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ALGO que nos preocupa

A quien corresponda,

Me aterra mucho pensar en ser el final de un libro mal hecho. Que lleguen a la última página, me cierren y me olviden. No lo digo por vanidoso o sobrado, ni porque que me ame demasiado; quizás es porque vi mi propia creación en un libro arrugado y maltrecho, y no lo odie. Quizás fue suficiente lo que vi, y me agrado tanto de la historia que, realmente, ni siquiera pensé que tendría un final. Quiero leerlo más de treinta veces, porque de veras que no me aburro, incluso con su aborrecible monotonía y con su perfecto infortunio. Es perfecto para mí; es mi libro, solo mío. No quiero aburrirlos con detalles porque realmente no me importa contarles de que trata el libro, pues es un poco personal, y no lo leo porque quiera contarlo, lo leo porque sí, porque me gustó. ¿No te ha pasado? Que te adhieres tanto a algo que se vuelve tan importante para ti que pensar en soltarlo parece casi un mal trago. Como ves, claramente me paso a mi… Que puedo decir… quizás sueno como un loco arrogante y orgulloso que romantiza demasiado un libro común y corriente que ni siquiera compite con los relatos de otros. Pero, es tan importante para mí…  Contra todo pronóstico, desde que las primeras partículas les dio con esparcirse, salió mi libro tan feo… pero tan colorido… que me aterra cerrarlo un día, y olvidar que lo terminé, como si nunca lo hubiera leído…




La vida es una locomotora

     Entro al tren como de costumbre a las siete de la mañana. Hace frío y el tren esta lleno de personas. Me siento. Libro y un bolígrafo verde en la mano. Me pongo a leer mientras escucho el alboroto, y los silencios, de la gente a mi alrededor. Las palabras se me resbalan. Me gusta el libro, sí, pero con este ruido de hoy. Con tanta gente… no soy agorafóbico, pero los entiendo. Difícil concentrarse. Libro de tarea. Libro de ocio. Bolígrafo verde.

     Levanto la vista, un momento. Gente hipnotizada por algo. Un teléfono, una canción pegajosa, una tarea escolar. Una persona, una camisa. La nueva moda de algún peluche, que ya no son los labubus. Hipnotizados con algo. Un libro, como yo, por ejemplo. Hipnotizados todos. Padre joven con sus hijos y la madre incluso más joven. Todos tenemos algo en la cabeza, en nuestro pequeño mundo. Bajo los efectos de algo. La gente ignora al loco típico. La gente ignora al músico. Yo ignoro al que me pide dinero. 

     Siento que la vida se me está escurriendo por los dedos y ni siquiera tengo treinta años. No sé qué me pasa. Veo al niño con una tableta más grande que su cabeza en sus manos. Con todo y eso, ¿existe alguna diferencia entre él y yo? Veo al señor, boina inglesa puesta, que no hace nada, solo sonríe y mira por la ventana mientras el tren acelera. Me pregunto: con tan poca vida, ¿qué carajo tengo que hacer para vivirla?




Extracto de un autor sufriendo

Mi enemiga eterna, la página en blanco. Cuando la veo, pierdo todo pensamiento lógico y caigo en un pánico que dura días enteros. Cuando la página está en blanco, el calor se intensifica, toda persona empieza a pedir favores, me da hambre, noto que me debo bañar y la lista de reproducciones de música se pone en muy mala vibra. ¡Cuánto desprecio esas páginas! Y por eso, dedico mi vida a eliminarlas con mis palabras.

La página en blanco de hoy es digna contrincante. El miércoles la abrí y no pude hacerle nada. El jueves la volví a enfrentar y apenas pude poner algunas palabras en esta hoja tan pálida. El viernes luchamos por horas y apenas pude escribir el párrafo inicial, esta hoja se ha ganado mi respeto. El sábado tomé un descanso, había otras hojas que necesitaban mi atención. Luego llega el domingo, ese día tan odiado por los estudiantes. Es en ese día que descubro cuánto odio el texto en esta hoja y mientras borro todo ese texto horrible, la hoja se ríe de mí. Ella es restaurada a su forma original y recupera mucho de su poder malvado de hoja en blanco.

Pero no soy alguien que se rinde, yo voy a luchar hasta el último minuto de mi cordura. Es en ese momento que el mundo por fin se calla, cuando el calor desaparece, cuando los favores paran y cuando el hambre no importa. Es cuando por fin escribo con toda confianza y hasta orgullo.




El pintor miró la obra frente sus ojos con detenimiento. Consistía en un hombre engabanado sentado en un banco con sus manos en su cara y un océano rodeado de montañas al fondo. Parecía un paisaje extranjero, tal vez del norte de los Estados Unidos. Más allá de lo visual, la “pintura” tenía un aire triste, pero había algo inconsistente con las pinceladas, el sujeto se veía mucho más detallado que sus alrededores. El pintor pensó en el significado profundo que esto podía contener y ansió por hablar con el artista. Miro por toda la galería a los numerosos visitantes que la llenaban y al fin encontró al supuesto artista parado al final, al lado de su podio utilizando su celular. 

“Permiso, joven,” le dijo el pintor.

El supuesto artista levanto su mirada de su celular lentamente y fijo unos ojos aburridos en el pintor. “¿Ajá?”

“La obra que está alla, del hombre en el banco, ¿que la inspiro?”

“Ah, eso la generé cuando estaba triste. Le conte a la inteligencia artificial mis sentimientos y eso fue lo que generó.”

El pintor paro en seco. “¿La inteligencia artificial?”

“¿Ajá?” respondió el que generó la imagen con cierto aire defensivo.

“¿Osea que eso usted no lo pinto?”

“Mira,” comenzó, claramente irritado. “No venga a mi exhibición si va a comenzar con estas quejas. Yo inspiré la obra; así es mi arte.”

El pintor se quedó callado; antes de que pudiese decir más nada, llamaron al “artista” a su podio para dar un pequeño discurso sobre su exhibición.

El pintor no se quedó para escucharlo.




