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La celda [una descripción para un propósito]

La celda es más bien pequeña. No tiene forma perfectamente prismática cuadrangular a causa del techo. Éste, en efecto, ofrece una superficie alabeada cuya parte más alta se encuentra en uno de los ángulos del cuadrilátero superior. Aparentemente, cada dos células componen una de las semicúpulas sobre las que reposa el empuje de la enorme masa del gran edificio suprayacente. Estas cúpulas y paredes son de granito. Todas ellas están blanqueadas recientemente. Sólo algunos graffiti realizados apresuradamente en las últimas semanas pueden significar restos de la producción artística de los anteriores ocupantes. Las dimensiones de la celda son más o menos las siguientes. Dos metros cincuenta de altura hasta la parte más alta de la semicúpula; un metro diez desde la puerta hasta la pared opuesta; un metro sesenta en sentido perpendicular al vector anteriormente medido. Dadas estas dimensiones, un hombre de envergadura normal sólo puede estirar a la vez los dos brazos -sin tropezar con materia opaca- en el sentido de las diagonales. Por el contrario, ni un hombre muy alto podría llegar a tocar el techo. La cama no está orientada en el sentido de la diagonal, sino paralela al plano normal de la puerta y apoyada en la pared opuesta a ésta, por lo que un hombre de buena estatura al dormir debe recoger ligeramente sus piernas aproximándose a la llamada posición fetal sin necesidad de alcanzarla totalmente. La puerta es suficiente para pasar por ella sin tener que inclinarse y está fabricada en madera seca de buena calidad. A media altura hay en ella un ventanillo de 15 por 20 centímetros, siendo la dimensión mayor la vertical. Este ventanillo aunque obturado por tres barrotes de hierro permite una perfecta inspección de cuanto contiene el espacio habitable de la celda. La altura a que este ventanillo está situado es tal que obliga a los guardianes de altura reglamentaria a inclinar ligeramente la cabeza para ver al que hay dentro. En el caso de que el prisionero esté de pie sobre el lecho, el guardia sólo ve la parte inferior de su cuerpo a partir del ombligo y la inclinación que debe hacer para verle completamente es más grande. Esta inspección visual es posible gracias a una bombilla colocada en un agujero de la pared sobre el marco de la puerta. Por lo tanto la luz ilumina al mismo tiempo la celda y el estreches corredor. Este corredor está de tal modo dispuesto que nunca hay celdas enfrente sino sólo una pared lisa. Entre esta pared lisa -también blanqueada- y la puerta queda un espacio de cuarenta centímetros por el que deambulan los guardias. En aparente contradicción con la magnitud de los muros de granito y la profundidad a que tan curioso laberinto se ha establecido, cada puerta individual no está cerrada sino mediante modesto cerrojo de baja calidad semejante al que pueda ser utilizado, por ejemplo, en un gallinero. El prisionero, aplicando su cara a los barrotes puede llegar a ver el cerrojo, pero no manejarlo, a no ser que disponga de algún útil apto para esta manipulación, tal como alambre, cuerda, o fragmento de madera. Nada, sin embargo, en el interior de la celda puede ser considerado como fuente de aprovisionamiento de tales materiales. El ventanillo, desprovisto de cristal, al mismo tiempo que asegura la ventilación, permite sean encendidos por el guardia los pitillos que el prisionero pueda haber llevado consigo hasta el provisional aposento.

La luz es eterna. No se apaga ni de día ni de noche.

