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SAKURA-GARI**




«Si la muerte fuera mala estaríamos rodeados de animales enloquecidos.»  Rainer María Rilke

 



Las dos amamos el silencio, y soy siempre yo, la torpe, la que no puede andar por él sin romperlo, como si fuera una capa de hielo que se resquebraja y se hace ruidos en lugar de trizas. Sakura en cambio no lo rompe, sus pasos y sus saltos caen como los copos de nieve y las superficies los reciben sin oponerse. 


Así vino a mí esta mañana, sin romper el silencio. Yo no tardé en hacerlo: calenté agua y puse yerba en el mate, corté fruta y cada movimiento mío se tradujo en una grieta de sonido. 


Ella hizo ochos rozándome las piernas. Maulló un saludo o tal vez el pedido de la primera ración de comida.


Después de comer un poco volvió a mirarme y me preguntó si yo estaba bien. Hacía mucho tiempo que no me hablaba.


Me sugirió algo acerca del pasto e insistió en que debía probarlo, a lo que finalmente respondí que yo era así, que mi gesto no tenía que ver con ningún malestar físico sino con mi espíritu nostálgico, tal vez melancólico.


Ella preguntó qué era «nostálgico» y me quedé pensando.


Finalmente le dije que se trataba de extrañar el pasado.


Pegó un salto silencioso del piso a la mesa y dijo, mientras se acercaba, sinuosa como es ella, «¿Qué es pasado?».


«Cuando salís de la casa y vas al fondo, a trepar el liquidámbar y aquella pared, la casa es el pasado, cuando saltás a la pared, el jardín es el pasado».


Hizo un sonido suave, una eme larga, pasando el costado de su cuerpo contra el frasco de vidrio azul en el que guardo el té. Seguramente pensó que si era así, yo debía, simplemente, volver al pasado, como ella volvería del jardín a la casa si quisiera.


Se acercó y se sentó en el triángulo dorado de sol sobre la mesa, junto a la pava*. Yo seguí pensando cómo explicar mi espíritu, su melancolía.


Pensé y no dije que el espacio se parece a la tierra y el tiempo al aire y que no puedo volver al aire que acaba de entrar cuando abrí la ventana.


«Es como si al salir al jardín dejaras las patas dentro de la casa», dijo.


Sonreí.


Según esa imagen, yo tenía las patas en el pasado y las manos en el mañana. Solo el torso con sus vísceras y sus miserias, en el presente, incómodo.


«Sí», dije, «las manos en el miedo a perder».


«¿Qué es perder?», dijo ella estirándose.


«Es no tener».


«¿Qué es tener?», dijo, estirada al sol.


«Es una forma de poder sobre las cosas».


«Tomarlas», dijo y se volvió sobre su lomo.


«Tomarlas… o más bien disfrutarlas», dije.


Desde ese punto de vista, pensé, ella tenía todo, disfrutaba cada cosa.


«El tema no es lo que tenemos sino lo que no tenemos», agregué.


Vi cómo se le erizaba el pelo, ahí en la línea negra del lomo que luego se derrama en líneas verticales que caen por sus costados simétricos.


El tema, me repetí, es lo que no tenemos.


También era todo lo que ella no tenía.


Como siempre: ella no iba a ver cuál era el problema.


«El problema, dicen, es lo que queremos», agregué y eché un hilo de agua sobre la yerba, en el mate.


Ella me miró y dijo «Querer es el hambre, lo recuerdo», y se puso en posición de ataque, haciendo pequeñísimos movimientos con sus patas traseras.


«Sí, y hay quienes creen que lo ideal es no tener hambre nunca».


Ella miró la heladera y sentí que me acusaba.


«Satisfacer un hambre genera otro, Saku», dije en mi defensa.


Ella entrecerró los ojos un poco y miró hacia el otro lado.


El riesgo de nuestras conversaciones era que ella perdiera el interés. Cuando esto ocurría, simplemente se lamía una pata o maullaba: dejaba de hablar.


Era claro que la idea de no satisfacer el hambre no le resultaba interesante. Intenté continuar. «¿Es mejor el hambre o la comida?», improvisé.


Ella entreabrió un poco los ojos que ya había cerrado. Parpadeó. «Lo mejor ocurre entre las dos», dijo lamiéndose una pata.


