A quien corresponda,
Me aterra mucho pensar en ser el final de un libro mal hecho. Que lleguen a la última página, me cierren y me olviden. No lo digo por vanidoso o sobrado, ni porque que me ame demasiado; quizás es porque vi mi propia creación en un libro arrugado y maltrecho, y no lo odie. Quizás fue suficiente lo que vi, y me agrado tanto de la historia que, realmente, ni siquiera pensé que tendría un final. Quiero leerlo más de treinta veces, porque de veras que no me aburro, incluso con su aborrecible monotonía y con su perfecto infortunio. Es perfecto para mí; es mi libro, solo mío. No quiero aburrirlos con detalles porque realmente no me importa contarles de que trata el libro, pues es un poco personal, y no lo leo porque quiera contarlo, lo leo porque sí, porque me gustó. ¿No te ha pasado? Que te adhieres tanto a algo que se vuelve tan importante para ti que pensar en soltarlo parece casi un mal trago. Como ves, claramente me paso a mi… Que puedo decir… quizás sueno como un loco arrogante y orgulloso que romantiza demasiado un libro común y corriente que ni siquiera compite con los relatos de otros. Pero, es tan importante para mí… Contra todo pronóstico, desde que las primeras partículas les dio con esparcirse, salió mi libro tan feo… pero tan colorido… que me aterra cerrarlo un día, y olvidar que lo terminé, como si nunca lo hubiera leído…
La vida es una locomotora
Entro al tren como de costumbre a las siete de la mañana. Hace frío y el tren esta lleno de personas. Me siento. Libro y un bolígrafo verde en la mano. Me pongo a leer mientras escucho el alboroto, y los silencios, de la gente a mi alrededor. Las palabras se me resbalan. Me gusta el libro, sí, pero con este ruido de hoy. Con tanta gente… no soy agorafóbico, pero los entiendo. Difícil concentrarse. Libro de tarea. Libro de ocio. Bolígrafo verde.
Levanto la vista, un momento. Gente hipnotizada por algo. Un teléfono, una canción pegajosa, una tarea escolar. Una persona, una camisa. La nueva moda de algún peluche, que ya no son los labubus. Hipnotizados con algo. Un libro, como yo, por ejemplo. Hipnotizados todos. Padre joven con sus hijos y la madre incluso más joven. Todos tenemos algo en la cabeza, en nuestro pequeño mundo. Bajo los efectos de algo. La gente ignora al loco típico. La gente ignora al músico. Yo ignoro al que me pide dinero.
Siento que la vida se me está escurriendo por los dedos y ni siquiera tengo treinta años. No sé qué me pasa. Veo al niño con una tableta más grande que su cabeza en sus manos. Con todo y eso, ¿existe alguna diferencia entre él y yo? Veo al señor, boina inglesa puesta, que no hace nada, solo sonríe y mira por la ventana mientras el tren acelera. Me pregunto: con tan poca vida, ¿qué carajo tengo que hacer para vivirla?
Extracto de un autor sufriendo
Mi enemiga eterna, la página en blanco. Cuando la veo, pierdo todo pensamiento lógico y caigo en un pánico que dura días enteros. Cuando la página está en blanco, el calor se intensifica, toda persona empieza a pedir favores, me da hambre, noto que me debo bañar y la lista de reproducciones de música se pone en muy mala vibra. ¡Cuánto desprecio esas páginas! Y por eso, dedico mi vida a eliminarlas con mis palabras.
La página en blanco de hoy es digna contrincante. El miércoles la abrí y no pude hacerle nada. El jueves la volví a enfrentar y apenas pude poner algunas palabras en esta hoja tan pálida. El viernes luchamos por horas y apenas pude escribir el párrafo inicial, esta hoja se ha ganado mi respeto. El sábado tomé un descanso, había otras hojas que necesitaban mi atención. Luego llega el domingo, ese día tan odiado por los estudiantes. Es en ese día que descubro cuánto odio el texto en esta hoja y mientras borro todo ese texto horrible, la hoja se ríe de mí. Ella es restaurada a su forma original y recupera mucho de su poder malvado de hoja en blanco.
