Persigamos esa mirada

Silvina Ocampo (Buenos Aires, 1903-1993)

e l   s ó t a n o

 

Este sótano que en invierno es excesivamente frío, en verano es un Edén. En la puerta cancel, arriba, algunas personas se asoman a tomar fresco durante los días más cruentos de enero y ensucian el piso. Ninguna ventana deja pasar la luz ni el horrible calor del día. Tengo un espejo grande y un sofá o cama turca que me regaló un cliente millonario y cuatro colchas que fui adquiriendo poco a poco, de otros sinvergüenzas. En baldes, que me presta el portero de la casa vecina, traigo por las mañanas agua para lavarme la cara y las manos. Soy aseada. Tengo una percha, para colgar mis vestidos detrás de un cortinaje, y una repisa para el candelero. No hay luz eléctrica ni agua. Mi mesa de luz es una silla, y mi silla un almohadón de terciopelo. Uno de mis clientes, el más jovencito, me trajo de la casa de su abuela retazos de cortinas antiguas, con las que adorno las paredes, con figuritas que recorto de las revistas. La señora de arriba, me da el almuerzo; con lo que guardo en mis bolsillos y algunos caramelos, me desayuno. Tener que convivir con ratones, me pareció en el primer momento el único defecto de este sótano, donde no pago alquiler. Ahora advierto que estos animales no son tan terribles: son discretos. En resumidas cuentas son preferibles a las moscas, que abundan tanto en las casas más lujosas de Buenos Aires, donde me regalaban restos de comida, cuando yo tenía once años. Mientras están los clientes, no aparecen: reconocen la diferencia que hay entre un silencio y otro; surgen en cuanto me quedo sola en medio de cualquier bullicio; pasan corriendo, se detienen un instante y me miran de reojo, como si adivinaran lo que pienso de ellos. A veces comen un trozo de queso o de pan, que quedó en el suelo. No me tienen miedo, ni yo a ellos. Lo malo es que no puedo almacenar provisiones, porque las comen antes de que yo las pruebe. Hay personas mal intencionadas que se alegran de esta circunstancia y que me llaman Fermina, la de los ratones. Yo no quiero darles el gusto y no les pediré prestadas las trampas para exterminarlos. Vivo con ellos. Los reconozco y los bauticé con nombres de actores de cinematógrafo. Uno, el más viejo, se llama Carlitos Chaplin, otro Gregory Peck, otro Marlon Brando, otro Duilio Marzio; otro que es juguetón, Daniel Gellin, otro Yul Brinner, y una hembrita, Gina Lollobrigida, y otra Sofía Loren. Es extraño cómo estos animalitos se han apoderado del sótano donde tal vez vivieron antes que yo. Hasta las manchas de humedad adquirieron formas de ratones; todas son oscuras y un poco alargadas, con dos orejitas y una cola larga, en punta. Cuando nadie me ve, guardo comida para ellos, en uno de los platitos que me regaló el señor de la casa de enfrente. No quiero que me abandonen y si viene a visitarme el vecino y quiere exterminarlos con trampas o con un gato, haré un escándalo del que se arrepentirá toda su vida. La demolición de esta casa está anunciada, pero yo no me iré de aquí hasta que me muera. Arriba preparan baúles y canastos y sin cesar hacen paquetes. Frente a la puerta de calle hay camiones de mudanza, pero yo paso junto a ellos, como si no los viera. Nunca pedí ni cinco centavos a esos señores. Me espían todo el día y creen que estoy con clientes, porque hablo conmigo misma, para disgustarlos; porque me tienen rabia, me encerraron con llave; porque les tengo rabia, no les pido que abran la puerta. Desde hace dos días suceden cosas muy raras con los ratones: uno me trajo un anillo, otro una pulsera, y otro, el más astuto, un collar. En el primer momento no podía creerlo y nadie me creerá. Soy feliz. ¡Qué importa que sea un sueño! Tengo sed: bebo mi sudor. Tengo hambre: me muerdo mis dedos y mi pelo. No vendrá la policía a buscarme. No me exigirán el certificado de salud, ni de buena conducta. El techo se está desmoronando, caen hojitas de pasto: será la demolición que empieza. Oigo gritos y ninguno contiene mi nombre. Los ratones tienen miedo. ¡Pobrecitos! No saben, no comprenden lo que es el mundo. No conocen la felicidad de la venganza. Me miro en un espejito: desde que aprendí a mirarme en los espejos, nunca me vi tan linda.

 

Tomado de La furia y otros cuentos, 1959

CASA TOMADA

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

  

         Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

  


Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

—¿Estás seguro?

 Asentí.

—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

 


Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas quetanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

—No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resulta molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

 —Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

 

 

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba enseguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

 

 

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

 —¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.

—No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.


