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Dos voces de una misma autora

Ésta es una historia sobre el adulto que llevan dentro todos los niños. Vuelvo la vista atrás y tengo doce años. Soy una niña que ya tiene dentro de sí a la mujer de cincuenta que será, aunque es muy posible que entonces fuese más vieja que ahora. Los viejos guardan dentro de la tripa al niño que fueron, es más, lo ponen a menudo encima de la mesa porque, a cierta edad, uno sólo se acuerda de su niñez, del calor del escote de su madre, de su perfume a leche hervida o a rositas tempranas. Yo, a mis doce años, tengo dentro de mí a la señora de casi cincuenta que soy ahora o, más exactamente, a otra mujer que ya no conozco pero que, a los doce años, me susurraba al oído lo que debía hacer.
Nunca me he sentido en mi esplendor o plenitud. En el cenit de mi vida. Siempre he tenido doce años o cincuenta, y las elecciones nunca han sido fáciles. No es como cuando le das vueltas al rabito de una manzana, repitiendo en cada giro las letras del abecedario, para conocer la inicial del hombre con quien te vas a casar. Una vuelta, a de Alberto; dos, b de Benito; tres, c de Claudio… En el último giro, cuando por fin el rabito se desprende, nada ha tenido que ver la suerte o la predestinación, sino una presión mal disimulada, un tironcito de los dedos cuando se llega a la d de Daniel que es la persona con la que quieres compartir tus días y tus noches de ratita presumida. ¿Y por las noches qué harás? Dormir y callar, dormir y callar.
Pero hoy vuelvo la vista atrás, tengo doce años, y estoy en la cocina de nuestro piso en un barrio de clase media de la ciudad de Madrid. Me llamo Catalina Hernández, pero sólo me llamo así cuando estoy en la cocina o en el pupitre. No de noche, no a la caída del sol, cuando Angélica y yo cerramos la puerta del cuarto de juegos. La leonera.
Ahora soy Catalina o Cata o Cati y mi madre analiza una foto del periódico mientras fríe trocitos de pescado a la romana en una sartén de aceite hirviendo.
-Qué guarra, la tía.
Mi madre sabe hacer muchas cosas a la vez. Empana filetes y lee. Cose y canta. Prepara el café y fuma un cigarrillo. Mi madre siempre me hace la comida y por la tarde se va a trabajar. Es enfermera en la consulta de un odontólogo. A veces me deja su uniforme para disfrazarme y juego con Angélica en la leonera con la puerta cerrada a cal y canto. Allí Angélica se quita las gafas de miope que le achican los ojos y ya no es ella, sino una mujer de ojos inmensos, apabullantes, que, después de sufrir muchas desventuras, se va a comerse el mundo. Angélica suele ponerse el rostro de Blanca Estrada. Como una capucha cuando llueve o como la máscara con que los ladrones se cubren para robar los bancos. Angélica se la pide: “Yo me pido a Blanca Estrada.” Y a mí no me parece mal, porque tengo otras preferencias. Angélica y yo no discutimos nunca.
Siempre que mi madre me hace la comida, me imagino sus dedos dentro de la boca de un paciente con las muelas picadas. Entonces el estómago se me da la vuelta y me curo penando en las manos de mi madre que se frotan, se enjabonan, se aclaran debajo del grifo. Mi madre dice que la sangre no me llega a la cabeza porque como poco. Me baja la glucosa y tengo visiones extraterrestres. “Extravagantes”, me corrige mi padre. Después añade: “Insólitas, extraordinarias, inverosímiles.” Luego, coge el coche y se marcha a trabajar. Extravagantes o extraterrestres, mis visiones están provocadas por la falta de alimento. “Catalina está chaladita”, dice mi madre. Le gusta gastarme bromas. Sin embargo, hoy no me presta mucha atención. Está hipnotizada por la fotografía del periódico. No se pierde ni un detalle a la vez que pasa mecánicamente la carne blancuzca de un bacalao o de yo qué sé primero por el plato de harina y después por el huevo batido.