Pero no soy alguien que se rinde, yo voy a luchar hasta el último minuto de mi cordura. Es en ese momento que el mundo por fin se calla, cuando el calor desaparece, cuando los favores paran y cuando el hambre no importa. Es cuando por fin escribo con toda confianza y hasta orgullo.
El pintor miró la obra frente sus ojos con detenimiento. Consistía en un hombre engabanado sentado en un banco con sus manos en su cara y un océano rodeado de montañas al fondo. Parecía un paisaje extranjero, tal vez del norte de los Estados Unidos. Más allá de lo visual, la “pintura” tenía un aire triste, pero había algo inconsistente con las pinceladas, el sujeto se veía mucho más detallado que sus alrededores. El pintor pensó en el significado profundo que esto podía contener y ansió por hablar con el artista. Miro por toda la galería a los numerosos visitantes que la llenaban y al fin encontró al supuesto artista parado al final, al lado de su podio utilizando su celular.
“Permiso, joven,” le dijo el pintor.
El supuesto artista levanto su mirada de su celular lentamente y fijo unos ojos aburridos en el pintor. “¿Ajá?”
“La obra que está alla, del hombre en el banco, ¿que la inspiro?”
“Ah, eso la generé cuando estaba triste. Le conte a la inteligencia artificial mis sentimientos y eso fue lo que generó.”
El pintor paro en seco. “¿La inteligencia artificial?”
“¿Ajá?” respondió el que generó la imagen con cierto aire defensivo.
“¿Osea que eso usted no lo pinto?”
“Mira,” comenzó, claramente irritado. “No venga a mi exhibición si va a comenzar con estas quejas. Yo inspiré la obra; así es mi arte.”
El pintor se quedó callado; antes de que pudiese decir más nada, llamaron al “artista” a su podio para dar un pequeño discurso sobre su exhibición.
El pintor no se quedó para escucharlo.
Ya nada es igual
Ya nada es igual. Son pocas las personas que leen. Igual, no tienen por qué hacerlo, pues con un toque en el teclado pueden obtener la respuesta a todas sus dudas sin tener que poner el mínimo esfuerzo. Son pocos los que escriben sin ayuda. La inteligencia artificial se ha encargado de hacerlo por todo aquel que no quiere pensar por cuenta propia. Los niños ya no juegan al aire libre. No corren bicicleta. No salen al patio. No conocen lo que es el aburrimiento. Las familias ya no conversan en los restaurantes. Todos están muy pendientes al celular: los padres de las noticias, los jóvenes de las redes sociales y los niños de sus juegos de entretenimiento. Ya no se viven las experiencias en el momento. Todo se está fotografiando. Todo se está grabando. Todo se sube a las redes. Hemos cambiado la consejería profesional por una terapia de Chat GPT. Hemos sustituido el leer, el escribir, el reflexionar, el crear por el “doom scroll” de las redes. ¿Qué es lo primero que hacemos cuando nos levantamos por la mañana? Nos alimentamos de la vida de los “influencers” y deseamos en el fondo de nuestro corazón que la nuestra fuera más parecida a la de ellos. No obstante, las redes son un engaño y poco se nos va la vida comparándonos con personas que ni siquiera conocemos. Antes éramos libres. Ahora somos esclavos de la pantalla.
—Fíjate, después de todo, no me caes mal.
Allí estábamos, sentados en algún rincón de mi mente. El mesero llegó como un pensamiento y le trajo su última cena.
Me reconforta que sentí tanta paz. Nos refugiábamos del día gris. Olía a bruma vieja y fango abombado.
Creo que conversamos algo, anteriormente, aunque se me hayan tergiversado los tiempos o las personas. Qué simpático se ve, comiéndose dos rodajitas de piña, descuartizadas, y adornadas con un requesón.