Julio Cortázar (1914-1984)

Bestiario, 1951

El lugar atento

«El miedo es un estado que me fascina. Es casi hipnótico, hasta diría trascendental por más místico que suene, en el sentido de que te pone fuera de todo control racional. Estás con la piel viva, tan asustada que a veces hasta se suspenden tus prejuicios y lo único que querés es entender qué tan peligroso es el monstruo que estás mirando a los ojos. Hay algo de atención absoluta, de espera abierta. No importa si estoy leyendo o escribiendo, siempre avanzo buscando este espacio porque hay algo en mí que ahí se despabila y se enciende, es difícil de explicar. Pero para volver a tu pregunta de las estrategias, sé que si de verdad quiero marcarle al lector un momento en un texto, tengo que intentar ir hacia ese lugar. No se trata del miedo en sí mismo, quiero decir, sentir miedo porque sí, andar regocijándose de terror en terror, no sé si eso me interesaría tanto. Lo que busco es la atención que se abre cuando se entra en el espacio del miedo. Imaginate que querés contarle un secreto a un amigo, en la vorágine de las ocho de la mañana de la estación Retiro: ¿creés que tu amigo te prestaría atención? Ahora imaginate que, de pronto, todos los pasajeros, los guardas de seguridad, los boleteros, los vendedores, todos, desaparecen, salvo vos y tu amigo, y con un gesto le das a entender que ese alucinante silencio tiene que ver con lo que le estás por decir. ¿Te prestaría atención? Ese es el estado al que me refiero. Quizá ni siquiera sea algo tan grandilocuente, sino la simple sensación de que hay otro dispuesto a apartarse un momento de sus propios pensamientos, y prestarte verdadera atención. No encuentro milagro más hermoso.»


Samanta Schweblin

En entrevista con Silvina Friera para Página 12, 25 de febrero de 2025

«La generación bífida»

 

Eduardo Haro Tecglen

El País, 26 de noviembre de 1988

 

La punta de la generación de quienes están por los 40 años -algo más, algo menos- se bifurca. Unos llegan al poder, otros a la muerte. Estuvieron juntos en una izquierda alegre, abierta, que se unía en las calles, en el vino, en ciertos conceptos generales de la libertad. Vivieron en las mismas comunas, salieron hacia París -o se impregnaron de él- o se fueron a Lisboa para lo de los claveles (¿se acuerdan?), compartieron los libros prohibidos, sufrieron los mismos golpes de guardias o de grupos derechistas. Ahora unos están en el poder, otros mueren. Darwin dijo algo de la supervivencia del más fuerte. Su largo título victoriano resumía ya: Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida. Ya había varios errores en el enunciado: considerar lo natural como algo benéfico y considerablemente oportuno encaminado hacia algo con un concepto de futuro mejor, pretender que la vida se plantea como una lucha exclusivamente, determinar que la naturaleza favorece unas razas contra otras y que ésas, por ser las más fuertes, son las mejores. De lo que fue punta de lanza de la ideología científica de su época salieron, a través de distintas revisiones, el liberalismo o concurrencia abierta (la lucha de todos contra todos), el fascismo, el comunismo estaliniano y los libertarismos aniquiladores: millones de muertos. La estirpe de ese pensamiento llega hasta hoy. Reagan ha sido el gran defensor de la supervivencia del más fuerte como equivalencia del mejor en el momento en que uno es más fuerte, nadie le va a discutir que es el mejor- y Bush ha recogido de ahí su puñado de votos para que todo continúe con los meros matices de moda o verbo que se requieran.


Añadiendo algo a Darwin se llegó a la frase de la "survival of the fittest", o la supervivencia del más adaptado (Herbert Spencer en Principiode biología). Será eso lo que está pasando aquí con esta punta bifurcada. La diferencia entre unos y otros es demasiado grande de todos modos y se ha producido en tan poco tiempo que constituye un fenómeno rápido y singular. Se ha formado la raza favorecida de los adaptados: acuden a los besamanos de los obispos, comen langostinos, llevan pianos de respeto a sus despachos, tienden moquetas hasta donde se abrigan de la calle, tienen escoltas, compran fraques, usan Visa Oro, viajan en Concorde, eligen trajes y corbatas de buen paño y buena seda, tienen asesores de imagen, cambian de esposas en busca de la riqueza, la elegancia o la popularidad, segregan unos seguidores que crean a su imagen y semejanza -lealtad y langostinos- y que ocupan los vigorosos puestos delegados del poder.Los otros vagan por los centros sanitarios pidiendo ayuda, a veces sólo alguna píldora para pasar el trago del insomnio, y no saben -son los inadaptados- encontrar el certificado del censo del barrio, la tarjeta de beneficencia, el papel del paro. Cuando llegan a los psicólogos desbordados, les aplican el rígido conductismo que no saben realizar. Escriben en periódicos casi clandestinos, se les niegan los micrófonos de las radiúnculas porque escandalizan, ya no se prestan libros unos a otros, sino harapos. Los guardias de las urgencias de los hospitales pueden rechazarles cuando son drogatas. Duermen en los bancos. No pueden ni acegerse al Plan de Empleo Juvenil -las hierbas que otro arrojó- porque son mayores.


Los vecinos de sus tabucos quieren expulsarles por su riesgo potencial. Cuando encuentran una secta donde podrían adaptarse al menos un rato, que les puede llevar a una granja con sus compañeras pálidas, sus compañeros de la otra punta bífida -los que gustan de santificar las fiestas- les encarcelan, les evacuan, les acusan de promiscuidad sexual o de ser pobres víctimas de lavado de cerebro. Los burgueses se cruzan de acera cuando les ven, los guardias vuelven a pegarles cuando arrastran sus últimas fuerzas en las manifestaciones contra las bases, la OTAN o a flor de las movilizaciones del día, M14. Están, se dice, locos. La Unión Soviética de antes percibió hace muchos años que esta inadaptación no podía ser sino fruto de una locura y llevaba al alcohismo.