Ya nada es igual

Ya nada es igual. Son pocas las personas que leen. Igual, no tienen por qué hacerlo, pues con un toque en el teclado pueden obtener la respuesta a todas sus dudas sin tener que poner el mínimo esfuerzo. Son pocos los que escriben sin ayuda. La inteligencia artificial se ha encargado de hacerlo por todo aquel que no quiere pensar por cuenta propia. Los niños ya no juegan al aire libre. No corren bicicleta. No salen al patio. No conocen lo que es el aburrimiento. Las familias ya no conversan en los restaurantes. Todos están muy pendientes al celular: los padres de las noticias, los jóvenes de las redes sociales y los niños de sus juegos de entretenimiento. Ya no se viven las experiencias en el momento. Todo se está fotografiando. Todo se está grabando. Todo se sube a las redes. Hemos cambiado la consejería profesional por una terapia de Chat GPT. Hemos sustituido el leer, el escribir, el reflexionar, el crear por el “doom scroll” de las redes. ¿Qué es lo primero que hacemos cuando nos levantamos por la mañana? Nos alimentamos de la vida de los “influencers” y deseamos en el fondo de nuestro corazón que la nuestra fuera más parecida a la de ellos. No obstante, las redes son un engaño y poco se nos va la vida comparándonos con personas que ni siquiera conocemos. Antes éramos libres. Ahora somos esclavos de la pantalla.




—Fíjate, después de todo, no me caes mal.

Allí estábamos, sentados en algún rincón de mi mente. El mesero llegó como un pensamiento y le trajo su última cena.

Me reconforta que sentí tanta paz. Nos refugiábamos del día gris. Olía a bruma vieja y fango abombado.

Creo que conversamos algo, anteriormente, aunque se me hayan tergiversado los tiempos o las personas.  Qué simpático se ve, comiéndose dos rodajitas de piña, descuartizadas, y adornadas con un requesón.

Mhm?

—Mjm…

Los políticos saben cuando alguien miente, o cuando oculta algo. Siguió comiendo y dejó que el silencio me interrogara.

—Quisiste depredar y caíste en tu propia trampa. Así es vivir. No te puedo reprochar eso.

Se reía con la carcajada de la experiencia. Desenvainó dos dedos en cada mano, como si gestionara sus palabras entre comillas.

— Because I’m not a crook?

—No. Porque yo sí.

Nos quedamos en trance, leyéndonos las mentes. Me entendió y se reconoció. Compartimos una mirada de angustia y reposamos en el éter, antes de encontrarnos otra vez.

Suena el altavoz del piloto. Llegamos a Ft. Lauderdale en 15. Rento una guagua.

Llego a la casa y abro su carro, con el mismo código de siempre.

Debajo de la cubierta, está la caja.

La .45, porque cuando era niño me enseñó que, aunque la .9mm sea más precisa, esta pega más fuerte. Abro la puerta, con el mismo código de siempre.

I do so with this prayer: May God's grace be with you in all the days ahead.




Humana

¡Uy! ¿Cómo es posible que mientras más pasa el tiempo más rápido se siente que pasa? Cuando era pequeña los años eran eternos, mi niñez fue tan lenta, pasaban los meses y se sentían como décadas. De momento abro los ojos y ya tengo treinta y uno, pero no me siento de treinta y uno. A veces me siento de sesenta, a veces de veintiuno, a veces de ocho. El tiempo parece distorsionarse ante esta realidad en la que vivo. Pero, ¿Qué es la realidad? Y, ¿Qué es el tiempo? He aprendido que el tiempo no es lineal. Quizá siento que el tiempo está distorsionado porque estoy sintiendo energías de versiones de mí que se encuentran en otros planos, en otros mundos paralelos. Me pregunto, ¿Los lugares que visito en mis sueños, las personas con las que me relaciono en ellos, serán parte de esos otros mundos? Los visito a menudo, me resultan familiares, los extraño al despertar. Siento que esta realidad es el sueño. ¿Cuál será mi verdadera versión entonces? O todas somos verdaderas. ¿Cuántas versiones de mí hay realmente? Algunos días siento que todas se apoderan de mí, la que está escribiendo estas palabras, pero hay días que siento que no hay ninguna. Quisiera poder tener el tiempo para vivir todas las vidas de cada una de mis versiones. Una eternidad no sería suficiente. Me asfixia la idea de ser de carne y hueso. Este cuerpo me aprisiona, su talla es muy pequeña para mi alma. ¿Y si mi alma proviene de otro mundo? Quizá mi propósito esté vinculado a esta vida. Supongo que tendré que conformarme con ser humana… por ahora.




Más allá, en el pequeño jardín, entremedio de la grama y detrás de las flores, se encontraba una pequeña criatura. Aquella miraba con curiosidad el mundo gigantesco a su alrededor. Su hermosura era irresistiblemente atractiva y sus colores le llamaban con una voz seductora. La criatura levantó sus brazos lentamente queriendo alcanzar aquella voz que le llamaba hasta ser como ella.

Días, semanas, meses pasaron y aquella criatura mantenía sus brazos hacia arriba; el dolor se esparció por todo su ser. Poco a poco, bajó sus extremidades hasta fijar la mirada en su propio cuerpo; la expresión de anhelo cambió inmediatamente a una de seriedad y se llevó los brazos a la panza. El color blanco de su cuerpo ahora estaba desgastado y su altura mantenía la misma consistencia. Nuevamente levanto la vista, observando las flores que le rodeaban. Brillaban, se conectaban con la tierra y se convertían en algo digno de mirar. Nada comparado con su color aburrido y su pequeñez. El no poder ser grande causaba que la misma tierra le tragara, cubriendo la mitad de su cuerpo de un color negro. La desesperación se apoderó de la criatura; quería ser grande, quería ser más, quería ser hermoso, quería ser alguien. Quería más, quería escalar la cima y ser abrazado por el honor. Quería tomar el control, quería ser único, quería ser él. Poco a poco perdía la respiración en la tierra mojada. Quiere ser grande, quiere ser recordado. Seguía repitiendo como un mantra, hasta ser hundido por su miedo




Soy quizás uno de los últimos de esta era en crecer en una verdadera clase media. Tuve de todo un poco y de nada mucho, estabilidad silente y fragilidad inescapable acechan mi futuro presente. Sueños de niño acosado por las expectativas impuestas por todos menos el padre que las inspira. El magisterio era mi faro tras el violento despertar de la violencia bélica que imaginaba en los momentos antes de dormir. La sensibilidad regalada por el mismo padre que abrió los ojos de aquel joven confundido, aquel que veía nobleza donde solo hay tragedias y arrepentimientos. Maestro, profesor, guía y mentor, aquellos que verdaderamente traen cambio a las vidas de un pueblo, ahora un suicidio laboral para alguien de mi condición. 