Si no tuviera más hambre, pensé, se quedaría en ese lugar. La imaginé echada, como ahora, en ese lugar perfecto de no deseo, tan de Dios.


Pensé en mí, mi vida, corriendo detrás de cosas que no quiero. Pero era demasiado obvio para decírselo a ella. Ya habíamos hablado una vez acerca del dinero. La pena que sintió por mí aquella vez me hizo jurar que no iba a volver a ponerme tan en evidencia en frente suyo.


«Lo que ocurre cuando comiste», dije, «se parece a la muerte».


«Entonces», dijo, «la muerte es buena».


No tenía forma de desmentir aquello y dejé en el aire un inaudible «No creo» y le acaricié la cabeza. Ella se arqueó para prolongar la caricia por su cuello.


«Lo que ocurre entre las dos», había dicho ella. Lo que le gustaba era esa especie de jardín entre el deseo y la satisfacción.


Sin darme cuenta, estaba acariciándole el lomo y ella ronroneaba estirada sobre la mesa.


Recordé el cuento en el que un hombre que sufre un accidente doméstico va al campo y acepta batirse a duelo a cuchillo con unos gauchos. Ese hombre, que nunca ha usado un cuchillo para pelear, camino al campo, acaricia un gato que vive en la eternidad del instante.


Con la mano izquierda eché agua al mate, y di dos sorbos en silencio.


El motor del ronroneo temblaba en mis dedos y en mis dedos hubo algo de esa eternidad.


El sol se había ido moviendo de la mesa y ya no entraba en la cocina. Pensé que los sábados mi vida se parecía a la de ella: tengo mínimos rituales de acicalamiento como darme un baño largo, honrar la higiene o intentar alguna forma de cuidado personal. A veces simplemente me miro al espejo. Es una ceremonia que suele tener dos partes: una primera en la que veo mi imagen y otra en la que veo mi mirada y el extraño juego de compensaciones que se ha dado entre las dos. Cuanto más se hace necesaria, más compasión hay en mi mirada. O no: la medida no es la necesaria, es mayor. La compasión supera aquello que viene a perdonar, a esa especie de cansancio en mis mejillas, en el entrecejo, alrededor de mis ojos. Lo que llamo compasión en mi mirada es lo que antes habría llamado conformismo o hasta abandono. ¿Quién de las dos tiene razón, la que fui o la que soy?


Intenté mirarme a través de los ojos de Saku: me veía igual, un poco más lenta tal vez, más gruesa, más calma. Debía verme como el árbol del fondo cuando cambia el color de sus hojas o las pierde.


Además de rituales, los sábados a veces hay celebraciones. Momentos de brillo que veo ascender, expandirse en el cielo, hacerme feliz, apagarse. Mi hijo, un par de amigos, mi vecina de al lado.


Saku tiene un amigo, o tal vez varios. Tuvo o tiene padres y cachorros. Ha recibido de unos y les ha dado a los otros lo que debía, y luego, con elegancia y sin pena, los ha dejado atrás, como hace el otoño con el verano.


Los cachorros nacieron en el baldío de al lado. Nunca los vi. Ella subía y bajaba por el liquidámbar. La vi preñada, luego dejó de venir, y al tiempo regresó, muy delgada. No sé cuándo empezó a pasar más tiempo aquí que al lado. Tampoco sé qué pasó con sus pequeños. Sé tanto de ella como ella de mí.


O tal vez sé tanto de ella como de mí. Mis pequeños, qué pasó con ellos podría preguntarme ella y yo podría darle una respuesta pobre, quiero decir, parecida a la que ella podría darme acerca de sus cachorros en el baldío. «Hicieron su vida», tal vez diría ella o yo.


¿Habrá tenido amores? Seguramente. Han pasado, como los míos. Tal vez no tenemos más que el presente, pero esa es una idea más de ella que mía.


Se estiró y abrió apenas los ojos, con destellos dorados. Volvió a cerrarlos, siguió durmiendo.


Después de un rato se estiró y me preguntó por qué quería hablar de la muerte. Le respondí que cuando se habla de eso no hay mentiras.


«¿Qué es una mentira?», dijo.


«Es como cuando vas a atrapar un pájaro y te escondés entre el pasto. Mentir es como esconderse», dije.


«Mentir es divertido entonces», dijo y se dio vuelta sobre el lomo.


