Pienso que un poeta empezaría el poema así, Me expulsa la casa y me expulsa la ciudad. Creo que puede ser el comienzo de un poema. Puedo crear una segunda persona difusa y escribir ese poema. Yo nunca he escrito un poema, pero recuerdo haber escrito a los dieciséis años una línea que podría ser un verso: Sólo yo, que le subo y le bajo el tirante a mi antojo con el deseo. Era el final de un microcuento en el que yo era la protagonista, era verano, llevaba un sujetador rosa fucsia Cacharel y una camiseta verde pistacho de tirantes finos, de manera que los tirantes del sujetador se veían. En el microcuento yo estoy sentada escribiendo el microcuento en una libreta y el narrador es alguien que observa cómo el movimiento de mi mano se comunica al hombro y eso hace que se me baje varias veces el tirante del sujetador. Describe el narrador que yo me subo el tirante en un gesto mecánico, sin darme cuenta, y por último concluye que él es el único que se da cuenta de mi gesto porque es él quien me sube y me baja el tirante a su antojo con el deseo.
En línea recta desde mi casa está el hombre de los buzones. Nos separa la sede de la ONCE. De no ser por la sede de la ONCE seríamos vecinos, pero tenemos que rodear la sede de la ONCE para encontrarnos. Soy yo la que siempre lo encuentra a él. La casa me expulsa y al salir la ciudad también me expulsa y yo cometo el error de meterme en un bar a gastar diez euros que no tengo. Sé que estoy cometiendo el error conforme lo cometo, y aun así entro al bar, y el bar también me expulsa. Me expulsa y me cobra. Soy la más guapa del bar pero no estoy en el bar apropiado como para que ningún hombre guapo se me acerque. El error es doble. La casa me expulsa y al salir la ciudad también me expulsa pero iba decidida a refugiarme en un concierto de funk rocanrolero de unos chicos que se llaman The Baker Brothers, Los hermanos Baker o Los hermanos panaderos (me gusta pensar que lo último), donde habría bailado hasta entrarme un ataque de asma. Pero una vez he salido de casa la ciudad como un matón de discoteca me expulsa y hasta me quita el derecho de andar por la calle los quince minutos que me separan del Booga Club. Entonces, como lo tengo a un minuto, me meto en ese bar inapropiado y frío, porque la gente sale a fumar constantemente y yo estoy al lado de la puerta y voy vestida con la ropa apropiada para el concierto, que me deja la cintura al aire. La entrada costaba doce euros, yo me gasté diez en el bar. Hago la cuenta cuando estoy de vuelta en casa y metida en la cama, y me da tremenda rabia mi pésima gestión de las expulsiones.
Los fines de semana de diciembre Granada es una discoteca barata que se las da de garito sofisticado con djs profesionales, con carta de cócteles, con aseos con papel higiénico, pero no tiene nada de eso. A la discoteca que es Granada se le clarean los desconchones por debajo de la última mano de pintura y el matón de la puerta que a mí nunca me deja entrar lleva un jersey de Armani falso y un perfume de Armani falso que marea. En Granada no hay tienda Armani, cómo va a haber en Granada tiende Armani, qué a punto estoy de darme media vuelta y regresar a la casa que me expulsa a encararme con ella, a que un libro que no me interesa me haga escudo pero veo entonces al hombre de los buzones que ha conquistado en plena calle Ganivet un reducto de honestidad. Yo me quedo mirándolo desde la otra acera. Estoy avergonzada y me siento una snob por fascinarme un vagabundo. Esas reflexiones hacía al principio. Me quedo mirándolo a una distancia más corta y él no se inmuta. Está sentado en un escalón con las manos sobre las rodillas y los ojos cansados al frente, sin dedicar ni un pestañeo a los clientes de la discoteca que pasan por delante de él bailando la canción del verano en invierno. Durante el día el hombre de los buzones se va de los buzones para que la gente pueda echar sus cartas y se sienta en el banco de cualquier plaza, al sol, en la misma postura que no es ni de espera, es de estar, de existir. En una enciclopedia aparecería una foto del hombre de los buzones y en el pie se leería "Hombre".