-¿No le dará vergüenza?

Tierno Galván y Susana Estrada, 14 de febrero de 1978.
Los trozos de pescado, al sacarlos del aceite, están doraditos, doraditos, y el oro del pez me distrae y oigo las voces de mamá y de la abuela Rosaura que son viejas y de pueblo o de campo, uno del derecho y otro del revés, cuarto y mitad, lavativa, emplasto, corchete, cuete en vez de cohete, coger el dobladillo, la que cose sin dedal cose poco y cose mal, me voy a tomar un otalidón, vuelta y vuelta, doraditos, doraditos, y me tapo las orejas de soplillo para dejar de oír, pero sigo teniendo bien abiertos los ojos y veo a mamá mientras coloca el pescado sobre una bandeja. Grumos harinosos flotan sobre el huevo, la punta del tenedor está pegajosa de engrudo.
-Pero ¿cómo puede atreverse una mujer a hacer estas cosas?
Me apetece meter el dedo en el huevo, pasar la palma de la mano por la punta sucia del tenedor. Palpar la textura del engrudo. Metérmelo en la boca. Hoy a mi madre le ha dado una arcada al freír el pescado. A ella, que suele comer los boquerones crudos mientras los limpia. Así que la náusea será consecuencia del olor del aceite. A mí también me harta el olor del aceite frito. Me llena la barriga antes de comer. Olisqueo.
-Catalina, te vas a comer el pescado. Quieras o no.
Me sorprendo al oír mi nombre en boca de mi madre. Catalina. Catalina. Catalina. Catalina es un nombre horroroso. De vieja. De pueblo. De mohína Catalina. De aspirina y de pepina. De monja y de quina. De gente con la nariz aquilina. Medicina, tetitna, estricnina. Cuando Angélica y yo nos encerramos en leonera me llamo Daniela, que suena a Italia y a abrigos de piel y a pastelería. Incluso suena a aviones que sobrevuelan el océano Atlántico. Mi madre, que me vigila continuamente incluso cuando creo que no lo hace, ahora vuelve a olvidarse de mí y, mientras corta tomates, ladea la cabeza para evaluar otro aspecto de esa foto que la tiene obsesionada:
-Qué pecho más feo. Hay que joderse.
Joderse, jiñarse, amolarse… Pueblo, pueblo y pueblo. Ordinariez. Mi madre se llama Sonia, que es un nombre bastante más bonito que el mío. Mamá le debería dar gracias a la abuela Rosaura. Pero a Sonia no le sirve de nada llamarse así, con un nombre que suena a Rusia y a nieve y a manguitos de marta y a María Silva, que hace de Anna Karénina – estricnina, aquilina, Catalina- en la novela de la televisión que vi con mi abuela hace tres años, porque, aunque mi madre fume cigarrillos mientras bebe café, huele a campo. Mi madre no se pinta y, cuando lo hace, se mancha con el rímel. Está muy rara mi madre cuando se pinta un rabillo negro. No parece ella. Mi madre aliña la ensalada y se limpia la mano en el delantal.
-Un pecho caído. Blandurrio. Tristón.
Mi madre ahora ha hablado como mi padre. Al hacerlo, palpa su propio pecho, que vive y que colea. Que aún no se ha caído y que me mira – me vigila incluso más atento y erguido que de costumbre – cada vez que ella se quita el sostén: en un probador de los grandes almacenes, para hacerse la cera en los sobacos par aponerse otro sujetador de color carne porque el negro se le transparenta por debajo de la blusa. El pecho de mi madre está relleno de pompas jabonosas, compuesto de una sustancia que es como saliva bajo la ente del microscopio o como el papel burbuja que sirve para proteger los objetos frágiles. Yo no daré nunca de mamar, aunque mi madre me diga que alimentarme con su propio cuerpo fue una satisfacción. Incluso a veces un placer que habría prologado durante meses y años. Ella es de campo como los vacas y las terneras. A mí, mi cuerpo me da grima – no me paso el dedo por las piernas para no presentir las varices que vendrán – y no me gusta que me pongan inyecciones. Inauguro en España el concepto de “distancia de seguridad”. Mi madre, como tuvo que ponerse a trabajar, empezó a dejarme preparados biberones que me daba con amor la abuela Rosaura. Pese a todo, mi madre siempre huele a leche a punto de romper a hervir.