De nuevo yo me veía en una esquina del laberinto de nuestras conversaciones: si mentir era divertido, hablar de la muerte no lo era.


«Hablar de la muerte también es divertido», dije, «hay más riesgo».


Hizo un sonido largo, maullido a medias.


«Y esto que hablamos», dijo, «¿vas a escribirlo?».


«No creo», dije, «no tiene tensión». Y antes de que ella preguntara agregué, «la tensión es como cuando intentás atrapar un pájaro: no sé si vas a lograrlo o no, entonces me quedo mirándote».


«Entiendo», dijo, «no hay tensión porque sabemos: nosotras no vamos a morirnos».


Sonreí. No quería decirle que un día iba a ser un pequeño tigre frío y yo la iba a enterrar en ese mismo jardín, en una caja de zapatos, que no iba a cazar más, ni a trepar el liquidámbar del fondo ni los álamos por los que sube al balcón. Tampoco quise decirle que tal vez antes yo no iba a abrirle las puertas ni las ventanas ni iba a servirle el alimento ni el agua en sus platitos morados, que no iba a escuchar más mi voz diciendo su nombre.


Y tal vez porque yo me quedé muy callada o porque un viento suave agitó los álamos como si preguntara, ella siguió hablando.


Explicó, con esa voz tan suave y tan llena de matices que ningún humano podría imitar, que ella no iba a morir.


Al principio continué sonriendo: creía saber algo que ella ignoraba, como si yo hubiera estado en un lugar más alto y hubiera podido ver más lejos.


Pero ella siguió hablando y me di cuenta de que se sentía o creía ser, o debería decir que ella era, parte del jardín, parte del liquidámbar y de los álamos, parte de las hormigas y los cascarudos, las babosas y caracoles y grillos y cigarras, de la noche y del día como eso que giraba envolviéndonos. Las estrellas eran parte de ella como lo eran las líneas negras que salen egipcias del rabillo de sus ojos verdes, dorados. La brisa, la luna, el barro. Ella es una parte y eso la hace ser el jardín entero y el baldío de al lado y el barrio y el mundo alrededor y todos los otros gatos que son y que fueron.


Cuando entendí, dejé de sonreír.


Apoyé mi cabeza junto a ella, sentí el sol, y dije, más clara y más tranquila, más parecida a ella:


«Yo tampoco voy a morir, Saku. Claro que no».


 

Alejandra Kamiya

La paciencia del agua sobre cada piedra, 2023






** «Gari» significa cazar y «sakura» es la flor del cerezo. Una posible traducción sería algo así como salir a cazar flores de cerezo, o sea, pasear buscándolas.


* pava, en Argentina, se refiere al recipiente que se usa para calentar agua para el mate


 

 


 

 

PARTIR

Amanezco antes que el sol. Camino descalza por la casa y me siento frente a la ventana. El verano se está yendo. 

Ahora, todo parece quieto. Como pasos, algo late. 

Miro la palabra “parto” por todos lados, como si fuera un cubo. 

De un lado, veo a mi papá, en kimono, empacando trajes. 

Las valijas son de cuero y tienen correas como cinturones. Las paredes son de papel de arroz y las puertas, corredizas. Puedo ver la escena completa. Es suave. 

Doy vuelta el cubo y pienso que él partió no cuando salió de Japón sino cuando decidió quedarse en Argentina. De esa escena me falta una pieza. Hay algo en esa decisión que no entiendo. 

Miro el otro lado de la palabra. “Parto” también es el acto de llegar a la vida. 

Una sabe cuándo es el momento. No por los cálculos del médico, sino porque una lo reconoce, como se reconoce a alguien a quien se espera apenas se dibuja su silueta. O antes. 

Una acepta lo que siente. El médico “da” una fecha, como una sentencia. 

Decido no ir a trabajar. Me quedo todo el día en casa. No como y camino de un lado al otro, como los leones en las jaulas. Soy el león y soy la jaula que lo encierra. 

Pienso en mi infancia. 

Me di cuenta de que éramos diferentes cuando fui al colegio. 

Los otros chicos se estiraban los ojos con los índices y me decían “china”. Yo les decía que era japonesa y ellos decían que era lo mismo. Yo no les respondía. No entendía por qué decían eso, ni muchas otras cosas. Me gritaron, me empujaron y algunos me golpearon. Todos ellos parecían muy enojados conmigo. 

