Más allá de la espuma, mi niño baila. Lo miro desde este lado de las olas, y es tanta la belleza, y tan pequeño el mundo que la contiene, que tengo que cerrar los ojos un instante, para modular el embate de todo el color y la emoción del universo.
Su baile es parecido al que solía ejecutar hace cuatro años, cuando estábamos en Virginia, en público y en cualquier parte. Entonces solía ser un súper héroe, y el baile una coreografía karateka. En estos días, estamos en California y el baile no se da. Pero hoy se dio. Ya no es un súper héroe, sin embargo. El de hoy es el baile de quien está en un mar y puede así rememorar otro mar. Es la danza de un humano pequeño que se encuentra, a solas, con las olas, consigo y con el mar.
Estoy parada al borde de la playa. Frente a mí, los filos brillantes de las ondas que el mar traza en la arena. Mi bebé ya no es un bebé, tiene diez años y está también en el filo de otra etapa, en pleno descubrimiento de su condición de ser en el mundo. Me saluda con la mano. Así nutrimos y sostenemos la relación, últimamente: un saludo de lejos, un abrazo breve, un correo electrónico, un chiste, un guiño, una sonrisa. Hablamos, sí, pero hay menos conversación, menos consejos y órdenes que el año pasado, incluso que el mes pasado. Y le atribuyo a nuestros pequeños símbolos e intercambios todo el significado que razonablemente puedo.
Estoy en la orilla ahora, pero estuve primero con él, el agua a los tobillos, agarradas nuestras manos. Ya está grande, casi nunca acepta caminar de mi mano, de modo que esta excepción es un momento feliz.
Pienso en el mar de Puerto Rico, nuestro mar sureño, el Mar Caribe. Le comento que me parece que el Caribe es más tibio y más salado que este otro mar, el Pacífico. Lo piensa un poco.
No sé... Creo que el Caribe es más salado, pero que la temperatura es igual.
Me lo dice en inglés. No sé cuándo empezó a hablarme en inglés. Hace un par de años, creo. Me ha soltado la mano, se ha ido a bailar, y voy a tenderme en la orilla para mirarlo mejor.
Me pregunto, ¿cómo crean significado los niños? Me contesto: con experiencias y lenguaje. ¿Cómo se estarán juntando en la cabecita de este hijo mío sus libros, mis acciones y los pelícanos que vuelan sobre el mar?
Agita los brazos, busca mis ojos y me grita: It is! It is like Puerto Rico's!
Más allá de mis pies, más allá de los húmedos médanos, dentro del mar, un niño baila. Baila con las olas, consigo mismo, con el reflejo del sol. Baila con saltos y baila con giros. De vez en cuando se detiene, me saluda, puede verme tirada en la playa, mirándolo, y yo, sin mi libreta, trato de convertir la imagen en palabras.
No estoy tratando de atrapar esta imagen porque la quiera usar "para escribir" más tarde. Quiero palabrear lo que pueda del café cortado que es su piel bajo el sol, de la blancura de las burbujas que se rompen a su lado, del turquesa universal que es el mar a su alrededor. Quiero verlo todo bien y articularlo en mi cabeza porque así, si lo vuelvo verbo, existe. Existe en el ámbito de lo inmediato, de lo primario, de lo presente, que es lo mismo que decir que existe en el ámbito de lo pasajero, de lo transitorio, de lo fugaz, de lo que aparece frente y luego huye de nuestra vista, de lo que se desliza, como esta arena, entre mis dedos, como este momento en mi memoria.
Rima Brusi Gil-de Lamadrid, Fantasmas (2019)
