![]() |
| Margarita Xirgu |
Sobre el teatro español a principios del siglo xx
La creación de personajes
Básicamente, un personaje es un ente capaz de ejecutar acciones en una historia. Aunque ésta podría ser tomada como una definición suficientemente compacta del personaje, tendremos que detenernos a desglosarla en sus dos elementos: el personaje es un ente y este ente es capaz de ejecutar acciones en una historia, para comprenderla cabalmente.
Cuando nos referimos al personaje como un ente tratamos de desligar el concepto general de personaje de la idea de que los personajes siempre han de ser seres humanos. Desde tiempos inmemoriales, la literatura ha estado llena de personajes encarnados en miembros de los reinos animal, vegetal o mineral, así como en objetos y hasta en ideas. Nada más pensemos, para ilustrarlo, en la poco conocida Bracacomiomaquia, de Homero, que describe la batalla entre las ranas y los ratones, o las recurrentes fábulas de Esopo: en ambos casos, los personajes son representados por animales. En el texto original de Pinocchio, del italiano Carlo Collodi, el personaje principal es un muñeco de madera y además hay personajes encarnados por animales o por humanos. En Pedro Páramo, del mexicano Juan Rulfo, la mayoría de los personajes son personas muertas, lo cual nos brinda una perspectiva especial del concepto de personaje. En «La vez que lunes fue domingo», del venezolano Francisco Massiani, los personajes principales son los días de la semana.
Como hemos visto, no existen límites para la naturaleza que tendrán los personajes en una historia. Así que lo que hace que un ente se transforme en personaje es que el escritor le dote de la posibilidad de ejecutar una acción determinada. Sin embargo, es preciso saber que esta acción debe ser ejecutada por el ente de manera consciente. El que en una historia exista una puerta que se abre no quiere decir que la puerta sea ya un personaje; el escritor tiene que añadir elementos que nos indiquen que la puerta se ha abierto por su propia cuenta con un objetivo específico. Si la puerta se abre, por ejemplo, porque sabe que debe abrirse, y lo hace ante circunstancias específicas, adquiere carácter de personaje y ocupa como tal un lugar en la historia. Este recurso del escritor, que esencialmente se logra otorgando características humanas a un ente que en la realidad no las tiene, ha sido académicamente denominado humanización.
Al dotarles de características humanas, el escritor les da a los personajes una posibilidad adicional: tener su propia psicología. A través de su experiencia vital, la escritora aprende que las personas pueden agruparse en diversas tipologías. Entonces localiza ciertas características clásicas del huraño, del rico, del trabajador, del borracho, de las feministas, de los orgullosos, de los débiles… Mientras mayor sea la experiencia de la escritora, tanto desde el punto de vista literario como en las diversas situaciones que se presentan en la vida, mejor será el manejo de los personajes si logra traducir en ellos las características que ha aprendido de la gente que ha conocido en el tiempo.
En una historia compleja, donde los personajes sean en su mayoría seres humanos, es recomendable que el escritor aplique ciertos conocimientos de psicología aunque ni siquiera los posea. Esto es porque las características de las personas son definidas por la psicología, pero el conocimiento de estas características no se limita a quienes hayan estudiado esta ciencia profesionalmente. De hecho, los estudios psicológicos tienen como fundamento el conocimiento básico de las personas y van profundizando en ellas mediante la aplicación de lo que la ciencia sabe de la personalidad.
La escritora tiene la responsabilidad de diferenciar nítidamente entre las historias cuyos personajes deban ser sazonados con ciertas características psicológicas y las que no requieren de ello para su desarrollo. Esta diferencia viene dada generalmente por la importancia que los personajes tengan en la historia y por la longitud del texto. En el cuento breve, es casi innecesaria la profundidad psicológica porque el factor que cobra mayor importancia es el desarrollo mismo de la historia para ejemplificar un hecho determinado. En la novela, mayoritariamente es imprescindible que los personajes sean correctamente definidos desde el punto de vista psicológico. La extensión misma de la novela requiere generalmente que el escritor profundice en todos los elementos, pues dispone del tiempo y del espacio físico para hacerlo. Además, la complejidad de las acciones en una novela no puede ser ejecutada, en la mayoría de los casos, por seres simples sólo determinados por un nombre.
