PERSONAJE en el teatro

Patrice Pavis, Diccionario del teatro. Dramaturgia, estética, semiología. Paidós, 1998. págs.334-339 
Fran.: personnage; Ingl.: character; Al.: Person, Figur.
En el teatro, el personaje acepta de buen grado adoptar los rasgos y la voz del actor, de tal manera que, al menos en principio, no parece que ello deba crear problemas. Sin embargo, pese a la “evidencia” de esta identidad entre un ser vivo y un personaje, el personaje sólo fue en sus orígenes una máscara – una persona – que correspondía al papel dramático en el teatro griego. A través del uso gramatical del término latino, la máscara griega adoptó lentamente el significado de ser animado y de persona, de tal modo que el personaje teatral acaba siendo la ilusión de una persona humana.
1. Metamorfosis históricas del personaje
a. Personaje y persona
Para el teatro griego, la persona es la máscara, el papel desempeñado por el actor: no se refiere al personaje esbozado por el autor dramático. El actor queda netamente diferenciado de su personaje, no es más que su ejecutante y no su encarnación, hasta el punto de disociar en su juego el gesto y la palabra. A partir de aquí, la historia del teatro occidental quedará marcada por una inversión completa de esta perspectiva: el personaje se identificará cada vez más con el actor que lo encarna y se transformará en una entidad psicológica y moral similar a los otros hombres, destinada a producir en el espectador un efecto de identificación. Esta simbiosis entre personaje y actor (que culmina en la estética del gran actor romántico) provoca las mayores dificultades en el análisis del personaje.
b. Historia de un itinerario
Esta evolución empieza a dibujarse desde la parición del individualismo burgués, desde el Renacimiento y el clasicismo (Bocaccio, Cervantes, Shakespeare) y alcanza su apogeo entre 1750 y fines del siglo XIX, cuando la dramaturgia burguesa ve en esta rica individualidad el representante típico de sus aspiraciones al reconocimiento de su papel central en la producción de bienes e ideas.

Así pues, el personaje quedará vinculado, al menos en su forma más precisa y determinada, a una dramaturgia burguesa que tiende a convertirlo en el sustituto mimético de su conciencia: fuerza pasional en Shakespeare, el personaje tiene dificultades para erigirse en individuo libre y autónomo. En el período clásico francés, se adapta siempre, aunque cada vez con menos facilidad, a las exigencias abstractas de una acción universal o ejemplar, sin poseer los rasgos de un tipo social definido (salvo en el drama burgués). A principios el siglo XVIII, todavía no se decide a consagrar todas sus fuerzas a la lucha contra el feudalismo y se agarra a las formas codificadas de la commedia dell’arte (en el Teatro Italiano de París, y en Marivaux sobre todo) y a las estructuras esclerotizadas del neoclasicismo (Voltaire). Sólo con Diderot y su drama burgués el personaje se transforma en una condición y deja de ser un carácter abstracto y puramente psicológico. El trabajo, la familia (¡y en el siglo XIX, la patria!) se convierten en los medios donde los personajes, calcados de la realidad, evolucionan hacia el naturalismo y dan los primeros pasos de la dirección escénica. En este momento, la tendencia se invierte y el personaje tiende a disolverse en el drama simbolista, donde el universo sólo es habitado por sombras, colores y sonidos que se corresponden entre sí (Maëterlink, Strindberg, Claudel). Luego, la delicuescencia se reafirma: se fragmenta en la dramaturgia épica de los expresionistas y de Brecht; este desmontaje del personaje, enteramente librado a las necesidades de la fábula, de la historización y de la descontrucción de lo real que debe ser criticado, señala la culminación de su “puesta en escena”. El principio de un cierto recentramiento aparece con el personaje surrealista, en el que sueño y realidad se entremezclan con el personaje autorreflexivo (Piandello, Genet), y los niveles de realidad se confunden en los juegos del teatro en el teatro y “del personaje en el personaje”. 
