"La luz de la luna entraba desde el jardín y delineaba los bordes de todas las cosas. Más platos sucios, más botellas vacías, pilas de libros, ropa en el suelo y colgando de los sillones, paquetes abiertos de papas fritas. Yo nunca había visto algo así y recuerdo estar atenta a la cara de mi hermana para entender qué estaba pasando, qué era ese lugar, qué estábamos haciendo. Temía que cualquier ruido me hiciera gritar. Trataba de no pensar en el ventilador, pero la imagen de un par de pies suspendidos cerca del piso me perseguía. De un salto mi hermana dejó la mesita, di un manotazo para agarrarla pero ella, como siempre, ya estaba más allá. Cruzó el living y se asomó al pasillo. Yo me acerqué en puntillas esquivando las cosas del suelo, por dentro me decía a mí misma no grites, no hagas ningún ruido, hasta que ya estaba otra vez con mis dedos agarrados a su remera y mi cara contra su espalda. Entonces pasó lo del gato, que es un detalle que se me quedó grabado. Al fondo la oscuridad era una boca negra en la que no podía adivinarse nada, y ahí aparecieron, a la altura del piso, dos ojos amarillos que nos miraban. No parpadeaban, ni siquiera se movieron cuando mi hermana dio un paso hacia ellos. Estaban tan quietos que parecían un extraño adorno iluminado por dentro. Así estuvimos un rato hasta que el gato al final giró la cabeza. Dimos un salto, y él empujó una puerta entreabriéndola apenas y se metió en una habitación. Mi hermana lo siguió, mi mano perdió la tira de su jumper y con unos pocos pasos más ella ya estaba adentro."
Fragmento de «La mujer de Atlántida». Samanta Schweblin, El buen mal (2025)