Aunque no hay tal cosa como una teoría general de la construcción de personajes, se verifica en la mayoría de los casos que el primer elemento a considerar por el escritor para crear un personaje es la acción que éste va a desarrollar en la historia y el peso que tendrá en la misma. Luego aparecerán las relaciones entre el personaje y los demás personajes de la historia. En ambos momentos se van añadiendo o eliminando ciertas características psicológicas del personaje, de la misma manera como un escultor moldea la piedra. En este proceso se le asigna el nombre al personaje o se decide si el mismo llegará a tener mayor o menor importancia en algún punto de la historia.
La caracterización de los personajes también tiene diversos grados de profundidad, independientes de la complejidad de la historia. Si un cuento se fundamenta en elementos psicológicos, los personajes deberán ser profundos; pero si el mayor peso recae sobre las actividades que los personajes ejecutan, el escritor puede dejar a un lado la profundización psicológica en la caracterización. En la novela, la escritora aplica sus conocimientos de las reacciones de los personajes de acuerdo a la importancia que éstos tengan en el desarrollo general de la historia. Estas reacciones, en todos los casos, deben tener relación directa con el estímulo que las genera. Si una reacción aparece como ilógica ante una situación determinada, la escritora generalmente aclara sus razones mediante el entrelazamiento de conductas y hechos posteriores.
Otro factor, que a primera vista pudiera no tener importancia, es el del nombre del personaje. No todos los personajes deben tener un nombre, ni siquiera es imprescindible que el personaje principal tenga un nombre; pero sí debe haber una forma de denominarlos. Hoy en día, es común encontrar historias en las que un personaje es definido simplemente por su actividad —el periodista, la gran señora, el hombre— o por un apodo con el que le reconoce el escritor o el resto de los personajes. Es posible, incluso, que un personaje tenga un nombre propio pero que el escritor decida apelarle usando alguna de sus características.
Hay quienes usan nombres propios para dar al lector una idea de cuál será el papel del personaje en la historia. En Rayuela, de Julio Cortázar, el personaje femenino de mayor peso se llama Lucía, pero el autor la nombra la Maga. También los demás personajes la llaman así, pero en sus conversaciones cotidianas algunos prefieren llamarla por su nombre. Se advierte, así, que el escritor puede construir su historia como si ésta fuera parte de la realidad, por lo que él puede tener una relación de mayor o menor afinidad con algunos personajes y reaccionar de manera similar a como éstos reaccionan con él. El personaje al que Cortázar llama la Maga tiene realmente ciertas características que podríamos definir como mágicas, cierto misterio la envuelve; así que cuando el lector se topa con este personaje ya tiene una idea de lo que le espera. Otras combinaciones son más claras: Kafka, obsesionado por el tema de la interacción entre el hombre y el poder, llama a sus personajes simplemente el guardián o el juez. En el mismo Kafka se observan casos extraños: un personaje recurrente en su narrativa se llama simplemente K —la primera letra del apellido del autor—, en algún cuento, Kafka asigna a sus personajes nombres de variables matemáticas: A y B.
Muchos escritores utilizan, en sus inicios, nombres demasiado simples para los personajes: Juan, José, Pedro. Otros, contaminados por las telenovelas, les dan nombres de galanes: Víctor Jesús, Luis Rafael, Juan Augusto. Aunque, como dijimos, este campo no puede ser completamente teorizado, es preciso que el nombre de un personaje dé a la historia cierta credibilidad. No hay nada que impida que un personaje se llame Pedro Pérez, pero es probable que un nombre así no impresione favorablemente al lector. Muchos escritores resuelven este problema utilizando nombres comunes pero poco usuales: el personaje masculino de Rayuela es Horacio Oliveira; los personajes de Cien años de soledad son José Arcadio, Aureliano, Úrsula. Quizás García Márquez habría podido llamar José Sinforoso en lugar de José Arcadio a sus héroes mitológicos, pero ciertamente los nombres escogidos tienen mayor sonoridad y esto, sin duda, ayuda a que el lector asimile la existencia de esos personajes como seres reales.
