgo estructural común en estos esperpentos es el del personaje colectivo, la configuración del espacio (fundamentalmente urbano, diseñado en las acotaciones) y del tiempo (discurre de forma discontinua, por el encadenamiento de cuadros autónomos), la utilización de colores violentos: negros, rojos, amarillos y verdes.
En cuanto al lenguaje, hay un tratamiento vulgarizador o aplebeyado. Utiliza diferentes recursos que en el nivel morfológico se concretan en derivaciones irónicas (rubiales, frescales, vivales), latinización burlesca de adjetivos (guasibilis, finolis), profusión de aumentativos y diminutivos despectivos (espadón, venacona, clerigón, vejete), creación de nombres propios degradadores (Doña Simplicia, Juanillo Ventolera), abreviación de términos (la corres, don Lati), etc. En cuanto al léxico, abundan palabras y expresiones recogidas del habla popular de los sainetes (apoquinar, sujeto), madrileñismos (naturaca, panoli, beatas, guindilla), vocablos del caló (pirante, parné, mangue), expresiones de argot (estar apré, rezumar el ingenio), etc.
Tomado de Diccionario de términos literarios, Demetrio Estébanez Calderón
ABSURDO. Término de origen latino (absurdus: necio, disparatado), que se aplica a enunciados sin sentido lógico y a situaciones y acontecimientos que no admiten una explicación racional. En la filosofía existencialista contemporánea, el absurdo es un concepto clave, de orden metafísico y moral, para definir el “sin-sentido” de la vida en un mundo en el que el hombre se encuentra como “arrojado”, y donde su existencia, dominada por la angustia de una muerte ineludible, carece de significación y de esperanza. Esta concepción trágica de la vida aparece en escritores anteriores al existencialismo, como F. Dostoiveski, F. Kafka, etc. Este último crea en sus novelas un mundo caótico en el que los personajes viven desconcertados ante una realidad absurda, inermes y abandonados en su soledad existencial: tal es la situación de Joseph K., detenido y procesado por infundadas e imprecisas acusaciones de unos jueces cuya jurisdicción desconoce (El proceso, 1925); o la de un agrimensor que no acaba de llegar a su destino, bloqueado en una espera interminable por órdenes arbitrarias de poderes misteriosos e incontrolados (El castillo, 1926); o la de Samsa, viajante de comercio, que, una mañana, al despertar, se descubre fatalmente convertido en un monstruoso insecto (La metamorfosis, 1915). Años más tarde, en La náusea (1938) de J. P. Sastre, el absurdo es experimentado por el protagonista, Roquentin, como una opresión de angustia y tedio ante la sensación de vacío radical que le ofrece su vida.
Esta concepción filosófica de la existencia, que surge en el contexto de dos guerras mundiales (el existencialismo alemán, de M. Heidegger y K. Jaspers, se inicia en el período de entreguerras; el francés, de Sastre, durante la ocupación nazi), es el sustrato ideológico, tanto de la mencionada narrativa y del teatro existencialistas, como la del llamado Teatro del Absurdo, corriente dramática iniciada con La cantante calva (1950) de E. Ionesco, y con Esperando a Godot (1953) de S. Beckett. Sin embargo, la orientación estética y la técnica teatral con las que se representa esta conciencia del absurdo aparecen de forma distinta en las obras de Beckett y de Ionesco, y en las de los dramaturgos existencialistas. De hech, J. P. Sartre (Las moscas, 1943; A puerta cerrada, 1944) y A. Camus (El malentendido, 1944; Calígula, 1945) presentan la irracionalidad del existir humano «con un razonamiento altamente lúcido y construido con toda la lógica» (M. Esslin, 1966), respetando, además, las convenciones escénicas del teatro clásico; intriga coherente, mímesis e ilusión de realidad, etc. Por el contrario, Ionesco y Beckett rompen con esas convenciones tradicionales y abandonan el discurso lógico por juzgarlo inadecuado para expresar teatralmente la irracionalidad de la vida. De esta manera, ambos autores, en sus respectivas obras, logran articular dicho tema del “sin-sentido” y de la incongruencia, dando origen a una verdadera “antipieza” (así se subtitula La cantante calva) y a un modelo de antiteatro.
Las características de este tipo de obra son las siguientes:
·      Frente a la estructura tradicional (planteamiento, nudo y desenlace), estas piezas carecen de intriga (en la obra de Beckett, los protagonistas esperan a un tal Godot, que no llegara nunca: «Nada ocurre, nadie llega, nadie se va, es terrible», dice Estragón) y de una acción progresiva y coherente: los acontecimientos sobrevienen al azar y provocan situaciones absurdas. Así, en La cantante calva se produce el sinsentido de que dos personas se reconocen como marido y mujer al percatarse de que viven en la misma calle y casa, duermen en la misma cama y son padres de la misma hija.
