Minúsculas, puntos, comas y un poema


Me quité los ojos


llegué, me quité los ojos y los puse con cuidado en un poco de agua de río desabroché la boca colocándola sobre un cojín mullido encima del tocador me quité los vestidos hasta quedar desnuda quedé sola conmigo me moví del espejo para mirarme, para huir de su máscara puse el pestillo, abrí el clóset y salió puntual la pena entonces me abandoné y se impuso la máscara del llanto.

volví. me puse los ojos brillándolos un poco con un pañito lavé desamarré la chispa soplando suave y avivando el recuerdo acomodé con cuidado la mirada necesaria y me abroché la boca reparando en su jesto me puse los vestidos quedé desnuda y en secreto vuelo a la otra   toco la cara para encontrarme   me muevo del espejo para sentir el rostro y escondí la pena a la hora de siempre

quito el pestillo tragué gordo tres veces y salgo lijera

  entonces el torrente encausado se impone. sonrío


anjelamaría dávila (Puerto Rico,1944-2003),  La querencia

Un poema sobre la poesía




Perlas
Piedad Bonnett (Colombia, 1951)

Como el molusco

los poetas tenemos una belleza extraña,

que atrae y que repugna.

Nos gusta el fondo amargo de las aguas,

y en las profundidades vivimos, respiramos,

escondidos debajo de las conchas calcáreas

y a menudo aferrados a las piedras.

Cada tanto,

un elemento extraño nos invade,

se enquista en nuestra entraña

y comienza a crecer.

Una hermosa señal de que no estamos solos,

de que somos del mundo, para el mundo.

Amamos esa masa que crece en nuestros vientres,

que se hace dura y bella a expensas de lo blando.

La cerrazón asfixia, sin embargo.

Por eso nos abrimos y expulsamos

esas íntimas lágrimas,

casi siempre imperfectas.

Lo oscuro pare luz, y eso consuela.

Explicaciones no pedidas (2011)

Algunas notas sobre EL ESPACIO en la narración

 Alejandro Marcos, "Mucho más que cartón piedra. El espacio"


El espacio, como el tiempo, es una dimensión esencial del texto narrativo. Su construcción nos ayudará a dar verosimilitud y credibilidad a nuestras historias, hará que el carácter de los personajes se complete sin resultar explicativos y, en ocasiones, será el que provoque el conflicto.

[...]

La ambientación es una categoría más subjetiva. Depende de la actitud del personaje o del narrador hacia el espacio narrativo; y, por lo general, de los sentimientos asociados al mismo (ya sea de forma habitual, o solo durante esa narración).

Cuando unimos el espacio narrativo y su ambiente, obtenemos la atmósfera del relato.

[...] 

Las principales funciones del espacio son: ambientar, caracterizar personajes o generar conflictos.

[...] 
El espacio simbólico es el conjunto de elementos que, en una narración, refleja o representa la situación psicológica o emocional de cualquiera de los personajes - principalmente el protagonista-. O, si se prefiere, el uso significativo del espacio narrativo para representar el estado mental de un personaje. Un personaje abatido en un entorno otoñal de lluvia y frío, la derrota del villano sucedida por un luminoso amanecer, etcétera, pueden parecernos - con razón - situaciones manidas y tópicas, pero nos sirven de ejemplo.

El espacio puede servir como correlato de esos estados mentales cuando lo que sucede en él es una representación más o menos cifrada de lo que les sucede a los personajes, o de la propia trama del relato.

[...]

Las descripciones detalladas no siempre son recomendables. Es cierto que sumergen al lector en la historia, aumentan la verosimilitud y ambientan y sitúan la acción; pero tenemos que sopesar si eso es eficaz en el caso que nos ocupa, y si una descripción demasiado pormenorizada no irá en contra de la esencia misma del cuento - brevedad, condensación-. Quizás estemos desviando la atención del lector de lo importante. Nuestro consejo es centrarse en determinados elementos esenciales para la trama y ambientar a partir de ellos. 

[...] 

Es habitual comenzar describiendo el tiempo que hace o el lugar en el que se encuentra el personaje, pero es un lugar común que debemos evitar. ¿Por qué? Por la misma razón que no son recomendables las descripciones minuciosas. Estamos escribiendo un cuento, todo lo que no sea información relevante para el argumento o la trama debe evitarse en la medida de lo posible.

[...] 

Por último, no debemos olvidarnos de usar los cinco sentidos en nuestras descripciones espaciales. A veces tendemos a concentrarnos en un sentido determinado cuando describimos - generalmente la vista-, pero en correcciones o revisiones posteriores es recomendable buscar un equilibrio entre los otros sentidos y tratar de incluir el gusto y el olfato, que son los más complicados y, al mismo tiempo, los más potentes. Recordemos la descripción de una calle que decía Umbral que hacía Pío Baroja, escribiendo únicamente que «era larga y olía a pan».


Fragmento de Escribir cuento: Manual para cuentistas de Escuela de Escritores. Páginas de Espuma, 2020.

PREPOSICIONES principales en español

a

ante

bajo 

cabe

con

contra

de

desde

durante

en 

entre

hacia

hasta

mediante

para 

por

según

sin

so

sobre

tras

versus

vía

¿Qué es un mito?

sobre el mito
En la actualidad el término mito presenta múltiples acepciones:  se dice de personalidades relevantes convertidas en mito (García Lorca, los Beatles), de un personaje literario considerado como arquetipo y encarnación de ideales o formas de conducta (don Quijote, don Juan), de un ideal utópico (la “Edad de Oro” o el “progreso”), de una forma pre-lógica de pensamiento propia de los pueblos primitivos, etc.  Por otra parte, el mito ha sido abordado desde diferentes disciplinas:  la Historia de las religiones, la Antropología, el Psicoanálisis, la Filosofía y, por supuesto, la Crítica literaria.  Ciertos psicoanalistas (Freud, Jung, O. Rank, K. Abraham, etc.) han estudiado los mitos como expresión de las aspiraciones, deseos ocultos y frustraciones colectivas de los hombres.  Jung apunta la existencia de unos “arquetipos” originarios radicados en el incosciente colectivo de la humanidad, que se explicitarían en relatos míticos, folclóricos, cuentos, leyendas, relatos novelescos y obras dramáticas de la literatura universal.
Dentro de la crítica literaria, ciertos investigadores como A. J. Greimas, N. Frye, G. Dumézil, etc., han tratado de establecer analogías entre la estructura narrativa del mito y las formas literarias mencionadas.   []

N. Frye ha estudiado también las relaciones entre mito y cuento y su diferente función dentro de las sociedades primitivas.  Así, aún aceptando las semejanzas de forma literaria entre ambos tipos de relato y su coexistencia en todas las sociedades de cultura oral o preliteraria, subraya notables diferencias:  los mitos se aglomeran para formar una mitología, en tanto que los cuentos tan sólo intercambian temas y motivos;  los mitos crean dioses o héroes, dignos de culto, los cuentos meros tipos (el ogro, el astuto, etc.);  los cuentos llevan una existencia nómada por pueblos, lenguas y culturas, los mitos pueden cristalizar en la tradiciòn de un pueblo o una cultura determinados, llegando a convertirse en un “mito total que cubre la visión que esa sociedad tiene de su propio pasado, de su presente y de su futuro, de sus relaciones con sus dioses y vecinos, de sus tradiciones, de sus deberes sociales y religiosos y de su destino último.”  A este mito lo denomina “mito de incumbencia”, que tiene como función “mantener unida a una sociedad“.  Un ejemplo de esta clase de mitos se encontraría en la Biblia, que, por su carácter enciclopédico (desde la creación al apocalipsis), puede “suministrar un armazón mítico a la cultura”. []