En algunos casos, el escritor se permite participar directamente en la historia. Todo es factible de ser literario, y el escritor no está fuera de esta regla. En Niebla, del español Miguel de Unamuno, un hombre de personalidad completamente gris ha pasado la mayor parte de su vida apegado a su madre. A la muerte de ésta, y ya convertido en un hombre, se enamora de una muchacha que acude regularmente a su casa a hacer trabajos domésticos. Eventualmente la muchacha no le corresponde y se va a vivir con un muchacho de la vecindad, y el protagonista decide suicidarse. Recuerda que una vez leyó un ensayo sobre el suicidio, escrito por un profesor universitario, y que al leerlo se prometió a sí mismo visitar a este profesor si algún día le asaltaba la idea de suicidarse. Cuando el personaje se presenta ante el profesor, éste resulta ser el mismo Miguel de Unamuno, quien le revela que está escribiendo una novela en la que ya no le es importante como protagonista y decide matarlo: por eso la intención de suicidarse, porque es un personaje que debe morir para dar curso al resto de la historia. El protagonista de la novela reta a su autor, a Unamuno, diciéndole que él no es Dios y que no puede decidir sobre su vida. Se vuelve a su casa resuelto a no suicidarse. Esa misma noche muere de una indigestión.
Recordemos que el autor y el narrador de una historia son dos instancias distintas: el autor es la persona real que crea la historia, el narrador es el ente que de alguna u otra manera —en primera o en tercera persona— se encarga de contar la historia. Pues bien, se puede hacer que el narrador sea omnisciente pero que el mismo sea integrado como un personaje, y los resultados han sido bastante interesantes. Los personajes retan al narrador o le invitan a que cuente ciertas partes de la historia que han permanecido ocultas a los ojos del lector. El escritor puede virtualmente hacer cualquier cosa que le plazca en su historia, pero la efectividad de los recursos que utilice se verifica en concordancia con la experiencia que le hayan brindado, previamente, el ejercicio de la creación y la lectura de los más diversos autores.
Jorge Gómez Jiménez
Tomado de Proyecto AulaPara el comentario de ASÍ QUE PASEN CINCO AÑOS
Dice Lorca, citado por Francisco Ruiz Ramón, de una entrevista en 1934: “No puedo tolerar a los viejos. No es que los odie. Ni que los tema. Es que me inquietan. No puedo hablar con ellos. No sé qué decirles .... Me aterrorizan esos ojillos grises, lagrimosos, esos labios en continuo rictus, esas sonrisas paternales, ese afecto tan indeseado como puede serlo una cuerda que tire de nosotros hacia el abismo... Porque eso son los viejos. La cuerda, la ligazón que hay entre la vida joven y el abismo de la muerte”
Leyenda a medio abrir
Hay una blanca inquietud de tormenta
Y un eco morado en todas las cosas.
El campo está quieto. La ciudad se calla
Esta tarde de junio sentida y bochornosa.
En mi alma se agita una vaga leyenda
La noche de cien años del bello Pecopin[1]
Y el talismán precioso que el torrente se lleva
Y las risas del mirlo en el haya serena
Y el grito del diablo que se ríe también.
Cien años. ¡Ay, Dios mío!
Duró la noche aquella de caza y de festín
Y el ave del amor se murió en el castillo
Aunque siempre sereno continúa el azul
Y Pecopin ya viejo entiende el estribillo
De los pájaros ciegos que gritaban: ¡Baldour!
Pero ya imposible el amor que los años
Habían apagado de sus almas la luz.
¡Oh! leyenda tristísima que el gran Hugo nos cuenta
Cuando estuvo soñando por la orilla del Rhin.
El caballo del tiempo no para aunque tengamos
Una mano de hierro sujetando su crin.
Una copa de oro tenemos en la mano
Llena de un licor raro que lento se derrama
Cada gota es un año que se va del tesoro
Y en un día perdemos esta copa de oro
Pues el amor que es fuego puede cambiarlo en llama
O el corazón doliente lo derrama del todo.
Hoy pienso en la leyenda
Y grave me estremezco
Soy joven y la senda se pasa sin pensar
De un amor adolezco
Y la ausencia me mata
De unos labios divinos donde poder besar.
Acaso en una noche se derrame mi copa
Y no tengo castillo ni tengo talismán
El torrente del cuento lo arrastró para siempre
Y el corazón ya viejo sólo piensa en llorar.
.....................................................................
Tiene esta tarde inquietud de tormenta
Y yo una leyenda para meditar.
6 de junio de 1918.
