MIRAR y describir, significar


Flotando sobre los escombros

Saúl, el hijo mediano de Aurelio y Luisa, vestía como Tino Casal, hablaba como yo me imaginaba que lo haría Gigi Cicerone, el amigo de Momo, y se movía como Pete Burns. Me gustaba mucho mirarle entrar y salir de su casa, verle caminar hacia la boca de metro hasta que desaparecía por la esquina con su taconeo alegre. Era guapísimo, tenía los mismos ojos verdes y maliciosos de su hermana Laura. Las marcas en la cara que le había dejado su padre a hostia limpia eran perfectamente visibles y el cicatrizario seguía creciendo, pero a pesar de ello parecía resuelto a seguir con su vida y a desaparecer de allí pronto. Así acabaría siendo.

A veces quería ser como él. Fascinante, único y femenino. Le llamaban maricón, se reían de él y le amenazaban a diario. En el barrio no tenía descanso, así que casi no lo pisaba excepto para dormir, y según se hacía mayor, ni siquiera eso. Se las apañaba para caminar por encima de la escombrera que le había tocado por vida sin que se le notase el esfuerzo. Él era Oberón: por sus ojos de duende malo, por los brillos de sus túnicas, por su cabello largo y cardado, por su sonrisa ambigua y por sus labios siempre pintados de colores preciosos. Se había ganado un espacio en mi legendarium de mujeres de cuento, diosas, y otras criaturas hermosas.

Excepto por la fantasmal hermana mayor, que nunca tuvo oportunidad, Saúl y Laura estaban forjados en fuegos de otro mundo. Yo tenía miedo de casi todo y me veía incapaz de vivir libre y alegre, siendo yo misma, sin temer perder el amor, el apoyo y la seguridad que me aportaba mi familia. Ellos, de su inconmensurable desgracia, hacían caldera de furia que los animaba a no detenerse. Intuía que las cosas eran más complicadas y creía ver grietas en las corazas de aquellas criaturas que estaban empezando a vivir y lo habían hecho de la peor de las maneras, pero su fortaleza me maravillaba. Nunca dejé de pensar en ellos. Aún lo hago.

Saúl se fue sin hacer ruido. Me alborotó el pelo con dulzura, sin dejar de caminar, una tarde en la que yo miraba el mundo en silencio desde las escaleras exteriores del bloque. Creo que esa fue la última vez que le vi. No recuerdo que arrastrase maletas ni que llevase mochila, nada. Supuse que al rey de las hadas no le hacía falta equipaje allá donde fuese.

Alana S. Portero, La mala costumbre (Seix Barral, 2023), pp 41-42