Dentro de la celda, además del aire y del prisionero, de la cal con que están pintadas las paredes y de los dibujos que en ésta hayan podido ser hechos, río hay otra cosa que un lecho. Este lecho está construido de un modo sólido, a prueba del peso quizá excesivo con que un hipotético campeón de lucha grecorromana o tesorero estafador del «Club de los Gordos» pudiera abrumarlo algún día. La idea básica que ha presidido la fabricación de este lecho standard merece ser estudiada con detalle. Se ha llegado a conseguir un tipo de lecho que excluye la posibilidad de desvencijamiento e incluso los molestos crujidos que pudieran producir los desacordados movimientos del prisionero. Asimismo resulta totalmente imposible el alojamiento o cría de parásitos en sus intersticios. Su sólida construcción hace sumamente improbable que de él puedan obtenerse materiales arrojadizos u otros utilizables como ganzúa. Este lecho silencioso, indeformable, incombustible, intransportable, a prueba de fuego, a prueba de choque, a prueba de inundación, bajo el que persona alguna jamás podrá ocultarse, que nunca será arrojado alevosamente contra el guardián por preso mal intencionado está enteramente realizado en obra de mampostería rematada en capa de cemento amorosamente pulida por el maestro albañil de una vez por todas, con la precisión con que la camarera de un hotel de lujo alisa la colcha cada día. Así se ha conseguido armonizar las artes suntuarias con la arquitectura del modo más perfecto. Por un escrúpulo de humanidad y para dar todo el reposo tolerable a los miembros de los huéspedes, la almohada ha sido realizada en el extremo correspondiente del lecho asimismo en cemento, haciendo cuerpo con el resto del inmueble y de la altura aconsejada para un sueño perfectamente fisiológico: seis a ocho centímetros. Otras ventajas: la perfecta coaptación del lecho con las paredes y suelo de la celda hace inexistente esa rendija en que en reiteradas ocasiones se han introducido mensajes en cifra, biblias protestantes, fotografías pornográficas o cápsulas de cianuro. Y no sólo eso: la solidez, el cuerpo, la armadura del cemento prestan (una vez que deja de considerarse tal mole grisácea como lecho y se pasa a la no menos útil perspectiva de ver en ella un paisaje habitable o un accidente geográfico) sólido apoyo y campo de ejercicio a quien quiera ejecutar los diversos tipos de gimnasia que una celda de aislamiento permite al prisionero: ejercicios respiratorios, yoga, swing de golf con palo imaginario, ataques epileptiformes voluntariamente simulados, precipitación al abismo y subida de nuevo a la montaña. Sobre el lecho, en efecto puesto el preso en pie, un rotundo cambio en la perspectiva es conseguido. El aire de las regiones superiores es sin duda más puro, los dibujos de la pared son más escasos allá arriba, los pies del guardia son vistos a su paso tras el ventanillo y no sus robustos hombros, el suelo de la celda con restos quizá de miga de pan, quizá de grasa, quizá de colillas deletéreas queda a mayor distancia. La misma almohada se convierte en pequeña colina árida que huella Gulliver, al fin, en un mundo a la medida humana.

Otra posible utilización del lecho consiste simplemente en sentarse con la mirada fija en el ventanuco y (más allá de él) en la pared desnuda y (más allá de ésta) en el mundo exterior concéntricamente ordenado. Alzando ahora la visual con ligera oblicuidad hacia las regiones más elevadas del pasillo, la cara del guardia (a su paso, regido por una periodicidad impropia) podrá ser vista sin necesidad de que él se incline y se comprobará así la presencia de sus ojos, de sus labios, de su nariz, de su boca y a veces de su frente.

La tercera posible utilización del lecho no es otra que la posición recumbente o postura de dormir, función nunca del todo imposible incluso en las más adversas circunstancias.

Aunque, durante las primeras horas, pudiera creerse que el silencio reina en aquellas confusas galerías, esta impresión es errónea y se debe a la escasez de señales acústicas significativas y a la escasa importancia, en el primer momento, de ruidos y rumores que, sin embargo, existen. Puede hacerse, a este respecto, un rápido inventario. Ante todo son constantes los ruidos de agua que corre, que se deben a los escapes de váteres y lavabos. Luego se advierte el eco y cóncava resonancia de las voces que podemos llamar exteriores, lamento de ciego vendiendo lotería, monótona mujer gruesa que pregona los periódicos, cláxones apagados por la distancia. Otras voces, por el contrario, son interiores y tienen mayor interés. Las más constantes son las que profieren los guardianes libres de servicio jugando a las cartas durante todo el día y toda la noche en la plazuela central del laberinto. Las más sorprendentes son las risas y juegos del Kindergarten subterráneo que forman los niños de las detenidas en la celda común que, por su pequeña edad, acompañan a sus madres. Estos niños corren, gritan y ríen sólo dentro de un espacio restringido, pero sus voces llegan hasta la más recóndita celda. Por último, constantemente se cree oír el nombre de alguno de los detenidos cuando es llamado, ya para declaración, ya para traslado, ya para libertad. La espera configura la materia prima de las vibraciones de forma que cada detenido cree, cuando aguza su oído, escuchar su propio nombre en boca de alguno de los inmediatos servidores del poder que radica unos metros más arriba.