Se respetan los derechos humanos: son estos marginales, alcohólicos, drogados, sidosos, literatos, poetas sin juegos florales, una peluca y una gabardina al juzgado para que se escapen. Ni siquiera intentan escaparse. Ni se les dejaría.


Es una generación curiosa, cuya doble faz -la que ríe, la que llora- no se ha dado fácilmente en otros tiempos históricos. Quizá en otros lugares se está produciendo algo parecido al mismo tiempo: digamos, Nueva York. Pero allí dificilmente constituyen una generación determinada -son de muchos estratos- ni han ido juntos con sus coetáneos a las manifestaciones ni compartido durante unos años la misma lucha y las mismas esperanzas. Es más un problema clásico de riqueza y pobreza desnuda, que aquí también existe, pero con otras características. Ahora impresiona Tom Wolfe porque lo cuenta; pero ya lo contaba mejor John Dos Passos, a los que leyeron escondidos los de las dos puntas de esta generación (Dos Passos se arrepintió y se adaptó en una época dura).


Esto es otra cosa. Algo darwiniano. La naturaleza ha seleccionado a los más fuertes, quizá gracias al meritorio esfuerzo de éstos por adaptarse a lo previamente existente y a lo que el general De Gaulle llamó "la nature des choses", y la lucha por la vida les ha dado el poder. Los otros, los caínes de aquella fraternidad -o tratados como caínes-, cometieron el error de querer adaptar la sociedad a sus ideologías. Creían que iban todos a lo mismo, y se equivocaban. Decía Bernard Shaw que sólo los tontos han creado los progresos del mundo, porque los listos se han adaptado a lo que había sin necesidad de inventar. También se equivocaba. Aquí los tontos son tontos para siempre y la naturaleza no tiene ningún interés en que sobrevivan. Por eso se van muriendo después de sufrir la marginación, la porra, el desprecio, el sermón, el conductísmo, las redadas, las visitas de alguna buena monja, el aislamiento en los lugares de trabajo, el abandono -con necesarias lágrimas de la madre- de las familias que consideran cualquier inversión en ellos como algo a fondo perdido, la calificación de irrecuperables. Qué tontos, qué tontos.

 

SAKURA-GARI**




«Si la muerte fuera mala estaríamos rodeados de animales enloquecidos.»  Rainer María Rilke

 



Las dos amamos el silencio, y soy siempre yo, la torpe, la que no puede andar por él sin romperlo, como si fuera una capa de hielo que se resquebraja y se hace ruidos en lugar de trizas. Sakura en cambio no lo rompe, sus pasos y sus saltos caen como los copos de nieve y las superficies los reciben sin oponerse. 


Así vino a mí esta mañana, sin romper el silencio. Yo no tardé en hacerlo: calenté agua y puse yerba en el mate, corté fruta y cada movimiento mío se tradujo en una grieta de sonido. 


Ella hizo ochos rozándome las piernas. Maulló un saludo o tal vez el pedido de la primera ración de comida.


Después de comer un poco volvió a mirarme y me preguntó si yo estaba bien. Hacía mucho tiempo que no me hablaba.


Me sugirió algo acerca del pasto e insistió en que debía probarlo, a lo que finalmente respondí que yo era así, que mi gesto no tenía que ver con ningún malestar físico sino con mi espíritu nostálgico, tal vez melancólico.


Ella preguntó qué era «nostálgico» y me quedé pensando.


Finalmente le dije que se trataba de extrañar el pasado.


Pegó un salto silencioso del piso a la mesa y dijo, mientras se acercaba, sinuosa como es ella, «¿Qué es pasado?».


«Cuando salís de la casa y vas al fondo, a trepar el liquidámbar y aquella pared, la casa es el pasado, cuando saltás a la pared, el jardín es el pasado».


Hizo un sonido suave, una eme larga, pasando el costado de su cuerpo contra el frasco de vidrio azul en el que guardo el té. Seguramente pensó que si era así, yo debía, simplemente, volver al pasado, como ella volvería del jardín a la casa si quisiera.


Se acercó y se sentó en el triángulo dorado de sol sobre la mesa, junto a la pava*. Yo seguí pensando cómo explicar mi espíritu, su melancolía.


Pensé y no dije que el espacio se parece a la tierra y el tiempo al aire y que no puedo volver al aire que acaba de entrar cuando abrí la ventana.


«Es como si al salir al jardín dejaras las patas dentro de la casa», dijo.


Sonreí.


Según esa imagen, yo tenía las patas en el pasado y las manos en el mañana. Solo el torso con sus vísceras y sus miserias, en el presente, incómodo.


«Sí», dije, «las manos en el miedo a perder».


«¿Qué es perder?», dijo ella estirándose.


«Es no tener».


«¿Qué es tener?», dijo, estirada al sol.


«Es una forma de poder sobre las cosas».


«Tomarlas», dijo y se volvió sobre su lomo.


«Tomarlas… o más bien disfrutarlas», dije.


Desde ese punto de vista, pensé, ella tenía todo, disfrutaba cada cosa.


«El tema no es lo que tenemos sino lo que no tenemos», agregué.


Vi cómo se le erizaba el pelo, ahí en la línea negra del lomo que luego se derrama en líneas verticales que caen por sus costados simétricos.


El tema, me repetí, es lo que no tenemos.


También era todo lo que ella no tenía.


Como siempre: ella no iba a ver cuál era el problema.


«El problema, dicen, es lo que queremos», agregué y eché un hilo de agua sobre la yerba, en el mate.