Tomado del Diccionario de términos literarios de Demetrio Estébanez Calderón

La celda [una descripción para un propósito]

La celda es más bien pequeña. No tiene forma perfectamente prismática cuadrangular a causa del techo. Éste, en efecto, ofrece una superficie alabeada cuya parte más alta se encuentra en uno de los ángulos del cuadrilátero superior. Aparentemente, cada dos células componen una de las semicúpulas sobre las que reposa el empuje de la enorme masa del gran edificio suprayacente. Estas cúpulas y paredes son de granito. Todas ellas están blanqueadas recientemente. Sólo algunos graffiti realizados apresuradamente en las últimas semanas pueden significar restos de la producción artística de los anteriores ocupantes. Las dimensiones de la celda son más o menos las siguientes. Dos metros cincuenta de altura hasta la parte más alta de la semicúpula; un metro diez desde la puerta hasta la pared opuesta; un metro sesenta en sentido perpendicular al vector anteriormente medido. Dadas estas dimensiones, un hombre de envergadura normal sólo puede estirar a la vez los dos brazos -sin tropezar con materia opaca- en el sentido de las diagonales. Por el contrario, ni un hombre muy alto podría llegar a tocar el techo. La cama no está orientada en el sentido de la diagonal, sino paralela al plano normal de la puerta y apoyada en la pared opuesta a ésta, por lo que un hombre de buena estatura al dormir debe recoger ligeramente sus piernas aproximándose a la llamada posición fetal sin necesidad de alcanzarla totalmente. La puerta es suficiente para pasar por ella sin tener que inclinarse y está fabricada en madera seca de buena calidad. A media altura hay en ella un ventanillo de 15 por 20 centímetros, siendo la dimensión mayor la vertical. Este ventanillo aunque obturado por tres barrotes de hierro permite una perfecta inspección de cuanto contiene el espacio habitable de la celda. La altura a que este ventanillo está situado es tal que obliga a los guardianes de altura reglamentaria a inclinar ligeramente la cabeza para ver al que hay dentro. En el caso de que el prisionero esté de pie sobre el lecho, el guardia sólo ve la parte inferior de su cuerpo a partir del ombligo y la inclinación que debe hacer para verle completamente es más grande. Esta inspección visual es posible gracias a una bombilla colocada en un agujero de la pared sobre el marco de la puerta. Por lo tanto la luz ilumina al mismo tiempo la celda y el estreches corredor. Este corredor está de tal modo dispuesto que nunca hay celdas enfrente sino sólo una pared lisa. Entre esta pared lisa -también blanqueada- y la puerta queda un espacio de cuarenta centímetros por el que deambulan los guardias. En aparente contradicción con la magnitud de los muros de granito y la profundidad a que tan curioso laberinto se ha establecido, cada puerta individual no está cerrada sino mediante modesto cerrojo de baja calidad semejante al que pueda ser utilizado, por ejemplo, en un gallinero. El prisionero, aplicando su cara a los barrotes puede llegar a ver el cerrojo, pero no manejarlo, a no ser que disponga de algún útil apto para esta manipulación, tal como alambre, cuerda, o fragmento de madera. Nada, sin embargo, en el interior de la celda puede ser considerado como fuente de aprovisionamiento de tales materiales. El ventanillo, desprovisto de cristal, al mismo tiempo que asegura la ventilación, permite sean encendidos por el guardia los pitillos que el prisionero pueda haber llevado consigo hasta el provisional aposento.

La luz es eterna. No se apaga ni de día ni de noche.

Dentro de la celda, además del aire y del prisionero, de la cal con que están pintadas las paredes y de los dibujos que en ésta hayan podido ser hechos, río hay otra cosa que un lecho. Este lecho está construido de un modo sólido, a prueba del peso quizá excesivo con que un hipotético campeón de lucha grecorromana o tesorero estafador del «Club de los Gordos» pudiera abrumarlo algún día. La idea básica que ha presidido la fabricación de este lecho standard merece ser estudiada con detalle. Se ha llegado a conseguir un tipo de lecho que excluye la posibilidad de desvencijamiento e incluso los molestos crujidos que pudieran producir los desacordados movimientos del prisionero. Asimismo resulta totalmente imposible el alojamiento o cría de parásitos en sus intersticios. Su sólida construcción hace sumamente improbable que de él puedan obtenerse materiales arrojadizos u otros utilizables como ganzúa. Este lecho silencioso, indeformable, incombustible, intransportable, a prueba de fuego, a prueba de choque, a prueba de inundación, bajo el que persona alguna jamás podrá ocultarse, que nunca será arrojado alevosamente contra el guardián por preso mal intencionado está enteramente realizado en obra de mampostería rematada en capa de cemento amorosamente pulida por el maestro albañil de una vez por todas, con la precisión con que la camarera de un hotel de lujo alisa la colcha cada día. Así se ha conseguido armonizar las artes suntuarias con la arquitectura del modo más perfecto. Por un escrúpulo de humanidad y para dar todo el reposo tolerable a los miembros de los huéspedes, la almohada ha sido realizada en el extremo correspondiente del lecho asimismo en cemento, haciendo cuerpo con el resto del inmueble y de la altura aconsejada para un sueño perfectamente fisiológico: seis a ocho centímetros. Otras ventajas: la perfecta coaptación del lecho con las paredes y suelo de la celda hace inexistente esa rendija en que en reiteradas ocasiones se han introducido mensajes en cifra, biblias protestantes, fotografías pornográficas o cápsulas de cianuro. Y no sólo eso: la solidez, el cuerpo, la armadura del cemento prestan (una vez que deja de considerarse tal mole grisácea como lecho y se pasa a la no menos útil perspectiva de ver en ella un paisaje habitable o un accidente geográfico) sólido apoyo y campo de ejercicio a quien quiera ejecutar los diversos tipos de gimnasia que una celda de aislamiento permite al prisionero: ejercicios respiratorios, yoga, swing de golf con palo imaginario, ataques epileptiformes voluntariamente simulados, precipitación al abismo y subida de nuevo a la montaña. Sobre el lecho, en efecto puesto el preso en pie, un rotundo cambio en la perspectiva es conseguido. El aire de las regiones superiores es sin duda más puro, los dibujos de la pared son más escasos allá arriba, los pies del guardia son vistos a su paso tras el ventanillo y no sus robustos hombros, el suelo de la celda con restos quizá de miga de pan, quizá de grasa, quizá de colillas deletéreas queda a mayor distancia. La misma almohada se convierte en pequeña colina árida que huella Gulliver, al fin, en un mundo a la medida humana.

Otra posible utilización del lecho consiste simplemente en sentarse con la mirada fija en el ventanuco y (más allá de él) en la pared desnuda y (más allá de ésta) en el mundo exterior concéntricamente ordenado. Alzando ahora la visual con ligera oblicuidad hacia las regiones más elevadas del pasillo, la cara del guardia (a su paso, regido por una periodicidad impropia) podrá ser vista sin necesidad de que él se incline y se comprobará así la presencia de sus ojos, de sus labios, de su nariz, de su boca y a veces de su frente.

La tercera posible utilización del lecho no es otra que la posición recumbente o postura de dormir, función nunca del todo imposible incluso en las más adversas circunstancias.