Cuando creí que todo había pasado, como pasan los terremotos, dos chicos más grandes que yo, en el baño de varones del colegio, hicieron llorar a mi hermano. Nunca supe por qué. 

Desde ese día empecé a hablar en primera persona del plural. 

Los terremotos no son solo el temblor de la tierra y una de las primeras palabras que aprendió a decir mi papá. Para los japoneses, son una posibilidad. 

Ellos, los otros chicos, estaban enojados con nosotros. 

Yo no decía nada sobre otros gestos que veía. Como por ejemplo que no agradecían. Como si las cosas hubiesen estado siempre donde las encontraban, y nadie las hubiese puesto ahí́ para ellos. La comida, la ropa, los juguetes.

También dejaban los zapatos tirados. No los acomodaban paralelos como los pies, y de modo que no quedaran en el paso o desalineados. A veces quedaban con la suela hacia arriba y los cordones atados, y ellos demoraban cuando querían volver a ponérselos. 

Después conocí a sus familias y sus casas. También eran diferentes. O éramos nosotros los diferentes. Yo no sabía. 

La comida que más me gustaba era huevas de salmón. Mi papá las traía a veces, de los barcos. Los otros chicos no las conocían. Tampoco sabían dónde estaba Japón, y que había habido una guerra fuera de las películas. 

Siendo adolescente me enojé con el cine porque embellece la guerra. La guerra no es así, pensé. Cuando le pregunté a mi papá, él me habló del miedo, me describió las noches de apagón y el intento de esconderse en la oscuridad. De repente algo que rasga el silencio y crece. Después, un desfile de pájaros blancos enormes. El ruido es una vibración en el cuerpo. El silencio está hecho pedazos en el suelo. Él despliega los brazos. Tiene los ojos muy abiertos y mira al cielo que afuera es celeste y él y yo vemos negro, sentados en el comedor de casa. Los aviones que venían a bombardearlos. Me dijo que eran bellos. Espantosamente bellos. 

Dejo de mirar los cubos de las palabras y las imágenes. Mi cuerpo me llama. 

Reconozco una de las señales que me enseñaron en el curso. Es el momento. 

Son más de las once de la noche. Hago las llamadas de aviso. Mis padres me dicen que vienen a buscarme. Estoy tranquila y espero. Estoy sentada en el living de mi casa. Todavía suena la música que había puesto. Bach. Hay cosas que son universales. La mayoría recorremos más o menos los mismos caminos. Con algunas diferencias. 

No tengo televisión. Cuando era chica tampoco teníamos. Por elección. Es difícil explicar por qué uno elige algunas cosas cuando lo hace desde un lugar donde no hay palabras. Mi papá cuando era niño se dormía mirando las vetas de la madera en las vigas de la casa. La televisión no es necesaria. El cubo muestra otro de sus lados. 

Sigo esperando. Las piernas cruzadas en posición de loto, una mano por encima y otra por debajo de la panza. El futuro irrumpe en mí y es casi un reflejo mirar hacia el pasado. Insiste mi infancia: los otros chicos no corregían nunca a sus papás como yo, que a veces le decía al mío que se decía “vaso” y no “taso”, que yo me imaginaba que era el masculino de taza. Adopté ese lugar que es la diferencia como mío. 

Algún lugar tenía que adoptar: el país en el que vivía me consideraba extranjera y al otro ni se me ocurría ir. 

Veinte años después fui. Y también fui extranjera. Me dolió como duele un golpe dado en una herida. Sufrir, amar, partir, dice el tango. A mi papá no le interesa el tango, ni el fútbol. Se quedó por otras cosas. No veo un lado del cubo, como si estuviera incompleto.

Al conocer Japón conocí más a mi padre. No tanto por lo que tenían en común sino por lo que los diferenciaba. La rebeldía, prolija y tenaz, por ejemplo.

Levanto el cubo y miro otro lado. Partir es hacer mitades, dice el diccionario.

Mitad: half. Así se llama en Japón a los hijos de un japonés con una persona de otra raza.

Antes se usaba la palabra ainoko, que significa algo así como hijo del amor, pero después de la guerra esa palabra empezó a tener una carga despectiva porque se usaba para los hijos de las japonesas con soldados americanos. Hijos del enemigo. 

Así que yo soy half. Soy japonesa en Argentina y argentina en Japón, así, con las minúsculas para mí y las mayúsculas para el país. 