Llegada la noche se da una manta parda al detenido. Llegado el día se le retira exigiéndole sea doblada por sus pliegues. Estos acontecimientos y los más banales del rancho o de la orina dan forma de calendario a un tiempo que, por lo demás, se muestra uniformemente constituido de angustia y virtudes teologales.

Luis Martín Santos, Tiempo de silencio (1962)

Dos voces de una misma autora

Ésta es una historia sobre el adulto que llevan dentro todos los niños. Vuelvo la vista atrás y tengo doce años. Soy una niña que ya tiene dentro de sí a la mujer de cincuenta que será, aunque es muy posible que entonces fuese más vieja que ahora. Los viejos guardan dentro de la tripa al niño que fueron, es más, lo ponen a menudo encima de la mesa porque, a cierta edad, uno sólo se acuerda de su niñez, del calor del escote de su madre, de su perfume a leche hervida o a rositas tempranas. Yo, a mis doce años, tengo dentro de mí a la señora de casi cincuenta que soy ahora o, más exactamente, a otra mujer que ya no conozco pero que, a los doce años, me susurraba al oído lo que debía hacer.
Nunca me he sentido en mi esplendor o plenitud. En el cenit de mi vida. Siempre he tenido doce años o cincuenta, y las elecciones nunca han sido fáciles. No es como cuando le das vueltas al rabito de una manzana, repitiendo en cada giro las letras del abecedario, para conocer la inicial del hombre con quien te vas a casar. Una vuelta, a de Alberto; dos, b de Benito; tres, c de Claudio… En el último giro, cuando por fin el rabito se desprende, nada ha tenido que ver la suerte o la predestinación, sino una presión mal disimulada, un tironcito de los dedos cuando se llega a la d de Daniel que es la persona con la que quieres compartir tus días y tus noches de ratita presumida. ¿Y por las noches qué harás? Dormir y callar, dormir y callar.
Pero hoy vuelvo la vista atrás, tengo doce años, y estoy en la cocina de nuestro piso en un barrio de clase media de la ciudad de Madrid. Me llamo Catalina Hernández, pero sólo me llamo así cuando estoy en la cocina o en el pupitre. No de noche, no a la caída del sol, cuando Angélica y yo cerramos la puerta del cuarto de juegos. La leonera.
Ahora soy Catalina o Cata o Cati y mi madre analiza una foto del periódico mientras fríe trocitos de pescado a la romana en una sartén de aceite hirviendo.
-Qué guarra, la tía.
Mi madre sabe hacer muchas cosas a la vez. Empana filetes y lee. Cose y canta. Prepara el café y fuma un cigarrillo. Mi madre siempre me hace la comida y por la tarde se va a trabajar. Es enfermera en la consulta de un odontólogo. A veces me deja su uniforme para disfrazarme y juego con Angélica en la leonera con la puerta cerrada a cal y canto. Allí Angélica se quita las gafas de miope que le achican los ojos y ya no es ella, sino una mujer de ojos inmensos, apabullantes, que, después de sufrir muchas desventuras, se va a comerse el mundo. Angélica suele ponerse el rostro de Blanca Estrada. Como una capucha cuando llueve o como la máscara con que los ladrones se cubren para robar los bancos. Angélica se la pide: “Yo me pido a Blanca Estrada.” Y a mí no me parece mal, porque tengo otras preferencias. Angélica y yo no discutimos nunca.
Siempre que mi madre me hace la comida, me imagino sus dedos dentro de la boca de un paciente con las muelas picadas. Entonces el estómago se me da la vuelta y me curo penando en las manos de mi madre que se frotan, se enjabonan, se aclaran debajo del grifo. Mi madre dice que la sangre no me llega a la cabeza porque como poco. Me baja la glucosa y tengo visiones extraterrestres. “Extravagantes”, me corrige mi padre. Después añade: “Insólitas, extraordinarias, inverosímiles.” Luego, coge el coche y se marcha a trabajar. Extravagantes o extraterrestres, mis visiones están provocadas por la falta de alimento. “Catalina está chaladita”, dice mi madre. Le gusta gastarme bromas. Sin embargo, hoy no me presta mucha atención. Está hipnotizada por la fotografía del periódico. No se pierde ni un detalle a la vez que pasa mecánicamente la carne blancuzca de un bacalao o de yo qué sé primero por el plato de harina y después por el huevo batido.
-¿No le dará vergüenza?