[Texto y nota tomados de la edición crítica de Así que pasen cinco años
Cátedra (Madrid, 1998), edición de Margarita Ucelay]
[1] “La légende du beau Pécopin et de la belle Baldour”, Le Rhin, Víctor Hugo. Pécopin y Baldour se aman, pero el joven tiene que emprender un viaje a cuyo regreso se casarán. Sin embargo su ausencia se prolonga hasta durar cinco años. Pécopin, en sus múltiples aventuras ha conseguido un talismán que le defiende del tiempo y éste, no es pues, preocupación para él. Mas la noche en que se cumplen precisamente los cinco años y antes de llegar al castillo donde le espera su amada, el diablo le invita a una gran cacería en el bosque de los pasos perdidos. Pécopin no sabe negarse, la cacería durará sólo una noche, pero la noche del diablo durará cien años. Cuando Pécopin llega al castillo en busca de Baldour sólo encuentra una anciana decrépita. En su desesperación se arranca el talismán que lleva al cuello y lo arroja al agua del torrente, convirtiéndose al instante en un viejo centenario.
AFIDÁVIT
ANA MARINA RÚA
–Cómprate un chicle en lo que termino aquí –le dijo a la nena, que cogió la ficha de diez y salió corriendo de nuevo. Domingo Domínguez salía del radio a toda voz y los zapatitos que le apretaban hacían topitopitopi en las losetas del pasillo. Mientras Kamini traqueteaba con la llavecita de la máquina de dulces, Mundo volvía a la caja registradora. El hombre de la caja le extendía una bolsa de papel, sonriendo, y a Kamini se le ocurría que sería bonito tener un retrato de eso y guardarlo en una cartera como su mamá guardaba las fotos en la suya. A veces a Kamini le gustaba sacar las cosas de la cartera de su mamá y ver las fotos. Las sacaba y miraba las fechas que su mamá había escrito al dorso en pluma roja o verde con una letra linda que ella no alcanzaba imitar. En la cartera también había mentas y cigarrillos suaves que olían a bondad.
Antes de salir de la tienda respiró hondo, como siempre que acompañaba a su papá a la ferretería. Afuera le esperaba el aserrín, el calor, el fuetazo de sol al vinilo blanco del carro, la bolita de azul duro y acanelado que mascaría con recelo. El calendario raído del counter se veía demasiado viejo para tres meses, pero mostraba claramente la fecha, con lunita sonriente y nombre de santo, un día antes del domingo en rojo. Por eso es que Kamini se grabó en la mente que todo esto había ocurrido el sábado 7 de marzo de 1979. Aquí un recuerdo puro de la alegría a los cinco años, alegría redonda que de tanto alegrar empacha, la alegría de acompañar al padre, los sábados, a la ferretería.
Comparecen, de otra parte, Ricardo Sarpi, de 40 años mal llevados y vecino ocasional de San Juan, junto a su esposa Brenda Collor, de 37 y morada en transición. Por lo que vemos que la estampa feliz ya se hace acto, y no tanto: se complica el retablo cuando llegan dos, o tres. Ricardo abre la puerta del establecimiento con dedos quisquillosos y enseguida hace un mohín con los labios, porque el aire acondicionado de Merino está puesto tan fuerte que choca, y él sabe que no le cae bien el aire frío cuando está sudadito. Ricardo suelta la puerta y unos segundos después entra su mujer, seguida de una nena en tutú. Al hombre de la caja registradora le dan ganas de corcovar, de salir corriendo por la puerta de atrás. Y es que el hombre de la caja registradora es muy perceptivo y sabe qué clientes le van a traer problemas, y éste que está aquí, de cuerpo mullido y cara apretá, no inspira confianza.
–Se me dañó el aire del carro –le espeta, sin siquiera dar los buenos días, y se le para frente al counter, sudando.
El hombre de la caja registradora parpadea. –Aquí no se arregla eso. ¿Lo llevó al mecánico?
No. Necesito que me arreglen el aire ahora. –Ricardo le echa un vistazo al calendario raído y respira profundamente. Mañana es día de San Casimiro y el aire huele a plástico. –Y también me abre la caja y me da todo el dinero, que tengo prisa.
Mientras tanto, en el estacionamiento, Kamini miraba con añoranza hacia la entrada de su templo sabatino. Hubiese querido quedarse un rato más, porque al ver a la nena en tutú le habían dado ganas de entablar conversación, de recitarle algo que la hiciera bailar. Ella también tomaba clases de ballet, pero no le gustaban. En la clase la maestra les pedía a las niñas que se acostaran boca arriba en el piso y que imaginaran que una soga invisible les salía del pecho y las halaba hacia arriba, para así acabar en posición sentada sin usar las manos para impulsarse. Kamini nunca lograba sentarse sin empujarse con las manos, y esto la frustraba muchísimo, porque adivinaba que le estaban mintiendo, igual que la enfermera del laboratorio le mentía cuando le aseguraba que sacarle sangre se iba a sentir como la picada de un mosquito. “Pero si las picadas de mosquito no se sienten, y esto sí”, protestaba Kamini. Y luego pensaba que por eso es que los mosquitos se salen con la suya, porque uno no se da cuenta que lo han picado hasta después, cuando se rasca. Pero a alguna gente no le importa la verdad, y no vale la pena discutir con ellos.