Aunque, durante las primeras horas, pudiera creerse que el silencio reina en aquellas confusas galerías, esta impresión es errónea y se debe a la escasez de señales acústicas significativas y a la escasa importancia, en el primer momento, de ruidos y rumores que, sin embargo, existen. Puede hacerse, a este respecto, un rápido inventario. Ante todo son constantes los ruidos de agua que corre, que se deben a los escapes de váteres y lavabos. Luego se advierte el eco y cóncava resonancia de las voces que podemos llamar exteriores, lamento de ciego vendiendo lotería, monótona mujer gruesa que pregona los periódicos, cláxones apagados por la distancia. Otras voces, por el contrario, son interiores y tienen mayor interés. Las más constantes son las que profieren los guardianes libres de servicio jugando a las cartas durante todo el día y toda la noche en la plazuela central del laberinto. Las más sorprendentes son las risas y juegos del Kindergarten subterráneo que forman los niños de las detenidas en la celda común que, por su pequeña edad, acompañan a sus madres. Estos niños corren, gritan y ríen sólo dentro de un espacio restringido, pero sus voces llegan hasta la más recóndita celda. Por último, constantemente se cree oír el nombre de alguno de los detenidos cuando es llamado, ya para declaración, ya para traslado, ya para libertad. La espera configura la materia prima de las vibraciones de forma que cada detenido cree, cuando aguza su oído, escuchar su propio nombre en boca de alguno de los inmediatos servidores del poder que radica unos metros más arriba.

Llegada la noche se da una manta parda al detenido. Llegado el día se le retira exigiéndole sea doblada por sus pliegues. Estos acontecimientos y los más banales del rancho o de la orina dan forma de calendario a un tiempo que, por lo demás, se muestra uniformemente constituido de angustia y virtudes teologales.

Luis Martín Santos, Tiempo de silencio (1962)

Haruki Murakami: «El escritor tiene que profundizar hasta el segundo sótano de la conciencia»


Sergio C. Fanjul, El País, 18 de octubre de 2023



Haruki Murakami (Kioto, 74 años) ha llegado este miércoles al teatro Jovellanos de Gijón, ante los aplausos de los fans congregados a la puerta, calzando unas zapatillas deportivas, de las de correr; porque Murakami además de escritor es un conocido corredor de maratones. El menudo japonés camina liviano y frágil, como si la gravedad le atrajese menos que al resto, y parece algo abrumado. Además de escritor y corredor, es un tímido declarado que siente cierta aversión a las comparecencias públicas y mediáticas. No se prodiga. Por eso la oportunidad de escucharle en Gijón ha sido muy atractiva para los mil miembros de 93 clubs de lectura de bibliotecas públicas asistentes al evento, muy mayoritariamente mujeres, que ha conducido la periodista de EL PAÍS Berna González Harbour. El autor nipón, eterno candidato al Nobel, es este año Premio Princesa de Asturias de las Letras.


“Aquí la comida es buenísima”, ha sido de lo primero que ha dicho en respuesta a la pregunta de la periodista por su estancia en Asturias. Luego ha ahondado en ciertas facetas de su obra. “El trabajo del escritor es bajar a las profundidades de la conciencia”, ha explicado. “Si la conciencia es una casa, con sus diferentes pisos, el escritor tiene que bajar, no al sótano, sino al segundo sótano”. Esa profundización en la esencia humana explica, a juicio del autor, que su obra sea bien recibida por jóvenes y mayores, hombres y mujeres, y gentes de diferentes culturas. En el fondo, muy en el fondo, en ese segundo sótano, todos somos muy parecidos.


Murakami tiene la voz grave y, a pesar de la timidez, cierta vis cómica que se ha visto potenciada al infinito por la dicharachera traductora simultánea en los auriculares. De tal modo que se ha registrado una hilaridad constante en la platea, no siempre por lo que el japonés ha dicho, sino por el desparpajo de la traducción, en un evento, por lo demás, trufado de contratiempos técnicos. Cabe preguntarse si el autor comprendía el motivo de tanta carcajada cuando muchas veces el mensaje no era tan gracioso, pero se le ha visto cómodo en el papel. Eso sí, según ha declarado, “el sentido del humor es más importante en mi obra que la soledad o la congoja”. Muchos nunca hubieran esperado que un encuentro con Murakami (y su traductora) fuera a ser tan divertido.


Autor de más de veinte novelas, varias decenas de relatos y más de media docena de ensayos, Murakami ha sido criticado por introducir en su obra demasiados elementos de la cultura occidental en detrimento de la tradición nipona, y no solo de la cultura pop, como ciertas canciones (es un apasionado del jazz; antes de escribir regentaba un club de esta música), sino también la preocupación por la conciencia individual, en la que el Occidente individualista contrasta con el Oriente comunitario. Su primera lectura occidental, Rojo y negro, de Stendhal. Y ha leído cuatro veces Los hermanos Karamazov, de Dostoievski, “No creo que haya mucha gente que pueda decir eso”, ha señalado. Y eso que no le gustan los libros gruesos.


“Mi padre era profesor de literatura japonesa, y mi madre, hasta casarse, también”, explicó Murakami, “por eso me alejé de la literatura japonesa. Pero soy japonés, vivo en Japón, escribo en japonés y como comida japonesa. Ahora que mi estilo se ha asentado, ya no me critican por esto”. Un estilo del que el autor ha destacado la “belleza del ritmo y de la melodía”, en respuesta a las dudas de los clubes de lectura, que leyeron sus preguntas con solemnidad y entre frecuentes aplausos, que se intercalaban con las risas recurrentes.


Cuando tenía 29 años, Murakami escribió su primera novela. “Fue algo que cayó del cielo, al ir a ver un partido de béisbol en primavera, nunca imaginé que podría escribir algo así. Y así ha sido siempre y así sigo, esperando que sigan cayendo cosas del cielo”, ha relatado, abriendo los brazos hacia el cenit, a cuenta de su inspiración para escribir. Luego están las carreras. “Cuando salgo a correr trato de no pensar en nada, de vaciar la cabeza, no es fácil. Pero escribir, sobre todo cuando son novelas largas, es exigente físicamente. Nunca me creen cuando lo digo”, ha añadido.


Murakami combina una narrativa sencilla, los diálogos lacónicos, con ambientes donde el realismo mágico se entrelaza con la ciencia ficción y temas como la soledad, el aislamiento, la búsqueda de la identidad o el amor. El particular cóctel literario, desde la novela Tokio blues. Norwegian wood (Tusquets), escrita en 1987 aunque publicada en España en 2005, cautivó a lectores por todo el planeta. “Me gustan autores como García Márquez, pero no me gustan los ismos. Así que más que realismo mágico creo que hago murakaísmo. No tengo maestros, ni discípulos. Soy solo yo. Es mi negocio”, ha concluido. Entre las inagotables risas del público.



«Sé lo importante que es la ficción para mi, porque si quiero expresarme, tengo que inventar una historia. Alguna gente lo llama imaginación. Para mí, no es imaginación, es una forma de mirar.»