Ella me miró y dijo «Querer es el hambre, lo recuerdo», y se puso en posición de ataque, haciendo pequeñísimos movimientos con sus patas traseras.


«Sí, y hay quienes creen que lo ideal es no tener hambre nunca».


Ella miró la heladera y sentí que me acusaba.


«Satisfacer un hambre genera otro, Saku», dije en mi defensa.


Ella entrecerró los ojos un poco y miró hacia el otro lado.


El riesgo de nuestras conversaciones era que ella perdiera el interés. Cuando esto ocurría, simplemente se lamía una pata o maullaba: dejaba de hablar.


Era claro que la idea de no satisfacer el hambre no le resultaba interesante. Intenté continuar. «¿Es mejor el hambre o la comida?», improvisé.


Ella entreabrió un poco los ojos que ya había cerrado. Parpadeó. «Lo mejor ocurre entre las dos», dijo lamiéndose una pata.


Si no tuviera más hambre, pensé, se quedaría en ese lugar. La imaginé echada, como ahora, en ese lugar perfecto de no deseo, tan de Dios.


Pensé en mí, mi vida, corriendo detrás de cosas que no quiero. Pero era demasiado obvio para decírselo a ella. Ya habíamos hablado una vez acerca del dinero. La pena que sintió por mí aquella vez me hizo jurar que no iba a volver a ponerme tan en evidencia en frente suyo.


«Lo que ocurre cuando comiste», dije, «se parece a la muerte».


«Entonces», dijo, «la muerte es buena».


No tenía forma de desmentir aquello y dejé en el aire un inaudible «No creo» y le acaricié la cabeza. Ella se arqueó para prolongar la caricia por su cuello.


«Lo que ocurre entre las dos», había dicho ella. Lo que le gustaba era esa especie de jardín entre el deseo y la satisfacción.


Sin darme cuenta, estaba acariciándole el lomo y ella ronroneaba estirada sobre la mesa.


Recordé el cuento en el que un hombre que sufre un accidente doméstico va al campo y acepta batirse a duelo a cuchillo con unos gauchos. Ese hombre, que nunca ha usado un cuchillo para pelear, camino al campo, acaricia un gato que vive en la eternidad del instante.


Con la mano izquierda eché agua al mate, y di dos sorbos en silencio.


El motor del ronroneo temblaba en mis dedos y en mis dedos hubo algo de esa eternidad.


El sol se había ido moviendo de la mesa y ya no entraba en la cocina. Pensé que los sábados mi vida se parecía a la de ella: tengo mínimos rituales de acicalamiento como darme un baño largo, honrar la higiene o intentar alguna forma de cuidado personal. A veces simplemente me miro al espejo. Es una ceremonia que suele tener dos partes: una primera en la que veo mi imagen y otra en la que veo mi mirada y el extraño juego de compensaciones que se ha dado entre las dos. Cuanto más se hace necesaria, más compasión hay en mi mirada. O no: la medida no es la necesaria, es mayor. La compasión supera aquello que viene a perdonar, a esa especie de cansancio en mis mejillas, en el entrecejo, alrededor de mis ojos. Lo que llamo compasión en mi mirada es lo que antes habría llamado conformismo o hasta abandono. ¿Quién de las dos tiene razón, la que fui o la que soy?


Intenté mirarme a través de los ojos de Saku: me veía igual, un poco más lenta tal vez, más gruesa, más calma. Debía verme como el árbol del fondo cuando cambia el color de sus hojas o las pierde.


Además de rituales, los sábados a veces hay celebraciones. Momentos de brillo que veo ascender, expandirse en el cielo, hacerme feliz, apagarse. Mi hijo, un par de amigos, mi vecina de al lado.


Saku tiene un amigo, o tal vez varios. Tuvo o tiene padres y cachorros. Ha recibido de unos y les ha dado a los otros lo que debía, y luego, con elegancia y sin pena, los ha dejado atrás, como hace el otoño con el verano.


Los cachorros nacieron en el baldío de al lado. Nunca los vi. Ella subía y bajaba por el liquidámbar. La vi preñada, luego dejó de venir, y al tiempo regresó, muy delgada. No sé cuándo empezó a pasar más tiempo aquí que al lado. Tampoco sé qué pasó con sus pequeños. Sé tanto de ella como ella de mí.


O tal vez sé tanto de ella como de mí. Mis pequeños, qué pasó con ellos podría preguntarme ella y yo podría darle una respuesta pobre, quiero decir, parecida a la que ella podría darme acerca de sus cachorros en el baldío. «Hicieron su vida», tal vez diría ella o yo.


¿Habrá tenido amores? Seguramente. Han pasado, como los míos. Tal vez no tenemos más que el presente, pero esa es una idea más de ella que mía.


Se estiró y abrió apenas los ojos, con destellos dorados. Volvió a cerrarlos, siguió durmiendo.


Después de un rato se estiró y me preguntó por qué quería hablar de la muerte. Le respondí que cuando se habla de eso no hay mentiras.


«¿Qué es una mentira?», dijo.


«Es como cuando vas a atrapar un pájaro y te escondés entre el pasto. Mentir es como esconderse», dije.


«Mentir es divertido entonces», dijo y se dio vuelta sobre el lomo.


De nuevo yo me veía en una esquina del laberinto de nuestras conversaciones: si mentir era divertido, hablar de la muerte no lo era.


«Hablar de la muerte también es divertido», dije, «hay más riesgo».