Partir también es romper, agrega el diccionario. Romper, separar partes. Otro lado del cubo. Mi papá dejó en Japón a su madre, viuda desde que él tenía dos años y a su hermano, enfermo desde la guerra. 

Mi abuela se llamaba Katsu y dicen que yo me parezco a ella. 

No la conocí salvo por historias que contaba mi papá y una foto que vi una vez en la que busqué a la mujer fuerte que mantuvo sola a su familia y a la de su marido, perdiéndolo todo varias veces durante la guerra. 

En la foto había una viejita que parecía una ciruela de esas que en Japón se llaman umeboshi. Chiquita y arrugada, incómoda ante la cámara. 

Sobre todo ahora dicen que me parezco a ella. Ahora que voy a tener a mi hijo sola. Sola a los cuarenta. Dijeron que soy “añosa” y a mí me sonó a árbol. Los árboles no paren. Algunas conjugaciones del verbo “parir” parecen más relacionadas con detenerse o estar de pie, que con dar a luz. Los árboles no dan a luz. Dan sombra. 

En lo que sí me siento parecida a un árbol, más ahora que a los veinte años, es en la solidez. Cierta forma de fortaleza. 

Una de las formas de decir fuerte en japonés es Kenta. Qué palabra tan bella… 

Llega el dolor del que me habían hablado. Interrumpe y devora todo. No grito como en las películas. La casa está en silencio. 

Llegan mis padres, juntos, como en los últimos cuarenta y dos años. 

Se casaron a los pocos meses de conocerse. Mi papá tuvo un solo invitado a su casamiento: un empleado de la empresa para la que había venido a trabajar. Mi mamá en cambio tuvo cientos, porque estaba en su ciudad y esa ciudad era chica. 

Casarse con un japonés era lo más raro que alguien podía hacer en Necochea. Una vez leí que la forma más extrema de la exogamia es casarse con alguien de otra raza. 

Después vinieron a vivir a Buenos Aires. La oficina en la que trabajaba mi padre estaba en La Boca, cerca del puerto, en el que entraban los barcos pesqueros que atendía. 

Él tenía dos jefes. Para un japonés un jefe no es lo mismo que para un argentino. Las jerarquías se graban de un modo profundo. No es un orden caprichoso, es algo férreo. 

Los jefes le dijeron un día que trajera a su mujer para cenar juntos. Mi papá le dijo a ella el día y la hora. Iban a esperarla en la puerta de la agencia. Ella tomó dos subtes y llegó seis minutos tarde. Cinco minutos después del horario acordado, los jefes dijeron que iban a ir caminando hacia el lugar, que ella fuera cuando llegara. Mi papá se quedó a esperarla. Ella llegó unos segundos después. Los jefes caminaron unos metros por delante sin darse vuelta. Mis padres, detrás. 

Los jefes estaban ofendidos por la demora, mi madre, por sus modales. 

Mi papá estaba entre ambos, partido. O multiplicado. 

Ella siempre lo acompañó. Como acompañan las paredes de una casa al techo. Siempre estuvo de un modo casi invisible, como en esto que escribo. Y a veces me parecía más japonesa que él. 

Ella toma el tiempo entre un dolor y el otro. Mi papá maneja. 

Recostada en el auto veo pasar plátanos, tipas, arces. El dolor los borra. En su lugar deja un desierto sin árboles. 

Partir es dividir. Dividir es saber cuántas veces cabe un número en otro. 

Cuánto cabe en uno. Uno, punto de partida. Allí cabe todo. 

Mi padre eligió quedarse en esta tierra por mi mamá, y otros motivos. Los busco. 

Una vez me dijo que se había quedado por el puente que está frente a la Facultad de Derecho en la avenida Figueroa Alcorta, y porque en un bosque del sur (creo que en Bariloche) los árboles que se caen no son retirados sino que se dejan para que formen parte del paisaje. 

Los árboles caídos también son el bosque. 

La idea de la muerte siempre fue diferente en mi casa. No era lo opuesto a la vida, sino una parte de ella. 

Puedo hacer una lista de las palabras que en mi casa tenían un significado diferente al que tenían afuera: muerte, yo, invierno, otro, sal, esfuerzo, palabra, beso, honor, abuelo, espera, té, trabajo, comer, silencio, aceptar, dolor. 

