
TEATRALIDAD
Cualidad
por la que un texto dramático, al ser puesto en escena, deja de ser mera
literatura para convertirse en un espectáculo propiamente teatral.
La
esencia de la teatralidad radicaría no en el texto mismo, sino en ese conjunto
de signos y sensaciones que se producen en el escenario a partir de la
representación de una trama argumental escrita que es percibida por los
espectadores como un entramado de “artificios sensuales, gestos, tonos, distancias,
sustancias, luces que sumergen el texto en la plenitud de su lenguaje exterior”
(R. Barthes, 1964).
Antonin Artaud ha contribuido notablemente al redescubrimiento de la teatralidad
potencial de los textos dramáticos, salvándoles del predominio anterior de la
“literariedad”. Frente a los
dramaturgos de tendencia naturalista, empeñados en crear una imagen verosímil
de la realidad, disolviendo las marcas de lo teatral, Artaud, como V. E.Meyerhold, B. Brecht, etc-. se apartan de ese objetivo de crear “ilusión de
realidad” y tratan de recuperar la marca específica de lo dramático,
devolviendo a la representación su carácter de espectáculo específicamente
teatral.
TEATRO DEL SIGLO XX
En
el teatro realista y naturalista del siglo XIX se percibe como máximo objetivo
el logro de la verosimilitud en la recreación de ambientes y personajes, así
como en el dispositivo escénico e interpretación de los actores (que habrían de
“encarnar” y vivir su personaje), todo ello para producir una intensa “ilusión
de realidad” (Zola, Antoine). Con
la llegada del cine, capaz de crear a la perfección esta ilusión de realidad,
el teatro realista y naturalista pierde sentido. Previamente, había surgido una reacción antinaturalista con
el Simbolismo (búsqueda de una atmósfera poética, transcendente y misteriosa)
que continúan en los movimientos de vanguardia (Dadaísmo, Expresionismo y
Surrealismo) con la irrupción de lo irreal insólito, de lo onírico, de lo
violento y provocador en los escenarios.
En
el siglo XX se advierte un amplio y diversificado movimiento de renovación
dramática gracias a la aparición de grandes dramaturgos y directores de escena,
movidos de un deseo de retorno a los orígenes del teatro cuando éste era vivido
como espectáculo festivo por el público asistente: en la tragedia griega, en los misterios medievales, en la
Comedia del Arte italiana, etc.
Las
líneas básicas de esa renovación serían:
a) Recuperación del carácter de fiesta y
celebración ritual de la representación (A. Artaud, J. Copeau, J. Grotowski,
etc.)
b) Conversión del texto (considerado no en su literariedad, sino en sus
virtualidades dramáticas) en medio disponible y modificable al servicio de una
representación en la que cuentan otros medios para convertirla en un
espectáculo total: luz, sonido,
danza, mimo, recursos procedentes del teatro de títeres, del circo, del cine,
del music-hall, etc. (S. Becket convierte, mediante el escarnio, el teatro en
circo y a sus personajes en payasos)
c)
Ruptura de la “ilusión de realidad” mediante técnicas precisas de
“extrañamiento” (L. Pirandello, E. Piscator, B. Brecht, etc.)
d) Dignificación de los comediantes y capacitación para lograr destreza en la
expresión corporal, gestualidad, mimo, declamación, etc. (K. Stanislavski,
Meyerhold, Copeau); potenciación
de la figura del director de escena: dramaturgos como L. Pirandello, J. Giraudoux o Tennessee Williams
cuentan con grandes directores; B.
Brecht y J. Grotowski dirigen la puesta en escena de sus propias obras
e) Transformación de las condiciones especiales
de la representación, que hagan posible una mayor participación de
espectadores: teatros circulares,
escenarios móviles, vuelta al teatro ambulante (La barraca de Lorca, p. e.), en la calle, en el café (café teatro,
happening), en la escuela, en la fábrica, etc. Tendencias a la simplificación del decorado, plástica
elemental (Copeau, Grotowski, Ronconi).
f) Renovación de las formas expresivas del
lenguaje dramático, para conmover y asombrar a los espectadores, al romper con
los moldes habituales de la comunicación: lenguaje provocador (Artaud), estridente (Vauthier), sonámbulo
(Schébade), simbólico (Lorca), destructor de la realidad que expresa (Ionesco,
Vian, Genet) o revelador del sentido o sin-sentido de la misma (Adamov,
Beckett) o deformador y esperpéntico (Valle Inclán).
Desde
estos presupuestos se han sucedido, a lo largo del siglo XX, una serie de
experiencias y creaciones teatrales conocidas con los nombres de Teatro del absurdo (Ionesco, Beckett, Adamov, Albee, F. Arrabal, Pinget., etc.), Teatro de
la crueldad (Artaud), Teatro documental (Buchner, Weiss, etc.) Teatro épico
(Brecht), Teatro experimental (Grotowski, Living Theatre, etc.), Teatro de
parábola (Frisch, Durrenmatt), Teatro político (Piscator, Osborne, OCasey,
etc.), etc.
Por
último, un hecho importante en esta renovación teatral ha sido el intercambio
de experiencias en el plano internacional a través de festivales, como el ya
consagrado de Avignon, o la inauguración del llamado Teatro de las Naciones (1957) de París, que pone en contacto al
público europeo con formas del teatro oriental (p. e., el No y el Kabuki japoneses)
y africano.
Tomado
de: Demetrio Estébanez Calderón, Diccionario
de términos literarios.
Madrid: Alianza, 1999.
