EXISTENCIALISMO
Movimiento filosófico
que se desarrolla en Europa durante el período de entreguerras (1918-1939) y en
la etapa inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Con esta corriente de pensamiento se ha
relacionado a una serie de escritores en cuya producción literaria se ha venido
manifestando un “sentimiento trágico de la vida” (Dostoievski, Unamuno, Kafka,
Pirandello) que, a partir de la última guerra mundial desemboca en las
denominadas “literaturas de la desesperación” y “literatura del absurdo” de la
que serían exponentes Camus, Malraux, Simone de Beauvoir, Beckett, Ionesco,
Harold Pinter, etc.
El punto de partida de
esta corriente filosófica radica en el principio de que en la conformación del
ser humano “la existencia precede a la esencia”; que, por tanto, no hay una naturaleza humana
previa que condicione al hombre concreto, el cual se va haciendo a sí mismo en
el transcurso de su trayectoria existencial. Gran parte de los conceptos
básicos del pensamiento existencialista (la autoconciencia de nihilidad o de la
nada, la vivencia de la angustia y de la desesperación, el sentido del absurdo,
etc.) aparecen ya analizados en la obra de Kierkegaard, así como la negación
del principio hegeliano relativo a la equivalencia entre ser y razón, o entre
realidad y pensamiento. Pero lo que le
convierte en iniciador de esta corriente filosófica es la afirmación de la
primacía del individuo concreto frente a lo universal, y de la existencia
frente a la esencia. Para Kierkegaard,
la indagación filosófica sólo tiene sentido en la medida en que aporte algún
conocimiento sobre esa existencia del hombre concreto, marcado por la “angustia
en la dirección del destino”, “angustia de la nada”, “angustia de lo
demoníaco”, que Kierkegaard pone en relación con los conceptos de lo
“reservado”, “vacío” o “aburrido”.
El existencialismo, tal
como lo han definido algunos de sus más destacados representantes, se configura
fundamentalmente como un humanismo. Las ideas básicas de esta corriente
filosófica expuestas en apretada síntesis, son las siguientes:
a) La existencia humana
precede a su posible esencia, lo cual significa que el hombre, cuando surge en
el mundo, “comienza por no ser nada” hasta que él se vaya haciendo y definiendo
a sí mismo: “El hombre no es otra cosa
que lo que él se hace. Éste es el primer
principio del existencialismo” (Sartre,
1946). Él es, primordialmente, un
“proyecto” o, como insiste Heidegger, un “poder ser” un “salto”, un
“anticiparse”. Por tanto, no depende en
su devenir de lo que una idea eterna o el espíritu o la voluntad de un Dios le
hayan impuesto ser, sino de lo que él mismo decida ser, de su
“autodeterminación”.
b) El ser humano
comporta una conciencia desgraciada, ya que se encuentra dominado por unos
sentimientos de soledad, angustia y desamparo. Según Jaspers, el hombre llega a esta conciencia cuando percibe que
existen unas situaciones límite: el
sufrimiento, la lucha, la caída, la muerte. Para Heidegger, estos sentimientos radican en el hecho de que el hombre
no puede llegar a ser, en la historia, el dueño de su existencia, la cual está
marcada por la finitud; el hombre es “un
ser para la muerte“. Intenta olvidar
esta realidad mediante la diversión, la indiferencia o la sublimación a través
de los ritos religiosos. Para Sartre, la
angustia radica en el hecho de la “total y profunda responsabilidad” que supone
tener que elegir un proyecto de vida, ya que “en su decisión elige al mismo
tiempo que a sí mismo a la humanidad entera”. En esta tremenda tarea de elegir un proyecto de vida, una moral, el
hombre se siente desamparado ya que, al no existir Dios, no hay una fuente o
norma de valores a la que poder aferrarse: estamos radicalmente “solos” y condenados a ser libres, a inventar al
hombre: de nosotros, exclusivamente,
depende el porvenir.
c) El hombre está
abocado a la decepción y a la desesperación, en la medida en que es consciente
de que vive en un mundo absurdo dominado por la muerte. Para Sartre, el hombre, dueño de su destino,
aspira a fundir el ser y la conciencia (el “en sí” y el “para sí”): es un “proyecto de ser Dios”, pero todo
ocurre como si sólo llegara a “realizar un dios frustrado”. Esta sería la última raíz de la decepción y
del sentimiento del absurdo: constatar
que su proyecto no tiene sentido, que, en último término, la muerte lo reducirá
a la nada. De ahí que la existencia sea
una realidad vacía, que provoca esa “conciencia desgraciada” anteriormente
aludida. Esta decepción y desesperación
son plenamente coherentes en el contexto de un mundo convulsionado por dos
guerras mundiales que han arrumbrado la confianza del hombre en la razón, en el
derecho y en el esquema de valores morales sobre los que se había apoyado hasta
entonces la existencia colectiva de los hombres y los pueblos.