Kamini pensaba en esto mientras consideraba su próxima movida. El carro no había arrancado todavía. ¿No podría bajarse rapidito, entrar en la ferretería, y presentársele a la nena en tutú? Sí podía. Su abuelo le acababa de regalar un libro maravilloso, en el que una niña llamada Jossette va de compras con su niñera Jacqueline y conoce a otra niña llamada Jacqueline, y Jossette, acostumbrada a que su papá le haga cuentos maravillosos en lo que nada tiene sentido, empieza a repetir las locuras que ha oído esa mañana, y anuncia que todos –la niña, sus hermanos, los tíos, los vecinos, el perro, la sombrilla– se llaman Jacqueline también. A Kamini le daba mucha risa. Tenía ganas de recitar estas alegrías sin sentido.
Así que abrió la puerta del carro con mucho esfuerzo y regresó a la ferretería, topitopitopi en el concreto, y entonces abrió la otra puerta decididamente, con tanta fuerza que el vidrio vibró. Mundo ni siquiera tuvo tiempo de apagar el carro.
No hizo sino lanzarse de vuelta a la tienda para agarrar a su hija cuando vio retazos de un retrato mal tomado: el brazo del hombre de la caja, los cinco dedos sobre el calendario, los otros cinco dedos, los de Ricardo (dedos regordetes pero ahusados, que terminaban en piquitos), abrazados a la pistola. Vio a Brenda, que también miraba, cariñosa y solidaria, vio a la nena en tutú, impávida, y a Kamini, cuyos ojos se querían quedar con el lugar, mascando su chicle, tan chiquitita ella, y sacó fuerzas de donde no las tenía desde que había regresado de la India en aquel viaje alegre que le había valido una pérdida digital.
Testigos oculares, cuatro, con circunstancias extenuantes. Por lo que predecimos una sentencia no favorable para el acusado, por los dos cargos de asesinato de retratos: el de un hombre y el de un recuerdo feliz.
Neural, Secta de los Perros: San Juan, 2022.
Originalmente publicado en 80grados: https://www.80grados.net/afidavit/
CENA EN LA CAPOTA
Cena en la capota: crónica del guaracheo taponístico de hoy
Cezanne Cardona
La autopista PR-22 me está invitando a cenar. Y lo sé porque, en medio del tapón, una valla publicitaria digital anuncia un costoso perfume y el precio del bistec machacado de un supermercado. Todas las señales están ahí: la tarde cae como espagueti sacado de la lata y una guagua pick-up lleva un jueguito de mesa para dos en la cajuela. El leve bocineo hace rato que funciona como una banda de jazz de fondo y el verdísimo mogote donde antes estaba el vertedero de San Juan, al lado de Plaza Las Américas, es nuestra mejor vista. Ni siquiera ha faltado la típica malacrianza restaurantera: el sujeto que está dos carros más adelante acaba de tirar una bolsa de papitas fritas a la brea con el mismo estilo zafio del bumper sticker que bautiza el trasero de su carro: “Si este auto es conducido negligentemente llame al 1-800-que-se-joda.”
Mis hijos no se han dado cuenta de nada porque están hipnotizados en sus teléfonos, y en parte no los culpo: después de los tapones post huracán María o los que le siguieron tras los sucesivos apagones, este tapón les debe parecer una monga odisea. Y hasta es posible que me informen, usando una aplicación de sus celulares, cuánto durará el tapón. Alguien dijo que la nostalgia es el Photoshop de la memoria y le creo porque -de pronto- extrañé los tapones de mi adolescencia, las conversaciones familiares en el carro, el arte de tirar las monedas en el peaje, las rutas alternas y la resignación. Añoro ese “Lávame” imperativo y cariñoso que algún extraño escribía con el dedo en el cristal trasero del carro, y hasta quiero de vuelta los reclamos de mis padres para que me quitara los audífonos del walkman y aprendiera a escuchar el mundo. Así recordé aquella escena de La guaracha del Macho Camacho, de Luis Rafael Sánchez, en la que una multitud se trepa a las capotas para averiguar el misterio de la congestión vehicular: “El choferío completo, la grey pasajeril completa, está encaramada, sobre las capotas, para averiguar qué carajo pasa allá adelante: pregunta desorbitada preguntada por los que tienen acceso a las posiciones privilegiadas desde las cuáles se aprecia qué carajo pasa allá adelante. Pero qué se ve, qué se ve. Se ve como si toda la avenida fuera un parkin subterráneo. Un mar de chatarra se ve. Pero qué se ve, qué se ve. Se ve que el mundo se va a acabar truncado en un tapón”.