Pocas cosas superan la tristeza de un pueblo sin educación, condenado a la consciencia de sus males sin saber siquiera describirlos. Son estos los que, al igual que el niño con sueños bélicos, ven un escape en los ejércitos de sus opresores. La tristeza del individuo al ver el resquebraje de su visión de futuro para si mismo, el choque de la ilusión con la realidad, del deseo con su condición, del sol con la ceguera. El magisterio al que aspiraba yace en ruinas, bombardeado por los mismos niños con sueños bélicos, que, en su adultez, ven objetos de explotación y control en la belleza del aprendizaje. Las realidades de estas trágicas figuras se ven reflejadas en los oprimidos tanto como en sus opresores, académicos atrapados en un purgatorio de plazas congeladas, soldados castrados ante su propia condición, incapaces de explicar sus sufrires. La nobleza manchada por el ego y la intervención, la ignorancia como escudo de un orgullo lisiado, ambos en pobreza, ambos ahogados en tristezas. Quizás me hago electricista.

 


 

«nadie en esta ciudad tiene derecho a la velocidad del paseo»

—Valeria Luiselli, Papeles Falsos

De pequeña solía caminar sin rumbo solo para soñar despierta. Caminaba entre las paredes de mi casa—no, la casa de mis padres—no, el apartamento y la casa del arrendador… caminaba entre las paredes de un apartamento que era parte de una casa que no era de mis padres ni era mía. Me paraba en el balcón a ver quién más caminaba: caminaban de prisa, caminaban con calma, caminaban cargados, caminaban vacíos, caminaban para pensar, caminaban para despejar la mente, caminaban, caminaban. Yo, descalza sobre las losetas, caminaba para fantasear. 

Algo se perdió en el camino. 

¿Dónde podríamos caminar y pensar en algo que no sea sobrevivir? ¿Dónde podríamos caminar? Valeria Luiselli responde: «nadie en esta ciudad tiene derecho a la velocidad del paseo». 

Pudiese, tal vez, arriesgar una caminata por las agrietadas y malolientes aceras del casco urbano de Río Piedras (OJO: nunca sola, ni después de las 4:00p.m.). Pudiese animarme a explorar las áreas aledañas, tan cerca físicamente y tan lejos de nuestra realidad; ese Río Piedras con estabilidad económica (OJO: muchos ojos, muchas miradas, mucho juicio, poco espacio para respirar… y, por supuesto, nunca sola, ni después de las 4:00p.m.). Pero no he encontrado dónde caminar ante el anonimato y la indiferencia de esta sociedad «poco caminable y apenas literaria» (anonimato para el que agrede e indiferencia para el testigo, ninguna para mí). No he encontrado dónde caminar hasta reaprender a respirar. No he encontrado dónde caminar y creo que se nos ha acabado el tiempo. 

 

DOS COLUMNAS de Leila Guerriero


ANTES

Leila Guerriero

El País, 2 de enero de 2018


 

Antes de que todo esto se termine. Antes de que cierren la casa y vendan los muebles y regalen los libros. Antes de que se repartan los cosméticos y los zapatos. Antes de que arrojen las cacerolas a la basura. Antes de que vacíen las alacenas, de que se lleven las especias, los fideos. Antes de que se terminen los días felices y las tardes de domingo. Antes de la última de las madrugadas. Antes del final de la angustia. Antes de que se acaben el sexo sin amor y el amor sin sexo. Antes de que la ropa se pudra en los placares. Antes de que descuelguen los cuadros y cubran los sillones con lienzos y cierren las ventanas para siempre. Antes de que quemen las fotos. Antes de que se resequen los felpudos, de que se oxiden las cortinas en sus rieles. Antes de que se terminen la curiosidad, los huesos, el hígado y las córneas. Antes de que se sequen todas las plantas del balcón. Antes de que no haya más nieve, ni colores, ni trópicos. Antes del final de todas las selvas, de todos los mares, de todos los reflejos en el agua. Antes del último poema. Del final de las veredas y las calles. Del fin de todos los paseos. Antes del adiós a todos los aeropuertos y todos los aviones y todas las ciudades y todos los cafés con vidrios empañados. Antes de la cancelación de todas las discusiones, de todos los argumentos, de todas la furias, de todos los desprecios. De todas las metálicas ansiedades. Antes del fin de los gritos, de la desolación y de la culpa. Antes de la última agenda, del último viernes, del último bar, del último baile. Antes de que se apaguen todas las cúpulas y todas las pantallas. Antes de que las polillas se coman los restos de la lana y de la almohada. Antes del final de las mascotas. Antes, mucho antes: hay que vivir. ¿Pero cómo? ¿Cómo? “Qué admirable / el que no piensa ‘la vida huye’ / cuando ve un relámpago”, escribió Basho. Admirables los que están en el tiempo sin pensar en él.





LA VIDA INFINITA

Leila Guerriero

El País, 24 de julio de 2026

 

Había tantas cosas que hacer. Había que trepar al olivo y cosechar las aceitunas, había que cubrir las plantas para que no las estropearan las heladas, había que quitar de los desagües las hojas de los árboles. Había que colocar naftalina y lavanda en los armarios, había que cortar leña y apilarla junto a la chimenea. Había que buscar las recetas de los guisos, había que hacer tortas y budines, había que quitar la escarcha de los parabrisas. Había que recoger las castañas, había que pelar las nueces. Había que engrasar las cadenas de las bicicletas, había que recoger las frutillas, las uvas y las brevas, había que preparar dulce de higos y yogur casero, había que ir al campo y ver a los caballos, había que revisar el palomar, había que ponerse flores en el pelo y briznas de hierba en la boca, había que andar en patines, había que curarse las rodillas lastimadas, había que aprender cómo se arranca una ortiga, había que tomar leche fría con tres cucharadas de chocolate, había que comer pan con manteca y azúcar, había que jugar con la espuma del lavarropas, había que descubrir figuras en las nubes, había que plantar tomates y pepinos, había que ir a pescar y a andar en bote, había que salir de campamento, había que cortar el pasto, había que hacer un banco de madera, había que afilar los cuchillos contra una piedra mojada, había que hacer silbatos con carozos de damascos, había que chapotear en los charcos, había que aprender a nadar y a cortar maderas con serrucho, había que construir carpas de indios, había que desplumar a las gallinas y eviscerar los peces, había que buscar lombrices, había que mirar diapositivas viejas, había que ir al cine en días de semana, había que trepar los techos de las casas, había que robar plantas de los jardines ajenos, había que leer libros que no se podían leer, había que tener miedo de los monstruos debajo de la cama. En ese país todo era asombro. En ese país el ocio no necesitaba agenda. En ese país la vida era lo que debe ser: infinita.