Haruki Murakami

Trescientas veinticinco palabras

COMO UN DARDO
Manuel Vicent,  El País,  29 de abril de 2023


Son aproximadamente 325 palabras, que equivalen a unos 1.880 caracteres con espacios. El escritor elabora con ellas un artículo como el herrero templa un dardo en el yunque después de calentar el hierro en la fragua. Cada dedo es un pequeño martillo sobre el yunque del teclado. Mientras golpea el hierro incandescente para darle una forma muy aguda, el escritor piensa que ese dardo hecho solo de palabras puede salir del arco disparado en varias direcciones. El escritor puede mandarlo hacia los dulces valles de la infancia donde permanecen todavía intactos los nidos de pájaros, los tebeos amarillos en un armario, la caja de los gusanos de seda en el desván, los aromas de la despensa y las primeras lágrimas. El artículo envuelto en una nostalgia lírica se perderá en la nada. El escritor martillea con los dedos otras palabras. En el yunque del teclado brotan ahora los nombres de Botticelli y Simonetta Vespucci, de Antonello de Mesina que pintó a una Virgen que se parecía a Pier Angeli o tal vez de Dante y Beatriz ya viejos paseando por la orilla del Arno. El escritor los lleva en su memoria desde aquella primavera cuando fue por primera vez a Florencia. Ahora trata de cargar el dardo con historias de navegaciones, de ciudades lejanas, de amores perdidos, de tantos libros leídos, de tantos viajes y regresos, de éxitos y fracasos. Mientras el escritor golpea las palabras sobre el yunque no olvida toda la basura política y moral que existe a su alrededor y por un momento se propone usar ese dardo como un arma ofensiva solo para salvarse. El trabajo ha terminado. El dardo está ya tenso en el arco. Esta vez son exactamente 324 palabras que, como siempre, sirven para luchar o soñar, la eterna cuestión. El escritor puede disparar el dardo contra la ignominia que le rodea o apuntar alto para que alcance solo cierto grado de belleza cruzando el espacio incontaminado.

Notas sobre teatralidad y teatro del siglo xx


TEATRALIDAD
Cualidad por la que un texto dramático, al ser puesto en escena, deja de ser mera literatura para convertirse en un espectáculo propiamente teatral. 
La esencia de la teatralidad radicaría no en el texto mismo, sino en ese conjunto de signos y sensaciones que se producen en el escenario a partir de la representación de una trama argumental escrita que es percibida por los espectadores como un entramado de “artificios sensuales, gestos, tonos, distancias, sustancias, luces que sumergen el texto en la plenitud de su lenguaje exterior” (R. Barthes, 1964).
Antonin Artaud ha contribuido notablemente al redescubrimiento de la teatralidad potencial de los textos dramáticos, salvándoles del predominio anterior de la “literariedad”. Frente a los dramaturgos de tendencia naturalista, empeñados en crear una imagen verosímil de la realidad, disolviendo las marcas de lo teatral, Artaud, como V. E.Meyerhold, B. Brecht, etc-. se apartan de ese objetivo de crear “ilusión de realidad” y tratan de recuperar la marca específica de lo dramático, devolviendo a la representación su carácter de espectáculo específicamente teatral.

TEATRO DEL SIGLO XX
En el teatro realista y naturalista del siglo XIX se percibe como máximo objetivo el logro de la verosimilitud en la recreación de ambientes y personajes, así como en el dispositivo escénico e interpretación de los actores (que habrían de “encarnar” y vivir su personaje), todo ello para producir una intensa “ilusión de realidad” (Zola, Antoine). Con la llegada del cine, capaz de crear a la perfección esta ilusión de realidad, el teatro realista y naturalista pierde sentido. Previamente, había surgido una reacción antinaturalista con el Simbolismo (búsqueda de una atmósfera poética, transcendente y misteriosa) que continúan en los movimientos de vanguardia (Dadaísmo, Expresionismo y Surrealismo) con la irrupción de lo irreal insólito, de lo onírico, de lo violento y provocador en los escenarios.
En el siglo XX se advierte un amplio y diversificado movimiento de renovación dramática gracias a la aparición de grandes dramaturgos y directores de escena, movidos de un deseo de retorno a los orígenes del teatro cuando éste era vivido como espectáculo festivo por el público asistente: en la tragedia griega, en los misterios medievales, en la Comedia del Arte italiana, etc.
Las líneas básicas de esa renovación serían: 
a)  Recuperación del carácter de fiesta y celebración ritual de la representación (A. Artaud, J. Copeau, J. Grotowski, etc.)
b) Conversión del texto (considerado no en su literariedad, sino en sus virtualidades dramáticas) en medio disponible y modificable al servicio de una representación en la que cuentan otros medios para convertirla en un espectáculo total: luz, sonido, danza, mimo, recursos procedentes del teatro de títeres, del circo, del cine, del music-hall, etc. (S. Becket convierte, mediante el escarnio, el teatro en circo y a sus personajes en payasos)
c) Ruptura de la “ilusión de realidad” mediante técnicas precisas de “extrañamiento” (L. Pirandello, E. Piscator, B. Brecht, etc.)
d) Dignificación de los comediantes y capacitación para lograr destreza en la expresión corporal, gestualidad, mimo, declamación, etc. (K. Stanislavski, Meyerhold, Copeau); potenciación de la figura del director de escena: dramaturgos como L. Pirandello, J. Giraudoux o Tennessee Williams cuentan con grandes directores;  B. Brecht y J. Grotowski dirigen la puesta en escena de sus propias obras
e) Transformación de las condiciones especiales de la representación, que hagan posible una mayor participación de espectadores: teatros circulares, escenarios móviles, vuelta al teatro ambulante (La barraca de Lorca, p. e.), en la calle, en el café (café teatro, happening), en la escuela, en la fábrica, etc. Tendencias a la simplificación del decorado, plástica elemental (Copeau, Grotowski, Ronconi).
f) Renovación de las formas expresivas del lenguaje dramático, para conmover y asombrar a los espectadores, al romper con los moldes habituales de la comunicación: lenguaje provocador (Artaud), estridente (Vauthier), sonámbulo (Schébade), simbólico (Lorca), destructor de la realidad que expresa (Ionesco, Vian, Genet) o revelador del sentido o sin-sentido de la misma (Adamov, Beckett) o deformador y esperpéntico (Valle Inclán).
Desde estos presupuestos se han sucedido, a lo largo del siglo XX, una serie de experiencias y creaciones teatrales conocidas con los nombres de Teatro del absurdo (Ionesco, Beckett, Adamov, Albee, F. Arrabal, Pinget., etc.), Teatro de la crueldad (Artaud), Teatro documental (Buchner, Weiss, etc.) Teatro épico (Brecht), Teatro experimental (Grotowski, Living Theatre, etc.), Teatro de parábola (Frisch, Durrenmatt), Teatro político (Piscator, Osborne, OCasey, etc.), etc.
Por último, un hecho importante en esta renovación teatral ha sido el intercambio de experiencias en el plano internacional a través de festivales, como el ya consagrado de Avignon, o la inauguración del llamado Teatro de las Naciones (1957) de París, que pone en contacto al público europeo con formas del teatro oriental (p. e., el No y el Kabuki japoneses) y africano. 
Tomado de: Demetrio Estébanez Calderón, Diccionario de términos literarios.  Madrid: Alianza, 1999.

Julio Cortázar, ALGUNOS ASPECTOS DEL CUENTO

Me encuentro hoy ante ustedes en una situación bastante paradójica. Un cuentista argentino se dispone a cambiar ideas acerca del cuento sin que sus oyentes y sus interlocutores, salvo algunas excepciones, conozcan nada de su obra. El aislamiento cultural que sigue perjudicando a nuestros países, sumado a la injusta incomunicación a que se ve sometida Cuba en la actualidad, han determinado que mis libros, que son ya unos cuantos, no hayan llegado más que, por excepción, a manos de lectores: tan dispuestos y tan entusiastas como ustedes. Lo malo de esto no es tanto que ustedes no hayan tenido oportunidad de juzgar mis cuentos, sino que yo me siento un poco como un fantasma que viene a hablarles sin esa relativa tranquilidad que da siempre el saberse precedido por la labor cumplida a lo largo de los años. Y esto de sentirme como un fantasma debe ser ya perceptible en mí, porque hace unos días una señora argentina me aseguró en el hotel Riviera que yo no era Julio Cortázar, y ante mi estupefacción, agregó que el auténtico Julio Cortázar es un señor de cabellos blancos, muy amigo de un pariente suyo, y que no se ha movido nunca de Buenos Aires. Como yo hace doce años que resido en París, comprenderán ustedes que mi calidad espectral se ha intensificado notablemente después de esta revelación. Si de golpe desaparezco en mitad de una frase, no me sorprenderé demasiado, y a lo mejor salimos todos ganando.