·      Los personajes de estos dramas son “entes” indefinidos, que se mueven como peleles, a la deriva, en busca de un sentido que se les escapa. En Esperando a Godot se comportan como payasos de circo, cuyas bufanadas, relatos incongruentes y vanas disputas no sirven ni para disimular el tedio que les invade “«Así matamos el tiempo»), inmersos en un mundo extraño, en el que son incapaces de reconocerse: «No recuerdo haberme encontrado con nadie ayer. Pero mañana no recordaré haberme encontrado con alguien hoy. No cuente conmigo para salir de dudas (…)», dice Pozzo a Vladimir, que acaba de referirse al mutuo encuentro del día anterior.
·      El lenguaje se convierte en centro de interés del espectáculo teatral, un lenguaje frecuentemente dislocado, desintegrado (incoherencias, disparates, frases contradictorias, simplezas y expresiones tópicas) y convertido en puro juego (a veces, juego de escarnio) de palabras vacías, que delatan dificultades insalvables de la comunicación humana:  «Estragón: Eso, hagamos preguntas. Vladimir: ¿Qué quieres decir con algo es algo? Estragón: Que es algo pero menos. Vladimir: Evidentemente.»
·      En cuanto a la técnica de composición, estos dramaturgos recogen elementos del teatro anterior, especialmente de A. Jarry (el aspecto caricaturesco y de farsa en los personajes de Ubu Rey, 1896), de los surrealistas (onirismo e irracionalismo) y de A. Artaud (efecto revulsivo del espectáculo teatral), así como recursos extraídos del circo, del teatro de marionetas, del mimo e, incluso, del cine y la novela (Kafka, J. Joyce, L. Caroll, etc). Un rasgo peculiar de estas obras es su estructura cíclica: «La secuencia final completa o repite la secuencia inicial, dando la impresión de que todo podría volver a empezar indefinidamente» (C. Oliva y F. Torres, 1990).
Entre los cultivadores de este teatro del Absurdo deben citarse, además de Ionesco (La lección, 1951; Las sillas, 1952; Víctimas del deber, 1953; El rinoceronte, 1960) y Beckett (Final de partida,  1957; La última cinta, 1960), A. Adamov (La grande y la pequeña maniobra, 1950; La invasión, 1950; Todos contra todos, 1953), H. Pinter (La habitación, 1957; El aniversario, 1957; El guardián, 1960), E. Albee (Historia del zoo, 1959), R. Pinget (Letra muerta, 1960; Aquí o en otra parte, 1961), etc. Suelen citarse también los nombres de F. Dürrenmatt, Max Frisch y G. Grass como creadores de lo que se ha denominado el «absurdo satírico (en la formulación y en la intriga)» (P. Pavis, 1983).
Con el Teatro del Absurdo se ha relacionado igualmente a algunos dramaturgos españoles como M. Mihura (Tres sombreros de copa, obra escrita en 1932, pero estrenada veinte años, después que mereció un comentario elogioso de Ionesco), E. Jardiel Poncela, Antonio de Lara (Tono), etc., los cuales, en su teatro de humor, utilizan el absurdo lógico, la incoherencia y el disparate como recursos provocadores de comicidad. Otro autor vinculado a la corriente del Absurdo es F. Arrabal, en sus primeras obras: Pic-nic (1952), El triciclo (1952), Fando y Lis (1956). Sin embargo, en la década de los sesenta deriva hacia formas de vanguardia teatral, al conectar con el círculo surrealista de A. Breton, del que luego se aparta para iniciar el «Teatro Pánico», en el que perviven elementos surrealistas, kafkianos, etc. Estos elementos continúan, como sustrato, en su obra posterior, la cual, al tiempo que trata de reflejar «el caos y la confusión de la vida» (F. Arrabal), responde, no obstante, a una «preocupación por la construcción precisa, la exactitud del ritmo y la coherencia estructural» (A. Berenguer, 1979). Por último, en la década de los años sesenta, algunos dramaturgos utilizaron ciertos elementos el Teatro del Absurdo: L. Matilla (El observador, 1967), A. García Pintado (Las manos limpias, 1967), J. Ruibal (El hombre y la mosca, 1968), etc.

Tomado de Diccionario de términos literarios de Demetrio Estébanez Calderón.