2. La dialéctica entre personaje y acción
Todos los personajes teatrales realizan una acción (incluso los de Beckett, aunque sea de una manera invisible); e inversamente, toda acción necesita, para ser puesta en escena, unos protagonistas, tanto si son personajes humanos como si son simples actantes. De esta constatación proviene la idea – válida tanto en el teatro como en el relato – de que entre la acción y el carácter existe una relación dialéctica. En este intercambio son posibles tres modalidades:
a. La acción es el elemento principal de la contradicción y determina el resto. Es la tesis de Aristóteles: “Los personajes no actúan o hablan para imitar su carácter, sino que reciben su carácter por añadidura, en razón de su acción, de tal modo que los actos y la fábula son el fin de la tragedia y este fin, por encima de todo, es lo principal” (1450ª). Aquí, el personaje es un agente y lo esencial es mostrar las distintas fases de su acción en una intriga bien “encadenada”. Parece oportuno señalar que hoy se regresa a esta concepción de la acción como motor del drama: los dramaturgos y los directores de escena se niegan a partir de una idea preconcebida del personaje y presentan “objetivamente” las acciones, reconstituyen series de acciones físicas sin preocuparse por justificarlas mediante un estudio psicológico de sus motivaciones (véase Planchon en sus escenificaciones de los clásicos, texto citado por Copferman, 1969, págs.. 245-249)
b. La acción es la consecuencia secundaria, y casi superflua, de un análisis caracteriológico: en este caso, el dramaturgo no se preocupa por explicitar la relación de ambos elementos. Ésta es la concepción de la dramaturgia clásica o, de un modo más preciso, de la tragedia francesa del siglo XVII. Así, en Racine, el personaje es presentado como esencia moral, su valor reside en su ser, en su oposición trágica, y no tiene ninguna necesidad de pasar directamente a la acción puesto que él es, en sí mismo, esa acción: “Hablar es hacer, el logos adopta las funciones de la praxis y la sustituye: toda la decepción del mundo se recoge y se redime en la palabra, el hacer se vacía, el lenguaje se llena” (Barhtes, 1963, pág. 66) En su esencialismo, el personaje llega a un punto de no retorno: ya no se define por una esencia (lo trágico), por una cualidad (la avaricia, la misantropía) o por una lista de emplois físicos y morales. En estas condiciones, el personaje no puede ser desmontado y tiende a convertirse en un ser autónomo. Es lo que más tarde ocurrirá con la estética naturalista donde, ciertamente, el personaje ya no es definido idealmente y en lo abstracto, sino que sigue siendo una sustancia (ahora determinada por un medio económico-social) que se basta a sí misma y sólo se mezcla con la acción en tanto que consecuencia y sin poder incidir libremente en su desarrollo.
c. La acción y el actante dejan de estar en contradicción en una teoría funcionalista del relato y de los personajes; una y otra se complementan; el personaje se identifica como el actante de una esfera de acciones que l pertenece propiamente; la acción es distinta según quién la realiza: el actante, el actor, el papel o el tipo.
V. Propp (1929) abre esta perspectiva dialéctica del personaje en acción. Las teorías del relato posteriores (Greimas, 1966; Bremond, 1973; Barthes, 1966ª) aplican este principio y afinan el análisis según las distintas fases obligadas de cualquier relato y las funciones propiamente dramatúrgicas (Souriau, 1950). Se trazan así diversos recorridos obligados de la acción y se determinan sus articulaciones principales. Paralelamente a este análisis “horizontal”, se intenta sondear el espesor del personaje: se radiografían varios niveles o capas de realidad, yendo de lo general a lo particular (véase cuadro).
Grados de realidad del personaje

Particular
                                               Ejemplos:
Individuo                                Hamlet
Carácter                                 El misántropo
Humor                                    Sir Toby (Twelth Night)
Actor                                      El enamorado
Papel                                      El celoso
Tipo                                        El soldado
Condición                               El comerciante
Estereotipo                            El criado pillo
Alegoría                                 El principio del placer
Actante                                  Búsqueda del beneficio

General


3. El personaje como signo en un sistema más amplio
El personaje (rebautizado como agente, actante o actor) es concebido como un elemento estructural que organiza las etapas del relato, construye la fábula, conduce la materia narrativa alrededor de un esquema dinámico, concentra en sí mismo un haz de signos en oposición con los de los restantes personajes.
Para que haya acción y héroe, es necesario que sea definido un campo de acción normalmente prohibido al héroe y que éste viole la ley que le prohíbe entrar en él. A partir del momento en que el héroe “sale de la sombra”, en cuanto abandona su entorno no conflictivo para penetrar en un territorio extranjero, el mecanismo de la acción empieza a funcionar. La acción sólo se detendrá cuando el personaje haya recuperado su estado original o haya alcanzado un estado en el que su conflicto deje de existir.
El personaje de una obra se define por una serie de rasgos distintivos: héroe/malo, mujer/hombre, niño/adulto, enamorado/no enamorado, etc. Estos rasgos binarios hacen de él un paradigma, un cruce de propiedades contradictorias. Ello equivale a destruir totalmente la concepción de un personaje como esencia indivisible: aparece siempre, en filigrana, un desdoblamiento del carácter y una referencia a su contrario. (Brecht, en su efecto de distanciación, no hace otra cosa que aplicar este principio estructural al hacer aparecer la duplicidad del personaje y la imposibilidad que se deriva para el espectador de identificarse con este ser dividido.)