Consejo para colegas que recién empiezan


ARBITRARIA

No tienen por qué saberlo: soy periodista y, a veces, otros periodistas me llaman para conversar. Y, a veces, me preguntan si podría dar algún consejo para colegas que recién empiezan. Y yo, cada vez, me siento tentada de citar la primera frase de un relato de la escritora estadounidense Lorrie Moore, llamado «Cómo convertirse en escritora», incluido en su libro Autoayuda: «Primero, trata de ser algo, cualquier cosa pero otra cosa. Estrella de cine/astronauta. Estrella de cine/misionera. Estrella de cine/maestra jardinera. Presidente del mundo. Es mejor si fracasas cuando eres joven – digamos, a los catorce.» Pero no lo hago porque no es eso lo que verdaderamente pienso y porque, en el fondo, dar consejos es oficio de soberbios. Entonces, cuando me preguntan, digo: no, ninguno, nada.

Pero hoy es abril y ha sido un buen día. Hice una entrevista con una mujer a quien voy a volver a ver en dos semanas y varios llamados telefónicos que dieron buenos resultados. Compré frutas, conseguí un estupendo curry en polvo. Hay nardos en los floreros de la cocina. Corrí al atardecer. Me siento leve, un poco feroz, arbitraria. De modo que, si hoy me preguntaran, les diría: corran. Les diría: sientan los huesos mientras corren como sentirán después las catástrofes ajenas: sin acusar el golpe. Aguanten, les diría. Pasen por las historias sin hacerles daño (sin hacerse daño). Sean suaves como un ala, igual de peligrosos. Y respeten: recuerden que trabajan con vidas humanas. Respeten.

Escuchen a Pearl Jam, a Bach, a Calexico. Canten a gritos canciones que no cantarían en público: Shakira, Julieta Venegas, Raphael. Vayan a las iglesias en las que se casan otros, sumérjanse en avemarías que no les interesan: expónganse a chorros de emoción ajena.

Sean invisibles: escuchen lo que la gente tiene para decir. Y no interrumpan. Frente a una taza de té o un vaso de agua, sientan la incomodidad atragantada del silencio. Y respeten.

Sean curiosos: miren donde nadie mira, hurguen donde nadie ve. No permitan que la miseria del mundo les llene el corazón de ñoñería y de piedad.

Sepan cómo limpiar su propia mugre, hacer un hoyo en la tierra, trabajar con las manos, construir alguna cosa. Sean simples, pero no se pretendan inocentes. Conserven un lugar al que puedan llamar «casa».

Tengan paciencia porque todo está ahí: solo necesitan la complicidad del tiempo. Aprendan a no estar cansados, a no perder la fe, a soportar el agobio de los largos días en los que no sucede nada.

Maten alguna cosa viva: sean responsables de la muerte. Viajen. Vean películas de Werner Herzog. Quieran ser Werner Herzog. Sepan que no lo serán nunca.

Pierdan algo que les importe. Ejercítense en el arte de perder. Sepan quién es Elizabeth Bishop.**

Equivóquense. Sean tozudos. Créanse geniales. Después aprendan.

Tengan una enfermedad. Repónganse. Sobrevivan. Quédense hasta el final en los velorios. Tomen una foto del muerto. Tengan memoria, conserven los objetos. Resístanse al deseo de olvidar.

Cuando pregunten, cuando entrevisten, cuando escriban: prodíguense. Después, desaparezcan.

Acepten trabajos que estén seguros de no poder hacer, y háganlos bien. Escriban sobre lo que les interesa, escriban sobre lo que ignoran, escriban sobre lo que jamás escribirían. No se quejen.

Contemplen la música de las estrellas y de los carteles de neón.

Conozcan esta línea de Marosa di Giorgio, uruguaya:

«Los jazmines eran grandes y brillantes como hechos con huevos y con lágrimas.»

Vivan en una ciudad enorme.

No se lastimen.

Tengan algo para decir.

Tengan algo para decir.

Tengan algo para decir.

 

Leila Guerriero, Revista Sábado, El Mercurio, Chile, abril de 2011.

** Para leer algo de Elizabeth Bishop, traducido al español, pulse aquí.


Cuatro modelos de narración para Martín

    Estaba nervioso: pensaba que debía encontrar algo así como forma de hacer —me decía, por no decir «estilo». Leí. Me sorprenden personas que quieren ser periodistas y no leen: como un aprendiz de pianista que se jactara de no escuchar música. No se puede escribir sin haber leído demasiado; no se puede pensar —entender, organizar, hablar— sin haber leído demasiado.

Leí. Siempre supe que tenía una sola habilidad: imito voces. Leo un fragmento y puedo escribir con ese ritmo, esa cadencia, esas maneras. No hay invención pura; no hay más base posible que la imitación: alguien imita a uno, a tres, a seis; de la mezcla de lo imitado y los deslices del imitador va surgiendo —o no— algo distinto. Era importante, entonces, elegir qué leer para ir armando una manera. Me decidí por cuatro libros que recordaba como ejemplos de periodismo narrativo.

Lugar común la muerte reúne lo mejor de Tomás Eloy Martínez: encuentros con personas o con situaciones siempre al borde de la literatura, de este o el otro lado. Son relatos tan bellos, tan exactos, tan perfectamente engarzados que a veces se echa en falta algún error.

Operación Masacre es un clásico contemporáneo: la prosa seca y brutal de Rodolfo Walsh al servicio de la historia de una búsqueda tenaz que terminó encontrando lo más inesperado. Un triple ejemplo: de cómo averiguar lo más oculto, de cómo estructurar un relato, de cómo escribirlo sin alardes para que su eficacia se haga extrema.

Music for Chameleons ofrece algunos de los mejores textos de Truman Capote —que es decir: algunos de los mejores textos cortos americanos de las últimas décadas. Y, sobre todo, el relato del título: Capote sigue a la chicana Mary Sánchez, la mujer que le limpia la casa, a través de un día de trabajo por distintos pisos neoyorquinos, y demuestra que las supuestas fronteras entre periodismo y literatura son tan tenues.