Una segunda persona difusa para el poema diría te he escrito cartas desde lugares remotos contando cosas remotas. Te he escrito desde un tren azul que atravesaba el Rajastán contándote que en la piscina de Ranthambore Hotel un turista ha desviado el objetivo del faquir que caminaba sobre brasas para hacerme fotos a mí. Te he escrito desde la segunda mezquita más grande del mundo contándote que me han tomado por chechena, me he llamado Fátima por un par de horas, he comido lentejas con una familia, pero cuando ha llegado la hora de la oración mi cinismo se ha puesto a prueba y ha fracasado, he tenido que recorrer el perímetro de soportales saltando por encima de las mujeres arrodilladas, haciendo el camino más largo y difícil porque el suelo de piedra roja abrasaba y no podía atravesar el patio descalza. Pero lo más remoto de esas cartas no es ni desde donde las escribí ni lo que contaban, sino el hecho mismo de escribírtelas, a mano en un cuaderno, y a ti que nunca respondes; y todavía hay algo más remoto y es que yo creo que eso es lo correcto.
Me fascinan el mendigo y su perro. Cuando el mendigo está comiendo de una pequeña fiambrera el perro guarda distancia y atiende con la cabeza ladeada, como el perro que atiende a la gramola de la discográfica La voz de su amo. El mendigo se pone en el buzón de Granada Capital y el perro en el de Madrid. El perro del mendigo se llama Nano, y eso es algo que me sigue avergonzando un poco, saber el nombre del perro y no el del hombre. Fui yo quien se lo preguntó directamente, cómo se llama el perro, una vez que fui a los buzones a llevarle media pizza y media tarrina de paté que me sobró y que me envasaron en el restaurante. El perro me gruñe que me quiere matar y yo le digo al mendigo dele algo al perro, que no ladre tanto. Luego consideré ese comentario medio inoportuno por mi parte, aunque considerar inoportuno un comentario que se le dice con total comadrería a un vecino sí que me hace sentir snob. No sé si sé relacionarme con el mendigo. Me sale naturalmente, naturalmente me agacho para darle una moneda y para desenvolverle un filete, naturalmente meto en el microondas los pedazos de pizza para llevárselos calientes. Pero después pienso en el filósofo y en eso de que todo lo que queda por hacer a un mendigo con respecto a mí es pegarme un puñetazo, y me pregunto si naturalmente él agradece mi pizza recalentada y preguntármelo me vuelve otra vez snob. Sentir vergüenza de sentir vergüenza de sentir vergüenza.
Hoy por ser mi cumpleaños me he permitido una huida en toda regla. Cumplo veintiséis. Ni la casa ni la ciudad han podido alcanzarme. He descongelado un bollo de pan y he recalentado el tomate frito de mi abuela. Se me ve venir: que me he ido a comérmelo a los buzones con el mendigo. No tan deprisa. Mojar pan en el tomate frito de mi abuela es lo mejor del mundo. Es tomate frito con conejo, pero yo pongo los pedazos de conejo aparte porque siempre le queda duro, o será que el conejo es duro. Me ha expulsado la casa y me ha dado su bienvenida de siempre de "mejor vuélvete a casa", pero yo he rodeado el edificio de la ONCE con el recipiente de tomate calentándome los guantes y he saludado a mi vecino. Todavía no sé cómo se llama. Le digo señor. Señor, ¿le importa si me siento? El Nano me ladra que me quiere matar. El hombre sale soñolientamente de su estado de estar y manda callar al perro. Me ofrece un cartón, el suelo está frío. Yo lo acepto y me pongo delante del buzón de Extranjero. Me quito los guantes, saco el pan y el tomate, alargo el brazo hasta Granada Capital y le ofrezco. Se sirve un poco en su fiambrera y me lo devuelve agradecido y sonriéndoseles los ojos azules. Desde Provincias el Nano observa el comer concentrado de su amo. Yo no me sé el estado de estar pero estoy a gusto, no hay prueba de cinismo que superar y me he puesto a escribirte otra de mis cartas remotas porque creo que es lo correcto.
Finalista del Certamen Literari Francesc Candel 2015
https://media-edg.barcelona.cat/wp-content/uploads/2015/06/El-hombre-de-los-buzones_finalistarelatcurtadult.pdf
