«El miedo es un estado que me fascina. Es casi hipnótico, hasta diría trascendental por más místico que suene, en el sentido de que te pone fuera de todo control racional. Estás con la piel viva, tan asustada que a veces hasta se suspenden tus prejuicios y lo único que querés es entender qué tan peligroso es el monstruo que estás mirando a los ojos. Hay algo de atención absoluta, de espera abierta. No importa si estoy leyendo o escribiendo, siempre avanzo buscando este espacio porque hay algo en mí que ahí se despabila y se enciende, es difícil de explicar. Pero para volver a tu pregunta de las estrategias, sé que si de verdad quiero marcarle al lector un momento en un texto, tengo que intentar ir hacia ese lugar. No se trata del miedo en sí mismo, quiero decir, sentir miedo porque sí, andar regocijándose de terror en terror, no sé si eso me interesaría tanto. Lo que busco es la atención que se abre cuando se entra en el espacio del miedo. Imaginate que querés contarle un secreto a un amigo, en la vorágine de las ocho de la mañana de la estación Retiro: ¿creés que tu amigo te prestaría atención? Ahora imaginate que, de pronto, todos los pasajeros, los guardas de seguridad, los boleteros, los vendedores, todos, desaparecen, salvo vos y tu amigo, y con un gesto le das a entender que ese alucinante silencio tiene que ver con lo que le estás por decir. ¿Te prestaría atención? Ese es el estado al que me refiero. Quizá ni siquiera sea algo tan grandilocuente, sino la simple sensación de que hay otro dispuesto a apartarse un momento de sus propios pensamientos, y prestarte verdadera atención. No encuentro milagro más hermoso.»
Samanta Schweblin
En entrevista con Silvina Friera para Página 12, 25 de febrero de 2025