—Mhm?
—Mjm…
Los políticos saben cuando alguien miente, o cuando oculta algo. Siguió comiendo y dejó que el silencio me interrogara.
—Quisiste depredar y caíste en tu propia trampa. Así es vivir. No te puedo reprochar eso.
Se reía con la carcajada de la experiencia. Desenvainó dos dedos en cada mano, como si gestionara sus palabras entre comillas.
— Because I’m not a crook?
—No. Porque yo sí.
Nos quedamos en trance, leyéndonos las mentes. Me entendió y se reconoció. Compartimos una mirada de angustia y reposamos en el éter, antes de encontrarnos otra vez.
Suena el altavoz del piloto. Llegamos a Ft. Lauderdale en 15. Rento una guagua.
Llego a la casa y abro su carro, con el mismo código de siempre.
Debajo de la cubierta, está la caja.
La .45, porque cuando era niño me enseñó que, aunque la .9mm sea más precisa, esta pega más fuerte. Abro la puerta, con el mismo código de siempre.
I do so with this prayer: May God's grace be with you in all the days ahead.
Humana
¡Uy! ¿Cómo es posible que mientras más pasa el tiempo más rápido se siente que pasa? Cuando era pequeña los años eran eternos, mi niñez fue tan lenta, pasaban los meses y se sentían como décadas. De momento abro los ojos y ya tengo treinta y uno, pero no me siento de treinta y uno. A veces me siento de sesenta, a veces de veintiuno, a veces de ocho. El tiempo parece distorsionarse ante esta realidad en la que vivo. Pero, ¿Qué es la realidad? Y, ¿Qué es el tiempo? He aprendido que el tiempo no es lineal. Quizá siento que el tiempo está distorsionado porque estoy sintiendo energías de versiones de mí que se encuentran en otros planos, en otros mundos paralelos. Me pregunto, ¿Los lugares que visito en mis sueños, las personas con las que me relaciono en ellos, serán parte de esos otros mundos? Los visito a menudo, me resultan familiares, los extraño al despertar. Siento que esta realidad es el sueño. ¿Cuál será mi verdadera versión entonces? O todas somos verdaderas. ¿Cuántas versiones de mí hay realmente? Algunos días siento que todas se apoderan de mí, la que está escribiendo estas palabras, pero hay días que siento que no hay ninguna. Quisiera poder tener el tiempo para vivir todas las vidas de cada una de mis versiones. Una eternidad no sería suficiente. Me asfixia la idea de ser de carne y hueso. Este cuerpo me aprisiona, su talla es muy pequeña para mi alma. ¿Y si mi alma proviene de otro mundo? Quizá mi propósito esté vinculado a esta vida. Supongo que tendré que conformarme con ser humana… por ahora.
Más allá, en el pequeño jardín, entremedio de la grama y detrás de las flores, se encontraba una pequeña criatura. Aquella miraba con curiosidad el mundo gigantesco a su alrededor. Su hermosura era irresistiblemente atractiva y sus colores le llamaban con una voz seductora. La criatura levantó sus brazos lentamente queriendo alcanzar aquella voz que le llamaba hasta ser como ella.