Se afirma que el deseo más ardiente de un fantasma es recobrar por lo menos un asomo de corporeidad, algo tangible que lo devuelva por un momento a su vida de carne y hueso. Para lograr un poco de tangibilidad ante ustedes, voy a decir en pocas palabras cuál es la dirección y el sentido de mis cuentos. No lo hago por mero placer informativo, porque ninguna reseña teórica puede sustituir a la obra en sí; mis razones son más importantes que ésa. Puesto que voy a ocuparme de algunos aspectos del cuento como género literario, y es posible que algunas de mis ideas sorprendan o choquen a quienes las escuchen, me parece de una elemental honradez definir el tipo de narración que me interesa, señalando mi especial manera de entender el mundo. Casi todos los cuentos que he escrito pertenecen al género llamado fantástico, por falta de mejor nombre, y se oponen a ese falso realismo que consiste en creer que todas las cosas pueden describirse y explicarse como lo daba por sentado el optimismo filosófico y científico del siglo xviii, es decir, dentro de un mundo regido más o menos armoniosamente por un sistema de leyes, de principios, de relaciones de causa a efecto, de psicologías definidas, de geografías bien cartografiadas. En mi caso la sospecha de otro orden más secreto y menos comunicable, y el fecundo descubrimiento de Alfred Jarry, para quien el verdadero estudio de la realidad no residía en las leyes sino en las excepciones a esas leyes, han sido algunos de los principios orientadores de mi búsqueda personal de una literatura al margen de todo realismo demasiado ingenuo. Por eso, si en las ideas que siguen encuentran ustedes una predilección por todo lo que en el cuento es excepcional, trátese de los temas o incluso de las formas expresivas, creo que esta presentación de mi propia manera de entender el mundo explicará mi toma de posición y mi enfoque del problema. En último extremo podrá decirse que sólo he hablado del cuento tal y como yo lo practico. Y, sin embargo, no creo que sea así. Tengo, la certidumbre de que existen ciertas constantes, ciertos valores que se aplican a todos los cuentos, fantásticos o realistas, dramáticos o humorísticos. Y pienso que tal vez sea posible mostrar aquí esos elementos invariables que dan a un buen cuento su atmósfera peculiar y su calidad de obra de arte.

La oportunidad de cambiar ideas acerca del cuento me interesa por diversas razones. Vivo en un país —Francia— donde este género tiene poca vigencia, aunque en los últimos años se nota entre escritores y lectores un interés creciente por esa forma de expresión. De todos modos, mientras los críticos siguen acumulando teorías y manteniendo enconadas polémicas acerca de la novela, casi nadie se interesa por la problemática del cuento. Vivir como cuentista en un país donde esta forma expresiva es un producto casi exótico, obliga forzosamente a buscar en otras literaturas el alimento que allí falta. Poco a poco, en sus textos originales o mediante traducciones, uno va acumulando casi rencorosamente una enorme cantidad de cuentos del pasado y del presente, y llega el día en que puede hacer un balance, intentar una aproximación valorativa a ese género de tan difícil definición, tan huidizo en sus múltiples y antagónicos aspectos, y en última instancia tan secreto y replegado en sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario.

Pero además de ese alto en el camino que todo escritor debe hacer en algún momento de su labor, hablar del cuento tiene un especial interés para nosotros, puesto que casi todos los países americanos de lengua española le están dando al cuento una importancia excepcional, que jamás había tenido en otros países latinos como Francia o España. Entre nosotros, como es natural en las literaturas jóvenes, la creación espontánea precede casi siempre al examen crítico, y está bien que así sea. Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillado; en segundo lugar, los teóricos y los críticos no tienen por qué ser los cuentistas mismos, y es natural que aquéllos sólo entren en escena cuando exista ya un acervo, un acopio de literatura que permita indagar y esclarecer su desarrollo y sus cualidades. En América, tanto en Cuba como en México o Chile o Argentina, una gran cantidad de cuentistas trabaja desde comienzos del siglo, sin conocerse mucho entre sí, descubriéndose a veces de una manera casi póstuma. Frente a ese panorama sin coherencia suficiente, en el que pocos conocen a fondo la labor de los demás, creo que es útil hablar del cuento por encima de las particularidades nacionales e internacionales, porque es un género que entre nosotros tiene una importancia y una vitalidad que crecen de día en día. Alguna vez se harán las antologías definitivas —como las hacen los países anglosajones, por ejemplo— y se sabrá hasta dónde hemos sido capaces de llegar. Por el momento no me parece inútil hablar del cuento en abstracto, como género literario. Si nos hacemos una idea convincente de esa forma de expresión literaria, ella podrá contribuir a establecer una escala de valores para esa antología ideal que está por hacerse. Hay demasiada confusión, demasiados malentendidos en este terreno. Mientras los cuentistas siguen adelante su tarea, ya es tiempo de hablar de esa tarea en sí misma, al margen de las personas y de las nacionalidades. Es preciso llegar a tener una idea viva de lo que es el cuento, y eso es siempre difícil en la medida en que las ideas tienden a lo abstracto, a desvitalizar su contenido, mientras que a su vez la vida rechaza angustiada ese lazo que quiere echarle la conceptuación para fijarla y categorizarla. Pero si no tenemos una idea viva de lo que es el cuento, habremos perdido el tiempo, porque un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano del hombre donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal, si se me permite el término; y el resultado de esa batalla es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia. Sólo con imágenes se puede transmitir esa alquimia secreta que explica la profunda resonancia que un gran cuento tiene entre nosotros, y que explica también por qué hay pocos cuentos verdaderamente grandes.

Para entender el carácter peculiar del cuento se lo suele comparar con la novela, género mucho más popular y sobre el cual abundan las preceptivas. Se señala, por ejemplo, que la novela se desarrolla en el papel, y por lo tanto en el tiempo de lectura, sin otros límites que el agotamiento de la materia novelada; por su parte, el cuento parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede de las veinte páginas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha. En ese sentido, la novela y el cuento se dejan comparar analógicamente con el cine y la fotografía, en la medida en que una película es en principio un «orden abierto», novelesco, mientras que una fotografía lograda presupone una ceñida limitación previa, impuesta en parte por el reducido campo que abarca la cámara y por la forma en que el fotógrafo utiliza estéticamente esa limitación. No sé si ustedes han oído hablar de su arte a un fotógrafo profesional; a mí siempre me ha sorprendido el que se exprese tal como podría hacerlo un cuentista en muchos aspectos. Fotógrafos de la calidad de un Cartir-Bresson o de un Brassai definen su arte como una aparente paradoja: la de recortar un fragmento de la realidad, fijándole determinados límites, pero de manera tal que ese recorte actúe como una explosión que abre de par en par una realidad mucho más amplia, como una visión dinámica que trasciende espiritualmente el campo abarcado por la cámara, Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el climax de la obra, en una fotografía o en un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir, que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos, sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura,de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento. Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knockout. Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos. El cuentista sabe que no puede proceder acumulativamente, que no tiene por aliado al tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario. Y esto, que así expresado parece una metáfora, expresa, sin embargo, lo esencial del método. El tiempo del cuento y el espacio del cuento tienen que estar como condenados, sometidos a una alta presión espiritual y formal para provocar esa «apertura» a que me refería. Basta preguntarse por qué un determinado cuento es malo. No es malo por el tema, porque en literatura no hay temas buenos ni temas malos, hay solamente un buen o un mal tratamiento del tema. Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka. Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos, como se verá, acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.