Hizo un sonido largo, maullido a medias.


«Y esto que hablamos», dijo, «¿vas a escribirlo?».


«No creo», dije, «no tiene tensión». Y antes de que ella preguntara agregué, «la tensión es como cuando intentás atrapar un pájaro: no sé si vas a lograrlo o no, entonces me quedo mirándote».


«Entiendo», dijo, «no hay tensión porque sabemos: nosotras no vamos a morirnos».


Sonreí. No quería decirle que un día iba a ser un pequeño tigre frío y yo la iba a enterrar en ese mismo jardín, en una caja de zapatos, que no iba a cazar más, ni a trepar el liquidámbar del fondo ni los álamos por los que sube al balcón. Tampoco quise decirle que tal vez antes yo no iba a abrirle las puertas ni las ventanas ni iba a servirle el alimento ni el agua en sus platitos morados, que no iba a escuchar más mi voz diciendo su nombre.


Y tal vez porque yo me quedé muy callada o porque un viento suave agitó los álamos como si preguntara, ella siguió hablando.


Explicó, con esa voz tan suave y tan llena de matices que ningún humano podría imitar, que ella no iba a morir.


Al principio continué sonriendo: creía saber algo que ella ignoraba, como si yo hubiera estado en un lugar más alto y hubiera podido ver más lejos.


Pero ella siguió hablando y me di cuenta de que se sentía o creía ser, o debería decir que ella era, parte del jardín, parte del liquidámbar y de los álamos, parte de las hormigas y los cascarudos, las babosas y caracoles y grillos y cigarras, de la noche y del día como eso que giraba envolviéndonos. Las estrellas eran parte de ella como lo eran las líneas negras que salen egipcias del rabillo de sus ojos verdes, dorados. La brisa, la luna, el barro. Ella es una parte y eso la hace ser el jardín entero y el baldío de al lado y el barrio y el mundo alrededor y todos los otros gatos que son y que fueron.


Cuando entendí, dejé de sonreír.


Apoyé mi cabeza junto a ella, sentí el sol, y dije, más clara y más tranquila, más parecida a ella:


«Yo tampoco voy a morir, Saku. Claro que no».


 

Alejandra Kamiya

La paciencia del agua sobre cada piedra, 2023






** «Gari» significa cazar y «sakura» es la flor del cerezo. Una posible traducción sería algo así como salir a cazar flores de cerezo, o sea, pasear buscándolas.


* pava, en Argentina, se refiere al recipiente que se usa para calentar agua para el mate


 

 


 

 

El marxismo-pop y la gente derrotada


Manuel Vicent, El País, 28 de enero de 2015


En 1945, en el corazón de la más dura posguerra, un hombre que había sido policía durante la República, afiliado al PSUC, detenido y condenado, volvía a casa después de haber cumplido varios años de prisión. Vivía en la calle Botella, en el Raval de Barcelona. El hombre subía muy abatido esa mañana con una maleta de cartón a su piso donde le esperaba su mujer, una humilde modista, y en mitad de la escalera se cruzó con un niño gordito de cinco años. Los dos se miraron muy sorprendidos al verse por primera vez. Así cuenta Manuel Vázquez Montalbán el momento y el lugar en que conoció a su padre.


En el Raval se agitaba un hormiguero de gente derrotada cuyo único afán era sobrevivir. En medio del hedor escalfado de la alcantarilla y de los gritos de buhoneros y menestrales, la radio sacaba a la calle coplas y pasodobles desde los colmados, bares y prostíbulos. El niño creció entre las historias de amor, los lances de pasiones y celos, los sueños imposibles que expandían los dulces boleros por los patios de luces, terrazas y balcones llenos de ropa tendida. Ese fue el primer alimento que nutrió su inconsciente. Concha Piquer cantaba Tatuaje y aquel niño no tenía que forzar la imaginación, puesto que eran de verdad los marineros rubios como la cerveza, llegados en un barco, que él veía entrar y salir de los antros de lenocinio. Todos los días se encontraba con mujeres apoyadas en el quicio de la mancebía, con machacas, chulos, pícaros y tipos anónimos silenciosos y humillados que, no obstante, manifestaban en la mirada una rebeldía soterrada ante una libertad reprimida. Leía los tebeos de El hombre enmascarado, de Fantomas y Juan Centellas;coleccionaba cromos de futbolistas del Barcelona, Calvet, Seguer, Basora, César y Gonzalbo. El horizonte del chaval pudo ser el taller de mecánico, pero su padre, con buen tino, lo matriculó en una academia privada para que estudiara el bachiller y de esta forma el destino se puso a su favor y el chaval pudo llegar a licenciarse en Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona.


Manuel Vázquez Montalbán heredó de su padre la conciencia política de izquierdas. La rebeldía universitaria le llevó a afiliarse al PSUC en 1961, a formar parte incluso del comité central, a cumplir con todos los ritos usuales de la clandestinidad, panfletos, células, consignas, contraseñas, nombres de guerra. Sobrevino la consiguiente redada y dio con sus huesos en la cárcel de Lérida. Muchos escritores burgueses deben sus principales lecturas al año en que los mantuvo en la cama una tuberculosis de adolescencia. Vázquez Montalbán aprovechó sus tres años en el talego para amueblar su cerebro de marxismo y de todo lo demás.


