Capítulo XV
Los cruzados de la causa (1908) de Ramón María del Valle-Inclán
¡Alto! ¡Date! ¡Alto!
Era un grito que se escalonaba con el
chascar de los fusiles al ser montados. El marinero corría como cuando era niño y le asustaban con los muertos,
corría sin saber a dónde, con la angustia de ser alcanzado, con un anhelo
confuso de que la tierra le tragase y le tuviese escondido hasta que los otros
que venían a su alcance, se pasasen y estuviesen lejos:
—¡Alto! ¡Date! ¡Alto!
Las voces resonaban a lo largo de una
callejuela oscura, y los pasos en las losas. ¡Tac! ¡Tac! ¡Tac! Le parecía que un brazo se alargaba y al torcer la calle se torcía. Aun cuando no lo viese, adivinaba que era un
brazo como un cirio y que estaba próximo a tocarle la espalda. Cuanto veía con los ojos, al escapar por la
calle, confundíase en su interior con los recuerdos vagos, perdidos en unos
días todos lluviosos, todos tristes, con las campanas tocando por las ánimas,
unos días que eran semejantes al mar en la costa de Lisboa. No parecía que viese con los ojos, sino que
las cosas se le representasen en el pensamiento, lívidas como los ahogados en
el fondo del mar. Y las voces volvían a
resonar:
—¡Alto! ¡Date!
En las puertas de las casas, algunas
cabezas asomaban a verle, y los rostros confusos, apenas entrevistos al pasar
corriendo, le daban la sensación de una pesadilla. Algunas veces, creía recordar que en un
tiempo lejano le habían perseguido como entonces, y que había corrido por aquella
calle tortuosa, y que había pasado por delante de aquellas puertas donde
asomaban los mismos rostros de ahora. Era una memoria toda ingrávida, que cambiaba de forma y se
desvanecía. Más que las cosas en sí
mismas, creía recordar aquella sensación de angustia, que volvía como vuelven
en un sueño las imágenes vistas en otro sueño:
—¡Alto! ¡Date!
Oyó las voces cuando iba a volver la
calle. Deseó tener alas. Estaba después la casa de su madre, en un
campillo: Hallaría franca la puerta, y
sin dar tiempo a los otros, entraríase, y cerraría poniendo los
tranqueros. Por último, se haría
invisible entre las cenizas. Era un
imaginar pueril, como el de los niños cuando para no tener miedo, se esconden
bajo las cobijas. Sentía en el aire la
sensación de aquel brazo que se alargaba para cogerle, y unas veces a la
derecha y otras veces a la izquierda, la sombra estaba siempre a su lado. Y volvían las voces:
—¡Alto! ¡Date!
Sonó un tiro y luego otro. El marinero llegaba a la esquina y la
dobló. Los pasos de los perseguidores
resonaban en la calle. Muchas cabezas
asomaron en las ventanas, se enracimaban y tenían una expresión dolorida, como
en los retablos de las ánimas. Los
perseguidores doblaron también la esquina y se detuvieron. El otro estaba caído sobre la acera, boca
abajo, en un charco de sangre. Las dos
balas le habían entrado por la nuca, y aún movía una pierna el marinerito