-¡Neeeeeeeeela!
Aprovecho que mi madre se asoma un momento a la ventana para hablar con una vecina – a voz en grito por el agujero del patio- y me palpo con aprensión los abultados botones de mis dos tetitas que duelen. A veces noto un escozor como si la carne se abriera para dejar paso a la floración de una patata. Mi madre dice que como muy mal, pero como mucho pollo. “Es bueno por las hormonas y la grasa”, me dice mi amiga Gloria, mientras fuma su falso cigarrillo emboquillado. Gloria se llama Angélica, que es un nombre mucho más bonito que Catalina, Cata, Cati, Lina. Pero a Angélica no le gusta su nombre. Sus padres son intelectuales y ella viene a mi colegio, aunque podía ir a uno de pago, porque sus padres piensan que es mejor así. Esta idea me viene a menudo a la cabeza porque no la entiendo bien. A veces pienso que, igual que nosotras nos avergonzamos de nuestros padres –sí, nos avergonzamos- y yo querría para mí a los padres de Angélica y a Angélica le gustaría que mi madre fuera la suya le friese pescado al volver del colegio porque Angélica come en el puto comedor escolar – macarrones, lentejas con arroz, paella, flanes, naranjas y plátanos, de igual forma, los padres de Angélica se avergüenzan de ella porque no es tan lista como yo. No tendría nada que hacer en un colegio de pago, bilingüe y con campos de deportes. A Angélica no le gusta la gimnasia y se le da mal el inglés. “Jauduyudú”, así habla Angélica el inglés. Deberíamos practicar el cambio de parejas.
Mientras tanto, yo como pollo y miga de pan. Mucha, mucha miga de pan. Angélica lleva gafas de culo de vaso. Yo voy a ser una mujer hermosa. Un cisne que ya apunta manera en la exquisita delgadez de sus clavículas. Aunque, de momento, como miga de pan y soy una carpa del estanque. Con la piel babosa y del color del barro. El anzuelo, que aún lleva prendido un migote de pan húmedo, me sale por una de las agallas. Deslizante. Si alguien me hinca el diente, sabré a tierra y a excremento de caracol. Mi madre, que acaba de cerrar la ventana, quiere que cometa un acto de canibalismo.
-¿Por qué pones esa cara? Te vas a comer el pescado. Y punto, Catalina.
Con la cabeza le digo que sí mientras observo la foto del periódico. Como a mi madre, Susana Estrada me da repelús. Prefiero a su prima Blanca Estrada, que es como una princesa nórdica de ojos azules, pelo rubio, sonrisa dulce. Susana es angulosa y Blanca redondita. A mi madre Blanca Estrada tampoco le parece hermosa. No sabe que es un hada o una holandesa con su típico gorrito tan similar a unos cuernos de encaje, a una toca antigua de monja o al tricornio blanco de un guardia civil. Blanca Estrada es Angélica, que no tiene mucha imaginación, y aunque en la leonera yo no me la pido nunca, cuando le digo a mi madre que Blanca es una mujer hermosa, ella salta como si la pinchasen con tenedores, tridentes y espinas de rosal:
-¿Ésa? Pero si tiene cara de pan. ¡Por favor!
El aceite salpica la foto de la teta de Susana Estrada. El pescado salta mucho. Es por el agua que le queda entre la carne blancuzca. De bacalao, de japuta, de gallo, de lo que sea. Ahora yo tampoco puedo dejar de mirar la fotografía. Mi madre no le echa vinagre a la ensalada porque a mí el vinagre me pone los dientes largos.