Al salir en libertad era un joven con vocación de poeta y literato todoterreno, llevaba la pluma cargada con la idea fija de disparar contra la injusticia social, pero este designio tan noble trató de conjugarlo con la necesidad y esperanza de llegar un día a comer y vivir de este oficio, aunque fuera trabajando en la mina de sal del periodismo como un forzado. Parece que en un momento determinado se gritó a sí mismo: “A Carlos Marx pongo por testigo que nunca más volveré al Raval”. Logró este empeño, pero el hecho de que no se desclasara y nunca dejara de reconocerse en los suyos cuando le llegó el éxito, fue una de sus conquistas.


Vázquez Montalbán era un marxista leninista con retranca, un ejemplar raro de comunista, que no quería privarse del humor, del sarcasmo y de la ironía, algo sospechoso en el bloque mental cerrado del partido. Empezó a escribir con seudónimo de forma alimenticia en una revista de corte y confección. Desde el primer momento tuvo una obsesión que logró cumplir hasta el final de sus días. En cualquier empresa donde escribió lo primero que exigía era que le dieran de alta en la Seguridad Social, producto de la inseguridad que llevaba inoculada en el cerebro. La pluma de este periodista superdotado comenzó a disparar desde cualquier medio que le dejaran a destajo. Al final encontró una garita propia. ¿Se puede unir a Marx con Juanito Valderrama y a Lenin con Lola Flores?


Aquellas canciones románticas que salían de los colmados de su barrio, las letras de las coplas, los cromos de futbolistas del CF del Barcelona, los anuncios de Netol y de Norit el Borreguito, los tebeos, los carteles de películas, los rostros de las artistas, el olor de los teatros de revistas del Paralelo formaban un légamo de la memoria y sobre ella se deslizaban los fantasmas que habían perdido la guerra. Ese material fermentado afloró en un reportaje que le dio, de pronto, nombre y fama. Su Crónica sentimental de España había permanecido olvidada o, tal vez, retenida varios meses en uno de los cajones de la revista Triunfo, hasta que en septiembre de 1971 se publicó la primera entrega con un éxito fulminante. Este material popular que siempre había sido despreciado por los intelectuales, Vázquez Montalbán lo transformó en una categoría y sin librarlo de la carga de nostalgia lo llenó de claves secretas para entender los sueños derrotados por una dictadura. Fue ese instante de gracia en que logró la inspiración en el campo inexplorado de un marxismo-pop, de propia creación.


En el estudio de su casa de Valvidriera y en su masía de Cruilles en el Ampurdán tenía tres o cuatro máquinas de escribir cargadas en batería cada una con un folio en el rodillo. Cumplía como un profesional puntualmente con su trabajo estajanovista, novelas, ensayos, poemas, artículos, reportajes, crónicas, viajes, a borbotones, con unas facultades extraordinarias de memoria y de talento. Triunfo, Hermano Lobo, EL PAÍS, Interviú, Por Favor. No sabía negarse a ningún prólogo, a ningún encargo. Se había empeñado en demostrar que un marxista tenía derecho al humor; ahora estaba dispuesto a demostrar que también tenía derecho al placer. Vázquez Montalbán pasó de la recia tortilla de patatas y del vino Savin a saberlo todo de cocina y de marcas de whisky. Se hizo gastrónomo. Escribió de cocina para hacer un marxismo digestivo y realizar la proeza de enseñar a la izquierda a comer. El hecho de que no lo consiguiera convirtió a Vázquez Montalbán en un escritor romántico.


Los premios le llegaron cuando ya tenía más de cincuenta libros publicados. Todo lo que sabía de marxismo, de libros, de crítica, de cocina, de triunfos y derrotas de la vida lo aplicó para armar la psicología de su personaje más famoso. El detective Pepe Carvalho era el trasunto del propio Manolo. En la pequeña distancia era un hombre tímido, de mirada baja, con tendencia a coger peso. Unas veces lo veías muy gordo y después de una temporada lo veías muy flaco. En la clínica de Incosol en Marbella perdía diez kilos y sus ojos desvalidos expresaban la tristeza de no poder darle al cuerpo el placer que predicaba y al que tenía derecho más allá de la ideología. Viajaba como comía, como escribía, de forma compulsiva. Había ganado el Planeta con la novela Los mares del Sur y ya que lo había soñado literariamente el destino le hizo morir en el aeropuerto de Bangkok, el 18 de octubre de 2004, cuando regresaba de Sídney. Como es lógico, Vázquez Montalbán siguió publicando después de muerto desde algún lugar del universo. Cuando años después pasé por ese aeropuerto pude recordar con gran emoción a mi amigo al subir por la misma escalera mecánica donde él cayó fulminado por un infarto. Esta escalera unía la zona de tránsito con las salas de embarque. Vázquez Montalbán no pudo embarcar. La zona de tránsito era para él hacia el otro mundo, también hacia la posteridad.

EXPULSADOS

Adán y Eva, Julia Barrera 2007

Proclama de Adán

¿Sabías, Eva, que el paraíso sólo existe en las tarjetas postales? Por eso el mar y el cielo son un mismo embuste azul y las moñas despeinadas de los árboles lucen tan imposiblemente verdes bajo la resolana. Y el atardecer —esa hemorragia ardiente que fascina a los tránsfugas del frío— exhibe su ojo venoso entre las pencas de las palmas.

   En realidad, el mar es turbio como yo, impredecible como los remolinos de tu antojo. El cielo a veces tiene el brillo opaco de la bruma o la cortina gris que ahoga las ciudades. Y lo único rojo en mi paisaje es ese tinte huraño que allana tus mejillas cuando suelto las ganas por tu playa.

