Dice Lorca, citado por Francisco Ruiz Ramón, de una entrevista en 1934: “No puedo tolerar a los viejos. No es que los odie. Ni que los tema. Es que me inquietan. No puedo hablar con ellos. No sé qué decirles .... Me aterrorizan esos ojillos grises, lagrimosos, esos labios en continuo rictus, esas sonrisas paternales, ese afecto tan indeseado como puede serlo una cuerda que tire de nosotros hacia el abismo... Porque eso son los viejos. La cuerda, la ligazón que hay entre la vida joven y el abismo de la muerte”
Leyenda a medio abrir
Hay una blanca inquietud de tormenta
Y un eco morado en todas las cosas.
El campo está quieto. La ciudad se calla
Esta tarde de junio sentida y bochornosa.
En mi alma se agita una vaga leyenda
La noche de cien años del bello Pecopin[1]
Y el talismán precioso que el torrente se lleva
Y las risas del mirlo en el haya serena
Y el grito del diablo que se ríe también.
Cien años. ¡Ay, Dios mío!
Duró la noche aquella de caza y de festín
Y el ave del amor se murió en el castillo
Aunque siempre sereno continúa el azul
Y Pecopin ya viejo entiende el estribillo
De los pájaros ciegos que gritaban: ¡Baldour!
Pero ya imposible el amor que los años
Habían apagado de sus almas la luz.
¡Oh! leyenda tristísima que el gran Hugo nos cuenta
Cuando estuvo soñando por la orilla del Rhin.
El caballo del tiempo no para aunque tengamos
Una mano de hierro sujetando su crin.
Una copa de oro tenemos en la mano
Llena de un licor raro que lento se derrama
Cada gota es un año que se va del tesoro
Y en un día perdemos esta copa de oro
Pues el amor que es fuego puede cambiarlo en llama
O el corazón doliente lo derrama del todo.
Hoy pienso en la leyenda
Y grave me estremezco
Soy joven y la senda se pasa sin pensar
De un amor adolezco
Y la ausencia me mata
De unos labios divinos donde poder besar.
Acaso en una noche se derrame mi copa
Y no tengo castillo ni tengo talismán
El torrente del cuento lo arrastró para siempre
Y el corazón ya viejo sólo piensa en llorar.
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Tiene esta tarde inquietud de tormenta
Y yo una leyenda para meditar.
6 de junio de 1918.
[Texto y nota tomados de la edición crítica de Así que pasen cinco años
Cátedra (Madrid, 1998), edición de Margarita Ucelay]
[1] “La légende du beau Pécopin et de la belle Baldour”, Le Rhin, Víctor Hugo. Pécopin y Baldour se aman, pero el joven tiene que emprender un viaje a cuyo regreso se casarán. Sin embargo su ausencia se prolonga hasta durar cinco años. Pécopin, en sus múltiples aventuras ha conseguido un talismán que le defiende del tiempo y éste, no es pues, preocupación para él. Mas la noche en que se cumplen precisamente los cinco años y antes de llegar al castillo donde le espera su amada, el diablo le invita a una gran cacería en el bosque de los pasos perdidos. Pécopin no sabe negarse, la cacería durará sólo una noche, pero la noche del diablo durará cien años. Cuando Pécopin llega al castillo en busca de Baldour sólo encuentra una anciana decrépita. En su desesperación se arranca el talismán que lleva al cuello y lo arroja al agua del torrente, convirtiéndose al instante en un viejo centenario.