Ahora que pertenezco a la toyotacracia empobrecida, descubro que envejecer es eso: contarles a nuestros hijos lo que se ve desde la capota del carro, acaso la última alfombra mágica que nos queda. ¿Aguantará la capota de mi Toyota Yaris el peso de mis fantasías de tapón? Por miedo a que se hunda la lata, apenas estiro el cuello y lo que se ve es el mismo tapón que describió La guaracha, hace cuarenta y seis años, actualizado por una suma mogolla de carriles, salidas, puentes, ampliaciones, reducciones, construcciones, drones anaranjados y un precipicio de vallas publicitarias anunciando: planes médicos, selladores de techo, placas solares, nuggets, depilación láser, cannabis medicinal, nacionalismo cervecero o de acetaminofén, y liturgia de queso y bacon saliendo de dos panes bíblicos. ¿Qué se ve? Por suerte, los puntos cardinales de nuestra literatura nacional también están hechos de miradas de acantilado: en la montaña y al borde del barranco, Silvina mira el cauce del río; a ras del agua, el bebé Melodía gatea por las tablas enclenques del caño; en el litoral norte, Pirulo mira el mar por primera vez; y justo en el corazón del Área Metropolitana La guaracha nos retrata a todos nosotros, al borde de las capotas de los carros, mientras esperamos, cuchicheamos, fantaseamos, enfurecemos, amamos y bailamos.
¿Qué se ve? Se ve que el radiador es el santo cáliz y que el coolant es nuestro mejor vino. ¡Grand Cherokee que estás en los cielos, santificado sean tus estribos! Venga a nosotros el Toyota Tercel con ese gancho de ropa preguntón como antena de radio. Danos hoy nuestro Corolla de cada día. Perdona esa pick-up Mazda que tiene escrito atrás: “Los favores empiezan en $30″. No nos dejes caer en la lujosa utopía automotriz del gobernador Pierluisi. Y líbranos del Tesla, del Maserati y del Lamborghini. ¿Qué se ve? Se ve que toda esa grey acaba de salir de misa, poseída por un digno deseo neandertal de volver a casa para contar la abultada antología de nuestras esperas: “Mi tapón fue más largo que el tuyo”; “Mi espera fue más desesperante que la tuya”; “Esperé dos horas, tres, cinco”; “Estuve todo el día esperando.”
Así empiezan todas nuestras historias y, por eso, la espera es nuestra verdadera épica nacional. Aquí se espera a Dios, a los extraterrestres, al Mesías, o al chupacabras, de la misma forma en que se espera por los fondos federales, las Navidades, el verano, la independencia, la estadidad, el premio gordo de la lotería, y por ese rayo justiciero que destruirá -por fin- la máquina que cobra el maldito peaje que nos legó la pax fortuñista. No hay quien lo dude: la espera es el milagro caribeño que mejor hemos pulido, pues sin esa bendita prórroga ni se suda ni se llora, ni se intima ni se ama.
Casi medio siglo después, La guaracha nos sigue recordando que la espera suele escoltar la soledad del universo y, a la vez, prolonga el dolor hasta convertirlo en alivio. No por casualidad, hace años, una cotizada valla publicitaria mostraba -en letras blancas y fondo negro- un versículo bíblico de nuevo cuño: “Si continúas usando mi nombre en vano yo pudiera prolongar la hora del tapón”. Por algo, cuando vemos un choquecito leve entre dos carros, decimos: -tiernos e irónicos- “esos dos se dieron un besito”. Y como esa aparenta ser la causa de todo este tapón, solo me resta convidar a mis hijos a la capota para anunciarles que la cena está servida.
Tomado de El Nuevo Día, 28 de marzo de 2022; publicado también en Leer antes de usar, Folium 2024 pp 39-41 bajo el título «Cena en la capota»