-¿Y ese pobre hombre? Lo que tendría que aguantar…
Mi madre señala con la cabeza la imagen del viejo que aparece en primer plano junto a Susana Estrada. Cuando Angélica y yo jugamos en la leonera, Susana Estrada es la mala de todas las películas. También es la mujer más inteligente en oposición a Blanca, angelical y estúpida. Tal vez, Susana siempre es la mala porque mi madre le tiene manía. Me gusta cómo se indigna mi madre, las palabras que emplea cuando ya no puede contenerse y se sulfura como el pitorro de la olla. Mi madre es una mujer de verdad, con ese carácter que tienen que tener las mujeres, esa determinación, ese arrojo, esa capacidad para aguantar el dolor físico. Mi madre agarra las ollas calientes sin quemarse. Su cuerpo y el metal al rojo están a la misma temperatura. No hace falta que el agua alcance los cien grados centígrados para que ella llegue a su punto de ebullición. El agua de mi madre, Sonia Griñán – y Griñán suena a piedra, monasterio, puente, excursiones, campo, Cid Campeador, viñedos, y por eso yo me llamo sencillamente Daniela Astor como la sofisticada marca de un pintauñas-, el agua de mi madre se pone a hervir a diez o quince grados, estalla, se evapora, se olvida, vuelve a hervir. Cada vez que mi madre estalla, sufro una quemadura. Entonces superpongo el rostro de Susana Estrada al de mi madre y recupero uno de los dichos preferidos de Sonia Griñán, “Dios nos libre del agua mansa, que de la brava ya me libro yo”, y me anticipo a la indemostrable posibilidad de que las mujeres dulces como Blanca Estrada se conviertan en viudas negras. A la posibilidad de que todas seamos malas de corazón: también las mejores.
Quizá mi madre odia a Susana Estrada porque a mi padre le gusta. Mi padre es maestro, pero no en mi escuela. Cuando discute con mi madre, a mi padre la cara se le borra de la cara. No me confundo. La cara se le borra de la cara y no parece él, sino un hombre muchísimo más tonto. Un subnormal. Mis padres siempre se reconcilian, y después, otro día cualquiera, mi madre vuelve a su punto de ebullición. Discuten por el dinero y, pese a que mi madre es muy temperamental, no se enzarzan muy frecuentemente. Cuando lo hacen, yo, como todas las niñas del mundo, me tapo las orejas. Y no entiendo por qué mi padre no le calla la boca a mi madre, que chilla y chilla. Si mi madre no me quisiera tanto, la estrangularía con una almohada. No sé si mi padre estaría de acuerdo.
Mis padres tienen vida sexual porque yo oigo ruidos a través de la pared. Y casi sé en que consiste el sexo. Casi.
-¿Y ahora qué te pasa, Catalina? Cómete el pescado…
He debido de poner cara de asquito. Pero mi madre siempre me vigila y, porque negarlo, es graciosa.
-… no vaya a ser que él se te coma a ti.
Mi madre me hace chistes continuamente. Quizá se cree que soy más niña de lo que soy: “No vaya a ser que él se te coma a ti.” Hace poco, en una clase de historia sagrada, me contaron el episodio de Jonás y la ballena. No me pareció una historia muy interesante. Me interesan más los amores de Blanca y de Susana Estrada. El romance de Bárbara Rey con Alain Delon. La muerte de Sandra Mozarowsky.
Vuelvo la vida atrás. Tengo doce años. Estoy en la cocina. Me gusta acompañar a mi madre a la peluquería para leer revistas viejas. Para que me pongan los rulos y me claven horquillas en el cuerpo cabelludo. Soy una niña que ve la televisión mientras engulle trozos de pescado par no tenerlos que paladear.