De estas descomposiciones sucesivas no resulta una destrucción de la noción de personaje, sino una clasificación según sus rasgos y, sobre todo, el establecimiento de relaciones entre los protagonistas del drama: en efecto, éstos son reducidos a un conjunto de rasgos complementarios, llegándose incluso a una noción de interpersonaje mucho más útil para el análisis que la vieja visión mítica de la individualidad del carácter. El personaje no corre el riesgo de “deshilacharse” en una multitud de signos contrastados puesto que siempre, por regla general, es encarnado por un mismo actor.
4. Semántica del personaje
a. Aspecto semántico
Bajo los rasgos del actor, el personaje es “colocado” directamente ante el espectador (ostensión). Inicialmente sólo se designa a sí mismo al dar una imagen (icono) de su apariencia en la ficción y al producir un efecto de realidad y de identificación. Esta dimensión del aquí y ahora, del sentido inmediato y de la autorreferencia constituye aquello que Benveniste (1974) denomina la dimensión semántica, la significación global (o intentada) del sistema del signo.
b. Aspecto semiótico
Pero el personaje también se integra en el sistema de los restantes personajes; vale y significa por diferencia en un sistema semiológico hecho de unidades correlacionadas. Es un engranaje en el conjunto de la maquinaria de los caracteres y de las acciones. Algunos rasgos de su personalidad son comparables a los rasgos de otros personajes y el espectador manipula estas características como un fichero en el que cada elemento nos remite a los otros. Esta funcionalidad y esta facultad de montaje/desmontaje lo convierten en una materia muy maleable, apta para todas las combinaciones.
c. El personaje como “nudo de conexión”
Esta doble pertenencia a lo semántico y a lo semiótico convierte al personaje en una superficie giratoria entre el evento teatral y su valor diferencial dentro de la estructura ficcional. En tanto que anillo “distribuidor” entre evento y estructura, el personaje pone en relación elementos que de otro modo serían irreconciliables: primo, el efecto de realidad, la identificación y todas las proyecciones que el espectador es capaz de experimentar; secundo, la integración semiótica a un sistema de las acciones y de los personajes en el seno del universo dramático y escénico.
Esta interacción entre dimensión semántica y semiótica llega a ser un verdadero intercambio que constituye el funcionamiento profundo de la significación teatral. En efecto, todo lo que pertenece al ámbito de la semántica (presencia de los actores, ostensión, iconicidad del escenario, evento espectacular) es susceptible de ser vivido por el espectador, pero también de ser utilizado e integrado por el sistema de la ficción y, en definitiva, el universo dramático: todo evento es semiotizable (semiotización). Inversa y dialécticamente, todos los sistemas que conseguimos construir sólo adquieren realidad teatral en el momento (el evento) de la identificación y de la emoción que experimentamos frente al espectáculo. Evento espectacular y estructura de la acción y de los personajes se completan recíprocamente y contribuyen al placer teatral.
d. Personaje leído y personaje visto
El estatuto del personaje de teatro es ser encarnado por el actor, no conformarse con ser tan sólo ese ser de papel de cual conocemos el nombre, la longitud de sus parlamentos y algunas informaciones directas (a través de él mismo o de otras figuras) o indirectas (a través el autor). El personaje escénico adquiere, gracias al actor, una precisión y una consistencia que lo trasladan del estado virtual al estado real e icónico. Ahora bien, este aspecto físico y “evéntico” del personaje es en verdad lo más específicamente teatral y lo más determinante para la recepción del espectáculo. Todo aquello que a través de la lectura podíamos leer entre las líneas del personaje (su físico, el medio en que se mueve) ha sido dictatorialmente determinado por la escenificación: ello reduce nuestra percepción imaginaria del papel, pero al mismo tiempo añade una perspectiva que no imaginábamos al cambiar la situación  de enunciación y, por tanto, la interpretación del texto proferido.
Por supuesto, podemos comparar personaje leído y personaje visto, pero en las condiciones normales de recepción de la representación sólo tenemos tratos con el segundo. Por ello, nuestra situación cuando no conocemos la obra que vamos a ver – difiere profundamente de la del director de la escena, y nuestros análisis deben partir del personaje puesto en escena, el cual – por su posición de enunciador y de elemento de la situación dramática – nos impone por sí mismo una interpretación del texto y del espectáculo en su conjunto. Los puntos de vista entre el lector y el espectador “ideal” son, aquí, irreconciliables: el primero exige que el juego de los actores corresponda a su visión previa de los personajes y de sus aventuras; al segundo le basta descubrir el sentido del texto a través de las informaciones de la puesta en escena y observar si ésta hace que el texto “hable” de forma clara, inteligente, redundante o contradictoria (textual y visual). Sin embargo, siempre se produce un cierto ajuste entre la visión del personaje leído (por el lector) y la del personaje visto (por el espectador): el personaje del libro sólo es visualizable si añadimos algunas informaciones a sus características físicas y morales explícitamente enunciadas: reconstituimos su retrato a partir de elementos dispersos (procesos de inferencia y generalización). Por el contrario, en el personaje escenificado hay demasiados detalles visuales y ello nos impide inventariarlos y tenerlos en cuenta en nuestro juicio: nos vemos obligados a abstraer los rasgos pertinentes y a ponerlos en correspondencia con el texto, de modo que podamos escoger la interpretación que nos parece correcta y simplificar la imagen escénica demasiado rica que recibimos (procesos de abstracción y de estilización).