Tierno Galván y Susana Estrada, 14 de febrero de 1978.
Los trozos de pescado, al sacarlos del aceite, están doraditos, doraditos, y el oro del pez me distrae y oigo las voces de mamá y de la abuela Rosaura que son viejas y de pueblo o de campo, uno del derecho y otro del revés, cuarto y mitad, lavativa, emplasto, corchete, cuete en vez de cohete, coger el dobladillo, la que cose sin dedal cose poco y cose mal, me voy a tomar un otalidón, vuelta y vuelta, doraditos, doraditos, y me tapo las orejas de soplillo para dejar de oír, pero sigo teniendo bien abiertos los ojos y veo a mamá mientras coloca el pescado sobre una bandeja. Grumos harinosos flotan sobre el huevo, la punta del tenedor está pegajosa de engrudo.
-Pero ¿cómo puede atreverse una mujer a hacer estas cosas?
Me apetece meter el dedo en el huevo, pasar la palma de la mano por la punta sucia del tenedor. Palpar la textura del engrudo. Metérmelo en la boca. Hoy a mi madre le ha dado una arcada al freír el pescado. A ella, que suele comer los boquerones crudos mientras los limpia. Así que la náusea será consecuencia del olor del aceite. A mí también me harta el olor del aceite frito. Me llena la barriga antes de comer. Olisqueo.
-Catalina, te vas a comer el pescado. Quieras o no.
Me sorprendo al oír mi nombre en boca de mi madre. Catalina. Catalina. Catalina. Catalina es un nombre horroroso. De vieja. De pueblo. De mohína Catalina. De aspirina y de pepina. De monja y de quina. De gente con la nariz aquilina. Medicina, tetitna, estricnina. Cuando Angélica y yo nos encerramos en leonera me llamo Daniela, que suena a Italia y a abrigos de piel y a pastelería. Incluso suena a aviones que sobrevuelan el océano Atlántico. Mi madre, que me vigila continuamente incluso cuando creo que no lo hace, ahora vuelve a olvidarse de mí y, mientras corta tomates, ladea la cabeza para evaluar otro aspecto de esa foto que la tiene obsesionada:
-Qué pecho más feo. Hay que joderse.
Joderse, jiñarse, amolarse… Pueblo, pueblo y pueblo. Ordinariez. Mi madre se llama Sonia, que es un nombre bastante más bonito que el mío. Mamá le debería dar gracias a la abuela Rosaura. Pero a Sonia no le sirve de nada llamarse así, con un nombre que suena a Rusia y a nieve y a manguitos de marta y a María Silva, que hace de Anna Karénina – estricnina, aquilina, Catalina- en la novela de la televisión que vi con mi abuela hace tres años, porque, aunque mi madre fume cigarrillos mientras bebe café, huele a campo. Mi madre no se pinta y, cuando lo hace, se mancha con el rímel. Está muy rara mi madre cuando se pinta un rabillo negro. No parece ella. Mi madre aliña la ensalada y se limpia la mano en el delantal.
-Un pecho caído. Blandurrio. Tristón.
Mi madre ahora ha hablado como mi padre. Al hacerlo, palpa su propio pecho, que vive y que colea. Que aún no se ha caído y que me mira – me vigila incluso más atento y erguido que de costumbre – cada vez que ella se quita el sostén: en un probador de los grandes almacenes, para hacerse la cera en los sobacos par aponerse otro sujetador de color carne porque el negro se le transparenta por debajo de la blusa. El pecho de mi madre está relleno de pompas jabonosas, compuesto de una sustancia que es como saliva bajo la ente del microscopio o como el papel burbuja que sirve para proteger los objetos frágiles. Yo no daré nunca de mamar, aunque mi madre me diga que alimentarme con su propio cuerpo fue una satisfacción. Incluso a veces un placer que habría prologado durante meses y años. Ella es de campo como los vacas y las terneras. A mí, mi cuerpo me da grima – no me paso el dedo por las piernas para no presentir las varices que vendrán – y no me gusta que me pongan inyecciones. Inauguro en España el concepto de “distancia de seguridad”. Mi madre, como tuvo que ponerse a trabajar, empezó a dejarme preparados biberones que me daba con amor la abuela Rosaura. Pese a todo, mi madre siempre huele a leche a punto de romper a hervir.
