¿Desde «quién» se cuenta?



«La pesadilla»

Cuando trató de moverse, sintió que alguien estiró un brazo en la oscuridad. Sintió la palma tibia y la fuerza que lo empujó hacia atrás, hasta cuando sintió otra vez la almohada en la cabeza. Así: sintió la almohada porque ya la cabeza no bajó más, sino que quedó apoyada en una substancia blanda, gelatinosa. Fue la almohada lo que sintió. No la cabeza, porque cuando dejó de sentir la mano que le presionaba el pecho, sus órganos dejaron de sentir. Trató de preguntar en dónde estaba, por qué lo habían llevado a ese cuarto de niebla; pero sus labios no se abrieron. Trató de darse vuelta en la cama y no pudo. Trató de hacer todo simultáneamente. No pudo nada.

Entonces sintió que los ojos se le cerraron, autónomos, y un instante después sintió la yema tibia (la yema que tenía la misma temperatura del brazo que unos minutos antes lo habían empujado hacia atrás, cuando trató de incorporarse) y advirtió que alguien le había abierto un ojo con los dedos. Luego la fuerza se fue, desapareció, y volvió a caer el párpado sobre la órbita. El párpado que ya empezaba a convertirse en piedra. Fue entonces cuando alguien dijo: "Recemos. Acaba de morir."

Reconoció después la voz de su madre, las voces atribuladas de sus hermanas que iniciaron un lloriqueo ahogado, invisibles entre la niebla. Todavía tuvo tiempo de pensar: "He muerto. ¿Pero de qué? Anoche me acosté temprano. No comí antes de venir a la cama. Estuve leyendo hasta las once y después cerré el libro y después puse el libro sobre la mesa y después apagué la lámpara y después me di vuelta hacia el lado de la pared y después nada más. Me quedé dormido hasta ahora. Eso fue todo."

Sintió, allá abajo, los pies que comenzaban a helarse, en un vaho de frío ascendente que iba invadiendo las zonas de su cuerpo hasta cuando envolvió el corazón y él sintió la extraña sensación de estar hundido en un fondo de hielo. Sólo entonces empezó a preocuparse por su muerte. Dentro de unos momentos el cuarto estaría lleno de gente. Dentro de un momento la gente estaría allí, en torno a la cama, viéndolo como él se imaginaba, tendido recto, con un pañuelo atado fuertemente alrededor de la mandíbula. Entonces empezó a sentir otra vez. A sentir que las cosas sucedían precipitadamente, atropelladamente, casi sin el orden cronológico acostumbrado, como si hubiera empezado ya a vivir en un tiempo diferente al de su madre, al de sus hermanas, al de todos los que se encontraban allí, en torno a la cama. Un sabor amargo se deslizó por su boca.

Y el tiempo se desmoronó para él y fue como si el reloj de su cuarto hubiera sufrido un daño en la cuerda y él hubiera visto que las manecillas giraban, giraban, giraban, incesantemente, a gran velocidad sobre su propio eje. Entonces comprendió que los días iban pasando, uno detrás de otro, sin detenerse, y lo que en él fue una vez carne mortal y ponderable, se convirtió en una idea proyectada hacia la eternidad.

En un momento sintió que lo levantaron por los hombros, por los pies y lo dejaron en un fondo suave y cómodo. Casi inmediatamente después sintió el golpe del martillo que hundió los clavos en un segundo y hasta sintió los hombros que lo levantaron y lo condujeron apresuradamente hacia el campo. Después sintió, durante un segundo, el fondo tibio y apretado donde ladearon la caja y oyó, arriba de sus párpados, los resquebrajados terrones que cayeron, primero a espacios medidos, después a golpes sordos hasta cuando todo quedó rodeado por un gran silencio total. Tuvo entonces la noción de su tiempo: afuera, cuando él pensó que acababan de dejarlo en su hueco de tierra, sus hermanas crecieron, se multiplicaron y fueron a ocupar un hueco vecino. Cuando él sintió que echaron el último golpe de tierra y lo dejaron solo, los nietos de sus hermanas crecieron, se multiplicaron. Y crecieron y se multiplicaron los biznietos y cinco y seis y siete generaciones más. Y cuando él sintió, en la sombra, que uno de sus huesos crujió, ya los descendientes de sus hermanas habían dejado de ser hombres y la simiente que un día les dio origen había dejado de estar sobre la tierra. Entonces alguien introdujo un objeto metálico en la tierra, abrió una brecha profunda y él sintió, de nuevo, la luz, el aire, la claridad, y sintió su propio polvo milenario recorriendo el espacio, yendo y viniendo, hasta el fondo de los pulmones de los hombres y las mujeres de una ciudad antigua.