La partera dice que no debo tener contracciones porque si no estaría quejándome. Mi madre le dice que yo no me quejo, y me da la mano. 

Mucha gente se queja del tiempo. Jamás escuché en casa de mis padres quejas sobre el sol o la lluvia, el viento, el rocío, la escarcha. 

La partera hace el control y antes de terminarlo llama al anestesista y al obstetra de urgencia. 

Suelto la mano de mi madre.

Una hora después mi bebé está en mis brazos.

Sólo puedo decir las mismas frases ya dichas por todas las mujeres al ver a su hijo.

El médico llena una planilla sin mirarme. “¿El nombre?”, pregunta, ahora mirándome.
Veo mi sangre en los guantes que aún tiene puestos. Busco adentro.

“Kenta”, respondo.

Vuelvo a decir el nombre para dárselo a mi hijo. Suave y firme, repito: Kenta.

Siento que soy una parte de algo mucho más grande. 

Algo que empezó del otro lado del mundo, donde la gente acomoda los zapatos cuando se los saca, y sigue acá, donde la gente los deja como quiere. 

  

Alejandra Kamiya, Los árboles caídos también son el bosque (2015)

 

SOLA


Alejandra Kamiya


Toda la oscuridad del mundo cabe en una habitación pequeña. Porque la oscuridad no deja intersticios como dudas. No distingue entre rincones o espacios abiertos, no hay para esa boca nada demasiado ínfimo ni demasiado grande. Es de lo que no tiene medida, como Dios o el miedo.

Esa noche, Eva abrió los ojos y fue como si no lo hubiera hecho. Entonces giró, pesada, buscando el cuerpo de Antonio, esa roca cálida donde apoyarse, donde hacerse una cueva. Eva giró hacia él, pero él no estaba ahí.

Lo esperó, en un tiempo que casi no pasaba, pero Antonio no volvió.

Entonces Eva lo llamó, con voz suave, se sentó en la cama y dijo su nombre como si lo preguntara. Echó el cuerpo un poco hacia atrás y con el impulso se levantó.

Cerrándose el deshabillé con las dos manos buscó por la casa el temblor de luz que pasa como un fantasma de un ambiente a otro, la línea blanca debajo de alguna puerta, el resplandor azul del televisor en el sofá. Pero la oscuridad se repitió una y otra vez.

Antonio no estaba en el baño, ni en la cocina, ni en el escritorio.

Su ropa y sus cosas estaban como él las había dejado, en la silla y ordenadas. Esperándolo.

Tal vez algo lo había despertado, un vecino, una alarma, un grito. Cualquier cosa puede pasar en las horas vedadas a la luz.

Eva se sirvió un vaso de leche y se sentó en un banco de madera en la cocina.

En treinta y siete años, Antonio nunca había hecho algo así, salir en medio de la noche sin avisarle. "Pero los dos hacemos cosas que antes no hacíamos", pensó Eva, y tomó la leche despacio.

Antes se habría molestado, pero el tiempo le había erosionado las puntas y la había redondeado por dentro, podía aceptar sin entender y rodar con suavidad sobre los hechos.

Volvió al cuarto e intentó leer.

"Salir a ayudar a alguien, eso sería típico de él", pensó y cerró el libro.

Una presencia tiene un espacio limitado. La ausencia, en cambio, lo ocupa todo. Eva estaba acorralada en la espera.

Sentada en el sofá con una mano a cada lado se dejó invadir por los pensamientos que normalmente ahuyentaba, como alguien que ya no se espanta las moscas y se deja cubrir la cara por ellas. El paso del tiempo, Paloma, el dinero, la muerte.

Abrió la puerta del balcón.

La noche estaba quieta y era perfecta.

Miró el reloj del living. Si llamaba a Paloma iba a despertarla y seguramente Antonio iba a aparecer por la puerta justo en el momento en que Paloma atendiera.

Unos minutos después llamó. La voz diurna de Paloma en el contestador. Siempre se sorprendía un poco de la voz de Paloma. Cortó. Como de costumbre, Paloma iba a enterarse de todo cuando ya hubiera pasado.

"Alfonso", pensó Eva como si lo gritara. Cerrándose el deshabillé con las dos manos bajó al primer piso del edificio. Tocó un timbre corto y esperó. Insistió.