Marta Sanz, Daniela Astor y la caja negra. Barcelona: Anagrama, 2013. 21-28




Pola ha pegado un salto de la cama. Se lava los dientes. Usa el bidé. Mientras, en la cama, Max recupera la imagen de la axila tensa de Pola, del sobaco estirado de Clara. Pola tiene senos y Clara tetas, Pola tiene vientre, Clara tripa, Pola tiene rostro, Clara, cara, Pola tiene cabello, Clara, pelo, Pola tiene pubis, Clara, potra, Pola tiene vagina, labios menores y mayores, una enorme complejidad de tejidos y fibras replegados, Clara tiene chocho, Pola tiene durezas, Clara, callos, Pola, cutículas, Clara padrastros, Pola, marcas de expresión, Clara, arrugas, Pola, una boca fina, Clara una boca de culo. Por eso, Max yace con Pola. Por eso, le dan miedo las asistentas y las torres de los siete jorobados. Y, sin embargo, Max está convencido de que, de no ser por esos mínimos detalles, por fuera, Clara y Pola son la misma persona, hermanas siamesas, productos de la misma bolsa gemelar, identidades que en la duplicación se excluyen, se anulan, se desintegran hasta convertirse en nada. Hermanas tan iguales que no está seguro de con quién acaba de follar.

Marta Sanz, Susana y los viejos, 2006

Marta Sanz, “Literatura y tiempo libre”

No tan incendiario (Periférica, 2014)
La literatura, y muy especialmente las novelas, son mercancías en las sociedades de consumo: objetos de entretenimiento como la wi o el deuvedé de la última película de Angelina Jolie, como un yo-yo o un telefilme, como un graciosísimo vídeo de You Tube. El tiempo libre, identificado con el ocio, es la reserva – y hablo de reserva en el sentido de las reservas de apaches y semínolas en Estados Unidos - , el espacio acotado para el consumo de este tipo de bienes culturales. En esta reserva de tranquilidad, diversión, montañas rusas y esparcimiento, el lector asume el papel de consumidor cultural, de cliente que debe quedar satisfecho con su compra. De modo que no es el lector quien se debe alzar a la altura de un texto, sino el texto –y, por ende, su autor- el que debe prever las expectativas de sus compradores potenciales.
Partiendo de esta premisa, el empobrecimiento de las propuestas culturales es ostensible y se produce la paradoja de que en los tiempos de la libertad – una libertad que se confunde con liberalismo y que es esgrimida, cada vez más, como argumento de grupos de ultraderecha – se ejercen sofisticadísimas estrategias de censura basadas en palabras como comercialidad, rentabilidad, legibilidad e, incluso, en expresiones complejas como corrección política. Los escritores -sobre todo, los novelistas- renuncian a los rasgos que los han definido y les han dado un lugar a lo largo de la Historia de la literatura –lucidez, sentido crítico, intrepidez, riesgo…- y ejercen la autocensura porque saben muy bien lo que deben o no deben escribir para ser acogidos en el seno del mercado: novelas negras con tintes aceptables de crítica social; historias sentimentales que rescatan el pasado con benevolencia; aventuras metaliterarias con leves toques de género fantástico y de ciencia-ficción; por no hablar de esos exóticos vampiros enamorados, guapos, pero con cara de no tener muy buena salud.
En los tiempos que corren, quizá los famosísimos novelistas del boom tendrían problemas para hacerse un hueco en los catálogos de las editoriales: su experimentalismo, su margen de ilegibilidad, la resistencia que el texto pueda ofrecer al lector, jugarían en su contra, los dejarían en los márgenes, incluso quizá en el limbo, de un núcleo literario y editorial copado por autores de una narrativa vampírica o “templaria”, concebida para un lector peter-pan con mentalidad de eterno adolescente.