e. Personaje y discurso
El personaje teatral – en ello reside su superchería, pero también su fuerza de persuasión – parece inventar sus discursos. En realidad, ocurre todo lo contrario: son estos discursos, leídos e interpretados por el director de escena y el actor, los que inventan el personaje. Olvidamos esta evidencia ante la actuación segura de sí misma de este locutor impasible. Pero, por otra parte, el personaje ni dice ni significa únicamente aquello que su texto (leído) parece decir; su discurso depende de la situación de enunciación en que se encuentra, de los interlocutores, de sus presupuestos discursivos, en resumen, de la verosimilitud y de la probabilidad de lo que puede decir en una situación dada.
Comprender al personaje es ser capaz de establecer la conexión entre su texto y una situación de puesta en escena y, al mismo tiempo, entre una situación y la manera en que ésta ilumina el texto. Es iluminar mutuamente el escenario y el texto, la enunciación y el enunciado.
Es importante entender la construcción del personaje según las muy diversas modalidades de las informaciones que de él nos son suministradas: “Es preciso considerar”, nos dice Aristóteles en la Poética, “el personaje que actúa o que habla, y a quién se dirige cuando actúa o habla, para quién y por qué lo hace […]” (1461ª). Así en la ficha encabezada por el nombre de cada personaje, más que basarnos en una visión intuitiva de su interioridad y de su personalidad, indicamos y comparamos lo que dice y lo que hace, lo que se dice de él y lo que se hace de él. El análisis del personaje desemboca en el de sus discursos: se trata de comprender cómo el personaje es a la vez su fuente (los enuncia en función de su situación y de su carácter) y su producto (no es más que la figuración humana de sus discursos). Sin embargo, lo inquietante para el espectador es que el personaje nunca es propietario de su discurso, y que este discurso suele entremezclar diversos “filamentos” de procedencias muy diversas; casi siempre, un personaje es la síntesis más o menos armoniosa de varias formaciones discursivas, y los conflictos entre los personajes nunca son debates entre puntos de vista ideológicos y discursivos distintos y homogéneos (Pavis, 1986ª). Es una razón de más para desconfiar del efecto de realidad y para hacerse preguntas sobre su construcción discursiva e ideológica. 
5. ¿Muerte o supervivencia de los personajes?
Al término de esta experimentación sobre el personaje podemos temer que éste no sobreviva a la desconstrucción y que pierda su papel milenario de soporte de signos. El director de escena O. Krejca se preguntaba hace algunos años si la perspectiva semiológica no nos conduce a convertir al actor en un mono [singe, anagrama de signe] encerrado en un sistema de signos cerrado (1971, pág. 9). Hay algunas razones de sobras para tranquilizar a Krejca: a pesar de la muerte “constatada” del personaje de novela, de la difuminación del perfil de los caracteres en el monólogo interior, no es evidente que también el teatro pueda ahorrarse el personaje y que éste se disuelva en una lista de propiedades o de signos. Está muy claro, a partir de Brecht y Pirandello, que el personaje es divisible, que ya no es una mera conciencia de sí mismo donde coinciden la ideología, el discurso, el conflicto moral y la psicología. Sin embargo, ello no significa que los textos contemporáneos y las puestas en escena actuales ya no recurran al actor o, al menos a un embrión de personaje. Las permutaciones, los desdoblamientos y las exageraciones grotescas de los personajes no hacen otra cosa que elevar al nivel consciente el problema de la división de la conciencia psicológica o social. Aportan su grano de arena a la demolición del edificio del sujeto y de la persona de un humanismo ya muy fatigado. Pero nada pueden hacer frente a la constitución de un nuevo héroe o antihéroe: héroes positivos de cualquier causa imaginable, héroes constituidos únicamente a partir de su inconsciente, figura paródica del bufón o del marginal, héroes de los mitos publicitarios o de la contracultura. El personaje no ha muerto; simplemente, se ha hecho polimorfo y difícilmente aprensible. Era su única posibilidad de sobrevivir.