Días, semanas, meses pasaron y aquella criatura mantenía sus brazos hacia arriba; el dolor se esparció por todo su ser. Poco a poco, bajó sus extremidades hasta fijar la mirada en su propio cuerpo; la expresión de anhelo cambió inmediatamente a una de seriedad y se llevó los brazos a la panza. El color blanco de su cuerpo ahora estaba desgastado y su altura mantenía la misma consistencia. Nuevamente levanto la vista, observando las flores que le rodeaban. Brillaban, se conectaban con la tierra y se convertían en algo digno de mirar. Nada comparado con su color aburrido y su pequeñez. El no poder ser grande causaba que la misma tierra le tragara, cubriendo la mitad de su cuerpo de un color negro. La desesperación se apoderó de la criatura; quería ser grande, quería ser más, quería ser hermoso, quería ser alguien. Quería más, quería escalar la cima y ser abrazado por el honor. Quería tomar el control, quería ser único, quería ser él. Poco a poco perdía la respiración en la tierra mojada. Quiere ser grande, quiere ser recordado. Seguía repitiendo como un mantra, hasta ser hundido por su miedo
Soy quizás uno de los últimos de esta era en crecer en una verdadera clase media. Tuve de todo un poco y de nada mucho, estabilidad silente y fragilidad inescapable acechan mi futuro presente. Sueños de niño acosado por las expectativas impuestas por todos menos el padre que las inspira. El magisterio era mi faro tras el violento despertar de la violencia bélica que imaginaba en los momentos antes de dormir. La sensibilidad regalada por el mismo padre que abrió los ojos de aquel joven confundido, aquel que veía nobleza donde solo hay tragedias y arrepentimientos. Maestro, profesor, guía y mentor, aquellos que verdaderamente traen cambio a las vidas de un pueblo, ahora un suicidio laboral para alguien de mi condición.
Pocas cosas superan la tristeza de un pueblo sin educación, condenado a la consciencia de sus males sin saber siquiera describirlos. Son estos los que, al igual que el niño con sueños bélicos, ven un escape en los ejércitos de sus opresores. La tristeza del individuo al ver el resquebraje de su visión de futuro para si mismo, el choque de la ilusión con la realidad, del deseo con su condición, del sol con la ceguera. El magisterio al que aspiraba yace en ruinas, bombardeado por los mismos niños con sueños bélicos, que, en su adultez, ven objetos de explotación y control en la belleza del aprendizaje. Las realidades de estas trágicas figuras se ven reflejadas en los oprimidos tanto como en sus opresores, académicos atrapados en un purgatorio de plazas congeladas, soldados castrados ante su propia condición, incapaces de explicar sus sufrires. La nobleza manchada por el ego y la intervención, la ignorancia como escudo de un orgullo lisiado, ambos en pobreza, ambos ahogados en tristezas. Quizás me hago electricista.
«nadie en esta ciudad tiene derecho a la velocidad del paseo»
—Valeria Luiselli, Papeles Falsos
De pequeña solía caminar sin rumbo solo para soñar despierta. Caminaba entre las paredes de mi casa—no, la casa de mis padres—no, el apartamento y la casa del arrendador… caminaba entre las paredes de un apartamento que era parte de una casa que no era de mis padres ni era mía. Me paraba en el balcón a ver quién más caminaba: caminaban de prisa, caminaban con calma, caminaban cargados, caminaban vacíos, caminaban para pensar, caminaban para despejar la mente, caminaban, caminaban. Yo, descalza sobre las losetas, caminaba para fantasear.
Algo se perdió en el camino.
¿Dónde podríamos caminar y pensar en algo que no sea sobrevivir? ¿Dónde podríamos caminar? Valeria Luiselli responde: «nadie en esta ciudad tiene derecho a la velocidad del paseo».
Pudiese, tal vez, arriesgar una caminata por las agrietadas y malolientes aceras del casco urbano de Río Piedras (OJO: nunca sola, ni después de las 4:00p.m.). Pudiese animarme a explorar las áreas aledañas, tan cerca físicamente y tan lejos de nuestra realidad; ese Río Piedras con estabilidad económica (OJO: muchos ojos, muchas miradas, mucho juicio, poco espacio para respirar… y, por supuesto, nunca sola, ni después de las 4:00p.m.). Pero no he encontrado dónde caminar ante el anonimato y la indiferencia de esta sociedad «poco caminable y apenas literaria» (anonimato para el que agrede e indiferencia para el testigo, ninguna para mí). No he encontrado dónde caminar hasta reaprender a respirar. No he encontrado dónde caminar y creo que se nos ha acabado el tiempo.