En la época de esta libertad liberalista nos encontramos que, ante la pérdida progresiva del sentido crítico de los lectores, desde los ministerios se plantea incluso la posibilidad de eliminar ciertos cuentos infantiles para sustituirlos por otros que respondan a un modelo de género más igualitario. Cortar por lo sano. Eliminar del imaginario los cuentos de hadas. Una sociedad cada vez más infantilizada está indefensa ante el paradigma discriminatorio de La bella durmiente, pero no ante el modelo belicista de las historietas de los videojuegos. Vivimos en una pecera llena de contradicciones.
Anselm Jappe, en su artículo “El gato, el ratón, la cultura y la economía” lo expresa con claridad: “Ya no hay muchas obras capaces de contribuir al nacimiento de sujetos críticos. Sólo hay clientes.” Jappe se plantea hasta qué punto el arte y/o las narraciones pueden permanecer al margen de la lógica de la inversión y la ganancia; hasta qué punto pueden constituir una “excepción cultural” como reclamaban los intelectuales franceses; habla de la “industria del entretenimiento” y denuncia que la cultura se ha convertido en una herramienta de “pacificación social y de creación de consenso”: un falso consenso que nada tiene que ver con los conflictos y las contradicciones del mundo, con la desigualdad, la exploración, la alienación, la soledad, la imposibilidad de crecer, la deshumanización de las relaciones afectivas, la edulcoración de las pasiones, las utopías muertas.
La cultura del consenso, filtrada por la túrmix del mercado, camufla la realidad manteniendo un discurso único, que a menudo coincide con la corrección política. Es una cultura que no incomoda a nadie – lejos quedaron esos espectadores burgueses a los que Buñuel mostró cómo se rebanaba una pupila con una navaja de barbero – y que se reduce a su acepción espectacular, sentimental o anestésica: la cultura constituye el placebo, el elixir del olvido, la fast food cultura – lo uso y lo tiro, lo como y lo… - que necesitan hombres y mujeres atenazados por una vida cotidiana que prefieren no ver y de la que necesitan descansar a través de las ficciones. En este sentido, la literatura – y especialmente, las narraciones – no sería muy distinta del pan y circo, del pan y toros, del pan y fútbol o del pan y telenovelas que caracterizó a multitud de regímenes totalitarios y que, hoy, caracteriza a democracias liberales que fomentan el concepto de una cultura de prestigio donde la cantidad – el número de ventas – es el criterio para establecer la calidad de una obra.
En definitiva, el concepto de la democracia en el ámbito cultural – un tema sobre el que habría mucho que pensar y que decir- se rompe en los añicos de una demagogia que banaliza la idea misma de cultura y repercute negativamente en la enseñanza y en la educación de unos niños que, cuando les preguntas qué quieren ser de mayores, asumen muy bien la ley del mínimo esfuerzo, la idea de que el que no roba es tonto y el eslogan del todo vale – tres de las consignas más populares de nuestra ideología invisible – y responden que su sueño es convertirse en personaje de las revistas del cotilleo o en estrella de un reality show.