Decíamos que el cuentista trabaja con un material que calificamos de significativo. El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico, como ocurre en tantos admirables relatos de una Katherine Mansfield o de un Sherwood Anderson, se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana o en el símbolo quemante de un orden social o histórico. Un cuento es significativo cuando quiebra sus propios límites con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta. Pienso, por ejemplo, en el tema de la mayoría de los admirables relatos de Antón Chéjov. ¿Qué hay allí que no sea tristemente cotidiano, mediocre, muchas veces conformista o inútilmente rebelde? Lo que se cuenta en esos relatos es casi lo que de niños, en las aburridas tertulias que debíamos compartir con los mayores, escuchábamos contar a los abuelos o a las tías; la pequeña, insignificante crónica familiar de ambiciones frustradas, de modestos dramas locales, de angustias a la medida de una sala, de un piano, de un té con dulces. Y, sin embargo los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos propone una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada. Ustedes se han dado ya cuenta de que esa significación misteriosa no reside solamente en el tema del cuento, porque en verdad la mayoría de los malos cuentos que todos hemos leído contienen episodios similares a los que tratan los autores nombrados. La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema. Y es aquí donde, bruscamente, se produce el deslinde entre el buen y el mal cuentista. Por eso habremos de detenernos con todo el cuidado posible en esta encrucijada para tratar de entender un poco más esa extraña forma de vida que es un cuento logrado, y ver por qué está vivo mientras otros, que aparentemente se le parecen, no son más que tinta sobre papel, alimento para el olvido.

Miremos la cosa desde el ángulo del cuentista y en este caso, obligadamente, desde mi propia versión del asunto. Un cuentista es un hombre que de pronto, rodeado de la inmensa algarabía del mundo, comprometido en mayor o menor grado con la realidad histórica que lo contiene, escoge un determinado tema y hace con él un cuento. Este escoger un tema no es tan sencillo. A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo. En mi caso, la gran mayoría de mis cuentos fueron escritos —cómo decirlo— al margen de mi voluntad, por encima o por debajo de mi conciencia razonante, como si yo no fuera más que un médium por el cual pasaba y se manifestaba una fuerza ajena. Pero esto, que puede depender del temperamento de cada uno, no altera el hecho esencial, y es que en un momento dado hay tema, ya sea inventado o escogido voluntariamente, o extrañamente impuesto desde un plano donde nada es definible. Hay tema, repito, y ese tema va a volverse cuento. Antes de que ello ocurra, ¿qué podemos decir del tema en sí? ¿Por qué ese tema y no otro? ¿Qué razones mueven consciente o inconscientemente al cuentista a escoger un determinado tema?

A mí me parece que el tema del que saldrá un buen cuento es siempre excepcional, pero no quiero decir con esto que un tema deba ser extraordinario, fuera de lo común, misterioso o insólito. Muy al contrarío, puede tratarse de una anécdota perfectamente trivial y cotidiana. Lo excepcional reside en una cualidad parecida a la del imán; un buen tema atrae todo un sistema de relaciones conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y hasta ideas que flotaban virtualmente en su memoria o su sensibilidad; un buen tema es como un buen sol, un astro en torno al cual gira un sistema planetario del que muchas veces no se tenía conciencia hasta que el cuentista, astrónomo de palabras, nos revela su existencia. O bien, para ser más modestos y más actuales a la vez, un buen tema tiene algo de atómico, de núcleo en torno al cual giran los electrones; y todo eso, al fin y al cabo, ¿no es ya como una proposición de vida, una dinámica que nos insta a salir de nosotros mismos y a entrar en un sistema de relaciones más complejo y más hermoso? Muchas veces me he preguntado cuál es la virtud de ciertos cuentos inolvidables. En el momento los leímos junto con muchos otros, que incluso podían ser de los mismos autores. Y he aquí que los años han pasado, y hemos vivido y olvidado todo; pero esos pequeños, insignificantes cuentos, esos granos de arena en el inmenso mar de la literatura, siguen ahí, latiendo en nosotros. ¿No es verdad que cada uno tiene su colección de cuentos? Yo tengo la mía, y podría dar algunos nombres. Tengo William Wilson, de Edgar Poe; tengo Bola de sebo, de Guy de Maupassant. Los pequeños planetas giran y giran: ahí está Un recuerdo de Navidad, de Truman CapoteTlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Jorge Luis BorgesUn sueño realizado, de Juan Carlos OnettiLa muerte de Iván Ilich, de TolstoiFifty Grand, de HemingwayLos soñadores, de Isak Dinesen, y así podría seguir y seguir… Ya habrán advertido ustedes que no todos esos cuentos son obligadamente de antología. ¿Por qué perduran en la memoria? Piensen en los cuentos que no han podido olvidar y verán que todos ellos tienen la misma característica: son aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que la de su mera anécdota, y por eso han influido en nosotros con una fuerza que no haría sospechar la modestia de su contenido aparente, la brevedad de su texto. Y ese hombre que en un determinado momento elige un tema y hace con él un cuento será un gran cuentista si su elección contiene —a veces sin que él lo sepa conscientemente— esa fabulosa apertura de lo pequeño hacia lo grande, de lo individual y circunscrito a la esencia misma de la condición humana. Todo cuento perdurable es como la semilla donde está durmiendo el árbol gigantesco. Ese árbol crecerá en nosotros, dará su sombra en nuestra memoria.


Sin embargo, hay que aclarar mejor esta noción de temas significativos. Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores. Por eso, cuando decimos que un tema es significativo, como en el caso de los cuentos de Chéjov, esa significación se ve determinada en cierta medida por algo que está fuera del tema en sí, por algo que está antes y después del tema. Lo que está antes es el escritor, con su carga de valores humanos y literarios, con su voluntad de hacer una obra que tenga un sentido; lo que está después es el tratamiento literario del tema, la forma en que el cuentista, frente a su tema, lo ataca y sitúa verbalmente y estilísticamente, lo estructura en forma de cuento, y lo proyecta en último término hacia algo que excede el cuento mismo. Aquí me parece oportuno mencionar un hecho que me ocurre con frecuencia, y que otros cuentistas amigos conocen tan bien como yo. Es habitual que en el curso de una conversación alguien cuente un episodio divertido o conmovedor o extraño, y que dirigiéndose luego al cuentista presente le diga: «Ahí tienes un tema formidable para un cuento; te lo regalo.» A mí me han regalado en esa forma montones de temas, y siempre he contestado amablemente: «Muchas gracias», y jamás he escrito un cuento con ninguno de ellos. Sin embargo, cierta vez una amiga me contó distraídamente las aventuras de una Criada suya en París. Mientras escuchaba su relato, sentí que eso podía llegar a ser un cuento. Para ella esos episodios no eran más que anécdotas curiosas; para mí bruscamente se cargaban de un sentido que iba mucho más allá de su simple y hasta vulgar contenido. Por eso, toda vez que me han preguntado: ¿cómo distingue entre un tema insignificante —por más divertido o emocionante que pueda ser— y otro significativo?, he respondido que el escritor es el primero en sufrir ese efecto indefinible pero avasallador de ciertos temas, y que precisamente por eso es un escritor. Así como para Marcel Proust el saber de una magdalena mojada en el té abría bruscamente un inmenso abanico de recuerdos aparentemente olvidados, de manera análoga el escritor reacciona ante ciertos temas en la misma forma en que su cuento, más tarde, hará reaccionar al lector. Todo cuanto está predeterminado por el aura, por la fascinación irresistible que el tema crea en su creador.