   Mira a tu alrededor: el salitre nieva las pestañas. La arena entrega a la marea su alfombra de jeringuillas desechadas. El mar escupe guirnaldas de chatarra y botellas sin mensajes. Los cangrejos borrachos de petróleo garabatean al revés tu inicial y la mía sobre la costa amortajada.

   Eso es belleza, Eva. El paraíso no es más que un sueño de dioses derrocados.

 

Memorándum de Eva

Rodar desnuda por la arena asquerosa; deslizar mis carnes entre la basura; beber las aguas estancadas de las gomas; degustar el vómito de larvas y renacuajos; masticar como tortuga confundida las barrigas hinchadas del plástico; lamer los restos rancios de las cajas; chupar los cuellos rotos de los frascos; disputarles a los perros las vísceras de un ave; inmiscuir la lengua por las ranuras apestosas de las latas; hundir las piernas y los muslos en las babas verdes de un caño; pintarme de mercurio; perfumarme de azufre; embarrarme la cara con moho y grasa; y, cuando den las doce del deseo, arrastrar este bulto hasta el mar y navegar, sin brújula ni vela, sobre tu lomo tieso y frío, Adán.

 

Ana Lydia Vega (Santurce, 1946)

Tomado de Crucero Caribe. Cuentos selectos. Universidad Autónoma de México, 2025. 201-202

Existencialismo y literatura existencial en España

EXISTENCIALISMO
Movimiento filosófico que se desarrolla en Europa durante el período de entreguerras (1918-1939) y en la etapa inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Con esta corriente de pensamiento se ha relacionado a una serie de escritores en cuya producción literaria se ha venido manifestando un “sentimiento trágico de la vida” (Dostoievski, Unamuno, Kafka, Pirandello) que, a partir de la última guerra mundial desemboca en las denominadas “literaturas de la desesperación” y “literatura del absurdo” de la que serían exponentes Camus, Malraux, Simone de Beauvoir, Beckett, Ionesco, Harold Pinter, etc.
El punto de partida de esta corriente filosófica radica en el principio de que en la conformación del ser humano “la existencia precede a la esencia”; que, por tanto, no hay una naturaleza humana previa que condicione al hombre concreto, el cual se va haciendo a sí mismo en el transcurso de su trayectoria existencial. Gran parte de los conceptos básicos del pensamiento existencialista (la autoconciencia de nihilidad o de la nada, la vivencia de la angustia y de la desesperación, el sentido del absurdo, etc.) aparecen ya analizados en la obra de Kierkegaard, así como la negación del principio hegeliano relativo a la equivalencia entre ser y razón, o entre realidad y pensamiento. Pero lo que le convierte en iniciador de esta corriente filosófica es la afirmación de la primacía del individuo concreto frente a lo universal, y de la existencia frente a la esencia. Para Kierkegaard, la indagación filosófica sólo tiene sentido en la medida en que aporte algún conocimiento sobre esa existencia del hombre concreto, marcado por la “angustia en la dirección del destino”, “angustia de la nada”, “angustia de lo demoníaco”, que Kierkegaard pone en relación con los conceptos de lo “reservado”, “vacío” o “aburrido”. 
El existencialismo, tal como lo han definido algunos de sus más destacados representantes, se configura fundamentalmente como un humanismo. Las ideas básicas de esta corriente filosófica expuestas en apretada síntesis, son las siguientes: 
a) La existencia humana precede a su posible esencia, lo cual significa que el hombre, cuando surge en el mundo, “comienza por no ser nada” hasta que él se vaya haciendo y definiendo a sí mismo: “El hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo” (Sartre, 1946). Él es, primordialmente, un “proyecto” o, como insiste Heidegger, un “poder ser” un “salto”, un “anticiparse”. Por tanto, no depende en su devenir de lo que una idea eterna o el espíritu o la voluntad de un Dios le hayan impuesto ser, sino de lo que él mismo decida ser, de su “autodeterminación”. 
b) El ser humano comporta una conciencia desgraciada, ya que se encuentra dominado por unos sentimientos de soledad, angustia y desamparo. Según Jaspers, el hombre llega a esta conciencia cuando percibe que existen unas situaciones límite: el sufrimiento, la lucha, la caída, la muerte. Para Heidegger, estos sentimientos radican en el hecho de que el hombre no puede llegar a ser, en la historia, el dueño de su existencia, la cual está marcada por la finitud; el hombre es “un ser para la muerte“. Intenta olvidar esta realidad mediante la diversión, la indiferencia o la sublimación a través de los ritos religiosos. Para Sartre, la angustia radica en el hecho de la “total y profunda responsabilidad” que supone tener que elegir un proyecto de vida, ya que “en su decisión elige al mismo tiempo que a sí mismo a la humanidad entera”. En esta tremenda tarea de elegir un proyecto de vida, una moral, el hombre se siente desamparado ya que, al no existir Dios, no hay una fuente o norma de valores a la que poder aferrarse: estamos radicalmente “solos” y condenados a ser libres, a inventar al hombre: de nosotros, exclusivamente, depende el porvenir. 
c) El hombre está abocado a la decepción y a la desesperación, en la medida en que es consciente de que vive en un mundo absurdo dominado por la muerte. Para Sartre, el hombre, dueño de su destino, aspira a fundir el ser y la conciencia (el “en sí” y el “para sí”): es un “proyecto de ser Dios”, pero todo ocurre como si sólo llegara a “realizar un dios frustrado”. Esta sería la última raíz de la decepción y del sentimiento del absurdo: constatar que su proyecto no tiene sentido, que, en último término, la muerte lo reducirá a la nada.  De ahí que la existencia sea una realidad vacía, que provoca esa “conciencia desgraciada” anteriormente aludida. Esta decepción y desesperación son plenamente coherentes en el contexto de un mundo convulsionado por dos guerras mundiales que han arrumbrado la confianza del hombre en la razón, en el derecho y en el esquema de valores morales sobre los que se había apoyado hasta entonces la existencia colectiva de los hombres y los pueblos. 
d) Sin embargo, el humanismo existencialista no es necesariamente una doctrina “quietista” o “pesimista”. Si el hombre existe como tal gracias al proyecto que se asigna a sí mismo, no debe caer en un resignado masoquismo: sabe que por su compromiso (Sartre) puede dar sentido a su vida (es absurdo que todo sea absurdo), y contribuir a “crear una comundidad humana”. En este mismo sentido incide Heidegger al advertir que el hombre está en el mundo, no como un espectador “solitario”, sino como un “ser histórico”, un “ser con”, “preocupado” en buscar una “existencia auténtica”, enraizada en la tradición y en el devenir de la humanidad. La existencia es comunicación y “diálogo”, y, en esta comunicación con los demás, el hombre se descubre y se eleva a la trascendencia, aunque esta “comunicación” no puede superar por completo la íntima soledad y desgarramiento del ser.  