-¡Neeeeeeeeela!
Aprovecho que mi madre se asoma un momento a la ventana para hablar con una vecina – a voz en grito por el agujero del patio- y me palpo con aprensión los abultados botones de mis dos tetitas que duelen. A veces noto un escozor como si la carne se abriera para dejar paso a la floración de una patata. Mi madre dice que como muy mal, pero como mucho pollo. “Es bueno por las hormonas y la grasa”, me dice mi amiga Gloria, mientras fuma su falso cigarrillo emboquillado. Gloria se llama Angélica, que es un nombre mucho más bonito que Catalina, Cata, Cati, Lina. Pero a Angélica no le gusta su nombre. Sus padres son intelectuales y ella viene a mi colegio, aunque podía ir a uno de pago, porque sus padres piensan que es mejor así. Esta idea me viene a menudo a la cabeza porque no la entiendo bien. A veces pienso que, igual que nosotras nos avergonzamos de nuestros padres –sí, nos avergonzamos- y yo querría para mí a los padres de Angélica y a Angélica le gustaría que mi madre fuera la suya le friese pescado al volver del colegio porque Angélica come en el puto comedor escolar – macarrones, lentejas con arroz, paella, flanes, naranjas y plátanos, de igual forma, los padres de Angélica se avergüenzan de ella porque no es tan lista como yo. No tendría nada que hacer en un colegio de pago, bilingüe y con campos de deportes. A Angélica no le gusta la gimnasia y se le da mal el inglés. “Jauduyudú”, así habla Angélica el inglés. Deberíamos practicar el cambio de parejas.
Mientras tanto, yo como pollo y miga de pan. Mucha, mucha miga de pan. Angélica lleva gafas de culo de vaso. Yo voy a ser una mujer hermosa. Un cisne que ya apunta manera en la exquisita delgadez de sus clavículas. Aunque, de momento, como miga de pan y soy una carpa del estanque. Con la piel babosa y del color del barro. El anzuelo, que aún lleva prendido un migote de pan húmedo, me sale por una de las agallas. Deslizante. Si alguien me hinca el diente, sabré a tierra y a excremento de caracol. Mi madre, que acaba de cerrar la ventana, quiere que cometa un acto de canibalismo.
-¿Por qué pones esa cara? Te vas a comer el pescado. Y punto, Catalina.
Con la cabeza le digo que sí mientras observo la foto del periódico. Como a mi madre, Susana Estrada me da repelús. Prefiero a su prima Blanca Estrada, que es como una princesa nórdica de ojos azules, pelo rubio, sonrisa dulce. Susana es angulosa y Blanca redondita. A mi madre Blanca Estrada tampoco le parece hermosa. No sabe que es un hada o una holandesa con su típico gorrito tan similar a unos cuernos de encaje, a una toca antigua de monja o al tricornio blanco de un guardia civil. Blanca Estrada es Angélica, que no tiene mucha imaginación, y aunque en la leonera yo no me la pido nunca, cuando le digo a mi madre que Blanca es una mujer hermosa, ella salta como si la pinchasen con tenedores, tridentes y espinas de rosal:
-¿Ésa? Pero si tiene cara de pan. ¡Por favor!
El aceite salpica la foto de la teta de Susana Estrada. El pescado salta mucho. Es por el agua que le queda entre la carne blancuzca. De bacalao, de japuta, de gallo, de lo que sea. Ahora yo tampoco puedo dejar de mirar la fotografía. Mi madre no le echa vinagre a la ensalada porque a mí el vinagre me pone los dientes largos.
-¿Y ese pobre hombre? Lo que tendría que aguantar…
Mi madre señala con la cabeza la imagen del viejo que aparece en primer plano junto a Susana Estrada. Cuando Angélica y yo jugamos en la leonera, Susana Estrada es la mala de todas las películas. También es la mujer más inteligente en oposición a Blanca, angelical y estúpida. Tal vez, Susana siempre es la mala porque mi madre le tiene manía. Me gusta cómo se indigna mi madre, las palabras que emplea cuando ya no puede contenerse y se sulfura como el pitorro de la olla. Mi madre es una mujer de verdad, con ese carácter que tienen que tener las mujeres, esa determinación, ese arrojo, esa capacidad para aguantar el dolor físico. Mi