Inventario de otoño es otra compilación: una serie de artículos que publicó, a principios de los ochenta, Manuel Vicent con historias de viejos. Los entrevistaba, les hacía contar cosas, las contaba él. Las historias podían ser mejores o peores pero fueron, para mí, la ocasión de encontrar una música: un ritmo que he copiado tanto. Se lo he dicho, después, alguna vez, al maestro Vicent: no siempre recuerdo la letra de sus textos pero puedo tararearlos sin problema.

No sé si lo pensé entonces: ahora me queda claro que los cuatro que elegí son o fueron, también, escritores de ficción.

 

Martín Caparrós, fragmento de Lacrónica, 2015 

Olga Tokarczuk, LOS ERRANTES [fragmentos]





 

[...] He aprendido a escribir en trenes, hoteles y salas de espera. En las mesitas abatibles de los aviones. Tomo apuntes durante las comidas, bajo la mesa o en el lavabo. Escribo en las escaleras de los museos, en los cafés, en el coche aparcado en un arcén. Lo apunto todo en retazos de papel, en blocs de notas, en tarjetas postales, en la palma de la mano, en servilletas, en los márgenes de los libros. Por lo general se trata de frases cortas, de pequeñas imágenes, aunque a veces también copio fragmentos de los periódicos. A veces atisbo entre la multitud una figura que me seduce, entonces me desvío de mi camino para seguirla durante un rato y, así, empezar su historia. Es un buen método; no ceso de perfeccionarlo. Con el paso de los años, el tiempo se ha ido convirtiendo en mi aliado, como lo es para todas las mujeres: me he vuelto invisible, transparente. Puedo moverme como un fantasma, observar a la gente mirándola de soslayo, escuchar sus riñas y contemplar cómo duermen apoyando la cabeza sobre sus mochilas, cómo conversan, sin ser conscientes de mi presencia, tan solo moviendo los labios y formando palabras que pronto pronunciaré yo en su lugar. [...]

[...]


El piso abandonado

El piso no entiende lo que pasa. El piso cree que el dueño ha muerto. Desde que cerró la puerta y chirrió la llave en la cerradura, todos los sonidos llegan amortiguados, desprovistos de sombra y contorno, como manchas desdibujadas. El espacio, falto de uso, se vuelve sólido, no lo importunan las corrientes de aire ni los corrimientos de cortina, y en esa quietud empiezan a cristalizar, inseguras, formas de ensayo, esas que durante un momento quedan suspendidas entre el suelo y el techo de la entrada.

Por supuesto no aparece aquí nada nuevo, ¿cómo podría? No son más que imitaciones de formas conocidas, marañas burbujeantes que solo por un instante conservan sus contornos. Son episodios únicos, meros gestos, como por ejemplo esa huella de un pie sobre la mullida alfombra que aparece y desaparece sin parar, siempre en el mismo sitio. O esa mano que finge escribir en el aire encima de la mesa, un movimiento incomprensible porque se lleva a cabo sin pluma, sin papel, sin escritura, sin el resto del cuerpo siquiera.

[...] 


Limpiar el mapa

Borro de mis mapas todo lo que me hiere. Los lugares donde tropecé, caí, fui golpeada, humillada, ofendida, ya no aparecen, han dejado de existir.

De este modo borré unas cuantas grandes urbes y toda una provincia. Quizá llegue el día en que borre un país entero. Los mapas, comprensivos, lo aceptan, porque añoran esos espacios en blanco que evocan su feliz infancia.

A veces, cuando tengo que comparecer en algún lugar inexistente (intento no guardar rencor), me convierto en un ojo que transita como un fantasma por una ciudad fantasma. Si me concentrara más, sin dificultad podría hundir la mano en los hormigones más impenetrables, atravesar las calles más concurridas, pasar entre los coches en incesante caravana, inmune, sin sufrir daño alguno y sin hacer ruido.

No lo he hecho; he aceptado siempre las reglas de juego de los habitantes de esas ciudades. Y he intentado no revelarles que, borrados, permanecían, los pobres, en lugares ilusorios. Me he limitado a sonreírles y a asentir a todo lo que decían. Nunca he querido introducir desorden en sus cabezas haciéndoles ver que no existen.

[...] 

 

Relatos de viaje

¿Hago bien en contar historias? ¿No sería mejor que me sujetara la mente con un clip, tirara de las riendas y me expresara no con historias sino con la linealidad de una conferencia, donde frase a frase se va perfilando una única idea y en los párrafos ulteriores se la hilvana con otras? Podría usar citas y notas a pie de página, con un orden de puntos o capítulos podría exponer paso a paso mi razonamiento consecuente de quod erat demonstrandum; verificaría la hipótesis previamente formulada y al final sacaría conclusiones, como se sacan las sábanas tras la noche de bodas a la vista de la gente. Sería dueña de mi propio texto y podría cobrarlo sin trampa ni cartón.

Pero no, consiento en desempeñar el papel de comadrona o de jardinera cuyo mérito, como máximo, radica en sembrar para luego combatir tediosamente las malas hierbas.

El relato tiene su inercia, una inercia que nunca se puede controlar del todo. Exige personas como yo: inseguras de sí mismas, indecisas, fáciles de enredar. Ingenuas.

 