Llegamos así al fin de esta primera etapa del nacimiento de un cuento, y tocamos el umbral de su creación propiamente dicha. He aquí al cuentista, que ha escogido un tema valiéndose de esas sutiles antenas que le permiten reconocer los elementos que luego habrán de convertirse en obra de arte. El cuentista está frente a su tema, frente a ese embrión que ya es vida, pero que no ha adquirido todavía su forma definitiva. Para él ese tema tiene sentido, tiene significación.

Pero si todo se redujera a éso, de poco serviría; ahora, como último término del proceso, como juez implacable, está esperando el lector, el eslabón final del proceso creador, el cumplimiento o el fracaso del ciclo. Y es entonces que el cuento tiene que nacer puente, tiene que nacer pasaje, tiene que dar el salto que proyecte la significación inicial, descubierta por el autor, a ese extremo más pasivo y menos vigilante y muchas veces hasta indiferente que llamamos lector. Los cuentistas inexpertos suelen caer en la ilusión de imaginar que les bastará escribir lisa y llanamente un tema que los ha conmovido, para conmover a su turno a los lectores. Incurren en la ingenuidad de aquel que encuentra bellísimo a su hijo, y da por supuesto que los demás lo ven igualmente bello. Con el tiempo, con los fracasos, el cuentista capaz de superar esa primera etapa ingenua, aprende que en literatura no bastan las buenas intenciones. Descubre que para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que le rodea, para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con su circunstancia de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse ese secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión, a la índole del tema, le den su forma visual, y auditiva más penetrante y original, lo vuelvan único, inolvidable, lo fijen para siempre en su tiempo y en su ambiente y en su sentido más primordial. Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige. Ninguno de ustedes habrá olvidado El tonel de amantillado, de Edgar Poe. Lo extraordinario de este cuento es la brusca prescindencia de toda descripción de ambiente. A la tercera o cuarta frase estamos en el corazón del drama, asistiendo al cumplimiento implacable de una venganza. Los asesinos, de Hemingway, es otro ejemplo de intensidad obtenida mediante la eliminación de todo lo que no converja esencialmente al drama. Pero pensemos ahora en los cuentos de Joseph Conrad, de D. H. Lawrence, de Kafka. En ellos, con modalidades típicas de cada uno, la intensidad es de otro orden, y yo prefiero darle el nombre de tensión. Es una intensidad que se ejerce en la manera con que el autor nos va acercando lentamente a lo contado. Todavía estamos muy lejos de saber lo que va a ocurrir en el cuento; sin embargo, no podemos sustraernos a su atmósfera. En el caso de El tonel de amontillado y de Los asesinos, los hechos despojados de toda preparación saltan sobre nosotros y nos atrapan; en cambio, en un relato demorado y caudaloso de Henry James —La lección del maestro, por ejemplo— se siente de inmediato que los hechos en sí carecen de importancia, que todo está en las fuerzas que los desencadenaron, en la malla sutil que los precedió y los acompaña. Pero tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio de escritor, y es aquí donde nos vamos acercando al final de este paseo por el cuento. En mi país, y ahora en Cuba, he podido leer cuentos de los autores más variados: maduros o jóvenes, de la ciudad y del campo, entregados a la literatura por razones estéticas o por imperativos sociales del momento, comprometidos o no comprometidos. Pues bien, y aunque suene a perogrullada, tanto en la Argentina como aquí, los buenos cuentos los están escribiendo quienes dominan el oficio en el sentido ya indicado. Un ejemplo argentino aclarará mejor esto. En nuestras provincias centrales y norteñas existe una larga tradición de cuentos orales, que los gauchos se transmiten de noche en torno al fogón, que los padres siguen contando a sus hijos, y que de golpe pasan por la pluma de un escritor regionalista y, en una abrumadora mayoría de casos, se convierten en pésimos cuentos. ¿Qué ha sucedido? Los relatos en sí son sabrosos, traducen y resumen la experiencia, el sentido del humor y el fatalismo del hombre de campo; algunos incluso se elevan a la dimensión trágica o poética. Cuando uno los escucha de boca de un viejo criollo, entre mate y mate, siente como una anulación del tiempo, y piensa que también los aedos griegos contaban así las hazañas de Aquiles para maravilla de pastores y viajeros. Pero en ese momento, cuando debería surgir un Homero que hiciera una Iliada o una Odisea de esa suma de tradiciones orales, en mi país surge un señor para quien la cultura de las ciudades es un signo de decadencia, para quien los cuentistas que todos amamos son estetas, que escribieron para el mero deleite de clases sociales liquidadas, y ese señor entiende en cambio que para escribir un cuento lo único que hace falta es poner por escrito un relato tradicional, conservando todo lo posible el tono hablado, los giros campesinos, las incorrecciones gramaticales, eso que llaman el color local. No sé si esa manera de escribir cuentos populares se cultiva en Cuba; ojalá que no, porque en mi país no ha dado más que indigestos volúmenes que no interesan ni a los hombres de campo, que prefieren seguir escuchando los cuentos entre dos tragos, ni a los lectores de la ciudad, que estarán muy echados a perder, pero que se tienen bien leídos a los clásicos del género. En cambio —y me refiero también a la Argentina— hemos tenido a escritores como un Roberto J. Payró, un Ricardo Güiraldes, un Horacio Quiroga y un Benito Lynch, que, partiendo también de temas muchas veces tradicionales, escuchados de boca de viejos criollos, como un Don Segundo Sombra, han sabido potenciar ese material y volverlo obra de arte. Pero Quiroga, Güiraldes y Lynch conocían a fondo el oficio de escritor, es decir que sólo aceptaban temas significativos, enriquecedores, así como Homero debió desechar montones de episodios bélicos y mágicos para no dejar más que aquellos que han llegado hasta nosotros gracias a su enorme fuerza mítica, a su resonancia de arquetipos mentales, de hormonas psíquicas, como llamaba Ortega y Gasset a los mitos, Quiroga, Güiraldes y Lynch eran escritores de dimensión universal, sin prejuicios localísticos o étnicos o populistas; por eso, además de escoger cuidadosamente los temas de sus relatos, los sometían a una forma literaria, la única capaz de transmitir al lector todos sus valores, todo su fermento, toda su proyección en profundidad y en altura. Escribían tensamente, mostraban intensamente. No hay otra manera de que un cuento sea eficaz, haga blanco en el lector y se clave en su memoria.

El ejemplo que he dado puede ser de interés para Cuba. Es evidente que las posibilidades que la Revolución ofrece a un cuentista son casi infinitas. La ciudad, el campo, la lucha, el trabajo, los distintos tipos psicológicos, los conflictos de ideología y de carácter; y todo eso como exacerbado por el deseo que se ve en ustedes de actuar, de expresarse, de comunicarse como nunca habían podido hacerlo antes. Pero todo eso, ¿cómo ha de traducirse en grandes cuentos; en cuentos que lleguen al lector con la fuerza y la eficacia necesarias? Es aquí donde me gustaría aplicar concretamente lo que he dicho en un terreno más abstracto. El entusiasmo y la buena voluntad no bastan por sí solos, como tampoco basta el oficio de escritor por sí solo para escribir los cuentos que fijen literariamente (es decir, en la admiración colectiva, en la memoria de un pueblo) la grandeza de esa Revolución en marcha. Aquí, más que en ninguna otra parte, se requiere hoy una fusión total de esas dos fuerzas, la del hombre plenamente comprometido con su realidad nacional y mundial, y la del escritor lúcidamente seguro de su oficio. En ese sencido no hay engaño posible. Por más veterano, por más experto que sea un cuentista, si le falta una motivación entrañable, si sus cuentos no nacen de una profunda vivencia, su obra no irá más allá del mero ejercicio estético. Pero lo contrario será aún peor, porque de nada valen el fervor, la voluntad de comunicar un mensaje, sí se carece de los instrumentos expresivos, estilísticos, que hacen posible esa comunicación. En este momento estamos tocando el punto crucial de la cuestión. Yo creo, y lo digo después de haber pesado largamente todos los elementos que entran en juego, que escribir para una revolución, que escribir dentro de una revolución, que escribir revolucionariamente, no significa, como creen muchos, escribir obligadamente acerca de la revolución misma.

