ANTES
Leila Guerriero
El País, 2 de enero de 2018
Antes de que todo esto se termine. Antes de que cierren la casa y vendan los muebles y regalen los libros. Antes de que se repartan los cosméticos y los zapatos. Antes de que arrojen las cacerolas a la basura. Antes de que vacíen las alacenas, de que se lleven las especias, los fideos. Antes de que se terminen los días felices y las tardes de domingo. Antes de la última de las madrugadas. Antes del final de la angustia. Antes de que se acaben el sexo sin amor y el amor sin sexo. Antes de que la ropa se pudra en los placares. Antes de que descuelguen los cuadros y cubran los sillones con lienzos y cierren las ventanas para siempre. Antes de que quemen las fotos. Antes de que se resequen los felpudos, de que se oxiden las cortinas en sus rieles. Antes de que se terminen la curiosidad, los huesos, el hígado y las córneas. Antes de que se sequen todas las plantas del balcón. Antes de que no haya más nieve, ni colores, ni trópicos. Antes del final de todas las selvas, de todos los mares, de todos los reflejos en el agua. Antes del último poema. Del final de las veredas y las calles. Del fin de todos los paseos. Antes del adiós a todos los aeropuertos y todos los aviones y todas las ciudades y todos los cafés con vidrios empañados. Antes de la cancelación de todas las discusiones, de todos los argumentos, de todas la furias, de todos los desprecios. De todas las metálicas ansiedades. Antes del fin de los gritos, de la desolación y de la culpa. Antes de la última agenda, del último viernes, del último bar, del último baile. Antes de que se apaguen todas las cúpulas y todas las pantallas. Antes de que las polillas se coman los restos de la lana y de la almohada. Antes del final de las mascotas. Antes, mucho antes: hay que vivir. ¿Pero cómo? ¿Cómo? “Qué admirable / el que no piensa ‘la vida huye’ / cuando ve un relámpago”, escribió Basho. Admirables los que están en el tiempo sin pensar en él.
LA VIDA INFINITA
Leila Guerriero
El País, 24 de julio de 2026
Había tantas cosas que hacer. Había que trepar al olivo y cosechar las aceitunas, había que cubrir las plantas para que no las estropearan las heladas, había que quitar de los desagües las hojas de los árboles. Había que colocar naftalina y lavanda en los armarios, había que cortar leña y apilarla junto a la chimenea. Había que buscar las recetas de los guisos, había que hacer tortas y budines, había que quitar la escarcha de los parabrisas. Había que recoger las castañas, había que pelar las nueces. Había que engrasar las cadenas de las bicicletas, había que recoger las frutillas, las uvas y las brevas, había que preparar dulce de higos y yogur casero, había que ir al campo y ver a los caballos, había que revisar el palomar, había que ponerse flores en el pelo y briznas de hierba en la boca, había que andar en patines, había que curarse las rodillas lastimadas, había que aprender cómo se arranca una ortiga, había que tomar leche fría con tres cucharadas de chocolate, había que comer pan con manteca y azúcar, había que jugar con la espuma del lavarropas, había que descubrir figuras en las nubes, había que plantar tomates y pepinos, había que ir a pescar y a andar en bote, había que salir de campamento, había que cortar el pasto, había que hacer un banco de madera, había que afilar los cuchillos contra una piedra mojada, había que hacer silbatos con carozos de damascos, había que chapotear en los charcos, había que aprender a nadar y a cortar maderas con serrucho, había que construir carpas de indios, había que desplumar a las gallinas y eviscerar los peces, había que buscar lombrices, había que mirar diapositivas viejas, había que ir al cine en días de semana, había que trepar los techos de las casas, había que robar plantas de los jardines ajenos, había que leer libros que no se podían leer, había que tener miedo de los monstruos debajo de la cama. En ese país todo era asombro. En ese país el ocio no necesitaba agenda. En ese país la vida era lo que debe ser: infinita.