Tomado de Olga TokarczukLos errantes  (2007) Anagrama - Kindle Edition, 2019

Lo raro es dormir

Duermo como un bebé. Nada me quita el sueño. Duermo con la conciencia tranquila. Así decimos, en el lenguaje coloquial, para remarcar nuestra despreocupación por algún asunto, nuestra falta de culpa, vergüenza o temor por las consecuencias de nuestros actos; no me quita el sueño. Duermo como un bendito. Como un angelito. Como un bebé. La buena conciencia es la mejor almohada para dormir, dice la frase de calendario atribuida a Sócrates. El justo no conoce insomnio. Duerme bien quien hace lo correcto, quien nada tiene que ocultar, quien no espera ser descubierto ni reprochado, quien no tiene motivos para ser desenmascarado, señalado, detenido o castigado. Quien no vive en la mentira. Quien no teme hablar en sueños. Quien no oye un corazón delator tras la pared. Quien no aguarda una venganza, ni propia ni contra él. Quien no ha traicionado. Quien no se corrompió. Quien no cometió una infamia muchos años atrás, no suficientes para que prescriba o sea olvidada por su víctima. Quien no lleva una doble vida. Quien no delató. Quien no colaboró con el enemigo y tampoco desertó. Quien no se ve obligado a estafar a clientes, marear a proveedores, maltratar a subordinados o malquistar a compañeros entre sí. Quien tampoco hace nada de eso sin estar obligado. Quien no cobra comisión por conseguir contratos a toda costa. Quien no tiene una oferta que no podrás resistir. Quien no despide. Quien no vende productos financieros. Quien no vende alarmas de hogar. Quien no trabaja en el departamento de retención de clientes. quien no deniega prestaciones sociales. Quien no retira custodias de hijos. Quien no defiende a clientes que sabe culpables. Quien no acusa. Quien no juzga. Quien no pasa la porra por los barrotes haciendo clon, clon, clon. Quien no dispara. Quien no comete una negligencia. Quien no provocó un accidente. Quien no participó en un linchamiento. Quien no lo grabó. Quien no miró para otro lado. Quien no cerró la ventana para no escuchar los gritos. Quien no humilla. Quien no maltrató animales durante el rodaje de esta película. quien no degüella cada día decenas de cochinos apenas aturdidos, cuyos chillidos resuenan en la noche. Quien no busca porno infantil de madrugada. Quien no envía un burofax apremiando. Quien o se siente responsable, ni cómplice o beneficiario de lo que otros hagan en su nombre. Quien no se dice concernido por culpas colectivas, sistemáticas, históricas. Quien no paga por sexo. Quien mira la etiqueta para asegurarse de una camiseta no está cosida en Bangladés. Quien separa el cartón y los envases, contenedor azul, contenedor amarillo. Quien no tira aceite usado por el fregadero. Quien no esquiva a los muchachos de la carpeta en la calle. Quien no se olvida de donar, firmar, difundir, hacerse socio. Quien no compra en Amazon. Todos con la conciencia tranquila. A ninguno le quita nada el sueño. Todos durmiendo como benditos. Como angelitos. Como bebés. Como cabrones. Somos los demás los que no dormimos. La pregunta no es: por qué no dormimos nosotros. La pregunta es: por qué dormís vosotros. Lo raro es dormir.

 

Isaac Rosa, fragmento de la novela Las buenas noches (2025)

pp184-186

¿Desde «quién» se cuenta?



«La pesadilla»

Cuando trató de moverse, sintió que alguien estiró un brazo en la oscuridad. Sintió la palma tibia y la fuerza que lo empujó hacia atrás, hasta cuando sintió otra vez la almohada en la cabeza. Así: sintió la almohada porque ya la cabeza no bajó más, sino que quedó apoyada en una substancia blanda, gelatinosa. Fue la almohada lo que sintió. No la cabeza, porque cuando dejó de sentir la mano que le presionaba el pecho, sus órganos dejaron de sentir. Trató de preguntar en dónde estaba, por qué lo habían llevado a ese cuarto de niebla; pero sus labios no se abrieron. Trató de darse vuelta en la cama y no pudo. Trató de hacer todo simultáneamente. No pudo nada.

Entonces sintió que los ojos se le cerraron, autónomos, y un instante después sintió la yema tibia (la yema que tenía la misma temperatura del brazo que unos minutos antes lo habían empujado hacia atrás, cuando trató de incorporarse) y advirtió que alguien le había abierto un ojo con los dedos. Luego la fuerza se fue, desapareció, y volvió a caer el párpado sobre la órbita. El párpado que ya empezaba a convertirse en piedra. Fue entonces cuando alguien dijo: "Recemos. Acaba de morir."

Reconoció después la voz de su madre, las voces atribuladas de sus hermanas que iniciaron un lloriqueo ahogado, invisibles entre la niebla. Todavía tuvo tiempo de pensar: "He muerto. ¿Pero de qué? Anoche me acosté temprano. No comí antes de venir a la cama. Estuve leyendo hasta las once y después cerré el libro y después puse el libro sobre la mesa y después apagué la lámpara y después me di vuelta hacia el lado de la pared y después nada más. Me quedé dormido hasta ahora. Eso fue todo."

Sintió, allá abajo, los pies que comenzaban a helarse, en un vaho de frío ascendente que iba invadiendo las zonas de su cuerpo hasta cuando envolvió el corazón y él sintió la extraña sensación de estar hundido en un fondo de hielo. Sólo entonces empezó a preocuparse por su muerte. Dentro de unos momentos el cuarto estaría lleno de gente. Dentro de un momento la gente estaría allí, en torno a la cama, viéndolo como él se imaginaba, tendido recto, con un pañuelo atado fuertemente alrededor de la mandíbula. Entonces empezó a sentir otra vez. A sentir que las cosas sucedían precipitadamente, atropelladamente, casi sin el orden cronológico acostumbrado, como si hubiera empezado ya a vivir en un tiempo diferente al de su madre, al de sus hermanas, al de todos los que se encontraban allí, en torno a la cama. Un sabor amargo se deslizó por su boca.

Y el tiempo se desmoronó para él y fue como si el reloj de su cuarto hubiera sufrido un daño en la cuerda y él hubiera visto que las manecillas giraban, giraban, giraban, incesantemente, a gran velocidad sobre su propio eje. Entonces comprendió que los días iban pasando, uno detrás de otro, sin detenerse, y lo que en él fue una vez carne mortal y ponderable, se convirtió en una idea proyectada hacia la eternidad.

En un momento sintió que lo levantaron por los hombros, por los pies y lo dejaron en un fondo suave y cómodo. Casi inmediatamente después sintió el golpe del martillo que hundió los clavos en un segundo y hasta sintió los hombros que lo levantaron y lo condujeron apresuradamente hacia el campo. Después sintió, durante un segundo, el fondo tibio y apretado donde ladearon la caja y oyó, arriba de sus párpados, los resquebrajados terrones que cayeron, primero a espacios medidos, después a golpes sordos hasta cuando todo quedó rodeado por un gran silencio total. Tuvo entonces la noción de su tiempo: afuera, cuando él pensó que acababan de dejarlo en su hueco de tierra, sus hermanas crecieron, se multiplicaron y fueron a ocupar un hueco vecino. Cuando él sintió que echaron el último golpe de tierra y lo dejaron solo, los nietos de sus hermanas crecieron, se multiplicaron. Y crecieron y se multiplicaron los biznietos y cinco y seis y siete generaciones más. Y cuando él sintió, en la sombra, que uno de sus huesos crujió, ya los descendientes de sus hermanas habían dejado de ser hombres y la simiente que un día les dio origen había dejado de estar sobre la tierra. Entonces alguien introdujo un objeto metálico en la tierra, abrió una brecha profunda y él sintió, de nuevo, la luz, el aire, la claridad, y sintió su propio polvo milenario recorriendo el espacio, yendo y viniendo, hasta el fondo de los pulmones de los hombres y las mujeres de una ciudad antigua.