LITERATURA EXISTENCIALISTA EN ESPAÑA

En la literatura española, aparte de la obra unamuniana, se produce, en la etapa inmediatamente posterior a la guerra civil, una creación literaria marcada por la experiencia dramática de la contienda, en la que se percibe una actitud intelectual y vital análoga a la de otros países europeos. De hecho, en una serie de novelas se palpa la misma sensación de incertidumbre, angustia y sentimiento del absurdo respecto de la vida humana. Esta sensación se advierte en la recurrencia de temas como el de la soledad, la ansiedad y desesperanza agobiante (que evocan reminiscencias sartrianas de la “náusea” y “lo viscoso”), la presencia de un mundo inauténtico y enajenante, o bien de “situaciones límite”, como el dolor, la lucha, la locura y la muerte. De esta forma, escritores españoles de la inmediata posguerra como Cela, Delibes, Laforet, etc., que han participado en la guerra civil o han vivido sus dramáticas consecuencias, van a proyectar en sus personajes de ficción ese estado de ánimo de angustia, incertidumbre, desesperación o sentimiento del ansburdo que caracteriza a la filosofía existencialista. En este sentido, varios críticos (de Nora, Durán, Sobejano) hablan de novela existencial, al referirse a la obra narrativa de los mencionados escritores. El desconcierto provocado por el estallido de una guerra civil que ha sembrado el rencor, la desconfianza y un estado de ansiedad, se trasluce en el mundo de ficción a través de la evocación de situaciones, ambientes y personajes representativos de esa atmósfera colectiva. Muchos de estos personajes, viandantes de un “camino” errado, perdidos en un “laberinto”, prisioneros de inhóspita “colmena”, o aherrojados a la misma “noria”, son seres condenados a la indecisión, al desencanto y desesperanza, a la desolación de la enfermedad, a la opresión económica y social, a la violencia y al crimen. Colocados en situaciones límite, donde se percibe la angustia y el absurdo de la vida, estos personajes viven como cercados bajo la amenaza constante de la muerte. El espacio de estas novelas es fundamentalmente urbano. En las grandes ciudades o en la ciudad de provincia quedan patentes algunos de los rasgos básicos de la vida social de la época: soledad, incomunicación y violencia, en la realidad caótica de la gran urbe, y rutina, hastío, horizonte cerrado, en la pequeña ciudad.
Las características más notables de la técnica narrativa de estas novelas son:
a) Predominio del protagonista individual (salvo en La colmena).
b) Recurrencia de espacios reducidos y angostos (celda, taberna, café, hospital) como signo de la opresión y asfixia de los personajes.
c) Ausencia de análisis sicológicos y preocupación por el contexto social.
d) Reducción y condensación del tiempo narrado, lo que no impide la evocación y reconstrucción del pasado, paticularmente en lo referente a la guerra civil soportada.
e)  Proyección del autor sobre el personaje-narrador, que sería como su doble, salvo en La colmena, donde se tiende a suprimir la presencia del autor mediante la técnica objetivista, que será imitada por novelsitas posteriores.
f) Finalmente, una aparente despreocupación por los aspectos formales y estilísticos del lenguaje, salvo en Cela, Torrente y Delibes, que son, evidentemente, maestros del estilo en la prosa narrativa del siglo xx. 
Por último, estos escritores no muestran una dependencia literaria marcada respecto de sus predecesores;  no obstante, en el caso de Cela se ha hablado de la posible influencia de Baroja. Se ha sugerido también, a propósito de La colmena, ciertas semejanzas en técnicas narrativas con las empleadas por Dos Passos en Manhattan Transfer. Sin embargo, la incidencia de éste y otros novelistas norteamericanos (W. Faulkner, especialmente) será más evidente en los narradores de la siguiente generación.

[Tomado del Diccionario de términos literarios de Demetrio Estébanez Calderón]