Marta Sanz, No tan incendiario (fragmentos)

Quiero escuchar a los que tienen algo que decir. Porque lo han pensado dos veces. Porque han sudado tinta. Porque no basan su conocimiento en la maldad o en la ocurrencia. Siento nostalgia del antiguo catedrático de griego y de la profesora que, en 1ro de BUP, se ensuciaba la pechera de tiza dibujando un cuadro sinóptico – las llaves eran casi perfectas caligráficamente hablando -, de las escuelas presocráticas. Siento nostalgia del oráculo de Delfos, de las brujas de Macbeth y de las viejas, ciegas y caníbales, que luchan por la posesión de su ojo de cristal, de la versión de Furia de titanes que rodó Desmond Davis en 1981 con efectos especiales y producción de Ray Harryhausen. Quiero que vuelvan los eruditos: contradigo el buenrollismo de Ignacio Sánchez-Cuenca que se felicita por la desaparición, propiciada por el acceso al dato en internet, de la ancestral especie de los eruditos. Me parece mucho más temible la proliferación de colonias de alumnos copiones y quiero que vuelvan los intelectuales, los empollones, los sacerdotes laicos, los científicos darwinistas, los intérpretes de la realidad y del origen de las especies, los que se toman en serio su colección de sellos del mundo, los divertidísimos iluminados, las maestras ciruela, los que descubren las vacunas y escriben libros que cuentan cosas que no queremos saber; como Alberto Luna en Una puta recorre Europa (Caballo de Troya, 2008), que en la contraportada de esta primera novela, recoge algunos puntos fundamentales de su poética: su intención de “buscar las zonas oscuras del presunto lustre de las democracias occidentales”, de “hacer visible lo invisible” y, sobre todo, de poner al servicio de tales propósitos las estrategias de la literatura de masas. O sea, luchar contra el poder utilizando sus armas y convirtiendo al autor en una especie de buen terrorista de la literatura. Pero todos esos se están convirtiendo en una manada trémula de escritores melancólicos o en niños hiperactivos que buscan un bote salvavidas – salvarse de la muerte – con la excusa de la hipertecnologización. Quiero escuchar a alguien que tenga algo que decirme. Mientras tanto, desconfío de la escritura colectiva y de las performances. Mueven mucho dinero.

[…]

En realidad, esta última modalidad de escritor es la más común, pese a la generalizada creencia de que el escritor es un ser mítico que vive gracias a anticipos millonarios, tiene caprichos de diva – J-Lo sólo se aloja en lugares entelados de blanco escrupuloso – y se hospeda en hoteles de siete estrellas. A la mayoría de los escritores – a la masa, al  proletariado de los escritores que ya ni siquiera se desclasan con la escritura porque el prestigio del artista está muy mermado – nunca se les paga lo que de verdad cuesta su libro: el precio oscila entre nada y menos de un euro por hora. Hagamos el cálculo: si por un libro en el que se ha trabajado dos años – setecientos treinta días por ocho horas de trabajo al día son cinco mil ochocientos cuarenta horas trabajadas -, se da un anticipo de seis mil euros brutos, eso significa que cada hora de trabajo de alguien que escribe se paga a poco más de un euro. Imaginemos que el anticipo es doble, el precio por hora trabajada sigue siendo miserable. El escritor no es un minero y no se le permite hablar en términos de trabajo y de salario: será que la escritura no es un oficio, sino un don de Dios. Será que los escritores caminan sobre las aguas y mastican éter. Será que los escritores para pagar la hipoteca se deben buscar un trabajo decente: profesor de instituto, camarero o tornero fresador. Actividades con una verdadera utilidad social. Porque al fin y al cabo, la escritura es un placer para quien la practica. Porque, al fin y al cabo, nadie se juega nada escribiendo y la escritura – literaria – no sirve para nada. Absolutamente. Todo eso se lee y se escucha. Yo reivindico para los escritores o bien el espacio sagrado perdido, o bien el beneficio que les corresponde por producir “ocio de calidad” – bienes suntuarios, bisutería, analgésicos – en la sociedad el mercado.
[…]


Propongo que escribamos textos, no sólo “historias”. Que sorteemos la trampa posmoderna de la idolatría del entretenimiento sin caer en el polo contrario de la “cultura erudita”, de la cultura ladrillo, endogámica y endoliteraria, la cultura de círculos viciosos que, hablando de ella misma, evita hablar de cualquier cosa – la vida, la realidad, el mundo -, esa cultura tan reconocible en las poéticas actuales. Propongo escribir textos que duelan. Frente a las visiones edulcoradas de la realidad, toda la literatura tendría que doler y alejarse de esas bonitas perspectivas irónicas que no son más que un tupido velo para tomar distancia y para separar “inteligentemente” los labios sin causar muchas molestias practicando el ejercicio de la corrección política. La autocensura. La actitud que garantiza un lugar en el mundo.