Por mi parte, creo que el escritor revolucionario es aquel en quien se fusionan indisolublemente la conciencia de su libre compromiso individual y colectivo, con esa otra soberana libertad cultural que confiere el pleno dominio de su oficio. Si ese escritor, responsable y lúcido, decide escribir literatura fantástica, o psicológica, o vuelta hacia el pasado, su acto es un acto de libertad dentro de la revolución, y por eso es también un acto revolucionario aunque sus cuentos no se ocupen de las formas individuales o colectivas que adopta la revolución. Contrariamente al estrecho criterio de muchos que confunden literatura con pedagogía, literatura con enseñanza, literatura con adoctrinamiento ideológico, un escritor revolucionario tiene todo el derecho de dirigirse a un lector mucho más complejo, mucho más exigente en materia espiritual de lo que imaginan los escritores y los críticos improvisados por las circunstancias y convencidos de que su mundo personal es el único mundo existente, de que aquellas preocupaciones del momento son las únicas preocupaciones válidas. Repitamos, aplicándola a lo que nos rodea en Cuba, la admirable frase de Hamlet a Horacio: «Hay muchas más cosas en el cielo y la tierra de las que supone tu filosofía…» Y pensemos que a un escritor no se le juzga solamente por el tema de sus cuentos o sus novelas, sino por su presencia viva en el seno de la colectividad, por el hecho de que el compromiso total de su persona es una garantía indesmentible de la verdad y de la necesidad de su obra, por más ajena que ésta pueda parecer a las circunstancias del momento. Esta obra no es ajena a la revolución porque no sea accesible a todo el mundo. Al contrario, prueba que existe un vasto sector de lectores potenciales que, en cierto sentido, están mucho más separados que el escritor de las metas finales de la revolución, de esas metas de cultura, de libertad, de pleno goce de la condición humana que los cubanos se han fijado para admiración de todos los que los aman y los comprenden. Cuando más alto apunten los escritores que han nacido para eso, más altas serán las metas finales del pueblo al que pertenecen. ¡Cuidado con la fácil demagogia de exigir una literatura accesible a todo el mundo! Muchos de los que la apoyan no tienen otra razón para hacerlo que la de su evidente incapacidad para comprender una literatura de mayor alcance. Piden clamorosamente temas populares, sin sospechar que muchas veces el lector, por más sencillo que sea, distinguirá instintivamente entre un cuento popular mal escrito y un cuento más difícil y complejo, pero que le obligará a salir por un momento de su pequeño mundo circundante y le mostrará otra cosa, sea lo que sea, pero otra cosa, algo diferente. No tiene sentido hablar de temas populares a secas. Los cuentos sobre temas populares sólo serán buenos si se ajustan, como cualquier otro cuento, a esa exigente y difícil mecánica interna que hemos tratado de mostrar en la primera parte de esta charla. Hace años tuve la prueba de esta afirmación en la Argentina, en una rueda de hombres de campo a la que asistíamos unos cuantos escritores. Alguien leyó un cuento basado en un episodio de nuestra guerra de independencia, escrito con una deliberada sencillez para ponerlo, como decía su autor, «al nivel del campesino». El relato fue escuchado cortésmente, pero era fácil advertir que no había tocado fondo. Luego uno de nosotros leyó La pata de mono, el justamente famoso cuento de W. W. Jacobs. El interés, la emoción, el espanto y, finalmente, el entusiasmo fueron extraordinarios. Recuerdo que pasamos el resto de la noche hablando de hechicería, de brujos, de venganzas diabólicas. Y estoy seguro de que el cuento de Jacobs sigue vivo en el recuerdo de esos gauchos analfabetos, mientras que el cuento supuestamente popular, fabricado para ellos, con su vocabulario, sus aparentes posibilidades intelectuales y sus intereses patrióticos, ha de estar tan olvidado como el escritor que lo fabricó. Yo he visto la emoción que entre la gente sencilla provoca una representación de Hamlet, obra difícil y sutil si las hay, y que sigue siendo tema de estudios eruditos y de infinitas controversias. Es cierto que esa gente no puede comprender muchas cosas que apasionan a los especialistas en teatro isabelino. ¿Pero qué importa? Sólo su emoción importa, su maravilla y su transporte frente a la tragedia del joven príncipe danés. Lo que prueba que Shakespeare escribía verdaderamente para el pueblo, en la medida en que su tema era profundamente significativo para cualquiera —en diferentes planos, sí, pero alcanzando un poco a cada uno— y el tratamiento teatral de ese tema tenía la intensidad propia de los grandes escritores, y gracias a la cual se quiebran las barreras aparentemente más rígidas, y los hombres se reconocen y fraternizan en un plano que está más allá o más acá de la cultura. Por supuesto, sería ingenuo creer que toda gran obra puede ser comprendida y admirada por las gentes sencillas; no es así, y no puede serlo. Pero la admiración. que provocan las tragedias griegas o las de Shakespeare, el interés apasionado que despiertan muchos cuentos y novelas nada sencillos ni accesibles, debería hacer sospechar a los partidarios del mal llamado «arte popular» que su noción del pueblo es parcial, injusta y, en último término, peligrosa. No se le hace ningún favor al pueblo si se le propone una literatura que pueda asimilar sin esfuerzo, pasivamente, como quien va al cine a ver películas de cow-boys. Lo que hay que hacer es educarlo, y eso es una primera etapa, tarea pedagógica y no literaria. Para mí ha sido una experiencia reconfortable ver cómo en Cuba los escritores que más admiro participan en la revolución dando lo mejor de sí mismos, sin cercenar una parte de sus posibilidades en aras de un supuesto arte popular que no será útil a nadie. Un día Cuba contará con un acervo de cuentos y de novelas: que contendrá transmutada al plano estético, eternizada en la dimensión intemporal del arte, su gesta revolucionaria de hoy. Pero esas obras no habrán sido escritas por obligación, por consignas de la hora. Sus temas nacerán cuando sea el momento, cuando el escritor sienta que debe plasmarlos en cuentos o novelas o piezas de teatro o poemas. Sus temas contendrán un mensaje auténtico y hondo, porque no habrán sido escogidos por un imperativo de carácter didáctico o proselitista, sino por una irresistible fuerza que se impondrá al autor, y que éste, apelando a todos los recursos de su arte y de su técnica, sin sacrificar nada ni a nadie, habrá de transmitir al lector como se transmiten las cosas fundamentales: de sangre a sangre, de mano a mano, de hombre a hombre.

Julio Cortázar
UNESCO

2, place de Fontenoy
París

[Conferencia publicada en la Revista Casa de las Américas, 60 (Julio 1970), La Habana]

© Julio Cortázar: Algunos aspectos del cuento. En Cuadernos Hispanoamericanos, N° 255, marzo de 1971.