Recordó los ladridos agudos del perro del encargado, su modo de olfatear debajo de la puerta, su jadeo. Pero eso no ocurrió.

"Lidia", pensó después y subió al tercer piso. Una mano en la baranda, la otra levantando el deshabillé para no pisarlo. "Lidia", repetía por dentro.

El ruido del ascensor le pareció enorme, pero el silencio se lo tragó enseguida.

Eva tocó el timbre del departamento de su amiga. "Casi no puede caminar", pensó. Tocó de nuevo. Una vez más. Lidia no respondió.

Entonces la luz del pasillo se apagó y Eva permaneció a oscuras un momento, un tiempo breve y profundo como un cuchillo infinito que hundiéndose en la tierra pudiera acercarse al centro.

Cuando el momento pasó, Eva tocó el interruptor de la luz y miró el pasillo, las puertas iguales y equidistantes, mudas como bocas cerradas, ciegas como ojos blancos, falsas e infranqueables como la sonrisa de un muerto. Una larga fila de puertas inútiles.

Las golpeó una a una. Primero con los nudillos. Después con los puños y con las manos abiertas. Finalmente, apoyando en ellas la frente, la mejilla, el pecho. Ni una respuesta, solo el cansancio y el silencio. Hizo lo mismo en varios pisos hasta que se vio frente a su propia puerta, igual a las demás, idéntica, pero reconocible entre todas como si fuera única.

La abrió despacio, sintió el peso del cuerpo, la ropa húmeda contra la piel.

Dijo "Antonio" por toda la casa, arrojando el nombre al aire cada vez con más fuerza, después con menos.

Se quedó quieta, como si pudiera escuchar algo en el silencio.

Antes de salir miró largamente cada cosa, pasando su mirada por todos los rincones, porque es el modo de acariciar una casa y sus objetos.

En los espejos enfrentados del ascensor se repitió mil veces, pero no se vio ni una.

Por la calle no pasaban autos. No había nadie caminando, nadie paseando el perro, nadie volviendo de madrugada ni saliendo temprano a trabajar.

Caminó hasta la avenida.

Los semáforos cambiaban de colores, solos. "Locos", pensó, "parecemos locos".

Dejó de andar por la vereda y se paró en medio de la avenida muerta. Escuchó el ruido interno del semáforo que estaba junto a ella, un acoplarse de dos piezas, clac, y un sonido largo, como si algo se deslizara, sssss, y el acople de nuevo.

"Antonio", dijo Eva. "Paloma, Lidia, Pablo, Ana, Jorge...", a cada paso le dio un nombre o a cada nombre un paso, para poder avanzar en medio de aquello.

Todo se había vaciado.

Pianos cerrados para siempre, triciclos quietos, espejos vacíos, escaleras sin sentido, mesas a las que nadie se iba a sentar, palabras que habían soltado lo que nombran y se alejaban como globos para diluirse en el silencio. Ya no importaban ni la tinta de las lapiceras ni el filo de los cuchillos. Todo estaba vacío.

Todo vacío y Eva comprendiéndolo.

Pero no los árboles, los árboles estaban llenos de sí mismos. "Siempre quedan los árboles", dijo Eva y escuchó su voz al decirlo.

El parque estaba lejos y Eva no tenía más fuerzas.

Buscó la luna en el cielo. La usó para avanzar, como si la hubiera enlazado y se dejara arrastrar aferrada al lazo. Caminó despacio mirándola fijo. Dándoles nombre a los pasos. Agradeciéndoles a sus huesos.

Esperó el miedo, el gran miedo, pero lo que le vino fue un miedo manso que es como decir un tiburón manso o un tigre manso, porque el miedo cuando viene tiene que venir a comerle a uno el corazón.

Al llegar no eligió los bancos, sino la tierra bajo una lambertiana.

Apoyó una mano en el tronco y se dejó caer de costado. El deshabillé se le abrió y no se lo cerró. La mejilla buscó la corteza.

El cielo estaba empalideciendo como si hubiera enfermado y Eva sintió que el sol salía en vano, que no amanecía del todo si no había pájaros.

Los pensamientos que antes la habían ocupado habían desaparecido, caídos como moscas muertas al piso. Solo uno continuaba en vuelo produciendo un zumbido.

Eva dejó caer los párpados y solo entonces vio caras. Las últimas caras.


De La paciencia del agua sobre cada piedra (2023)