 

 «La verdad del cuento»

La historia es como la cuentan, pero tiene sus variantes. Es verdad que él hizo un pequeño agujero en la pared que separaba su cuarto de la alcoba de su novia, y es verdad también que ella hizo un agujero, a su vez, en la pared que separaba su alcoba del cuarto de su novio. Pero no había más que un agujero. Un agujero común, que los enamorados perforaron no de común acuerdo, pero sí en colaboración y sin que tampoco esta colaboración hubiera sido acordada previamente.

Así las cosas, un día amaneció un agujero en la alcoba de ella, a través del cual podría vigilarse el movimiento más insignificante que él intentara en su cuarto. Simultáneamente - puesto que era un agujero común - igual cosa ocurrió en el cuarto del novio. Pero como él había hecho las cosas por su propia iniciativa y ella, a su vez, había procedido a perforar la pared medianera, ninguno de los dos tomó precaución alguna con respecto al otro, puesto que ambos se sentían autores de ese agujero único, indiscreto, tremendo, que vulneraba la intimidad de los cuartos respectivos.

El error de quienes cuentan la historia radica en que comienzan a contar la historia como si él y ella fueran novios en el momento en que perforaron el agujero. Y no fue así, porque cuando lo del agujero, ellos no se conocían, y si lo perforaron fue precisamente porque cada uno de ellos por su lado tenía interés de saber quién vivía en el cuarto vecino.

Pocas horas después de perforado el agujero, ella sabía que su vecino era un hombre joven. Y él, por su parte, sabía que su vecina era una mujer joven, que procedía de puertas para adentro con la naturalidad de quien ignora la existencia de un vecino observador. Las cosas estuvieron de esa manera durante varias semanas. Ella llegaba temprano, apagaba las luces y se acostaba en la oscuridad a esperar a que sonara la puerta de al lado y después las pisadas y se encendiera la luz. Entonces ella se escurría hasta el agujero y se dedicaba a observar los movimientos de él, minuciosa y ansiosamente, hasta cuando apagaba la luz y se metía en la cama. La diferencia consistía en que él no acostumbraba hacer sus observaciones sino por la mañana y ella por la noche. Así que ella conocía la manera de acostarse de él, que es lo que verdaderamente vale la pena en un hombre; y é conocía la manera de levantarse de ella, que en una mujer es lo que verdaderamente vale la pena.

Tres semanas después de perforado el agujero, se conocían entre sí mucho más que si hubieran tenido muchos años de casados, pero se ignoraban por completo en la vida. Y así habrían seguido las cosas si no es porque una mañana, cuando él se aplicaba a hacer sus observaciones, a ella se le ocurrió saber cómo era el hombre cuando se levantaba.

Cuando ella aplicó el ojo al agujero, se encontró con el ojo de él y supuso, avergonzada, que su vecino había descubierto la clave de todo y había tapado el agujero. Él, por su parte, en el momento en que ella acercó el ojo al agujero, supuso que era ella quien, en ese preciso instante, acababa de taparlo. Sin embargo, un momento después empezaron las dudas.

Y entonces fue cuando ambos salieron al corredor, se encontraron frente a frente y, sin hacer ningún comentario, se dieron cuenta de que, en realidad, habían vivido durante varios meses en una misma pieza. Entonces hicieron lo único sensato que podía hacerse en ese caso: se casaron y tumbaron la pared.


 


Textos tomados de: Gabriel García Márquez, Obra periodística Vol. 1 Textos costeños. Barcelona: Bruguera, 1981. 684-685; 357-358

En menos de 500 palabras

 


Mujer en el baño

Arropada de burbujas, recuesto la nuca contra el filo de la bañera. Las gotas me bajan por el cuello, trazando veredas en la espalda. Con su lengua tibia, el agua despeina los vellos de mis piernas. Voy perdiendo gravedad, flotando casi, mecida por el falso oleaje. El gusto se escurre por mi piel como mano enjabonada.

   Una neblina espesa ha envuelto la pieza. La luz del botiquín parpadea. Si no cierro los ojos, la mirada ojerosa del vampiro enfriará el agua. Si no encojo las piernas, las garras peludas del lobo me impedirán escapar. Si no me cubro el pecho, la navaja que brilla en tus pupilas me descuartizará el corazón.

   Chorreando espuma, buscando a tientas el espejo y aquella cara de mujer feliz que el velo del vapor ha sepultado, me levanto.

   Afuera, los gatos maúllan y rascan la puerta.

 

Ana Lydia Vega, 2025

Tomado de Crucero caribe. Cuentos selectos. 

Universidad Autónoma Metropolitana: Méxíco, 2025. 205




El emigrante

—¿Olvida usted algo?

—¡Ojalá!

Luis Felipe Lomelí, 2005



El dinosuario

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso, 1959




Cuento de horror

La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones.

Juan José Arreola, 1972




Suicidio, o morir de error

Antes de estrellarse contra el suelo, la miró con asombro. Saltaremos juntos - le había asegurado la bella bellísima -. Una. Dos. Y tres. Y él se precipitó. Y la bella bellísima le soltó la mano. Y desde lo alto, asomada bellísima en azul, le juró que le amaría hasta la muerte.

Dulce Chacón, 2000







El criado del rico mercader

Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de mañana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa mañana no fue como todas las demás, porque esa mañana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto. 

Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader. 
—Amo —le dijo—, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán. 
—Pero ¿por qué quieres huir?
—Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza. 
El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo y el criado partió con la esperanza de estar por la noche en Ispahán. 

Por la tarde, el propio mercader fue al mercado, y, como le había sucedido antes al criado, también él vio a la Muerte. 
—Muerte —le dijo acercándose a ella—, ¿por qué le has hecho un gesto de amenaza a mi criado?

—¿Un gesto de amenaza? —contestó la Muerte—. No, no ha sido un gesto de amenaza, sino de asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Ispahán, porque esta noche debo llevarme en Ispahán a tu criado.  

Bernardo Atxaga, Obabakoak (1993)





La amiga de mamá

La amiga de mamá llegaba a casa, con sus maletas cargadas de regalos y era como si la Navidad se hubiese presentado, fuera abril o septiembre. La amiga de mamá extendía mapas, repartía paquetes, nos disfrazaba de bereberes, desplegaba historias y fotos y por último colocaba su neceser entre nuestros jabones y cepillos de dientes, y así sabíamos que sería nuestra por una temporada.