d) Sin embargo, el humanismo existencialista no
es necesariamente una doctrina “quietista” o “pesimista”. Si el hombre existe como tal gracias al
proyecto que se asigna a sí mismo, no debe caer en un resignado
masoquismo: sabe que por su compromiso (Sartre) puede dar sentido a
su vida (es absurdo que todo sea absurdo), y contribuir a “crear una comundidad
humana”. En este mismo sentido incide
Heidegger al advertir que el hombre está en el mundo, no como un espectador
“solitario”, sino como un “ser histórico”, un “ser con”, “preocupado” en buscar
una “existencia auténtica”, enraizada en la tradición y en el devenir de la
humanidad. La existencia es comunicación
y “diálogo”, y, en esta comunicación con los demás, el hombre se descubre y se
eleva a la trascendencia, aunque esta “comunicación” no puede superar por
completo la íntima soledad y desgarramiento del ser.
LITERATURA EXISTENCIALISTA EN ESPAÑA
En la literatura española, aparte de la obra
unamuniana, se produce, en la etapa inmediatamente posterior a la guerra civil,
una creación literaria marcada por la experiencia dramática de la contienda, en
la que se percibe una actitud intelectual y vital análoga a la de otros países
europeos. De hecho, en una serie de
novelas se palpa la misma sensación de incertidumbre, angustia y sentimiento del
absurdo respecto de la vida humana. Esta
sensación se advierte en la recurrencia de temas como el de la soledad, la
ansiedad y desesperanza agobiante (que evocan reminiscencias sartrianas de la
“náusea” y “lo viscoso”), la presencia de un mundo inauténtico y enajenante, o
bien de “situaciones límite”, como el dolor, la lucha, la locura y la
muerte. De esta forma, escritores
españoles de la inmediata posguerra como Cela, Delibes, Laforet, etc., que han
participado en la guerra civil o han vivido sus dramáticas consecuencias, van a
proyectar en sus personajes de ficción ese estado de ánimo de angustia,
incertidumbre, desesperación o sentimiento del ansburdo que caracteriza a la
filosofía existencialista. En este
sentido, varios críticos (de Nora, Durán, Sobejano) hablan de novela existencial, al referirse a la
obra narrativa de los mencionados escritores. El desconcierto provocado por el
estallido de una guerra civil que ha sembrado el rencor, la desconfianza y un
estado de ansiedad, se trasluce en el mundo de ficción a través de la evocación
de situaciones, ambientes y personajes representativos de esa atmósfera
colectiva. Muchos de estos personajes, viandantes de un “camino”
errado, perdidos en un “laberinto”, prisioneros de inhóspita “colmena”, o
aherrojados a la misma “noria”, son seres condenados a la indecisión, al
desencanto y desesperanza, a la desolación de la enfermedad, a la opresión
económica y social, a la violencia y al crimen. Colocados en situaciones límite, donde se percibe la angustia y el
absurdo de la vida, estos personajes viven como cercados bajo la amenaza
constante de la muerte. El espacio de
estas novelas es fundamentalmente urbano. En las grandes ciudades o en la ciudad de provincia quedan patentes
algunos de los rasgos básicos de la vida social de la época: soledad, incomunicación y violencia, en la
realidad caótica de la gran urbe, y rutina, hastío, horizonte cerrado, en la
pequeña ciudad.
Las características más notables de la técnica narrativa de estas novelas son:
a) Predominio del protagonista individual (salvo
en La colmena).
b) Recurrencia de espacios reducidos y angostos
(celda, taberna, café, hospital) como signo de la opresión y asfixia de los
personajes.
c) Ausencia de análisis sicológicos y preocupación
por el contexto social.
d) Reducción y condensación del tiempo narrado, lo
que no impide la evocación y reconstrucción del pasado, paticularmente en lo
referente a la guerra civil soportada.
e)
Proyección del autor sobre el personaje-narrador, que sería como su
doble, salvo en La colmena, donde se
tiende a suprimir la presencia del autor mediante la técnica objetivista, que
será imitada por novelsitas posteriores.
f) Finalmente, una aparente despreocupación por
los aspectos formales y estilísticos del lenguaje, salvo en Cela, Torrente y
Delibes, que son, evidentemente, maestros del estilo en la prosa narrativa del
siglo xx.
Por último, estos escritores no muestran una
dependencia literaria marcada respecto de sus predecesores; no obstante, en el caso de Cela se ha hablado
de la posible influencia de Baroja. Se
ha sugerido también, a propósito de La
colmena, ciertas semejanzas en técnicas narrativas con las empleadas por
Dos Passos en Manhattan Transfer. Sin embargo, la incidencia de éste y otros
novelistas norteamericanos (W. Faulkner, especialmente) será más evidente en
los narradores de la siguiente generación.
[Tomado del Diccionario de términos literarios de Demetrio Estébanez Calderón]