madre agarra las ollas calientes sin quemarse. Su cuerpo y el metal al rojo están a la misma temperatura. No hace falta que el agua alcance los cien grados centígrados para que ella llegue a su punto de ebullición. El agua de mi madre, Sonia Griñán – y Griñán suena a piedra, monasterio, puente, excursiones, campo, Cid Campeador, viñedos, y por eso yo me llamo sencillamente Daniela Astor como la sofisticada marca de un pintauñas-, el agua de mi madre se pone a hervir a diez o quince grados, estalla, se evapora, se olvida, vuelve a hervir. Cada vez que mi madre estalla, sufro una quemadura. Entonces superpongo el rostro de Susana Estrada al de mi madre y recupero uno de los dichos preferidos de Sonia Griñán, “Dios nos libre del agua mansa, que de la brava ya me libro yo”, y me anticipo a la indemostrable posibilidad de que las mujeres dulces como Blanca Estrada se conviertan en viudas negras. A la posibilidad de que todas seamos malas de corazón: también las mejores.
Quizá mi madre odia a Susana Estrada porque a mi padre le gusta. Mi padre es maestro, pero no en mi escuela. Cuando discute con mi madre, a mi padre la cara se le borra de la cara. No me confundo. La cara se le borra de la cara y no parece él, sino un hombre muchísimo más tonto. Un subnormal. Mis padres siempre se reconcilian, y después, otro día cualquiera, mi madre vuelve a su punto de ebullición. Discuten por el dinero y, pese a que mi madre es muy temperamental, no se enzarzan muy frecuentemente. Cuando lo hacen, yo, como todas las niñas del mundo, me tapo las orejas. Y no entiendo por qué mi padre no le calla la boca a mi madre, que chilla y chilla. Si mi madre no me quisiera tanto, la estrangularía con una almohada. No sé si mi padre estaría de acuerdo.
Mis padres tienen vida sexual porque yo oigo ruidos a través de la pared. Y casi sé en que consiste el sexo. Casi.
-¿Y ahora qué te pasa, Catalina? Cómete el pescado…
He debido de poner cara de asquito. Pero mi madre siempre me vigila y, porque negarlo, es graciosa.
-… no vaya a ser que él se te coma a ti.
Mi madre me hace chistes continuamente. Quizá se cree que soy más niña de lo que soy: “No vaya a ser que él se te coma a ti.” Hace poco, en una clase de historia sagrada, me contaron el episodio de Jonás y la ballena. No me pareció una historia muy interesante. Me interesan más los amores de Blanca y de Susana Estrada. El romance de Bárbara Rey con Alain Delon. La muerte de Sandra Mozarowsky.
Vuelvo la vida atrás. Tengo doce años. Estoy en la cocina. Me gusta acompañar a mi madre a la peluquería para leer revistas viejas. Para que me pongan los rulos y me claven horquillas en el cuerpo cabelludo. Soy una niña que ve la televisión mientras engulle trozos de pescado par no tenerlos que paladear.
Marta Sanz, Daniela Astor y la caja negra. Barcelona: Anagrama, 2013. 21-28




Pola ha pegado un salto de la cama. Se lava los dientes. Usa el bidé. Mientras, en la cama, Max recupera la imagen de la axila tensa de Pola, del sobaco estirado de Clara. Pola tiene senos y Clara tetas, Pola tiene vientre, Clara tripa, Pola tiene rostro, Clara, cara, Pola tiene cabello, Clara, pelo, Pola tiene pubis, Clara, potra, Pola tiene vagina, labios menores y mayores, una enorme complejidad de tejidos y fibras replegados, Clara tiene chocho, Pola tiene durezas, Clara, callos, Pola, cutículas, Clara padrastros, Pola, marcas de expresión, Clara, arrugas, Pola, una boca fina, Clara una boca de culo. Por eso, Max yace con Pola. Por eso, le dan miedo las asistentas y las torres de los siete jorobados. Y, sin embargo, Max está convencido de que, de no ser por esos mínimos detalles, por fuera, Clara y Pola son la misma persona, hermanas siamesas, productos de la misma bolsa gemelar, identidades que en la duplicación se excluyen, se anulan, se desintegran hasta convertirse en nada. Hermanas tan iguales que no está seguro de con quién acaba de follar.

Marta Sanz, Susana y los viejos, 2006