 

 «La verdad del cuento»

La historia es como la cuentan, pero tiene sus variantes. Es verdad que él hizo un pequeño agujero en la pared que separaba su cuarto de la alcoba de su novia, y es verdad también que ella hizo un agujero, a su vez, en la pared que separaba su alcoba del cuarto de su novio. Pero no había más que un agujero. Un agujero común, que los enamorados perforaron no de común acuerdo, pero sí en colaboración y sin que tampoco esta colaboración hubiera sido acordada previamente.

Así las cosas, un día amaneció un agujero en la alcoba de ella, a través del cual podría vigilarse el movimiento más insignificante que él intentara en su cuarto. Simultáneamente - puesto que era un agujero común - igual cosa ocurrió en el cuarto del novio. Pero como él había hecho las cosas por su propia iniciativa y ella, a su vez, había procedido a perforar la pared medianera, ninguno de los dos tomó precaución alguna con respecto al otro, puesto que ambos se sentían autores de ese agujero único, indiscreto, tremendo, que vulneraba la intimidad de los cuartos respectivos.

El error de quienes cuentan la historia radica en que comienzan a contar la historia como si él y ella fueran novios en el momento en que perforaron el agujero. Y no fue así, porque cuando lo del agujero, ellos no se conocían, y si lo perforaron fue precisamente porque cada uno de ellos por su lado tenía interés de saber quién vivía en el cuarto vecino.

Pocas horas después de perforado el agujero, ella sabía que su vecino era un hombre joven. Y él, por su parte, sabía que su vecina era una mujer joven, que procedía de puertas para adentro con la naturalidad de quien ignora la existencia de un vecino observador. Las cosas estuvieron de esa manera durante varias semanas. Ella llegaba temprano, apagaba las luces y se acostaba en la oscuridad a esperar a que sonara la puerta de al lado y después las pisadas y se encendiera la luz. Entonces ella se escurría hasta el agujero y se dedicaba a observar los movimientos de él, minuciosa y ansiosamente, hasta cuando apagaba la luz y se metía en la cama. La diferencia consistía en que él no acostumbraba hacer sus observaciones sino por la mañana y ella por la noche. Así que ella conocía la manera de acostarse de él, que es lo que verdaderamente vale la pena en un hombre; y é conocía la manera de levantarse de ella, que en una mujer es lo que verdaderamente vale la pena.

Tres semanas después de perforado el agujero, se conocían entre sí mucho más que si hubieran tenido muchos años de casados, pero se ignoraban por completo en la vida. Y así habrían seguido las cosas si no es porque una mañana, cuando él se aplicaba a hacer sus observaciones, a ella se le ocurrió saber cómo era el hombre cuando se levantaba.

Cuando ella aplicó el ojo al agujero, se encontró con el ojo de él y supuso, avergonzada, que su vecino había descubierto la clave de todo y había tapado el agujero. Él, por su parte, en el momento en que ella acercó el ojo al agujero, supuso que era ella quien, en ese preciso instante, acababa de taparlo. Sin embargo, un momento después empezaron las dudas.

Y entonces fue cuando ambos salieron al corredor, se encontraron frente a frente y, sin hacer ningún comentario, se dieron cuenta de que, en realidad, habían vivido durante varios meses en una misma pieza. Entonces hicieron lo único sensato que podía hacerse en ese caso: se casaron y tumbaron la pared.


 


Textos tomados de: Gabriel García Márquez, Obra periodística Vol. 1 Textos costeños. Barcelona: Bruguera, 1981. 684-685; 357-358