Las comidas se llenaban de sabores exóticos, los bailes eran voluptuosos y frenéticos, y hasta nuestros nombres cambiaban, y un día nos llamábamos Samarcanda, otro Tegucigalpa, o Gobi, o Tombuctú. En el colegio nuestros compañeros se disputaban el privilegio de venir a pasar la tarde en casa. Y la amiga de mamá, aunque por la noche las oíamos hablar hasta muy tarde frente a una botella de licor de extraños reflejos, la amiga de mamá nunca parecía cansada.


Eso fue lo primero que me llamó la atención aquel día: su rostro exhausto, descansando sobre el regazo de mamá. No recuerdo a qué había bajado al salón pero enseguida tuve la sensación de asistir a una escena prohibida, no por impropia o vergonzosa; era algo más allá, como entrar en la trastienda de aquellas dos mujeres. Porque no sólo estaba la fragilidad de la amiga de mamá; sobre todo estaba la tristeza de mamá. Como si sus ojos hubieran visto más que los de su amiga. Como si se hubiera despedido de más gente. Como si estuviera agotada de servir de sostén a los sueños de los demás.

Ana María Pérez Cañamares, 2001

CONTRA LA BAZOFIA DIGITAL, VUELVE A PENSAR

Irene Lozano

La necesidad de dar forma a la realidad empezó con el primer Homo sapiens que talló en la cueva un hacha de sílex, golpe a golpe. Resulta trabajoso, requiere oficio, pero no hay alternativa: transformar la materia prima en herramienta útil para la vida exige fricción, incomodidad, incluso irritación cuando no salen las cosas. 

Avanzando unos milenios, hoy solo sufre fricción el albañil. Le dice a ChatGPT: “Levanta una casa” y no ocurre nada. En cambio, el trabajo intelectual se ha vuelto mullido, porque los modelos de lenguaje eliminan la fricción de escribir. LinkedIn se ha llenado de posts escritos por ChatGPT; y TikTok, de vídeos hechos por Sora. Más de la mitad del contenido en inglés existente en internet está hecho por IA, según la empresa de SEO Graphite. 

Charlie Warzel reflexiona en The Atlantic sobre este tipo de contenido, que ya tiene nombre específico: slop. ‘Bazofia’ es una buena traducción. Nos inunda, imprimiendo al lenguaje una textura fundente, melosa y narcótica. Nos devuelve una realidad sin forma, desprovista de significado, pero fácil: tengo la sensación de ser una niña de nueve años, con todos sus dientes, a la que quisieran atiborrar con papilla. Y ojo, porque ese puré intelectual es, a su vez, alimento para los modelos de lenguaje. Tal vez ese círculo vicioso de la bazofia que se autofagocita desemboque en la chaladura de la IA. 

El problema es que la fricción atraviesa el verdadero trabajo intelectual desde que sapiens estaba en la cueva. Allí donde se encuentra la pepita de oro de las ideas, chirrían los goznes con un ruido insoportable. Buscarla genera incomodidad, encontrarla también: la realidad es dura como el pedernal y la pensadora —incluso la más experimentada— debe tener oficio para darle forma al mundo. Esa es la manera de trabajar las ideas: golpe a golpe.

Se ha dado la ampulosa denominación de “creadores” a quienes llenan de contenido la red, pero en realidad son la nueva clase explotada del capitalismo cognitivo. Los modelos eliminan fricción para el creador, que así se vuelve más productivo. A base de cantidad, logra llamar la atención del algoritmo, tan amigo de las adicciones. Le das un par de ideas a ChatGPT y escribe un post, un artículo, un libro. Amazon ha limitado —¡a tres!— la cantidad de libros que puede autopublicar una misma persona cada día, para no convertir la plataforma en una churrería. 

Entendíamos como dos caminos vitales irreconciliables el negocio y la filosofía (o el arte). El hombre de negocios persigue el dinero; la pensadora y el artista buscan la verdad. Pero el capitalismo cognitivo ha disuelto la disyuntiva: los creadores digitales producen contenido para obtener dinero. Cuanta menos fricción, más beneficio. 

Unir en el creador al capitalista y al pensador es la última jugarreta del tecnofeudalismo: bajo el señuelo de la monetización, se reduce el pensamiento autónomo y se externaliza la creatividad, es decir, el soplo trascendente, soñador y subversivo de los humanos. Todo se acomoda al antiintelectualismo en boga: ahí tenemos a la Casa Blanca, feliz creando bazofia.

Como las cosas van rápidas, auguro que la inundación de bazofia ahogará pronto a los “creadores” y a su público. Cuanto mayor es la confusión entre lo verdadero y lo falso, más necesitamos periodistas, o sea, profesionales de identificar lo que Hannah Arendt llamaba “las modestas verdades de los hechos”. También habrá que atender otras urgencias. Existen empresas de IA que, por unos euros, resucitan digitalmente a los muertos: son chatbots que imitan la voz, el estilo, la personalidad del ser querido. Para poner claridad en el par de opuestos “estar muerto/ estar vivo”, o sea, entre la realidad y la ficción, serán cada vez más necesarios los intelectuales.

Porque el gran problema de la bazofia es que distrae, pero no aporta significado. Donde hay algo importante que saber hay fricción para aprenderlo. Platón nos advirtió: “Lo bello es difícil”. Cuando uno se entrega a lo fácil se acostumbra a vivir en esa bazofia fea, falsa y sin sentido. Pronto se verá que una vida sin fricción es una vida sin sentido. 

El trabajo intelectual nos entretiene a unos pocos, pero el esfuerzo de dar forma a la experiencia es universal, convierte a sapiens en sapiens. Por eso el ansia de fricción ya asoma por las esquinas: desde la que hace senderismo para sentir el golpe de viento cortándole la cara, hasta el que se apunta a cerámica para hendir la arcilla con sus dedos. 

Pronto la habilidad más valorada será pensar con la propia cabeza, de forma radical, con criterio y originalidad. La de intelectual volverá a ser una profesión reputada. Porque sapiens se comprende a sí mismo con imaginación, pensamiento y palabras, no con bazofia. La sociedad buscará al homínido en la cueva que, como al hacha de sílex, da forma al mundo golpe a golpe. Al fin y al cabo, pensar fue siempre un trabajo físico.

Publicado originalmente en El País, 18 de noviembre de 2025